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Literatura colombiana de la diáspora en Estados Unidos

EDUARDO MÁRCELES DACONTE [mediaisla] Para esta antología se han seleccionado a escritores colombianos radicados en Estados Unidos por un período de tiempo que les ubica en condición de inmigrantes y que tienen ya un corpus literario de cierta trayectoria.

La literatura de autores colombianos en Estados Unidos está signada por las mismas características que determinan la literatura de cualquier comunidad de emigrados. Si intentáramos hacer una clasificación, encontraríamos que existen los escritores biculturales, aquellos que escriben tanto en inglés como en español sobre situaciones personales o fenómenos sociales que suceden en Estados Unidos o América Latina. Los autores nostálgicos que solo escriben en español en permanente estado evocativo de su vida en el país de origen. Con su experiencia en una sociedad diferente, este grupo de escritores adquiere la perspectiva de la distancia y ante esta situación tiende a olvidar los aspectos negativos para enfatizar aquellas circunstancias amables que han permanecido más vívidas en su memoria. En caso contrario, tienden a ejercer una crítica amarga de la realidad que han dejado atrás justificando así, de cierta manera, el haber abandonado su patria.

Encontramos también a los asimilados, es decir, los escritores que sólo escriben en inglés acerca de una temática universal desligada por completo de la comunidad colombiana o latina en Estados Unidos. Estos, por fortuna, son escasos. De igual modo, los escritores localistas enfocan de manera exclusiva la experiencia social de la comunidad de inmigrantes en las grandes ciudades estadounidenses. Existen algunos escritores híbridos que se nutren de los dos mundos. Están a medio camino entre una asimilación a la sociedad anglosajona y la nostalgia de su nacionalidad, manifestada en una producción literaria que si bien utiliza el español o el inglés, también suelen recurrir al spanglish, ese dialecto que se alimenta de ambos idiomas, forjado en el seno de la comunidad latina para transitar el difícil camino entre estas dos disímiles culturas. Por último se hallan aquellos que no encajan en ninguna de estas aproximaciones.

La vida de un inmigrante en cualquier país del mundo no es fácil. Además de encontrar una cultura, un idioma y un ambiente por completo diferentes a los que ha dejado atrás tiene que enfrentar una situación económica que exige el trabajo duro y un sostenido esfuerzo de superación a través del estudio y el ahorro. Los artistas en general, y los escritores en particular, tienen que emplearse a fondo para comprar el tiempo que necesitan dedicar a su obra. Salvo en contadas excepciones, quien haya pasado por la experiencia de vivir y trabajar en otro país, conoce la dificultad y el sacrificio que tal circunstancia impone.

Las colonias de inmigrantes en formación suelen ser de trabajadores que llegan a un país próspero en busca de mejores condiciones económicas, sujetos a horarios infernales y viviendas estrechas y periféricas. Sólo cuando estos conglomerados alcanzan el rango de comunidad en distritos geográficos homogéneos con sus médicos, abogados, tiendas, periódicos y vecinos que hablan el mismo idioma y degustan la misma comida, producen en su seno a los pintores o escritores que van a testimoniar y documentar su existencia a nivel artístico. De ahí que ciudades como Nueva York, Miami, Chicago o Los Ángeles, con gigantescas concentraciones de emigrados, sean los polos de desarrollo cultural donde se cocina la producción literaria de estas comunidades.

La ciudad de Nueva York ha sido siempre una manzana de seducción para todos aquellos que, en algún momento de su vida, han sentido el llamado de las artes. Sin embargo, a medida que despojamos esta manzana de su cáscara, revela en su interior una maquinaria incesante con múltiples engranajes que bien pueden triturar, inspirar, defraudar o lanzar a la fama a quienes se atreven a hollar su intrincada geografía urbana. No es el sitio sosegado para dedicarse a la creación artística, sino el crisol enardecido donde se forjan las obras de mayor complejidad humana. En una ciudad donde la lucha por la supervivencia no da tregua, el producto estético ha de estar necesariamente poseído de esa profundidad sicológica y emocional que garantiza la existencia en la frontera entre el bienestar y el desalojo, el éxito y la miseria, la abundancia y la inanición, el desengaño o aún el suicidio.

Desde su constitución como ciudad cosmopolita, una inmensa cantidad de artistas de todas las disciplinas, visuales y literarias, musicales o teatrales, y de todos los países del mundo, han anclado en sus playas en busca de un enigmático sueño que para muchos no ha pasado de ser un cruel espejismo, en tanto que para otros ha sido la lámpara maravillosa que les ha concedido todas sus aspiraciones. Nueva York ofrece numerosos caminos para triunfar: editoriales e inmensas librerías, incontables galerías y museos de artes visuales, salas de concierto, compañías de teatro, ballet, danza o cine, pero al mismo tiempo una competencia caníbal que no respeta nacionalidad, raza, posición social o económica, y en donde sobreviven los más talentosos o los más tenaces.

Desde que se inició el éxodo de hispanoamericanos a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, los inmigrantes no han cesado de alimentar fábricas y granjas, ingresar en el servicio doméstico o militar, o encargarse de los menesteres más humildes de una infinita gama empresarial. Sólo en época reciente se ha consolidado una comunidad de intelectuales y artistas de primera y segunda generación que hacen ya contribuciones notables al desarrollo cultural de ese país. Tal cosa no excluye a los artistas individuales de todas las tendencias que en el pasado han sucumbido a sus cantos de sirena y, con mayor o menor extensión de tiempo, sufrido y gozado de su hipnótica magia.

El recuento de algunos de los escritores colombianos que han abrevado en las aguas del río Hudson en algún momento de su vida incluiría a José Eusebio Caro a mediados del siglo XIX. En la hemeroteca de la ciudad aún se conservan los 16 números de Hispanoamérica, la revista que fundó y dirigió José María Vargas Vila en algún lugar de Manhattan hasta 1905 con colaboradores tan distinguidos como Miguel de Unamuno, Machado de Así, Ciro Alegría o Rafael Pombo, quien había escrito algunas de sus más vivaces fábulas infantiles en esta ciudad por la década de 1870. Allá entre 1919 y 1921 era fácil encontrarse a la salida del subway con un poeta flaco y alto que ofrecía a los transeúntes libros de su autoría. Era el Ricardo Arenales de aquel entonces, mejor conocido como Porfirio Barba Jacob, quien pretendía ganarse así el sustento vital, sin mucho éxito.

Allí murió José Eustasio Rivera en 1928 mientras escribía La mancha negra, una novela sobre la explotación del petróleo en Colombia cuyo manuscrito desapareció de manera misteriosa sin dejar rastro (se comenta que fue confiscado por un agente de alguna empresa petrolera interesada en que no se revelaran los secretos que el escritor había investigado). Tampoco alcanzó a concretar su sueño de organizar una editorial para publicar autores hispanoamericanos. A principios de la década del 60, mientras trabajaban en Prensa Latina, era frecuente encontrar a Gabriel García Márquez y a Plinio Apuleyo Mendoza discutiendo las novedades del día en un bar cercano a su oficina de Prensa Latina en el edificio de las Naciones Unidas. Una década antes, Álvaro Cepeda Samudio escribía sus cuentos Todos estábamos a la espera (1954) mientras asistía a Columbia University. Andando el tiempo, a raíz de su enfermedad, sería hospitalizado en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Manhattan donde murió el 12 de octubre de 1972.

El filósofo Eddy Torres pasó algunos años de su juventud en Manhattan en compañía de su hija, la poeta Anabel. De igual modo, los poetas nadaístas Amílkar U y Elmo Valencia asistieron allí a los estertores de la poesía beatnik en momentos que se gestaba el movimiento jipi. Hacia finales de esa década del 60, el grupo conformado por el escritor e historiador de arte Álvaro Medina, el narrador nadaísta Jaime Espinel (alias Barquillo), la pintora Delfina Bernal, los economistas Salomón Kalmanovitz y Héctor Melo, así como el suscrito, entre los escritores, fundó La Gaceta Chibcha, el primer periódico colombiano de contenido político que circuló en Nueva York (10 números), y el cual se proponía combatir la injusticia social e impulsar las ideas de izquierda tan en boga por aquellos tiempos.

A través del siglo XX son numerosos los autores que han transitado las abigarradas calles y avenidas de Nueva York. Harold Alvarado Tenorio enseñó literatura en el Marymount College; Boris Salazar escribía amenos reportajes en la prensa local mientras investigaba el material histórico que sustenta La otra selva, su reveladora novela sobre la vida de José Eustasio Rivera en Nueva York, y Germán Santamaría concebía argumentos narrativos en su oficina de la Federación Nacional de Cafeteros. Sin olvidar la presencia de destacados poetas y narradores que desde la segunda mitad del siglo XX hasta época reciente han compartido sus profesiones liberales con la literatura de una manera consistente.

Tal es el caso del médico pediatra Vicente Trezza, autor de la celebrada novela biográfica Bajo el poder de Poncio Pilato y del periodista, poeta y narrador bonaverense Medardo Arias-Satizábal, radicado en Hartford, Connecticut, ahora en Cali, a quien debemos la documentada y verdadera historia de la salsa, así como de maravillosos cuentos y novelas, recordemos Que es un soplo la vida, un conmovedor homenaje a Carlos Gardel y a la poesía romántica de Colombia. También es preciso convocar aquí al galardonado escritor caleño Juan Fernando Merino, traductor de William Shakespeare, entre otros autores, quien estuvo vinculado a los medios de la ciudad de Nueva York como periodista cultural durante más de una década. Es autor de Habrá una vez, voluminosa antología del cuento joven estadounidense (Alfaguara, 2001), de la novela El intendente de Aldaz y de libros de cuentos tales como Las visitas ajenas y Toreros en la nieve.

La populosa región del sur de Florida ha sido el hogar de numerosos narradores que han dado brillo y distinción a la literatura colombiana en el exilio (forzado o voluntario). El decano de esta pléyade de escritores es sin duda el poeta y novelista Luis Zalamea Borda (1921-2013) quien dedicó su vida a cultivar la palabra escrita dejando constancia de ello en sus poemarios y novelas como son El círculo del alacrán, un magistral testimonio de la comunidad de refugiados caribeños en aquella ciudad de emigrados, o Las guerras de la champaña, saga familiar de carácter histórico que narra la atmósfera bogotana en las primeras décadas del siglo XX, entre otras. También el periodista y comunicador de radio y televisión, Enrique Córdoba Rocha (el Marco Polo de Lorica, 1948), regocija a su numerosa fanaticada de Miami con sus inusitadas crónicas de viajes a exóticas regiones del planeta las cuales recoge de manera periódica en amenos e ilustrativos volúmenes.

Para esta antología se han seleccionado a escritores colombianos radicados en Estados Unidos por un período de tiempo que, a diferencia de visitantes, les ubica en condición de inmigrantes y que tienen ya un corpus literario de cierta trayectoria con una producción publicada o inédita que justifica su inclusión en la muestra. La primera vez que se hizo un censo literario de inmigrantes colombianos en Estados Unidos surgió a raíz de la visión integradora de un escritor que vivió la experiencia migratoria en Cuba y luego en España. En algún momento de 1992, recibí una carta del reconocido novelista Oscar Collazos en la cual me invitaba, como director de la colección Escritores colombianos en la diáspora del Instituto Colombiano de Cultura, a hacer una investigación para compilar en un volumen a los más reconocidos narradores radicados en aquel país. El libro se publicó en abril de 1993 coincidiendo con la Feria Internacional del Libro de Bogotá en donde se presentó con todos los honores. Desde entonces, por razones que aún se desconocen, el libro solo alcanzó a ser distribuido en las bibliotecas del país, pero nunca se promocionó o distribuyó en librerías, igual sucedió con los otros títulos de la colección en la cual participaron también escritores radicados en Europa.

Algunos de los escritores antologados en aquella ocasión ya murieron, desaparecieron sin dejar rastro o regresaron a su terruño natal como son Luis Zalamea Borda, Vicente Trezza, Tomás González y Heriberto Fiorillo. Sin embargo, esta antología se ha nutrido tanto de escritores veteranos de aquel primer proyecto editorial, como de nuevas y lúcidas voces que, desde finales del siglo XX, han sentado sus reales en las principales ciudades de Estados Unidos, especialmente en Miami y Nueva York. Un dato curioso de esta investigación es que en la primera edición solo hubo una escritora, Freda Mosquera, ahora son seis las narradoras que ostentan prestigiosos galardones y reconocimientos por su trabajo literario.

Los textos de esta antología son, en su mayoría, narraciones de auténtica originalidad, algunas de carácter autobiográfico, otras enfocadas en una historia familiar o en personajes que han dejado su huella en los escritores ya sea por su naturaleza exótica, por su valor humano o por la singularidad de sus actos. En general se desarrollan en ambientes urbanos contemporáneos donde predomina el crimen, las drogas, la frustración o incluso el suicidio, aunque las hay también de un perfil poético, fantástico o surrealista decantado por la experiencia migratoria.

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EDUARDO MÁRCELES DACONTE (Aracataca, Colombia). Es licenciado en humanidades (B.A.) de New York University (1970) y asistió al Centro de Estudios Latinoamericanos de la University of California (Berkeley) para un posgrado en historia cultural de América Latina. Entre sus libros destacan: Los perros de Benares y otros retablos peregrinos (1985) La crítica de arte y las tendencias de la pintura en Colombia (1984), Quince poetas para iniciar el milenio: Antología bilingüe de poesía colombiana en USA (2000), ¡Azúcar!: La biografía de Celia Cruz (2004) y El umbral de fuego (2015). Vive y trabaja en Salgar (Colombia) a orillas del mar Caribe.


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