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De cuando los viejos poetas….

GERARDO CÁRDENAS [mediaisla] En «The Rain in Portugal», su décimo sexto título, Billy Collins dialoga con el tiempo, el espacio, con la naturaleza, con el día y la noche […] dialoga con poetas que le han significado algo, que le han dejado versos atorados entre la memoria y el corazón.

Billy Collins, recién cumplidos los tres cuartos de siglo, dialoga con otros poetas. Dialoga también con el tiempo, el espacio, con la naturaleza, con el día y la noche; con nosotros. Pero como muchos viejos poetas, dialoga con poetas —ya muertos— que le han significado algo, que le han marcado algún camino, que le han dejado versos atorados entre la memoria y el corazón.

The Rain in Portugal (Random House, 2016) es el décimo sexto título de Collins, nacido en Nueva York y, también el año pasado, incorporado a la Academia Americana de Artes y Letras.

No es tan viejo Collins como para hacer una recapitulación melancólica de su vida, pero sí para dialogar con aquellos colegas que se le han vuelto sombras, de T.S. Eliot A Basho, o de Seamus Heaney a Seferis y Cavafis.

Cada uno de estos poemas establecen pausas en las dos secciones de The Rain in Portugal, como si el propio Collins se diese un respiro para volver a páginas que seguramente ha marcado y subrayado incontables veces.

Aquí ofrezco cuatro de esos poemas, cuyas versiones al español son mías y por ende cualquier error o imprecisión en las traducciones también son míos.

En el primer poema, Collins conversa con la nostalgia de lo que no nos ha pasado, vía Basho.

Basho en Irlanda

Soy como el poeta japonés
que añoraba estar en Kioto
pese a que ya estaba en Kioto.

Yo no soy exactamente como él
porque no soy japonés
y no tengo idea de cómo será Kioto.

Pero una vez, caminando
por el pueblo irlandés de Ballyvaughan
me descubrí añorando estar en Ballyvaughan.

La sensación de la nostalgia
por un lugar que no es mi hogar
mientras estoy justo en su centro

fue especialmente fuerte
cuando pasé frente al bar del hotel
y luego frente a las profundidades fluorescentes de una lavandería,

también cuando me paré en el crucero
donde las señales apuntan en tres direcciones
y enormes camiones dan la vuelta.

Puede que esto tenga que ver
con los vecinos cerros calizos
y la lluvia acumulada en el cuello de mi camisa,

pero también he añorado
estar con ciertas personas
aún si los dos estábamos en la habitación

en una tarde cualquiera
sin cerros calizos a la vista
a miles de kilómetros de Kioto

y de las simples maravillas de Ballyvaughan
lo cual me recuerda
a otro poeta japonés

que escribió cuánto gozaba
no poder contemplar
su montaña favorita debido a tanta niebla.

En el siguiente poema, Collins establece un doble ejercicio de écfrasis: por un lado con el portentoso grabado “Ícaro” de Hendrik Goltzius y, por el otro, con el poema de W. H. Auden sobre el Ícaro de Brueghel (aunque no con otro poema homólogo de William Carlos Williams.

El Ícaro de Hendrik Goltzius (1588)

El Ícaro que le gustaba a Auden eran dos piernecillas
que desaparecen con un chapuzón en una bahía verde
mientras los demás van a lo suyo,
pescadores y marinos, pastor y ovejas.

Pero en esta versión, la tragedia del muchacho
en su muscular desplome llena el lienzo circular
como si cayese por un hoyo en el mundo,
pasando a través del lente de nuestra mirada.

Es difícil leer la expresión de un par de piernas,
pero aquí tenemos el rostro horrorizado
contorsionado de arrepentimiento un poco como
los ojos vidriosos de Wile E. Coyote, que se detiene en mitad de su caída
para compartir con nosotros su momento de fatal conciencia
antes de comenzar su largo descenso hacia el cañón.

Es como si el Brueghel de Auden hubiese
corrido en reversa para producir un espectáculo sorprendente—
un joven empapado alzándose hacia el cielo,
y luego un repentino acercamiento para mostrar su pena
o la estupidez, como sea que imaginemos
las consecuencias de no hacerle caso a tu padre,
o de volar muy alto, demasiado cerca de la fuente de la luz y el calor.

Y para realzar el drama mítico, este Ícaro
es presentado como uno de los “Cuatro Oprobiosos”
unido a Faetón, quien también se tomó el sol a la ligera,
Ixión, atado a una rueda flamígera,
y Tántalo, quien cocinó a su hijo para cenarlo,
cada personaje cayendo operáticamente en una ronda de viento.

Pensar que si los hubieran dejado en manos de Brueghel.
uno podría haber acabado en una confusión de miembros sobre un roble,
otro una figura aplastada boca abajo en un montón de heno,
y el último sólo un agujero en el tejado de un granero.

En el tercer poema, Collins está en Santorini e ironiza con los recuerdos de poetas muertos que podrían haber estado ahí, o no, o aún permanecer de cierta forma indefinible pero presente.

Santorini

Dé la vuelta en cualquier esquina de este pueblo,
me dijo el dueño de la excéntrica librería,
y es factible que se tope usted
con la historia de la poesía griega,
y por supuesto ahí estaba una mujer
que escogía limones de entre una pila de limones
y un peluquero en su portal de brazos cruzados.

Hasta creo haber visto a Yannis Ritsos
susurrándole algo a George Seferis
mientras se sentaban bajo un toldo blanco
mientras los otros se calaban el sombrero
y hacían como que no escuchaban.

Y Cavafis podría haber aparecido
en una habitación como aquella en que desperté
de paredes de blanco impoluto, dos sillas de mimbre,
y sobre una vieja mesa, café,
y un solo durazno, recién rebanado.

Pero no exageremos.
Cuando me asomé por la pequeña ventana
al pie de la cama
que ofrecía la inmensidad del Egeo,
no vi la vela de Odiseo al amanecer
dando vuelta a la esquina volcánica de la isla
y haciéndose presente lenta pero claramente.

En vez de ello, oí el quejido como de avispón
de una motoneta que volaba calle arriba,
una parrilla metálica que al ser abierta y levantada,
y luego unas torcazas en el tejado,
el traqueteo de platos en la cocina,
y otros cantos de sirena de un día ordinario.

Lo poético de la cotidianeidad es tan presente en el cuarto y último poema que selecciono, como en el anterior, pero ahora con el aliento mordaz de un Collins que es insuperable cuando el sarcasmo le surge de la tripa. Y éste que ofrezco abajo, es mi favorito de toda la serie, aquél donde establece un portentoso diálogo de sólo 58 palabras con la pomposidad de la “Canción de amor de J. Alfred Prufrock” de T. S. Eliot.

Nota a J. Alfred Prufrock

Me atreví a comer
un durazno realmente grande
tan maduro como el que más

y llevo puestos
un par de shorts de tartán
y una camiseta azul con un agujero

y pequeños ríos de jugo
escurren ahora por mi barbilla y muñeca
y gotean sobre la cubierta de la piscina

¿Cuál es tu problema, hombre?

______________________

GERARDO CÁRDENAS, escritor y periodista mexicano, reside en Chicago donde ha publicado dos títulos de poesía, uno de relato, una obra de teatro, y una antología de cuento. En vías de aparición está su sexto libro, y segundo de relatos. Sus artículos, cuentos y poemas han aparecido en una docena de antologías y en publicaciones impresas y electrónicas.

Comments (1)

  • LLG

    Cuánto más se aprecian estos poemas clásicos, pese a que Collins los trivializa. El de Ícaro es aún más revelador porque brueghel de por sí ya pone el mito en segundo plano. Muy curioso es que los primeros versos de la respuesta a Prufrock son muy parecidos a la primera parte del famoso poema de William Carlos Williams, “This is just to say”. Buen artículo. Da ganas de leer más.

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