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René Rodríguez Soriano: re-significación y restitución del recuerdo desde «El nombre olvidado»

CLARIBEL DÍAZ [mediaisla] La voz que narra en «El nombre olvidado» también contribuye a la unidad total de la obra. La misma permanece en cada uno de los cuerpos narrativos dándole integridad al texto a modo de una sola historia, a modo de novela, aun cuando cada uno de esos cuerpos constituya una separada narración.

La estética de René Rodríguez Soriano se destaca por el uso de imágenes que construyen una realidad íntegra, rítmica, musicalizada. Su poética, así como su prosa están permeadas por esa entonación en la que palabra y sentido se unen para crear una entidad que asume a la vez una identidad muy particular. Y es ésta tan particular que, sus componentes, dentro del nuevo contexto, quedan enlazados sin que puedan después ser separados o colocados en alguna otra parte. Como si hubiera estado ahí desde siempre, cada palabra queda en el lugar preciso, sin posibilidad de sustitución, alteración o reubicación. Por eso sus imágenes nos llegan sutiles, límpidas, ávidas de transmisión. Las mismas recrean una experiencia armónica por su forma independientemente de la diferencia a nivel de sentido que exista entre los elementos que las componen. Si cada autor posee un material mediante el cual reincide para cantar y/o contar sobre lo que se va, lo que vuelve, lo que se recupera, lo que se escapa, o lo que existe a partir de lo creado sin que nunca antes haya existido, en René Rodríguez Soriano, en cambio, lo que fundamentalmente reincide es la voz misma, su estilo con su tono muy singular. En él, la forma y su cadencia anteceden a toda fuente. Su ritmo es su decir y su decir es su ritmo. En el conjunto de las creaciones de René Rodríguez Soriano, poesía o narrativa, siempre queda la música.

Y si lo armónico en sus versos y narraciones tiene un lugar preponderante, también es destacable que, cuando del cuento o la novela se trata, Rodríguez Soriano sostiene el espacio de sus historias sin la demarcación estricta de una distinción de género, lo que da a su obra una suerte de polisemia provocada por el transgénero de su sistema estético. Este valor, por supuesto, también marca la obra objeto del presente estudio; el mismo puede ser tomado como escrito poético tanto como escrito narrativo. Hay que señalar, además, que la unidad rítmica y textual en este conjunto convierte el tema del olvido en una re-significación y en una restitución del recuerdo a través de un llamado al concepto antagónico. Desde el contraste que se forja en medio de la elaboración efectuada sobre trece nombres evocadoramente vívidos, alucinantemente llamativos, y aquel que constituye la representación de la falta, de la ausencia, de la pérdida, esto es, desde El nombre olvidado (Ediciones Callejón, San Juan, 2015), un artista del lente rememora sus significativos momentos resaltándolos mediante su aguda capacidad para recuperar lo pasado en sus vertientes más sensibles. Desde el amor, la distancia, la separación, la angustia, hay un recorrido a través de elementos intertextuales que permiten reconocer circunstancias, eventos y otros, unidos todos al tiempo y/o a un ente histórico que no responde ya más que al significante de la nostalgia intensificada por la fuerza del instante actual:      

    La soledad es un territorio vasto y pleno de matices que sólo podemos ver los que aprendemos a descifrar los códigos y símbolos que adornan las paredes de las tardes sin fondo; cierta música, determinados colores, algún sabor, olor y una piel transmiten sensaciones que convierten cualquier pequeño espacio en un mundo que puede tardar toda una vida en recorrerse, y del que a veces no se quisiera retornar.  La música, por ejemplo, tiene la particularidad de empujar a uno por senderos tan queridos(11)

El recuerdo en El nombre olvidado es transformado en una experiencia distinta, nueva, capaz de superar lo imposible. El olvido no es más que el pre-texto para un onírico llamado a los más íntimos detalles. Se trata del recuerdo re-situado, restaurado por la múltiple significación en tanto que lo recordado es destacado como una suerte de respuesta freudiana que utiliza el recurso creativo como sustitutivo de lo reprimido (2). La alusión al olvido es un subterfugio para atesorar lo vivido, para nombrar lo recóndito, lo perdido, lo innombrable. Aquí se describe lo imposible de describir construyendo otra categoría como remedio a la realidad inasible. ¿Cómo es posible recuperar lo olvidado si el material ha perdido ya su forma y su sentido? Pues, por la vía de su elaboración a partir del fenómeno opuesto. Así surge la metáfora del recuerdo sustentada por los efectos de la dialéctica o metonimia del olvido. El nombre olvidado, irónicamente, es el nombre re-establecido, reinventado, magnificado. Es el nombre que remite a la más absoluta de las significaciones tal y como se aborda desde la perspectiva psicoanalítica.

Freud aborda el tema del olvido de nombres propios en su Psicopatología de la vida cotidiana. Él plantea que, “a la conciencia que se esfuerza en recordar el nombre olvidado acuden otros sustitutivos que son rechazados en el acto como falsos pero que, sin embargo, continúan presentándose en la memoria con gran tenacidad” (756). Afectos sobrevalorados, desconocidos y transmutados por influencia de la represión, y en este texto por los recursos de la imaginación creativa, harán que el nombre sustituto aparezca con mayor posibilidad de sentidos. Será dicha dinámica la que sustenta la pericia narrativa llevada a cabo por el personaje creado por Rodríguez Soriano. Son varios los elementos que técnicamente permiten la fluida presentación y descripción de las situaciones, así como de los trece nombres aquí caracterizados. En combinación con el intenso lirismo, el manejo de lo narrado queda en manos de un artista que sabe muy bien utilizar las habilidades de “fotografiar” los caracteres detrás de sus nombres en contraposición con la búsqueda de aquel ser sin rostro que se destaca por su ausencia a todo lo largo de la historia. El actor y/o voz narrativa sabe también sobre la dialéctica psicoanalítica. Él conoce de los fenómenos que se unen por su oposición para dejarnos la belleza de lo que en esa dinámica de vínculo-separación crea una metáfora de la conciliación, un enlace entre lo que se pierde y lo que se restituye de esta manera:

…yo que había tenido frente a mí a tantos especímenes, que me preciaba de haber retratado a las mujeres más hermosas y deslumbrantes; yo, el mago de la lente y el obturador, el rompe esquemas, el más travieso de los mortales, hube de volver sobre mis pasos (19).

El artista —el narrador, el personaje— retrata no sólo a través del lente de su cámara sino también de la memoria. Cuando conoce a un personaje, su capacidad de recordarlo al detalle es realmente evocadora como lo notamos en la pág. 20:

Tenía que contar con ella que conocía cada tramo del camino, del valle y la sabana. Creo que hasta conocía cada pájaro y cada mariposa de las que sobrevolaban las tardes del cerro del monte; manejaba a su antojo cada tiempo y espacio y sabía cómo olía cada flor, cada arbusto, cada ser vivo o en el más cercano más allá…

El ser lírico-narrativo incluso tiene la propiedad de traspasarle a otro personaje su propia capacidad fotográfica y descriptiva de esta manera:

Juana tenía una forma particular de articular cada palabra, no nombraba las cosas: las retrataba (de ahí la inutilidad de mi costoso equipo fotográfico); ella pintaba al fresco todo aquello a lo que hacía referencia (21).

La voz que narra en El nombre olvidado también contribuye a la unidad total de la obra. La misma permanece en cada uno de los cuerpos narrativos dándole integridad al texto a modo de una sola historia, a modo de novela, aun cuando cada uno de esos cuerpos constituya una separada narración.

En lo que a otras estrategias técnicas se refiere, el uso del monólogo en distintas de sus versiones constituye otro de los fenómenos que permiten darle mayor intensidad al factor del recuerdo. Mediante el mismo, se crea aquí no sólo una voz que revisa la realidad intentando ser fiel a ella, sino que, paradójicamente, la reinventa al sustituirla por otros motivos ya incrementados por el deseo. El deseo, la fuente de la fantasía, ese que según Jacques Lacan tiende a deshacerse una vez alcanzado su objeto o fuente de “satisfacción” para convertirse, por efecto metonímico, en deseo de otra cosa. Es así como el sujeto de la narración va transformando o trocando no sólo los objetos sino el tránsito hacia los mismos, de manera que estos se vuelven cada vez más variados o diversos; más intrincadamente inalcanzables y, por tanto, más inquietamente deseados otra vez hasta no llegar nunca sino a la imposibilidad del encuentro; o lo que es igual, al desencuentro, base primordial de la poesía. Mediante estos recursos, nuestro autor potencializa el monólogo tanto como dotando al ente de la narración de un ojo ubicado tras un lente que depura y magnifica su recordado o evocado derredor. La alusión intratextual al recuerdo, ya que éste no sólo se trabaja o elabora, sino que también se nombra dentro del texto mismo, se reitera así:

…hay pasajes y paisajes agazapados en algún baldío del recuerdo a los que, como uno no sabe que existen, están allí, jamás quisiera retornar (45).

o a la manera de este otro fragmento:

Ramón y yo, y no se sabe cuántos amigos más, hemos venido apilando tesoros, recuerdos y despojos… (48).

En El nombre olvidado la memoria enlaza a los orígenes, a otros lugares, a distintas épocas y a todo lo que pertenece a la subjetividad de la evocación. Es un recorrido de amor y desamor atravesado por nombres recordados así como por el olvidado el cual, al mismo tiempo, no es el que menos cuenta sino que es la raíz de la experiencia; es el fundamento del leitmotiv: un libro de poesía, anaqueles, cajones, libretas, bocetos, pinturas, películas, fotografías y otros significantes del recuerdo y/o de lo revivido aparecen con permanencia y consistencia bordeando el olvido y sus escombros; son flashbacks o fragmentos rescatados o perdidos dentro de historias de hallazgos y desencuentros. Y es que hasta la propia voz narrativa también es consciente de la tendencia a la fusión de estos elementos tan aparentemente opuestos como cuando dice:

Es tan frágil, tan delgada e inasible la distancia entre el olvido y el recuerdo (60).

Precisamente, en eso tan delgado e inasible reside al mismo tiempo el efecto de la tensión existente entre los dos fenómenos que dialécticamente hemos abordado. Hay en y desde el olvido una dicotomía en su relación con el recuerdo relevante por la producción que, desde la oposición o rivalidad entre los mismos, resulta. Desde el olvido se acuña lo remoto. Es a partir de ahí que trascienden los instantes. Es desde El nombre olvidado que los mismos cuentan y se cuentan.

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CLARIBEL DÍAZ (Santo Domingo, RD, 1963). Poeta, ensayista, psicóloga clínica y educadora dominicana. Reside en Nueva York desde 1996. Posee trayectoria de psicoterapeuta y docente universitaria. Tiene publicados los poemarios: Ser del silencio/Being of Silence (edición bilingüe 2003) y Orbita de la inquietud (2010). 

Fuentes bibliográficas:

Freud, Sigmund: “La interpretación de los sueños” (1901), en Obras completas. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1981.

Freud, Sigmund: “Psicopatología de la vida cotidiana” (1900), en Obras completas. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 198.

Lacan, Jacques: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en Escritos 2. Madrid: Siglo XXI Editores, 19 edición, 1997.

Rodríguez Soriano, René: El nombre olvidado. San Juan, PR: Ediciones Callejón, 2015.

Rodríguez Soriano, René: Queda la música, Miami, FL: Ediciones Baquiana, 2003.


Comments (1)

  • PILAR ROMANO

    En el “El nombre olvidado”, tal vez de manera más palpable que en otras de sus obras, René Rodríguez Soriano coloca el instante -con dulzura, nostalgia, tristeza y a veces algo de rebelión- entre la memoria y la poesía, entre sus recuerdos y su bella y singular manera de decir y nombrar. Aquí no son sus dedos (como alguna vez ha dicho con humor), sino todo él quien escribe.

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