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Umbraliana

CARLOS X. ARDAVÍN [mediaisla] “De muy pequeño, fijo ya en la idea de escribir, no me importaban las eternas desgracias de la infancia o del hogar o del colegio: paseaba solitario por un parque, escribiendo mentalmente algo que me parecía bueno…” FU

El pequeño filósofo enfermo de veinte años

En el epílogo de Amado siglo XX, Umbral trazó uno de sus últimos autorretratos. Redactado en tercera persona, como si hablara de uno de sus viejos maestros y presintiera la cercanía de la muerte —sobre la que tantas páginas había escrito—, Umbral se contemplaba una vez más a sí mismo para descubrir el variado paisaje de su propia escritura: “Hombre, vida y obra eran ya una tríada que se adentraba en los bosques de lo muy vivido y aquello estaba allí, eternizado y transeúnte en la misma medida que lo había edificado él. La nieve, pájaro de altura, estaba volviendo a sus cimas blancas y dejando nidos cada vez más altos sobre los techos ojivales de un siglo en decadencia. Umbral contempló su obra con sosiego y se tumbó a descansar” (311).

Este descanso del escritor se hizo definitivo con su muerte en 2007; queda el bosque frondoso de su literatura, en el que conviven distintas familias de árboles. Uno, que ha aprendido a ser escritor observándolos, no puede dejar de manifestar su predilección por las novelas líricas, convencido de que en ellas la prosa de Umbral alcanza su más acendrada calidad evocadora. Tal vez ningún escritor le aventaje en la minuciosa recreación de la provincia durante la postguerra.

Es curioso que Las ánimas del purgatorio, una de las mejores novelas de lo que Miguel García-Posada ha denominado el “ciclo novelesco umbraliano de la infancia, la adolescencia y la provincia”, no haya gozado de mayor eco crítico: apenas se la menciona o examina. En sus apretadas páginas se configura una teoría de la novela lírica en la que la memoria, la poesía y la filosofía juegan un papel de primer orden. Publicada en 1982, el mismo año que El hijo de Greta Garbo, Las ánimas guarda una estrecha relación dialógica con ese libro emblemático: ambas son obras complementarias que sustentan la mitificación de la figura materna, guía del aprendiz de escritor a la vez que arquetipo ético. La madre como emblema de una época signada por la desgracia y la enfermedad, pero también por el feliz descubrimiento de los libros.

En ambas novelas, Umbral reconstruye con minucia la espesa atmósfera matriarcal, plagada de tías, amigas y criadas, en la que transcurrieron sus primeros años; el discreto encanto de la ciudad de Valladolid; y su largo peregrinaje por la carne y la escritura. Cabe, no obstante, consignar una diferencia esencial entre estas dos novelas: si bien en El hijo la madre ocupa el primer plano de la narración y el paradigma cinematográfico fundamenta el recuerdo, en Las ánimas el ejercicio de evocación se realiza a través de los modelos fotográfico y pictórico, y por persona interpuesta, la tía Algadefina, muerta a temprana edad de tisis, enfermedad que hereda el sobrino (Francesillo), que consagra ante el altar del yo sus incipientes artificios de escritor. El incesto —espada de Damocles sobre la mente del lector— no se evidencia hasta el final, atemperado por su condición vicaria: “lo de tía Algadefina no había sido sino una coartada inconsciente para desear abiertamente a mamá, para liberar mi amor por ella” (203); “el reconocimiento explícito del amor por mi madre, que durante un año había vivido yo mediante el rodeo de la tía como imagen vicaria” (206). El resto de las ánimas del purgatorio: doña Hungría del Pazo, Luisa, Eugenio o Betsabé (pura carne gozosa), constituirán distintas estaciones en la iniciación sexual, que se desarrolla de forma paralela al aprendizaje literario.

La novela se abre con una reproducción fotográfica de la época, en la que seis mujeres en la flor de la edad observan el lente de la cámara. Sonríen las más; una de ellas, tal vez la tía Algadefina, observa con gesto melancólico. Largas tardes pasa Francesillo entreteniendo su forzada reclusión con la lectura de poesía, mientras reconstruye el pasado de su tía asistido por los rastros sobrevivientes de su cotidianidad (sus perfumadas sábanas, su foto oval, el recuerdo de sus amoríos, sus imaginadas desviaciones eróticas). Poeta en ciernes, el joven se reconoce heredero lírico de creadores como Juan Ramón Jiménez, los simbolistas franceses y los poetas de la Generación del 27, y comienza a vislumbrar su destino de prosista.

Las ánimas del purgatorio concluye con un viaje en tranvía del narrador en pleno inicio de la primavera, recién cumplidos sus veintiún años. Travesía que supone una liberación, una entrada en el goce de vivir nuevamente tras largos meses de encierro, una vuelta al taller en el que un viejo Ford T cifra el universo abandonado de la infancia, las vicisitudes de su época, el cine de los domingos (209), acompañado por su madre, esa Greta Garbo de provincia, indómita y desafiante, encerrada en su alta belleza.

El pequeño filósofo, tras su largo regodeo en la enfermedad y la muerte, acaba por confesar su pecado más hondo, que es también el camino de su libertad como hombre y escritor. 

Memorias de un señor de izquierdas                                                                                                                                      

En el «Atrio» de Madrid, tribu urbana, Umbral señala las claves de este libro suyo: “Un tema, un tono y un territorio acotado. Con eso basta para ponerse a escribir cuando uno es algo escritor” (10). En realidad se trata de varios temas, elaborados con el tono propio del que escribe un diario y con el ojo avizor del comentarista incisivo. El territorio acotado es amplio y engloba tanto la intimidad del escritor como el contexto socio-histórico en el que se mueve. Tarea esta última que se desenvuelve mediante un movimiento especulativo de carácter pendular que lo lleva de la meditación sobre el presente a la reconstrucción del pasado reciente de España, con predilección por la época de la transición.

Esta evocación de la transición no es nueva en la obra de Umbral, y aparece en libros anteriores como A la sombra de las muchachas rojas, Y Tierno Galván ascendió a los cielos o Memorias borbónicas. Lo que sí resulta novedoso en Madrid, tribu urbana es la elaboración de una visión más positiva, menos cáustica, de la transición política, y, por extensión, de la democracia española: “Aquellos gloriosos traidores de la transición hicieron posible la democracia actual, que es una de las más abiertas de Europa, sin pena de muerte, como la de Estados Unidos, y sin censura para la creación, como la que padece Hollywood” (17).

Esta revalorización de la restauración democrática supone un cambio de mentalidad por parte del autor con relación a previas reflexiones suyas, lastradas de escepticismo y de un tono derrotista que, a inicios del nuevo milenio, han sido sustituidos por sus contrarios. Esto se evidencia sobre todo al tratarse la figura de Adolfo Suárez, el cual en obras como A la sombra no pasaba de ser un simple heredero de la dictadura, para convertirse en Madrid en un presidente progresista cuya reputación se ha afianzado con el paso del tiempo (19). Al final queda claro que los españoles de entonces no supieron juzgar a Suárez ni aquilatar la dificultad de su mandato.

La reflexión política va más allá de lo colectivo para adentrarse en el terreno de lo personal, y es aquí donde Umbral logra sus mayores aciertos narrativos al hacer su propio retrato ideológico. Un retrato desbordante de crítica y sinceridad, que, más allá del artificio literario, representa un auténtico ajuste de cuentas consigo mismo. “Yo fui tonto útil y compañero de viaje”, declara sin ambages refiriéndose a su conocida simpatía por el PCE y, en especial, por Santiago Carrillo. Dicha simpatía, que no llegó nunca a convertirse en militancia, desembocaría finalmente en el desencanto político y en la afirmación de ser, justo al iniciarse el siglo XXI, un “escritor independiente, de izquierdas y sin militancia” (146).

Otro tema predominante en Madrid es la escritura, y, en particular, la de memorias. La reflexión meta-literaria siempre ha ocupado un espacio privilegiado en los libros de Umbral, pues con frecuencia sucede que en ellos el acto de la escritura se ve acompañado de su teorización. Este impulso teórico se ha venido acrecentando en los últimos años, siendo más visible a medida que Umbral ha abandonado de forma paulatina la práctica de la ficción en favor del cultivo de géneros como el diario, el dietario y las memorias. A este respecto, escribe en su Diario político y sentimental (1999): “Amo los géneros literarios por donde corre el tiempo real, vivo, lozano: memorias, diarios íntimos, crónica periodística. El tiempo de la novela es un tiempo falso, convencional, parado, del que dispone el autor como de un capital, mezquinamente” (11).

Esta idea es retomada en Madrid, tribu urbana y en Un ser de lejanías, obras publicadas a principios de esta centuria, en las que se perfila un escritor entregado al cultivo de la memoria como opción genérica hegemónica. En este sentido, en Un ser de lejanías Umbral asevera que su “verdadera vocación ha sido la memoria, la recreación de la vida, más que la ficción, aunque esto también tiene mucho de ficción” (94).

No obstante, esta adscripción genérica no debe interpretarse como indicio de agotamiento creativo o escasez temática. Si Umbral retoma las estructuras retóricas propias de las memorias es, sobre todo, para recrearlas, para enriquecerlas a partir de la literatura, pues no le interesan —como ha afirmado en numerosas ocasiones— las memorias de índole notarial, sino aquellas en las que la imaginación obra con plena libertad.

En Madrid, el autor de Mortal y rosa es —una vez más— el prototipo de escritor que más admira: aquel que “piensa en literatura, y que puede pensar sobre cualquier cosa y pensar siempre algo original o distinto” (218). Finalizada esta travesía por la transición y el postfranquismo, una imagen se destaca entre todas: la del escritor acodado a su mesa de trabajo, sumergido en sus rememoraciones más queridas, tecleando en la soledad de su casa, ya un poco cansado tras tantos años de brega literaria, pero todavía alerta, apurando las palabras con la misma pasión vocacional de sus primeros años en Madrid.

La escritura perpetua

Francisco Umbral nació en Madrid el 11 de mayo de 1932 —y no de 1935, como aseguran las portadas de sus libros—, de madre soltera y padre —hasta hace poco—desconocido. Estos datos sobre sus progenitores no tendrían relevancia alguna si la presencia de la madre y el desconocimiento del padre no fuesen decisivos en su obra. Fue justamente la madre, Ana María, la que le inculcó el amor a la lectura y le descubrió El ruedo ibérico de Valle-Inclán.

En Valle-Inclán, el joven Umbral descubre fascinado la voluntad de estilo, el dandismo, el sesgo autobiográfico de la escritura, la política y la historia como prestigiados temas literarios, y con estas ideas seminales va gestando su deseo de ser algún día escritor. A este respecto, escribe en su Diario político y sentimental: “De muy pequeño, fijo ya en la idea de escribir, no me importaban las eternas desgracias de la infancia o del hogar o del colegio: paseaba solitario por un parque, escribiendo mentalmente algo que me parecía bueno, un poema, una greguería, un arranque de novela o cuento, y sentía cómo me iba llenando de una seguridad, un optimismo, una euforia plena y total” (162).

Este sentimiento se fue consolidando durante los años de aprendizaje periodístico en Valladolid y León, como el autor reconoce en La noche que llegué al Café Gijón: “Yo tenía la sospecha de vivirlo todo literariamente. O sea, de no vivirlo, lo cual en algún momento fue angustioso, pero luego se tornaría consolador, cuando uno comprende que los males y la necedad del mundo apenas le han tocado, porque uno, en realidad, no ha salido jamás de su claustro literario” (206).

Tras esta primera etapa, Umbral se traslada a la capital del Reino en busca de la gloria literaria. Sus primeros años madrileños transcurren marcados por las penurias económicas, la incertidumbre y el pluriempleo; residiendo en pensiones oscuras, entre gentes variopintas que ha evocado en Retrato de un joven malvado y en Trilogía de Madrid. Son los tiempos en los que su nombre comienza a multiplicarse en los periódicos y en las revistas, a la par que escribe sus primeros libros de creación y empieza a pergeñar un estilo propio y una teoría literaria alimentada por sus numerosas lecturas. Esta concepción teórica podría resumirse en las siguientes premisas: 1. la literatura —en la que se incluye el periodismo— es asumida como una empresa esencialmente autobiográfica; 2. el temprano rechazo de los géneros literarios, por entender que los mismos son artificiosos; y 3. el estilismo como elemento clave de la escritura.

Este estilismo comporta una revalorización del lirismo como rasgo definidor de sus novelas, ya que Umbral ha sido, en puridad, un novelista lírico. De ahí que haya aseverado que sus novelas son novelas fingidas —etiqueta que toma prestada de Gómez de la Serna—; es decir, textos que “no nacen de una idea novelesca, sino de una idea poética” (Ramón, 80). Al lirismo se une el empleo de la ironía, el sarcasmo y el argot popular, en un ejercicio retórico que el propio Umbral ha denominado “la rosa y el látigo”.

A pesar de que en la década de los sesenta Umbral desarrolló una labor literaria frenética en Madrid, no es hasta la transición democrática que su obra comienza a traspasar el círculo de las minorías. En 1975, Umbral publica Mortal y rosa, considerada por la crítica su obra maestra; en 1976 gana el Premio Nadal con su novela Las ninfas y comienza a colaborar en el recién fundado periódico El País, colaboración que perdurará hasta principios de los noventa, cuando abandona el citado diario para entrar en El Mundo, tras un breve periodo en Diario 16 y en ABC. Entre 1977 y 1982 aparecen las recopilaciones de artículos Los ángeles custodios, Diario de un snob y Spleen de Madrid/2. Alcanza, a fines del siglo XX, el reconocimiento oficial de su valía literaria al serle concedido el Premio Cervantes en el 2000. Estrenado el nuevo milenio, Umbral publica cuatro libros: Madrid, tribu urbana, Un ser de lejanías, Los Alucinados y Cela: un cadáver exquisito. En estos libros, el escritor madrileño cultiva la introspección, se reconcentra en sí mismo y en su mundo cotidiano. Por estas páginas deja correr sin ataduras su vena filosófica.

Quiero cerrar esta nota con dos citas que sintetizan mi visión de la literatura umbraliana. La primera proviene del prólogo que escribiera José Antonio Marina a Los Alucinados, y reza: “Tengo con Umbral una deuda de gratitud y farmacopea. Sólo releo asiduamente a dos autores —Umbral y Ortega— y por la misma razón: ambos me resultan anfetamínicos y terapéuticos. Uno en la escritura y otro en la teoría reafirman siempre la posibilidad creadora. Todo se puede decir una vez más de una forma brillante. Todo se puede pensar una vez más de un modo sorprendente” (9). La segunda la tomo del discurso que leyera el Rey Juan Carlos I en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2000, y dice: “Por la extraordinaria riqueza de su escritura, por su condición de gran creador de lenguaje, por la tensa belleza con que nos ha conquistado a través de sus palabras, Francisco Umbral se merece nuestra gratitud”. Hago mías, sin reservas, estas justas palabras.

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CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Es autor de los libros La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria (2002), La transición a la democracia en la novela española (2006), Diccionario personal de literatura dominicana (2010) y La isla letrada (2011)

 

Obras citadas

 

Umbral, Francisco. Memorias de un niño de derechas. Barcelona: Destino, 1972.

___. Diario de un snob. Barcelona: Destino, 1973.

___. Retrato de un joven malvado (Memorias prematuras). Barcelona: Destino, 1973.

___. Mortal y rosa. Barcelona: Destino, 1975.

___. Las ninfas. Barcelona: Destino, 1976.

___. La noche que llegué al Café Gijón. Barcelona: Destino, 1977.

___. Ramón y las vanguardias. Prólogo de Gonzalo Torrente Ballester. Madrid: Espasa

Calpe, 1978.

___. A la sombra de las muchachas rojas: crónicas marcianas de la transición. Madrid:

Cátedra, 1981.

___. Los ángeles custodios. Barcelona: Destino, 1981.

___. Spleen de Madrid/2. Barcelona: Destino, 1982.

___. Las ánimas del purgatorio. Barcelona: Grijalbo, 1982.

___. El hijo de Greta Garbo. Barcelona: Destino, 1982.

___. Diccionario cheli. Barcelona: Grijalbo, 1983.

___. Trilogía de Madrid. Memorias. Barcelona: Planeta, 1984.

___. Y Tierno Galván ascendió a los cielos. Barcelona: Seix Barral, 1990.

___. Memorias borbónicas. Barcelona: Planeta, 1992.

___. Diario político y sentimental. Barcelona: Planeta, 1999.

___. Madrid, tribu urbana. Barcelona: Planeta, 2000.

___. Un ser de lejanías. Barcelona: Planeta, 2001.

___. Los Alucinados. Personajes, escritores, monstruos. Una historia diferente de la

literatura. Prólogo de José Antonio Marina. Madrid: La Esfera de los Libros, 2001.

___. Cela: un cadáver exquisito. Vida y obra. Barcelona: Planeta, 2002.

___. Días felices en Argüelles. Madrid: Planeta, 2005.

___. Amado siglo XX. Barcelona: Planeta, 2007.


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