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Letras vueltas

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René Rodríguez Soriano junto a Miguel Angel Fornerin en Puerto Rico

CAYEY, PR.– En la continuación de las actividades de promoción de sus libros novela Para leer a Rene Rodriguez Soriano [sin maestro] y No les guardo rencor, papá los escritores MIGUEL ANGEL FORNERIN y RENE RODRIGUEZ SORIANO tendran una serie de actividades la Universidad de Puerto Rico y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, los dias 19 y 23 de setiembre.

Para leer a René Rodríguez Soriano (sin maestro), es un trabajo de investigación y análisis del académico Miguel Ángel Fornerín; una lectura crítica de las obras y el quehacer de Rodríguez Soriano; ubica al autor dentro del devenir de la narrativa breve en República. También muestra el entroncamiento de su obra con el Boom latinoamericano y los antecedentes en Virgilio Díaz Grullón y José Alcántara Almánzar.

No les guardo rencor, papá es una narración emblemática de René Rodríguez Soriano; es un trozo de los duros días de la dictadura de Rafael L. Trujillo. Tres voces, un niño, una joven casamentera y un estudiante universitario dan cuerpo a una especie de coro a través del cual llegamos a percibir los ecos de una historia de terror y mutilaciones. Todo sucede en un pueblito de la sierra, el 14 de junio de 1959 un grupo de dominicanos, acompañados por otros latinoamericanos empeñados en derrocar la sangrienta tiranía trujillista, desembarcan en las montañas de Constanza (Editorial Santuario).

Miguel Angel Fornerin es poeta, ensayista, novelista y crítico literario, Miguel Ángel Fornerín, como firma sus libros, es Doctor en Literatura de Puerto Rico y el Caribe, y Profesor del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Ha sido Profesor Invitado de la Universidad de Bordeaux 3 y de la Universidad de Poitiers, de Francia, en 2003 y 2007. Ganador del Premio Pedro Henríquez Ureña de Literatura, en la modalidad de Ensayo Literario, con sus obras “La escritura de Pedro Mir” [1995]  y “Los letrados y la nacionalidad dominicana” [2016].

René Rodríguez Soriano es escritor y editor. Ha recibido la distinción del Talent Seekers International Award 2009-2010. De sus libros publicados en todos los géneros destacan: Nave sorda (2015), El nombre olvidado (2015), Solo de flauta (2013), Tientos y trotes (2011), Rumor de pez (Premio UCE de Poesía, 2008), Apunte a lápiz (2007), El mal del tiempo (Premio UCE de Novela, 2007), Sólo de vez en cuando (2005), Queda la música (2003), La radio  y otros boleros (Premio Nacional de Cuento José Ramón López, 1997), Su nombre, Julia (1991), Todos los juegos  el juego (1986) y Canciones rosa para una niña gris metal (1982). Se radicó en Estados Unidos en 1998, desde donde desarrolla una intensa labor de difusión y promoción de la literatura iberoamericana.

La discreta autonomía de la cultura

Fue uno de los teóricos de la nueva izquierda que, surgida en Inglaterra, expandió la teoría de la autonomía relativa del arte y la cultura respecto de la base económica. Ahora se publican unas conferencias que dio Stuart Hall en Illinois en 1983, donde explicaba los fundamentos de la escuela de Birmingham.

En 1983, cuando Stuart Hall llegó a Illinois para ofrecer una serie de conferencias sobre los fundamentos teóricos del trabajo desarrollado por él y sus colegas en el Centro de Estudios Contemporáneos de la Universidad de Birmingham, el rótulo Estudios Culturales, como área específica de investigación, todavía era un fenómeno marginal e incipiente fuera de Inglaterra. Estas conferencias, que salen a la luz 34 años después, y a dos de la muerte de su autor, tienen el tono de un balance provisorio y repasan los primeros trabajos que abrieron el camino y las influencias y debates que les dieron origen. Hall reconstruye el sistema de continuidades y rupturas teoréticas que inauguró la deriva culturalista del marxismo inglés a partir de mediados de los años cincuenta, un camino que, en su contexto, solamente puede ser comprendido como la necesidad política de una renovación teórica en el aparato conceptual de la izquierda occidental.

Nacido en Kingston, Jamaica, en 1932, y emigrado a Inglaterra en 1951, Hall fue el último exponente de aquella primera generación de investigadores que reuniendo saberes de varias disciplinas inventaron un campo de estudios que coronó lo subalterno, lo plebeyo, lo masivo y lo popular como objetos susceptibles de análisis académico. Hasta entonces, en las universidades de los países centrales – y, miméticamente, en los otros -, el estudio de la cultura era siempre y solamente el estudio de la Cultura, con mayúsculas; es decir, el análisis de los fenómenos de raíz aristocrática que todavía califican como cultos: música de cámara, poesía, arte de museo. Los esfuerzos inaugurales de Edward Palmer Thompson, Richard Hoggart, Raymond Williams y Stuart Hall, nucleados en torno a la New Left Review, rompieron política y epistemológicamente con dos tradiciones muy fuertes: con la crítica literaria inglesa clásica, que negaba lo popular como objeto de estudio, y con el marxismo ortodoxo, que negaba la autonomía relativa de las formaciones culturales (superestructurales) y, por elevación, también al sujeto históricamente situado.

Durante aquellos años de posguerra, el marxismo occidental se encontraba encallado entre el avance de los Estados de Bienestar y la deriva dictatorial y burocratizante que asumía el experimento soviético. La consolidación de la cultura de masas, el progresivo ascenso social de las clases trabajadoras y la ampliación de derechos y consumos culturales esbozaban un panorama en donde las viejas y tradicionales identidades de clase perdían nitidez y eran una mira estrecha para lograr explicar la tremenda transformación cultural que se avecinaba. Hall insiste en señalar que los Estudios Culturales, ligados desde su origen al nacimiento de la Nueva Izquierda en Inglaterra, fueron desde el comienzo un proyecto político que reconoció las incapacidades interpretativas del armazón teórico del marxismo clásico y buscó intervenir en este nuevo contexto de una cultura capitalista avanzada durante la posguerra. El autor vuelve sobre los pasos de sus maestros – Hoggart, Williams, Thompson – para reconstruir la historia teorética que sentó las bases para que la experiencia y las prácticas cotidianas, objetos negado por el elitismo académico, fueran comprendidas sin condescendencia y, al mismo tiempo, sin ser reducidas a un subproducto de las determinaciones del modo de producción capitalista.

El género, la raza y la pertenencia etárea, por ejemplo, pasaron al frente como ejes que en sí mismos merecían un tratamiento que involucrará varias disciplinas. Stuart Hall, que es conocido como el “padrino del multiculturalismo”, describe la importante renovación que significó para el marxismo revisar su versión más mecánica y reduccionista, donde las experiencias individuales eran un espejismo derivado del lugar ocupado en la estructura de clases. Los de Birmingham, leyendo atentamente los desarrollos previos de Antonio Gramsci y los aportes casi contemporáneos de Louis Althusser, percibieron que la explicación mediante la determinación de la base económica sobre la superestructura ideológica era una abstracción falsa, un fetiche litúrgico que no lograba interpretar los cambios profundos que había sufrido el proletariado industrial. “¿Qué utilidad puede tener para alguien que quiere honrar las experiencias de las culturas excluidas de una sociedad un par de tijeras conceptuales que solo puede cortar las cosas en trocitos?”, se preguntaba Hall. Siga leyendo La discreta autonomía

Los trabajos de la nada de Manuel García Cartagena

Santo Domingo, RD. Ediciones Bangó pone a circular el poemario de Manuel García Cartagena Los trabajos de la nada, el viernes 1 de septiembre, a las 7 de la noche, en el espacio cultural La Piña, calle Doctor Piñeiro 166, Zona Universitaria.

Durante el evento también se presentará el músico Juan Ahumada y se podrá disfrutar de una exposición de arte contemporáneo.

El libro consta de tres partes: “Transcódigo”, “El espejo del aire” y “RD para (en)volver”. En “Transcódigo”, el código binario adquiere un doble estatuto, simultáneamente formal y argumental. En “El espejo del aire”, se aborda una vertiente de escritura irónica. (No en vano se inicia con un epígrafe del rumano É. Cioran que reza: «Se ha comparado el nirvana con un espejo que no reflejaría ya ningún objeto. Es decir, con un espejo puro para siempre,
para siempre deshabitado»). Y en “R.D. para (en)volver” la ironía se agudiza con poemas como “Satori en un punto muerto”.

En Los trabajos de la nada (2017), Manuel García Cartagena retoma una línea de escritura orientalista que ya se encontraba presente en sus poemas de los años 80, y en particular en los de El botiquín de humo, un texto publicado por Miguel D. Mena en sus Ediciones del Almario Urbano.

Manuel García Cartagena es autor de una extensa obra que abarca novelas, cuentos y ensayos. En poesía, a pesar de haberse pasado los quince primeros años de este siglo repitiendo que él no es poeta (aunque solo por puro respeto a la poesía), ha publicado: Mar abierto (1981); Poemas malos (1985); El botiquín de humo (1985); Palabra (Premio Siboney de Poesía de 1985); Los habitantes (1985); Manicomio de papel (edición integral) (2015), Decir, hacer, poder (2016). Adquiera el libro aquí: Los trabajos de la nada

El Aleph privado de Ricardo Piglia

La foto pudo haber sido tomada en la tarde, en la noche, o en plena mañana. En el estudio del fotógrafo, o bien en un apartamento cualquiera. Pero me gusta imaginar que fue tomada en el estudio de lectura del escritor, tan pronto empezaba a atardecer, cuando las luces empezaban a extinguirse y el acto de lectura adquiría un espesor particular. En la foto el escritor aparece de frente a la cámara, con el ojo izquierdo cerrado. Como si a falta de luz, intentase concentrar toda su visión sobre ese ojo derecho al que, sin embargo, no vemos directamente, distorsionado como está por una pequeña esfera de cristal que el escritor sostiene con la mano derecha. Sobre esa pequeña esfera, que mucho tiene de lupa o de mundo en miniatura, vemos entonces el reflejo confuso de una realidad contorsionada. En medio de ese mundo reflejado e invertido, el enaltecido ojo derecho parece crecer con autonomía propia. Al pie de la imagen, en el recuadro derecho, la mano izquierda le sirve para sostener sus anteojos. Tratándose de cualquier otro escritor, podría ser una imagen sencilla, un mero juego impresionista. Tratándose, sin embargo, de Ricardo Piglia, la imagen condensa, sobre la esfera luminosa de ese ojo invisible, una puesta en escena de una vida dedicada a pensar la lectura como una forma de vida.

Tratándose de Ricardo Piglia, en cuya obra la lectura se erige con la fuerza de una poética propia, la fotografía despliega toda una teoría de la literatura, a través de un juego de alusiones que nos fuerza a reescribir la imagen. Ya entonces, en esa segunda lectura, la esfera de cristal no es mera lupa sino un pequeño aleph y esa mirada singular la puesta en escena de una poderosa propuesta crítica: el mundo se entiende mejor cuando se le niega su transparencia, cuando nos entregamos a los juegos de las miradas traviesas que propone el lente lector. La propuesta, paradójica y llamativa, parecería ser esta: el verdadero sentido del mundo no es algo que este allí, dado a nuestros ojos, sino un enigma doble que solo adquiere su forma a partir de las distorsiones que propone el opaco prisma de la lectura. El mundo, por así decirlo, tiene algo de esos estereogramas que jugábamos de niños, ante los cuales torcíamos la mirada en busca de ese momento en el que el veíamos surgir, entre la superficie llana, la silueta de una tercera dimensión desconocida, esa silueta negativa que nos regalaba un mundo nuevo: un elefante, una jirafa, un león. Para Piglia, sin embargo, la mirada estrábica que nos provee la literatura gana una densidad propiamente política ya que nos provee de un artefacto desde el cual explorar la falsa escisión de nuestra realidad social: aquella que separa al supuesto mundo real de aquellos alternativos, aquella que separa la vida privada de la vida pública, aquella que se empeña en distinguir la alta cultura de la cultura de masas. Heredero de Borges, pero también de Roberto Arlt, de Joyce pero también del hard-boiled estadounidense, Piglia apuesta por la lectura como un lente de acceso a un lugar propiamente utópico, dentro del cual la realidad desglosa su carácter cifrado, su doble sentido. La utopía de la lectura bien podría ser entonces un posible título para esa foto que nos regala la imagen de Piglia empeñado en descifrar el mundo a través de su aleph privado.

No ha de extrañar, entonces, que sea precisamente esta la foto que adorne la Antología personal del autor que Anagrama y el Fondo de Cultura Económica acaban de publicar este pasado año en España y América Latina, respectivamente. Pues se trata, tal y como comenta el propio Piglia en el prólogo, de una selección de textos que busca esbozar ese “oscuro rastro biográfico” que ha quedado cifrado a través de su obra. Un oscuro rastro biográfico que marca su escritura del mismo modo que el crimen cifra un desvío dentro del campo de la ley. Ya decía el propio Piglia, en una de sus tesis más conocidas, que la crítica es una de las formas modernas de la autobiografía: “Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas.” La Antología personal sería entonces un buen lugar desde el cual empezar a pensar sobre los modos mediante los cuales su obra pone en escena esta poética del desvío y del desplazamiento, una puesta en escena de la lectura como el lugar utópico desde el cual la tradición se ve desestabilizada por la mirada siempre política de un lector obsesivo. Escribir desde las lecturas ha sido siempre, para Piglia, escribir desde un lugar desplazado, excéntrico, desde el cual la realidad no es meramente idéntica a sí misma, sino un espacio repleto de posibilidades inexploradas. Escribir al lector se convierte entonces, dentro de esta poética, en un gesto político que lo apuesta todo a narrar ese momento en el cual nos desplazamos de lo propio a lo ajeno, de lo biográfico a lo ficcional. Ese momento en el que Ricardo Emilio Piglia Renzi se convierte, a través de un desplazamiento mínimo, producto de una lectura transversal, en Emilio Renzi. Siga leyendo Ricardo Piglia

Niños en soledad

Reconocido novelista, galardonado con el Premio Nobel, J. M. G. Le Clézio publicó en 1982 La ronda y otras notas rojas, un libro de cuentos protagonizados por niños o adultos que recuerdan su niñez en la soledad de la costa francesa.

Del otro lado nunca hay nadie en los cuentos de Le Clézio. Los hombres y lo demás –lo que pueda ser lo demás– está lejos y de este lado sólo queda el miedo. Ese árido desierto puede ser de tierra o de asfalto, una gran ciudad o un pueblo. Una plaza sin niños, una planicie, la casilla rodante en las afueras, monoblocks abandonados, una casa bien en lo alto de la colina, avenidas despobladas, bares vacíos. Cada uno de los cuentos tiene un protagonista (a veces dos que son como uno), sin más compañía que su yo atormentado. Una voz omnisciente habla por esos personajes porque ellos –desahuciados, perdidos– solo escuchan el viento o el traqueteo de su corazón. Afuera, el sol quema sin pausa, los árboles están quietos, no hay cantos de pájaros ni ruido de insectos. Adentro, las lamparitas iluminan mal, y los muebles están forrados con tela imitación piel. Está claro: fuera o dentro, es la misma cosa. Las criaturas de Le Clézio quedan pendiendo de un hilo en medio de la soledad más absoluta, al fin de una calle sin salida. ¿Qué se hace cuando se lo ha perdido todo? El desamparo es –paradójicamene– el faro que ilumina La ronda y otras notas rojas, una pequeña joya magistralmente amalgamada, escrita por Le Clézio en 1982 y que había quedado sin traducir al español.

Jean Marie Gustave Le Clézio nació en Niza en 1940 y nunca le importó que buena parte de la crítica no creyera en él cuando obtuvo el Nobel en 2008. Por entonces ya publicaba un libro por año y lo siguió haciendo después del galardón. A los 7 años escribía novelas de aventuras después de que su madre y su abuela le enseñaran a escribir mientras permanecían ocultos de la Gestapo. Amante de la literatura norteamericana, y con especial fervor, de Flannery O’Connor: “Esa mujer percibe el mundo y la humanidad en toda su compleja violencia como cualquier niño en cuanto abre los ojos a la vida que le rodea”.

Y son niños la mayoría de los personajes de los cuentos de Le Clézio; o adultos que recuerdan haber sido niños. En el que abre el libro, “Ronda”, Martine acepta la idea de su amiga de ir a encontrarse con esos chicos que andan como locos en velomotor por el centro de la ciudad, sin imaginar con qué va a encontrarse a la vuelta de la esquina. Martine, como cada uno de los niños de Le Clézio, huyen de esos adultos que no les hablan, que no saben quiénes son ni qué desean. Así piensa también Cristine, la protagonista de “Ariane” que aterrorizada en medio de las calles desiertas y oscuras de su barrio, piensa “en el departamento con paredes manchadas, en la televisión que habla sola, en el rostro cerrado de su padre, en el cuerpo cansado de su madre, en la mirada de su hermana”.

No hay salida, ni a dónde ir. Si adentro es el infierno, afuera no es mejor. Porque se sabe: quien huye dañado y falto de amor, termina hundiéndose. Entonces huir, es también dar con algo duro. “Cava un doloroso agujero en el fondo de sí mismo, que al mismo tiempo lo alivia y lo tranquiliza como cada vez que escapa”, piensa el protagonista de “El juego de Anne” mientras serpentea con su viejo Ford el filo de la montaña al encuentro del pasado. Las hermanas Poucet y Poussy que parecen gemelas, en “La gran vida”, escapan de la orfandad y de esa fábrica donde trabajan de sol a sol para viajar a la deriva por los rincones pudientes de Francia, desde Montecarlo, en una especie de road movie tan desopilante como oscura y triste. Otro de los elementos comunes de “La ronda…”: transcurren en la glamorosa costa francesa que le sirve a Clézio para enfatizar el estado de sus seres, al margen del brillo y la opulencia. Siga leyendo Niños en soledad

Presentación de la antología Literatura de la diáspora: 20 narradores colombianos en USA

Miami, FL. El martes 5 de septiembre, a las 7:30 de la noche en la escuela de negocios de la Universidad Autónoma del Caribe en Doral, UAC School of Global Management se realizará la presentación de la antología Literatura de la diáspora: 20 narradores colombianos en USA del escritor Eduardo Márceles Daconte, publicada por Collage Editores, Bogotá, 2017, y cuyo lanzamiento se realizó con gran éxito en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO).

La antología reúne textos narrativos de los escritores Adriana Restrepo, Alfredo Arango, Alister Ramírez Márquez, Armando Romero, Beatriz Mendoza Cortissoz, Carlos Aguasaco, Freda Mosquera, Gustavo Arango, Jacqueline Donado, Jaime Cabrera González, Jaime Manrique, Juan Pablo Salas, Luis Alberto Miranda, Martha Daza, Miguel Falquez-Certain, Pilar Vélez Zamparelli, Plinio Garrido, Rafael Vega Jácome, Renandarío Arango y Silvio Martínez Palau. Algunos de ellos, radicados en el Sur de la Florida, en Dade y Broward, estarán presentes esa noche.

Los textos de esta antología son, en su mayoría, narraciones de auténtica originalidad, algunas de carácter autobiográfico, otras enfocadas en una historia familiar o en personajes que han dejado su huella en los escritores ya sea por su naturaleza exótica, por su valor humano o por la singularidad de sus actos. En general se desarrollan en ambientes urbanos contemporáneos donde predomina el crimen, las drogas, la frustración o incluso el suicidio, aunque las hay también de un perfil poético, fantástico o surrealista, decantado por la experiencia migratoria.

La interminable guerra en Afganistán se acaba de alargar

En Estados Unidos tenemos dos presidentes: el “verdadero Donald Trump” y el “Trump del teleprompter”. El verdadero Trump dice –y tuitea– lo que se le pasa por la mente. El del teleprompter lee desde una pantalla discursos que le preparan. Su voz suena forzada al leerlos, de forma tal que algunas personas comparan estos discursos con el video de un rehén. Las dos versiones de Trump han estado en plena exhibición últimamente, tanto en las declaraciones en las que afirmó la equivalencia moral entre los neonazis y los activistas antifascistas que se congregaron para oponerse a ellos, como en sus ataques a los medios de comunicación y las amenazas con cerrar el gobierno si no se construye su muro fronterizo.

Sin embargo, fue el anuncio que hizo en su discurso del lunes pasado, en el que el presidente Trump prometió que la guerra en Afganistán –la más larga en la historia estadounidense– iba a continuar, lo que podría ser lo más atemorizante de todo, asegurando más sufrimiento y muertes tanto para los soldados estadounidenses como para los civiles afganos.

Matthew Hoh, veterano de guerra, ex comandante de la Armada que luchó en Irak, dijo sobre el anuncio en una entrevista para Democracy Now!: “Fue una vil y desagradable demagogia basada en el miedo. Por supuesto, me entristece mucho que no hubiera nada en ese discurso más allá de la perspectiva de más muertes”.

Luego de combatir en Irak, Hoh trabajó en el Departamento de Estado estadounidense en Afganistán, cargo al que renunció en 2009. En su carta de renuncia de cuatro páginas, Hoh escribió: “No veo el valor ni el sentido de las continuas bajas de tropas estadounidenses ni de los gastos de recursos en apoyo al gobierno afgano en lo que, en realidad, es una guerra civil que lleva 35 años en curso… No creo que ninguna fuerza militar haya estado a cargo de una misión tan compleja, opaca y hercúlea como la que ha recibido el Ejército estadounidense en Afganistán”.

Donald Trump sostuvo durante mucho tiempo que Estados Unidos debería retirarse de Afganistán. En octubre de 2011, tuiteó: “Es hora de irse de Afganistán. Estamos construyendo carreteras y escuelas para gente que nos odia. No contempla nuestros intereses nacionales”. En enero de 2013, en una rara coincidencia de opinión con el entonces presidente Barack Obama, tuiteó: “Estoy de acuerdo con el presidente Obama en torno a Afganistán. Debemos hacer una rápida retirada. Para qué seguir desperdiciando nuestro dinero… ¡a reconstruir Estados Unidos!”. Más adelante, en las elecciones presidenciales de 2016, obtuvo la mayoría de los delegados del Colegio Electoral y, a pesar de perder el voto popular nacional por tres millones de votos, se convirtió en presidente del país.

El lunes, en un discurso en la base militar Fort Myer, justo al lado del Cementerio Nacional de Arlington, el Trump del teleprompter dijo: “Poco después de asumir la presidencia, instruí al secretario de Defensa Mattis y a mi equipo de seguridad nacional para que emprendieran una revisión exhaustiva de todas las opciones estratégicas en Afganistán y el sur de Asia”. El círculo íntimo de Trump en la Casa Blanca se ha reducido a sus familiares y sus generales: el general John Kelly, jefe de Gabinete; el general James “Perro Loco” Mattis, secretario de Defensa y el teniente general H.R. McMaster, asesor de seguridad nacional. Después de una reunión en Camp David con estos generales y otros asesores militares, Trump anunció en su discurso de Fort Myer su compromiso de enviar miles de tropas más y de destinar decenas de miles de millones de dólares de los impuestos de los ciudadanos para la guerra en Afganistán. Siga leyendo La interminable guerra

La piel sospechosa

El escritor puertorriqueño destaca el impacto que tuvo en él ‘La próxima vez el fuego’, del afroamericano James Baldwin, libro que le llevó a reevaluar su ciudadanía racial.

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Hay libros junto a los cuales se renace. Pues desafían la sensibilidad, aguzan la inteligencia, orientan en el aprendizaje de saber quién se es. Una vez uno se sabe, conoce o intuye, una vez se atreve a ser quien es, la dificultad se sobrelleva.

Hay libros que iluminan, tanta luz derraman sobre el lector. Luz intelectual. Luz moral. Luz espiritual. Luz sentimental. ¿Luz erótica?

No. Tengo por disparatada la creencia de que amará con mayor soltura quien lea el pasaje de Madame Bovary donde Emma y León se contentan en la feliz incomodidad de un carruaje en marcha. Aparte de que Flaubert omite las zalemas genitales intercambiadas por la pareja en deferencia a la fantasía del lector.

MÁS INFORMACIÓN

No, a amar no se aprende leyendo, a amar se aprende amando. La negativa a ser un mero aprendiz de amante y el anhelo de sobresalir como perito en caricias estimula el aprendizaje. O así lo supongo.

También supongo que del peritaje en caricias germina un singular estilo de amar. Sin la ocurrencia de la singularidad amativa no habría sonetos garcilasianos ni dúos operísticos entre Gilda y el Duque de Mantua ni borracho en el rincón de la cantina exigiendo oír La que se fue. ¡Inciviles seríamos si viviéramos huérfanos de Garcilaso, de Verdi, de José Alfredo!

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Hay versos que acompañan para siempre. Deja que te sostenga con los dedos del sueño encarece Áurea María Sotomayor, la vibrante poeta puertorriqueña. En plan de equipaje que burla los controles de seguridad dicho verso viaja conmigo, como viajan otros de poetas en especial deleitables. Pienso en uno del español Luis García Montero que reconcilia el amor y la servidumbre: Tú me llamas amor, Yo cojo un taxi. Pienso en uno del chileno Gonzalo Rojas que reivindica la guiñada como arma de persuasión: Sería un error no amarnos.

Destaca entre los libros con los cuales sigo aprendiendo a conocerme La próxima vez el fuego, dueto epistolar de James Baldwin. Aprendiendo a conocerme y aprendiendo a conocer el mundo mixturado del cual vengo. La lectura del dueto me transformó. ¿Influyeron en la transformación el lugar donde efectué la lectura y los sucesos políticos que la enmarcaron? Acaso.

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Entonces estudiaba en la Universidad de Nueva York, pero residía a tres cuadras de la Universidad de Columbia: 600 West de la calle 113 y esquina con Avenida Broadway. Residía, pues, a minutos de Harlem, norma y paraíso de los negros según Federico García Lorca. Con frecuencia exploré aquella norma y aquel paraíso.

Entonces despabilaban la historia los sueños de justicia racial que acariciaban Medgar Evers, Malcolm X y Martin Luther King. Unos sueños y unos soñadores liquidados, a tiro limpio, por el supremacismo blanco, esa fe obscena con feligresía innúmera. Siga leyendo La piel sospechosa

Nombres propios de Sergio Rodríguez Saavedra

Nombres propios es el título de la antología que Sergio Rodríguez Saavedra (barrio de Maipú, en Santiago de Chile, 1963) ha publicado recientemente en la editorial madrileña Amargord, con un estupendo prólogo de Julio Espinosa. El poeta chileno viene a unirse, así, a la ya amplia nómina de voces actuales, bastantes de ellas latinoamericanas, a las cuales los lectores españoles estamos pudiendo acceder gracias a la labor de esta editorial.

Sergio Rodríguez Saavedra pertenece a una generación que él mismo ha definido como “la generación apagada”, pues tuvo que asumir, en su juventud, las consecuencias del “apagón cultural” que sufrió su país durante la dictadura pinochetista. El desaliento de esta etapa vital deja una huella profunda en su voz poética, donde la presencia de lo gastado, de la ceniza, de las cicatrices, son elementos constantes.

Ha publicado hasta la fecha ocho poemarios: Suscrito en la niebla (1995); Ciudad poniente (2000); Memorial del confín de la tierra (2003); Tractatus y mariposa (2006); Militancia personal (2008); Centenario (2011); Ejercicios para encender el paso de los días (2014); y Patria negra, patria roja (2016). Con ellos ha obtenido diversos galardones en su país, en el cual la práctica poética sigue sobresaliendo por su calidad, su riqueza y su capacidad de riesgo. Es además profesor y desarrolla una labor muy importante como gestor de proyectos literarios en su ciudad: organiza talleres y presentaciones de libros, ha impulsado el periódico literario Carajo o la editorial Santiago inédito, etcétera.

En la antología Nombres propios se recogen poemas de todos los libros citados anteriormente; funciona así como una magnífica invitación a recorrer su obra y descubrir la riqueza de formatos y de temáticas que maneja. Se trata, además, de una selección ordenada desde el libro más reciente hasta el más distante en el tiempo, de tal modo que al transitarlo estamos realizando una especie de viaje a la semilla carpentierano. Vamos hacia atrás, hacia el pasado, caminamos hacia la memoria. Y este elemento, la memoria, el rescate de la memoria, va a ser, según veremos, uno de los elementos clave de todo de la voluntad creativa de Sergio Rodríguez Saavedra.

Es difícil realizar una reseña que cubra por entero una antología como Nombres propios, donde se recogen textos de ocho libros. Y, sin embargo, no me resisto a apuntalar aquí algunas cuestiones centrales de este muestrario poético, ya que bajo la aparente diversidad creo posible intuir una honda coherencia interna.

El título ya nos ofrece algunas pistas elocuentes: en algún momento, Sergio Rodríguez sopesó el título de “Propio nombre” (según me comentó él mismo), pero terminó decantándose, finalmente, por “Nombres propios”. El juego de estos dos sintagmas me va a servir para hilvanar una de las características esenciales de la voz poética de este chileno, que la crítica ha destacado en varias ocasiones y que el propio autor pone de manifiesto en algunas de sus entrevistas. Así afirma: “Para mí es determinante el hablante, su emoción, su historia es lo que intento transmitir, de ahí que muchas veces ocupe diversas voces, las que vienen a usurpar el sitio del que no pudo hablar –un boxeador, un brujo machi, un hombre que ha perdido la ilusión. Y para establecer ese perfil acopio toda información, la que después voy personificando hasta dar con una experiencia que se sienta viva. En resumidas cuentas, si no hay historia no hay poema.”

Historias. Historias de otros que se vuelven propias, en el sentido de que se bucea en ellas hasta encontrar una voz auténtica. De ahí el uso de coloquialismos, de términos específicamente chilenos, que dotan a ciertas composiciones de una expresión muy personal, cercana a la oralidad o al ritmo trepidante del soliloquio. Siga leyendo Nombres propios

Ida Hegazi Høyer: “Literatura es poner magia en las palabras”

La escritora noruega ha publicado en España ‘Perdón’, una ficción epistolar sobre el amor tóxico y la mentira, que le valió en 2015 el Premio de Literatura de la Unión Europea.

“Ya no hay ni un tú ni un yo, me dijiste, y tuve la certeza de entender a qué te referías”.

Hay frases que dicen mucho y metáforas que cuentan aún más y que, de tan perturbadoras, son difíciles de olvidar. Con un magistral uso literario de un simple anillo de sedal, la escritora noruega Ida Hegazi Høyer (Oslo, 1981) ha construido una angustiosa alegoría sobre el amor tóxico, la violencia machista y la mentira en Perdón, una ficción epistolar sobre la malsana relación entre dos jóvenes que le valió el Premio de Literatura de la Unión Europea en 2015.

La protagonista y narradora de la novela tiene 20 años, trabaja en una guardería, es fácilmente impresionable y quiere con la intensidad con la que se quiere a esa edad; el destinatario de su larga misiva, Sebastián —¿o se llama Daniel?—, ya cumplió los 25, es —o eso parece— estudiante de filosofía, tiene un elaborado discurso intelectual y oculta un traumático pasado. Se conocen en la playa, se enamoran a primera vista, se comprometen de inmediato y se van a vivir juntos. Él le regala un anillo hecho de un resistente hilo de pescar. Consumida por el amor, ella solo siente una pequeña molestia. Eso al principio. Con el primer desencuentro, la sortija ya la oprime. Y luego llegan las decepciones, las mentiras, que le rasgan la piel y van penetrando en su carne. Su dedo anular se infecta, se hincha… Ella no hace nada: “No quería destruir tu anillo (…) Era sagrado”.

“Cuando empecé a escribir no fue por la fascinación por la literatura, sino por la vida humana. Siempre hay un rincón del alma inalcanzable”

Perdón es la tercera novela de una de las voces emergentes de las letras noruegas, que publicará en otoño su sexta ficción y que llegó a la literatura seducida por la naturaleza camaleónica del ser humano. Hija única de un egipcio y una mujer de origen danés que se conocieron en un ­night club de Oslo, Ida Hegazi Høyer se explica sentada a la mesa de una cafetería de la capital noruega con un excelente inglés por el que no dejará de excusarse a lo largo de toda la entrevista. “Cuando empecé a escribir no fue por la fascinación por la literatura, sino por mi fascinación por la vida humana”, confiesa. “Nunca puedes conocer del todo a alguien. Siempre hay un rincón del alma que no puedes alcanzar. No tenemos una identidad sólida, cambiamos, somos muy adaptables, capaces de todo. No somos de fiar y eso da miedo, pero resulta a la vez fascinante. En realidad, todos mis libros van sobre eso”.

Traducido por Cristina Gómez-Bag­gethun y publicado en España por Nórdica, Perdón es una profunda exploración del hombre desde la arriesgada primera escena que descubre al lector el final de la historia. Una historia con un lenguaje poético que duele físicamente y en la que nadie es lo que parece. Una historia que tiene la tensión de un thriller y la magia del absurdo. Una historia sobre el alcoholismo, el suicidio, la dependencia y la mentira como mecanismo de defensa. “Todos los personajes del libro son culpables, se están causando mucha miseria los unos a los otros, pero son también víctimas. La palabra que les falta pronunciar es ‘perdón’, por eso se titula así el libro”, explica la autora.

Los inicios de Hegazi Høyer en la escritura hay que buscarlos a sus ocho años en el servicio de un apartamento de un distrito de clase obrera en el que vivió temporalmente con sus abuelos. No tenían baño privado, lo compartían con el vecindario. “Es ahí donde me recuerdo escribiendo por primera vez”, cuenta. “Ocultaba un lápiz bajo una pequeña alfombra y me encerraba a redactar pensamientos, pequeñas historias. Recuerdo a mi abuela preguntándome si estaba enferma porque pasaba allí mucho tiempo y, no sé realmente por qué, le mentía y le decía que sí, me resultaba embarazoso contarle que lo que hacía era escribir porque nadie en mi entorno…, no vengo de una familia que tuviera muchos libros en casa”.

La escritura era en ella tan natural que no fue hasta los 21 años cuando la contempló como salida profesional. “Me dije: ‘Lo hago todos los días, debería intentarlo”. Estaba harta de estudiar. Quería conocer mundo y probarse como escritora y durante años lo hizo. Viajó por Asia, Europa, Suda­mérica, el norte de África y vivió de todo tipo de empleos alimentarios “no necesariamente estimulantes”. Con 27 años, cuando sus amigos ya habían abandonado la universidad, esta observadora nata se asentó de nuevo en su país para estudiar sociología. Descubrió a Michel Foucault y a Pierre Bourdieu. Descubrió también que la disciplina que había elegido la ayudaba “a sistematizar ideas y pensamientos”.

Su primer intento serio de plasmar su imaginario sobre el papel se saldó en un estrepitoso fracaso. Estaba bloqueada. Era incapaz de acabar la novela en la que había estado trabajando durante meses aislada en una cabaña. Así que se rindió.

“Cuando lo dejé se me abrió una puerta. Empecé a mirar los pequeños textos que había escrito durante aquel tiempo para divertirme. Y pensé: ‘Esto es una novela’. Y esa fue la primera, se la mande a cinco o seis editoriales y tres de ellas quisieron publicarla”.

Hegazi Høyer se levanta y escribe todos los días. Escribe en Nochebuena, en vacaciones… Siga leyendo Ida Hoyer

Nuestros esclavos

El azúcar habría seguido siendo caro para el consumo de masas si el trabajo de procurárselo hubiera recaído en obreros pagados.

Cualquiera que mire la lista de los libros más vendidos (y crea en ella) se dará cuenta de que en el apartado de ficción hay una novela que lleva allí casi un año: Patria, de Fernando Aramburu. Si mira en el de no ficción verá que hay un ensayo que lleva dos: Sapiens. Traducido al castellano por Joandomènec Ros para Debate, el libro de Yuval Noah Harari es una deslumbrante historia de esta especie desde que nuestros ancestros le ganaron la partida a los neandertales hasta casi hoy mismo. Visto quién gobierna el mundo, dudamos de que realmente ganaran. El historiador israelí se remonta a los tiempos en que “los humanos prehistóricos eran animales insignificantes que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas” para llegar a estos tiempos nuestros en que ya hemos demostrado lo que somos capaces de hacer con los gorilas y las luciérnagas. La venganza queda en manos de las medusas, tan proclives a la turismofobia.

Claro y riguroso, Sapiens está lleno de historias grandes (como el éxito de los dioses) y de historias pequeñas (como el éxito del azúcar). En la Edad Media el azúcar era un artículo de lujo que, escaso en Europa, se importaba de Oriente Próximo a precios desorbitados para su uso, con cuentagotas, en golosinas y medicamentos. Todo cambió con la conquista de América. Las nuevas plantaciones de caña facilitaron al Viejo Continente toneladas de la antigua delicatesse. El precio bajó radicalmente y Europa desarrolló un “insaciable gusto” por los dulces: pasteles, galletas, chocolate, caramelos, bebidas azucaradas, café y té. La ingesta anual de azúcar del ciudadano inglés medio pasó de casi cero a principios del siglo XVII a unos ocho kilogramos a principios del XIX. A finales del XX, la media mundial alcanzó los 70 kilos.

Por supuesto, el azúcar habría seguido siendo demasiado caro para el consumo de masas si el trabajo de procurárselo —intensivo, bajo un sol tropical y en condiciones insalubres— hubiera recaído en obreros pagados dignamente. O pagados a secas. La solución fue la mano de obra esclava, un tráfico manejado por empresas privadas que vendían acciones en las Bolsas de Ámsterdam, París y Londres que se consolidó como inversión segura. A lo largo del siglo XVIII el rendimiento de esas inversiones rondaba el 6%. Como apunta Harari, cualquier consultor moderno firmaría dividendos así. ¡Y todavía hay quien duda de la relación entre ese comercio y el progreso que hizo posible nuestra Revolución Industrial! Siga leyendo Esclavos

¿Es posible una literatura de urgencia?

Frente a las invocaciones a la eternidad del arte, la autora defiende las ‘creaciones de emergencia’: “La lentitud no garantiza la profundidad y la prisa no siempre acaba en desaliño”.

En el suplemento Tentaciones número 27 tropezamos con estos destacados y titulares: “Cara Delevingne, hija de la anarquía” (después hablan de las dudas de la modelo sobre la ropa que se pondrá); Stephen Dewaele: “La música dance se ha convertido en mainstream, se ha instaurado en la cultura vip…”; Noomi Rapace: “En Hollywood hay que luchar para que los hombres nos dejen contar nuestras historias”; Tom Sachs, artista bricoleur: “El arte es una agenda política, propaganda”; Lana del Rey: “Tendrías que ser muy joven para hacer un disco en estos tiempos y no incorporar temas políticos”. Del análisis de estas declaraciones, así como del contexto en que aparecen, decantamos un concepto de arte político, de su urgencia, del compromiso y la resiliencia, no ya de los que entienden la crisis como oportunidad, sino del discurso dominante que pone altavoz a algunas de sus lacras tal vez para enmascarar las más significativas… Estamos en un mundo violento en el que entenderíamos la proliferación de un arte de denuncia que visibilizara el detritus no reciclado del sistema a fin de erradicar con estéticas desodo­rantes no sólo su mal olor, sino las causas que lo provocan. Sin embargo, la profusión y el alarde del asunto político nos lleva a recuperar el pensamiento de Anselm Jappe: “Si todo es político, nada lo es”. La urgencia se disuelve cuando, por repetición y comercialidad, se asimila a la tendencia subrayando el temor de que exista un compromiso tolerado y otro no tolerado. Manejamos lugares comunes, injusticias normalizadas, frente a las que no conviene disentir. Pero hay inquietudes políticas que no pueden quintaesenciarse en un lema de gala benéfica o titular biempensante de gente guapa, buena y rica. Son tabú.

Adorno escribió que la poesía no era posible tras Auschwitz. Como si la poesía siempre embelleciera

Si todo pincha, resultaría extraño componer canciones sobre lo que no nos concierne. Sin embargo, la poeta Paca Aguirre, escritora moral hasta el meollo, cuenta que para ella la literatura de evasión fue medicinal en los años demoledores de la posguerra española. Acaso aquellas fantasías fueran también literatura urgente. Más allá del recuerdo de Aguirre, el canon literario ha ­desechado a menudo la urgencia contestataria por su supuesta falta de compromiso con la verdadera literatura, con una exigencia de calidad —¿López Salinas, López Pacheco, Ferres?— que reduce lo estético a espacio de confort: lo que indigna y proviene de las malversaciones del poder nunca podría expresarse con las bellas palabras de un código, previsible y almohadillado, a menudo cursi, que se identifica con lo estético. Tal vez por eso en las revoluciones, a través de la práctica de literaturas incendiarias, lo primero que se rompe es la sintaxis, las lógicas establecidas de la belleza, los domesticados lexicones. Adorno, desde otro lugar, escribió que la poesía no era posible después de Auschwitz. Como si la poesía siempre embelleciera el horror en lugar de ahondar en él y la palabra no fuese urgente en las reconstrucciones. Y en la defensa de los principios democráticos. Durante la guerra de España, los poetas, impelidos por los rigores de la actualidad, se habían dedicado a hacer lo que sabían: ahí están los textos de Alberti, Hernández, María Teresa León, Altolaguirre, Neruda, Huidobro en El Mono Azul; más tarde, los versos de Ángela Figuera contra los poetas de la rosa en una posguerra de orfandad, represión y hambruna. La literatura de urgencia cree en la palabra —bella o fracturada— como acción. Se aproxima de un modo no escéptico al lenguaje. La poesía es arma cargada de futuro y en cada representación de la realidad alguien toma partido. Cuando vacila, teme, sospecha. También cuando legítimamente afirma. Siga leyendo ¿Literatura de urgencia?

El bello rostro de la Nouvelle Vague

Jeanne Moreau (1928-2017, la icónica actriz francesa dejó su marca en todo lo que llevó a cabo: cine, teatro y música.

Actriz favorita de Orson Welles, bien conocida en Estados Unidos, fluida y fluyente en inglés como pocos parisinos, rostro del cine de la Nouvelle Vague francesa en los 50 y 60, y de tantas entusiastas películas de la Nueva Ola en las décadas siguientes, Jeanne Moreau fue celebrada como una maestra de la escena y de la pantalla, ajena a cualquier didactismo o pedagogía americanas. Ella era una lección viviente, pero no daba clases.

Nacida en París en 1928, Jeanne Moreau se crió en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas de Hitler ocuparon Francia. Estudiante del Conservatorio y pensionista de la Comedia Francesa, dos instituciones clásicas del teatro francés, Moreau se consagró con su protagonismo en Ascensor para el cadalso (1957), uno de los primeros largometrajes mayores de la Nueva Ola.

En aquel filme, Louis Malle dirigió a la todavía veinteañera Moreau en una historia de complicidades y colaboraciones que evocaba sin pudor, en la nítida fotografía en blanco y negro de Henri Decaë, las ambigüedades de ese mismo París nocturno y neblinoso que una década atrás había pactado con el nazismo. Quienes asistían al estreno del filme se veían confrontados con las guerras coloniales en Vietnam y en Argelia, que encontraba a los franceses de nuevo conformistas con la tortura y el terrorismo de Estado.

En su rol de viuda por mano propia o cómplice, la cara de Moreau ofrecía ya, sin esfuerzo aparente, sin gestualidad manifiesta, su clímax de complejidad y contradicciones; su voz, esa granulación que también valía por sí sola como seña de identidad actoral única. Era la anti Brigitte Bardot, la ingenua libertina, siempre engañada a medias. La de Moreau era la máscara misma del desengaño, pero que buscaba engañar. En términos de la apreciación de la belleza femenina por señores de la época –los de Bioy Casares, pongamos por caso–, era menos “linda” que “interesante” o “atractiva”. Moreau fue el rostro de la Nouvelle Vague, no su pin-up.

Parejo tironeo cartesiano entre extremos simétricos, pareja asimetría que se estabiliza sólo por ser irresoluble constituye la trama, el tema y el problema del filme que hizo más famosa a Moreau, y por el que más se la recordará. Es uno de los más abrumadoramente canónicos de la Nouvelle Vague, Jules y Jim (1962) de François Truffaut. La francesa Catherine (Moreau) debe elegir –vemos aquí re-suscitados los dilemas adúlteros de la Guerra– entre un francés (pero con nombre de americano, Jim) y un austríaco (pero con nombre de francés, Jules). Por cierto, Catherine elige no elegir, opta por la utopía sentimental. Con esa estetización de la vida social que caracterizó a la Nueva Ola, Truffaut buscó alejarse del vodevil, de la comedia costumbrista, del vulgar ménage à trois.

Catherine, Jules y Jim atraviesan el tiempo, que es la vida, que es el filme, con alegría pero sin que realmente haya un happy end. Como ocurrió con la misma Nouvelle Vague, con el mayo del 68 francés, con el hit “El torbellino” que Moreau canta en el filme de Truffaut. A partir de entonces, Moreau filmó con Orson Welles, con Elia Kazan, con Peter Brook, con Max Ophüls, con Tony Richardson, con Luis Buñuel: todos filmes que se recuerdan sin forzar la memoria. Siga leyendo El bello rostro

Belleza oculta de Milena Durán, en New Jersey

Union City, NJ. Belleza oculta, el libro en el que una joven mujer narra las vicisitudes y penurias por las que atravesó al perder a su pequeño, será presentado el sábado 23 de septiembre en el Centro Cultura William M. Musto de esta ciudad.

Milena Delgado Durán, oriunda de Constanza, República Dominicana y residente en Nueva York, ha querido plasmar el rosario de vicisitudes que la llevaron casi al borde de la muerte y cómo, después de la tormenta, gracias a sus firmes creencias y mucha perseverancia ha logrado reponerse y seguir adelante.

Circulando desde el primero de agosto, bajo el sello Ediciones del Bookanero, Belleza oculta es un libro que concita adhesiones y excelentes testimonios:

“Desde que comencé a leer no pude parar, lloré mucho, me identifiqué tanto que por momentos pensé que se trataba de mí. Es un libro que te permite ver cada escenario como si fuera una película. Lo recomiendo 100%”, destaca Alicia Abreu en la página de los editores.

Por su parte, Liselis Cuevas destaca: “Me siento tan complacida y admiro el valor de esta mujer que ha compartido su dolor y su fe. Gracias por estas letras y esa fe tan genuina que motiva a buscar más de Dios”.

Nunca pensé que unas letras pudieran tocar tan profunda el alma y hacernos el dolor desde esa perspectiva. La autora nos lleva interesados hasta el final con deseos de seguir leyendo. Me encantó, lo recomiendo 100%” es el testimonio de Jenny Pichardo.

De igual manera, Víctor Pimentel, comenta: Excelente, todo el contenido de este libro no tiene desperdicios, pasé todo el tiempo de lectura con mis ojos mojados, es algo que te renueva cada día, un mensaje profundo que te toca la realidad de la vida. Mil Felicidades, Milly. ¡Te deseo lo mejor!

Belleza oculta, es un canto de dolor profundo que nace de las entrañas de una madre, un desgarrado canto de amor y de ternura, así lo describen los editores de un libro que promueve los mejores sentimientos. La presentación del libro cuenta con el apoyo del Alcalde Brian P. Stark y la junta del Comisionado. Tendrá lugar el próximo 23 de septiembre en el centro cultural William V. Musto, en Union City, New Jersey. Adquiera el libro aquí Belleza oculta

El sonido de Tavito

Desde el legendario Callejón de la Alegría de Santiago, donde Pedro Cacú y la familia Vásquez revolucionaron la instrumentación moderna del merengue resoplando a pulmón pleno los saxofones, llegó Tavito Vásquez (Santiago, 1928-Santo Domingo, 1995) a los 18 años a Ciudad Trujillo a ganarse un sitial en la música vernácula, en los géneros populares y en el jazz, como el mejor saxo alto de su generación. Por más de dos décadas anduve tras su huella andariega de músico trashumante y solitario, estampada en notas que todavía resuenan en bares, cafés, hoteles, clubes sociales y salas de concierto. O en los jardines amables de un hogar amante del sonido de Tavito.

En el Blues Bar de Luis Acosta Moreta, que operó en el Malecón como referente obligado de la mejor bohemia capitalina entre 1982 y 1995, se habilitó un espacio ideal para articular el arte de Tavito, haciéndolo dueño de la noche. Frente a un plácido Mar Caribe que besaba con su brizna yodada e invitaba al acercamiento de los cuerpos, se desplegaba el sonido único de unos músicos curtidos para cerrar la jornada.

Al teclado, siempre afable, Ñaño Guzmán presentando los temas desde el sintetizador. Héctor “Cabeza” de León, extraordinario trompetista y arreglista de clase internacional, aportando su talento veterano, junto a Bolívar Quiñones en el saxo tenor y la flauta. Todos acompañando a Tavito en sus destrezas en la improvisación, en esos solos maravillosos que no queríamos que terminaran.

En esa atmósfera, rompía profundo y melancólico Summertime, Gershwin de Porgy & Bess redivivo en el grave metal del saxo alto, como si fueran Ella Fitzgerald o Billie Holiday quienes respiraran sus melosas notas en los pulmones portentosos de este negro santiaguero. Cuela, misterioso, su nostalgia porteña Niebla del Riachuelo, un tango de Cadícamo y Cobián que fuera abolerado en los 50 por José Luis Moneró y la Orquesta de Rafael Muñoz, para bien. Y que hoy ha sido relanzado por Diego El Cigala en contrapunto virtuoso con el gran Bebo Valdés.

En limpia y libre ejecución, se sueltan los acordes de los temas de Sinatra, My Way (de Francois-Revaux-Paul Anka) y New York New York, épica de la ciudad de los rascacielos de la autoría de Ebb y Kander también interpretada por Tony Bennett y Liza Minnelli. Sucedía entonces que el saxofón de Tavito lo inundaba todo, penetraba cada rincón con su fuerza sonora, abrazaba los cuerpos de los parroquianos y los conjugaba en un solo haz. Y con la ayuda de los efectos lumínicos, casi nos trasladaba a otra dimensión. Siga leyendo El sonido

Los largos años | Ray Bradbury

Ray Bradbury photographed in his office in 1987.

[Cuento clásico de la semana en Ciudad Seva, seleccionado por Luis López Nieves. Los largos años, por Ray Bradbury (1920-2012), destacado narrador norteamericano de ciencia ficción, del siglo XX y comienzos del XXI, conocido por sus libros de cuentos “Crónicas marcianas” y “El hombre ilustrado”, entre otros.

Los largos años

Cada vez que el viento se levantaba en el cielo, el señor Hathaway y su reducida familia se quedaban en la casa de piedra y se calentaban las manos al fuego de leña. El viento agitaba las aguas del canal y casi barría las estrellas del cielo, pero el señor Hathaway conversaba tranquilamente con su mujer, y su mujer replicaba, y luego hablaba con sus dos hijas y su hijo de los días pasados en la Tierra, y todos le contestaban adecuadamente.

La Gran Guerra tenía ya veinte años. El planeta Marte era una tumba. Hathaway y su familia, en las largas noches marcianas, se preguntaban a menudo, en silencio, si la Tierra sería todavía la misma.

Esa noche se había desatado sobre los cementerios de Marte una de esas polvorientas tormentas marcianas, y había soplado sobre las antiguas ciudades, y había arrancado las paredes de material plástico del pueblo norteamericano más reciente, un pueblo abandonado y que ya se fundía con la arena.

La tormenta amainó. Hathaway salió de la casa a mirar la Tierra, verde y brillante en el cielo ventoso, y alzó una mano como para ajustar una lámpara floja en el techo de una habitación oscura. Miró más allá de los fondos del mar. «No hay nada vivo en todo este mundo -pensó-. Solo yo, y ellos», y volvió los ojos a la casa de piedra.

¿Qué ocurriría en la Tierra? El telescopio de treinta pulgadas no mostraba ningún cambio. «Bueno -pensó-, si me cuido quizá viva veinte años más. Alguien puede venir, por los mares muertos o cruzando el espacio en un cohete sobre una pequeña estela de fuego rojo.»

Miró dentro de la casa y llamó:

-Voy a dar un paseo.

-Muy bien -dijo la mujer.

Hathaway caminó en silencio entre las ruinas.

-«Made in New York» -leyó, al pasar, en un trozo de metal-. Y todos estos materiales terrestres durarán menos que las viejas ciudades marcianas.

Y miró el pueblo que ya tenía cincuenta siglos, intacto entre las montañas azules.

Llegó a un cementerio escondido, una hilera de lápidas hexagonales en una colina batida por el viento solitario. Inmóvil, cabizbajo, se quedó mirando las cuatro sepulturas con toscas cruces de madera, y unos nombres. No derramó una lágrima. Tenía los ojos secos desde hacía mucho tiempo.

-¿Me perdonan lo que hice? -preguntó a las cruces-. Yo estaba muy solo. Lo comprenden, ¿verdad?

Volvió a la casa de piedra y una vez más, antes de entrar, escudriñó el cielo oscuro.

-Sigue esperando, esperando y mirando -dijo-, y quizás una noche…

En el cielo había una minúscula llama roja.

Hathaway se alejó de la luz que salía de la casa.

-Mira de nuevo -murmuró.

La llamita roja seguía allí.

-Anoche no estaba -murmuró otra vez.

Tropezó, cayó, se levantó, corrió hacia los fondos de la casa, hizo girar el telescopio, y apuntó al cielo.

Un poco más tarde, luego de un examen asombrado y minucioso, apareció en el umbral de la casa. La esposa, las dos hijas y el hijo volvieron las cabezas y lo miraron.

Al fin Hathaway consiguió decir:

-Tengo buenas noticias. He mirado al cielo. Viene un cohete a llevarnos a todos de vuelta a casa. Llegará mañana temprano.

Escondió la cabeza entre las manos y se echó a llorar dulcemente.

A las tres de la mañana quemó los restos de Nueva Nueva York.

Caminó con una antorcha por la ciudad de material plástico, tocó las paredes con la llama, aquí y allá. La ciudad floreció en volúmenes de calor y luz. Dos kilómetros cuadrados de iluminación podrían verla desde el espacio. Le indicaría al cohete que allí abajo estaba Hathaway, y la familia de Hathaway.

Volvió a la casa con un dolor punzante en el corazón. Siga leyendo Los largos años

La semana

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