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Rodríguez Tosca

 JOSÉ ZULETA ORTIZ [mediaisla] En quién sabe qué lugar habrá de estar, magreando una muchacha, por supuesto, mirando a la que pasa, mientras se ajusta el medio lado de la gorra. ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA, un personaje nada tosco. El poeta, el ser humano a quien José Zuleta Ortiz atrapa en estas líneas tan certeras de sus «Retratos».

Lo fueron a buscar al aeropuerto y ya se había venido en un taxi. Bajó con un morralito de tela y dos libros en la mano. Se despidió del taxista como de un amigo al que se le tiene gratitud. Sonreía y la belleza de su gesto se empañó por los nubarrones con que el tabaco teñía la derrotada blancura de sus dientes.

Seguro y frágil, tenso y resuelto. Su modo de saludar viene envenenado con un chiste que hiere a quien trata de agradar. Hace un gesto de niño, alza los hombros, como advirtiendo que está dispuesto a todo. En sus ojos hay algo pícaro, de juez certero, y desesperanza. Ojos ávidos hechos más para mirar que para ser mirados. Tal vez instalado en otra época cree que aún es un hombre bello, y sí: algo de un antiguo esplendor persiste en su rostro, en sus facciones, en su altivez.

En el hotel se ennobleció su trato y sus modos adquirieron una dignidad pasajera. Guardó el desparpajo cínico que dio paso a una actuación involuntaria. Como si la altura de la estancia, la pulcritud y buen trato de los botones y la tripulación del restaurante lo contaminaran de manera benéfica. El sátiro cedió, una solemnidad inédita acompañada por maneras de cónsul caribeño lo hicieron parecer un hombre sereno y satisfecho.

Primer día

Bajó de la habitación, se acomodó en la mesa y cuando la muchacha que le gustó le dijo que si la gorra era para ocultar la calva, respondió: “a ti no tengo nada que ocultarte”. Se quitó la gorra y no se la puso más.

Preguntó por los sitios de rumba, por las noches cubanas de Cali. Por la música y las bailarinas. “¡Tenemos que ir a la noche caleña!”.

Los dientes un tanto separados, y el acento cubano en el que la “n” se sostiene amplificada en la bóveda del paladar como gustándose a sí misma, llamaron la atención de la muchacha. Le preguntó cómo se llamaba. “Paula”, dijo ella; mientras el gesto impaciente revelaba la ansiedad por la cerveza que no llegaba y que lo distrajo. La muchacha parecía incómoda; Alberto se le aproximó para dar intimidad a sus palabras, la cerveza llegó, él se interrumpió un momento, bebió y volvió a buscar el oído de la muchacha que desconfiada rehuía. Entonces él muestra lo que sabe: canta una canción, le dice dos poemas, improvisa una décima; sonríe con sus encías salpicadas por el sarro. Otra vez aquello que era casi esplendor se tiñe de oscuras imposibilidades. Lo sabe, pero sabe también de sus encantos. Le da a su voz un tono de ensoñación y le dice a la muchacha: “Me encantaría llevarte alguna vez a Cuba”.

La muchacha piensa en el Caribe, casi puede sentirlo, presiente que él va por un abismo, e intuye que no hay quién ni qué lo salve. Eleva las cejas y suspira, trata de convencerse. De darse aliento para decir “no”. Desea salir de la artimaña de palabras y de la música de ese ser que arremete contra ella con todos sus encantos. El abismo es uno de ellos.

“Ven al recital, te dedicaré un poema”. “Uno que escribiste a otra, ¿cierto?”. Pasaron cuatro largos segundos y él preguntó: “¿Cómo me dices que te llamas?”. “Ni siquiera sabes mi nombre y ya me vas a escribir un poema”. Alberto alza la mano como pidiendo la palabra, es una cerveza lo que quiere, lo que necesita, su manera de decir sin hablar surte efecto; recuperada la calma y con un poco de espuma blanca sobre el bigote entrecano, trata de volver a la mesa, a su asunto. En eso llega el muchacho que lo llevará al recital. Entonces toma con delicadeza la mano de Paula y le dice: “Tosca es tosco cuando está acorralado. Caleña sin nombre salva a este hombre”, se ríe. La muchacha aparta la mano casi con la misma delicadeza y dice: “iré al de mañana”. “No me faltes, no lo soportaría”, y su risa se hace mueca, ella duda de si aquello es un insulto o un halago. Parece aliviada cuando Alberto desaparece con su agilidad de malabarista en el fondo de la camioneta que lo lleva.

Segundo día

Alberto llega al recital, mira para todos lados, se recuesta en uno de los asientos dispuestos para el público. Cruza los brazos abrazándose. Parece satisfecho. “Me gusta esta ciudad… me siento en vacaciones”, dice.

Los poetas comienzan a llegar. Hay más poetas que público. Él saluda con una cortesía genuina, reconoce algunos colegas, se mece, pendula antes de los abrazos y los apretones de manos. La mujer que atiende el evento llama a los poetas a la tarima.

Desde la mesa Alberto busca entre el público que, ahora, gracias a que los conductores y los acompañantes de los poetas se han sentado, es un poco más nutrido.

Comienza el recital.

La presentadora lee:

“Alberto Rodríguez Tosca nació en Artemisa, La Habana, Cuba en 1962…”.

Paula que acaba de llegar, calcula la edad: “cuarenta y cuatro años… aparenta más de los que tiene”. Él no la ha visto, está concentrado en el libro buscando a última hora qué leer. Se niega a ir a la tarima, le traen un micrófono a la mesa. Entonces mira al público y hace un saludo protocolario, no advierte a Paula y lee:

Viéndolas llegar a la universidad
Cuántas de estas muchachas
amanecieron hoy en brazos de otro,
después de haber hecho el amor una
y otra vez en el largo delirio de la infancia crecida.
Cuántas reventaron de fiebre esta mañana
mientras yo convalecía de mí y me abrazaba a mis sudores
como un náufrago se abraza a un tronco para soñar con una orilla.
Con cuántas orillas y frutas y veranos soñaron
estas muchachas hoy al final de la ruda faena.
Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
y se me parte el alma. ¡Cómo envidio a ese otro
que esta mañana deambuló en sus senos, se ahogó
en sus labios y murió en sus caderas! Cuántas
de estas muchachas imaginan que en la ciudad
un hombre se muere por ellas y madruga sólo
para verlas subir y deletrear con letras ciegas
las habilidades de sus cuerpos desnudos
contoneándose al ritmo del tic tac de un reloj.
¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
al verlas pasar con el pelo aún mojado y la sonrisa
del placer todavía desarmándose en sus bocas! Si
lo supieran, dejarían de subir las escaleras y correrían
a comprar una cuerda para llegar a su balcón y secarle
esa lágrima que corre sólo por ellas que amanecieron
hoy en brazos de otro haciendo el amor una y otra vez
en el largo delirio de la infancia crecida.

Paula comenta a una amiga que tiene al lado: “Lee muy bonito pero los poemas no me gustan. ¿Qué se cree?”. La amiga asiente y se suma: “son lamentos, súplicas”.

Cuando termina de leer Alberto mira al público y encuentra el rostro atribulado por la decepción de Paula. Parece darse cuenta en ese instante de que ha leído el poema que no era y alcanza a entender que es un mal poema, “lloriqueos de alguien que quiere que lo quieran”. Se siente patético, se avergüenza y lanza una sonrisa triste a Paula que la acoge y le responde con un gesto tímido de su mano.

En la noche se encuentran en el parque de El Peñón que está cerca del hotel en que se aloja Alberto. Llega tarde con un libro en la mano y la euforia del alcohol en la sangre.

Cuando la ve su rostro reverbera y exclama: “Paula, caleña sin nombre, he aquí a este hombre, baila, Paula, baila”. Ella ríe mientras enrolla nerviosa la cola de su peinado.

Se van por el camino del río buscando La noche caleña. Conversan, hacen preguntas tontas de recién conocidos. “¿Paula qué?”. “¿Qué de qué?” “¿Paula de Rodríguez, de Tosca?”. “Ni loca, Paula Maldonado”. “Como yo: mal donado”. “¿Eres mal donado?”. “Un producto vencido a punto de intoxicarte”. “Sabes a viejo: a galleta vencida”. “Y tú qué sabes a qué sabe este mal donado”. Avanzaron riñendo a punta de sarcasmo entre la frescura de la noche.

Una hora más tarde Paula y Alberto bailaban canciones cubanas. Las bailaba Paula y las cantaba Alberto. “Ya deja de cantar, vinimos a bailar”. Entonces Alberto preguntó a Paula si alguien podía conseguirle algo de coca. Paula se ensombreció, dijo que no sabía, dos canciones más tarde anunció que quería irse. Alberto la acompañó a la puerta del bar, pidió disculpas, rogó que no se fuera, prometió cosas que Paula ni siquiera escuchó. Le regaló el libro y alcanzó a hacer una última promesa: dedicárselo al día siguiente.

Tercer día

Suena el teléfono de Paula, son las diez de la mañana. Es la muchacha encargada del transporte de los poetas del festival. “Oye Paula ¿tú sabes algo del cubano? Estamos en el hotel para llevarlo al aeropuerto, no contesta en la habitación, parece que no vino a dormir”.

Paula cuenta su versión de los hechos y después de colgar siente susto y remordimiento, se siente culpable de haberlo dejado solo.

Alberto no responde las llamadas, su teléfono está apagado. Los organizadores se dividen en grupos para buscarlo, unos van al aeropuerto para ver si llegó a su vuelo. Otros se quedan en el hotel aguardando. Abren la habitación y allí encuentran el morralito de tela y la cama tendida. Llaman a Paula, la última persona con que lo vieron. Los que van para el aeropuerto la recogen y le preguntan.

Ella cuenta lo de la coca. “Algo le pudo haber pasado”. Llegan al despacho de Avianca a esperar. Llaman al hotel, ni rastro de él, deciden enviar el morralito al aeropuerto por si aparece. Se lo entregan a Paula.

A las doce del día, cuando ya todos han abordado, aparece corriendo de la mano de una muchacha recién bañada “el pelo aún mojado y la sonrisa del placer todavía desarmándose en su boca”. Sobre la carrera recibe de las manos de Paula el morralito de tela, como quien recibe un testimonio en una carrera de relevos. La mira un instante, sonríe con su mueca de sarro y vergüenza. Besa a la muchacha del cabello mojado y desaparece por el corredor.

No todo fueron derrotas querido Alberto, donde quiera que estés debo decirte: no todo fueron derrotas.

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JOSÉ ZULETA ORTIZ (Bogotá; 1960). Vive en Cali desde1969, ha ganado importantes premios nacionales e internacionales de cuento y poesía; ha publicado, entre otros títulos, los libros: Las alas del súbdito (2002), La sonrisa trocada (2008), La espiral del alambique (2014) y Retratos (2017).


Comments (1)

  • mery sananes

    Sòlo puedo agregar; què buen retrato! Què extraordinaria manera de plantar al hombre su tragedia, su vivir desvivido y sin embargo en su lamento la vida fluye como un rìo descarrilado. Se requiere haber amado y haber sido derrotado siempre. De èl nos queda la parte de la risa que no le conocimieos. Y de seguro en ella seguirà viviendo para reirse de todos nosotros, los que creemos ser màs cuerdos que èl. Lo saludo como a un compañero. Y saludo a Josè por ese magnìfico retrato, imposible de dibujar si en èl mismo no hay mucho màs que condolencias, la fibra inerme de un hombre demasiado vivo.

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