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Donde aguarda el primer susurro de los sentidos: La poesía de Nidia Garrido

FERNANDO DENIS [mediaisla] Su poesía es una alegoría inusitada de los sentidos, de las grandes incertidumbres de la belleza y la fascinación, su escritura corre no sobre un papel en blanco sino sobre el espinazo del tiempo, sobre su espalda sudorosa.

El sueño de las palabras es lograr un instante de asombro, de recobrar el primer momento de la historia, cuando aún las voces eran un hálito, una chispa soñada por la primera sílaba.

El misterio de la palabra, como el misterio de la piel, tiene sus orígenes en los grandes instintos del lenguaje, en su depurada conciencia, en su peculiar manera de invocar la piel de su silencio milenario con los primeros aullidos, con los primeros susurros, mientras el tiempo moldeaba la arcilla de la voz humana que lo transformaría todo para siempre.

Nidia Garrido quiere alcanzar los susurros de la primera piel, descifrar sus símbolos, sus magias, el primer tacto del mundo. Su poesía es una alegoría inusitada de los sentidos, de las grandes incertidumbres de la belleza y la fascinación, su escritura corre no sobre un papel en blanco sino sobre el espinazo del tiempo, sobre su espalda sudorosa.

El temperamento de Nidia Garrido está signado por una exacerbada y cadenciosa pasión, por un ímpetu, por una fogosidad inalterable. Y su mecanismo de defensa son las palabras, los atribulados gritos y los meticulosos silencios del lenguaje.

Al llegar la noche, como una de las tantas aves agoreras que la habitan, esta poeta viaja con sus verbos por regiones inexploradas del inconsciente colectivo, recoge gestos, caricias, expresiones fuertes y deja que las palabras penetren en sus emociones más intensas. Por eso escribe, quiere dejar su tacto en la historia.

En Nidia casi todo está hecho de tactos, de maravillosas sugestiones, de viajes a los bajos fondos de su alma. Demostró que podía volver a nacer en el lenguaje, que al llegar la noche sucumbiría a las llamas como un ave fénix, que podía hacer estallar las palabras con todas sus metáforas y recoger sus cenizas al alba. Sus descripciones, sus motivos, las tantas angustias del sueño y de la piel, y esa desaforada sed que la agobia, fueron moldeando su canto, el acento de su voz y sus delirios en la penumbra.

Su poesía está ambientada en grandes delirios, y en sus sílabas trasiega un imaginario demasiado intenso, una miel y una respiración profunda. Lleva tatuada una sílaba amorosa y todos los alfabetos de un sueño enfermo de belleza y esplendores. Nidia Garrido sofoca la imaginación, se reinventa en cada estrofa, como si mudara de piel, y esa ambigüedad es lo que alimenta sus paisajes, su incesante peregrinar por esa ciudad abandonada que son las notas de sus diarios. Creo que busca el amor para desafiarlo, busca su transparencia o su materia alimentada por catástrofes o por días de lluvia, busca los vacíos para llenarlos de manera insaciable. Quiere una máscara distinta a la suya para esconderse de nadie.

En el ángel de la escritura de Nidia Garrido hay una soledad más grande que el océano donde naufraga. Por eso escribe. La carcomen el insomnio y la metáfora. La poesía le sirve para moldear la arcilla de tantas noches de soledad, para dejar en los instantes una herencia o una señal de todas sus intrigas frente al mundo, y que esa lucha interior pueda dar testimonio de su profunda sed, de su desaforada intención de saciar el lenguaje o envenenarlo de algún deseo.

Ahora recuerdo un poema suyo que me parece genial:

BRAILE

Me reescribo al romper la aurora,
mi piel anhelante es alfabeto para tus manos ciegas

Para una poética del amor, las palabras se abruman, se quiebran, no encuentran cobijo bajo la tormenta. La soledad es un relámpago que ilumina ciertos corredores de la memoria; por ahí transita el lenguaje con su noche, con sus metáforas cargadas de frío. Es una soledad barroca. Las palabras entran con su embriaguez en nuestros sentidos y escriben diarios, poemas, cartas. Nidia Garrido enferma de palabras de amor y esa exquisita soledad simboliza una hilarante belleza que la consume, que la hechiza, que la convierte en piel y en instinto del lenguaje, y su poesía trasiega a deshoras en la búsqueda infinita de un sueño, de un placer y de una memoria que la pueda salvar del abismo, de las incertidumbres, de la caída, incluso que la salve de sus propias palabras.

Serías mi caballero de mil batallas, de armaduras opacas,
serías mi caballero de sonrisa serena y besos furtivos,
y también mi incertidumbre, mi poema inconcluso…

Hay un instante del poema en el cual el mundo se detiene, el lenguaje también, los gestos de una búsqueda del grial amoroso, su catástrofe cósmica o su genio creativo: ahí es cuando Nidia Garrido desciende con todas sus barajas de adivina, con labios y manos, y escribe el gran incendio del mundo.

Bajo el influjo de su época, Nidia Garrido transita por incesantes callejones del lenguaje y busca en cada sílaba una señal de su destino. Escribe con la embriaguez de una guerrera, traza líneas cargadas de muchos estados de ánimo, busca entre palabras las cenizas de un imperio amoroso que soñó alguna vez. Lentamente, con paso de bosque, con tacto y con labios, como quien arroja su última moneda, Nidia Garrido camina hasta los límites, hurga en ella misma con lupa y escobilla como toda una arqueóloga, busca el paraíso perdido; ella se mira a sí misma en la piel de los otros, en la piel de unas palabras que germinan una y otra vez, en el infinito sueño que le ha costado un trajín y un deseo desaforado de salir de su inmensa caracola.

La poesía le ha otorgado a esta mujer ese verso feliz, esa insospechada y profunda iluminación, y en esa porción de tierra santa es donde habría que sembrar su árbol o poner su epitafio. Su poesía está herida por un espejismo, por un hechizo malvado, por el inescrupuloso viento de un amor imposible, envejecido en cartas, diarios, recuerdos, en insobornables paseos por los bajos fondos de su alma. Sabe que lleva tatuada una palabra para librarse de todo, pero no la lee. Busca el amor, el incesante, el siempre amor; no sabemos si lo busca para abrir una percepción al sueño creativo, o para casarse, o quizá para vengarse de él.

TRES POEMAS DE NIDIA GARRIDO

La musa

Llévame contigo, viajero sin mapa,
abrázame fuerte que está helando en mis sueños,
toma mi néctar puro y embriaga tu noche;
prometo no hacer ruido cuando abra mis alas,
seré discreta,
no visitaré el vergel que un día dejamos encendido,
seré solo una musa en la palabra que te convierte,
en la sílaba que te hace ángel o héroe de un mundo épico,
pero vamos hacia lo prohibido, a lo intocado,
a rebelarnos el secreto de cada gesto de la sombra,
vamos a descifrar lo que nunca dijimos a los lejos,
perdamos la cordura, los sentidos,
y entremos juntos al abismo.

Para colmar la herida

En el fuego de tu hoguera incesante bajo lentamente
como una nieve, oh viajero de los dos mundos,
acaricio con locura lo que te hace memoria,
sin prudencia, sin miramientos me arrojo con éxtasis,
es de ese modo que soy sangre y soy verso,
vengo de lejos y me detengo en tus brazos.
Ya no sé cuál es mi origen, de dónde salieron tantas palabras
para colmar la herida, para sangrarme en tu filosa daga.
Estoy sola y la noche inmensa con sus ladridos cae sobre mí.
Los congruentes jadeos tuyos me persiguen hasta la aurora,
estrujan mis sentidos. Soy grito, soy llama, soy soga para ahorcarme
si a la mañana una palabra no amanece conmigo.
Busco afanosa la piel canela de mis delirios, la sed de tu garganta.
Los tiernos ojos distantes se llevan mis ahogadas sílabas,
murmullos, siseos y los húmedos silencios que me delatan.
Tus pupilas como ráfagas me inyectan salvajemente
tu savia, te recorro con tu cornea casi mágica,
casi carnal como yo.
Tu vino manchado de sol y de luna se derrama en la calidez
de mi sexo, en los umbrales de mi piel desnuda.
Nadie podría tener más piel que yo para ti, a esta hora
en que soy un bosque y sus alaridos.
Hoy no has corrido, tu falo ha pernoctado,
alimentando gota a gota tu pasión insana.
Tu dulce enredadera ha subido por mi cuello
has tomado como tuya mi desnudez invasora y cruel,
has galopado jadeante, sin tiempo, sin noche,
mi cuerpo sobre el tuyo es una ola,
o el tuyo sobre el mío un mar que no tiene límites.
Me embriago otra vez del placer ingrávido,
cierro los ojos, me detengo en un sabor agridulce,
un sabor anónimo de tierna pasión, de un rojo carmesí
que arde en las orillas de nuestra selva oscura.

Tela de araña

Te susurró al oído mi última palabra, te bañó con tinta,
te calco, te dicto,
y te dibujo con mi mano cóncava en cada callejón
de este destino y su peregrinaje.
Con esta alma enredada, con mi tela de araña y mis sílabas,
quedo exhausta de tanto tejer tus ojos, tu soberbia mirada.
Estoy hecha de letras, de ideas, de vocablos que viajan por tu piel.
¿Hasta cuándo me devoraré en tus espejos? Mis letras solo sirven
para armar el rompecabezas de tu nombre,
mis letras de madera como una guitarra envenenada de llanto
se nutren de tus ojos, de tu voz indiferente, cobran vida cuando las unes
y tienes la facultad de no hacerlo, pero lo haces.
Alienta este corazón escrito a mano, toma mis colores, pinta tus grises,
pero no dejes de calcar mis letras en tu piel desaforada,
alimenta tus pájaros, tus ojos color almendra con mis delirios,
ven a mí color piel, color tuyo para siempre, ven y enciérrate en mi mente,
arrúllate en mi palabra cóncava, en este cuenco bebe insaciable
del manantial de mis ojos.

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FERNANDO DENIS (Ciénaga, Magdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007); traducido al inglés, francés, alemán, ruso, hindi y bengalí, Denis ha sido considerado como una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina.


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