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Cristales de colores

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Encandilado de luces, fuegos de artificio, pixeles y neón que anuncian tanto iglesias como casinos, el optimista ingenuo no ve no puede vermás allá de sus narices; como la polilla nocturna atraída por la luz se auto inmola en el chisporroteo de la incineración.

Hay múltiples ejemplos en la historia universal del gusto y afición del ojo humano a las luces de colores y a las cristalerías que transparentan la luz en un sinfín de cromos evocativos de esos arcoíris que el primitivo, naciente homo sapiens debió concebir como un signo de esperanza después del chaparrón o la tormenta iracunda. Cristales del optimismo —iluminadores— a través de los cuales la realidad se vuelve diferente, de colores bellos, filtrada por las gafas rosadas de la ilusión, o verdes, dirían otros, los devotos de la esperanza.

La fascinación por las luces de colores mucho dice del espíritu humano y su determinación, su voluntad, de aspirar a lo inviolable de la dicha. Es el optimismo connatural a la especie triunfal, heredera del empíreo prometido.

Están, sin embargo, aquéllos que carecen de esa capacidad de encanto frente a las iluminaciones prometedoras que les dan a los espíritus proclives al ensueño la dicha de lo alcanzado; los que no ven tanto los colores brillantes y llamativos como esos lacres y morados que se aproximan al negro, absoluta ausencia de toda luz: los pesimistas. Los que no hacen más que rasgarse las vestiduras y arrancarse las barbas encanecidas de ceniza, los jeremías que de todo se quejan y no dejan de llorar y llorar, convencidos de la inevitable condena: el triunfo cotidiano de la desgracia.

Para ellos, los pesimistas, el optimismo es una forma de ingenuidad imperdonable, pecado mayor del autoengaño. Sus tan cacareadas luces no son más que globos de aire caliente que mirar embobados ascender en el cielo crepuscular hasta volverse —¡oh maravilla!— en estrellas, uno de ellos incluso en lucero vespertino portador de buenas nuevas. Bellísimos ángeles de papel vencedores de las tinieblas.

Como toda manifestación psicológica —o función del espíritu, las llamarían otros— el optimismo tiene complicadas variaciones individuales y no es el mismo en la cabeza de unos que en el corazón de sus vecinos, ese prójimo que tanto da que hacer a optimistas como a pesimistas, el proverbial hermano —mon semblable, mon frère— que todos tenemos que aceptar, no sin justificación, a regañadientes y gruñidos. Aun así, y aceptando las diferencias que nos condenan, mejor es reconocer en el otro a uno mismo y, sin exagerar la autocrítica, optar por una visión optimista de la especie. Darle, por lo menos, una oportunidad a la esperanza.

Más que el pesimismo, se debiera practicar un optimismo cauteloso. Cambiar el cristal con que se mira y elegir el más sabio de los filtros, el que menos transforme los colores de la realidad, sus luces y sus sombras. Porque el pesimista absoluto pena en su propio infierno de lo irrevocable y el optimista extremo por su parte flota insustancial en los aires luminosos de un paraíso de promesas que es más bien un limbo. Para el cuerdo está el purgatorio de la realidad bien entendida.

Encandilado de luces, fuegos de artificio, pixeles y neón que anuncian tanto iglesias como casinos, el optimista ingenuo no ve —no puede ver— más allá de sus narices; como la polilla nocturna atraída por la luz se auto inmola en el chisporroteo de la incineración. El pesimista extremo se descubre ciego ante el vacío absolutamente obscuro de la nada.

Ni encandilado ni absorbido por el hoyo negro de la ausencia de luz, el realista, el cuerdo, va bajo el fulgor del sol y el alumbrado a giorno, atento a las sombras que toda luz produce y tanto acude a las gafas oscuras como a las lámparas de luz artificial efectiva.

La complicada realidad requiere de un complicado proceder y un más complicado considerar la situación: los altibajos del acontecer, las formulaciones paralelas de la verdad y el engaño, el flujo de lo irreprimible.

Nadie que haga el esfuerzo por entender de veras podrá ser absolutamente pesimista, menos aún encandilado optimista. La realidad —la nuestra— obliga a un compromiso entre la exaltación de lo cuasi angélico del optimismo, que sus debidos momentos tiene, y el deprimente rumiar del pesimismo lacrimoso que, al fin y al cabo, es una forma prolongada de suicidio y no debiera nunca tener su turno.

Entre una y otra ha de bambolearse el péndulo de la cordura: de un lado los vitrales de múltiples colores, el arcoíris mismo, del otro la sombra sabia del árbol enorme de la vida.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015).


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