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El arte mutable de Aki Inomata

GERARDO CÁRDENAS [mediaisla] Hay quien guarda el cabello de los hijos o de los amantes como forma de recuerdo, nostalgia y compañía. Inomata aplicó ese mismo concepto a «Yo llevo el pelo del perro, y el perro lleva mi pelo», una pieza consistente en dos mitades: ropas hechas de cabello.

Fue casi por casualidad —para quien crea en esas cosas— que me encontré con piezas de la artista japonesa Aki Inomata en Chicago. Había acudido a un encuentro literario, y en la galería-librería donde se llevaba a cabo las tenían exhibidas, con esa actitud tan típica de Chicago de no hacer demasiadas olas, no hacer demasiado ruido, y dejar que la gente se encuentre con las cosas, en vez de ponerles las cosas en las narices.

También es cierto que el trabajo de Aki Inomata no es inmediatamente impactante. No parece trabajar el gran formato —al menos no en las piezas que tenían exhibidas en Chicago— y su obra requiere de más de una mirada para apreciarla.

Inomata, nacida en Japón hace 34 años, tiene apenas un puñado de exposiciones en solitario, aunque una lista más larga de exposiciones en colaboración con otros artistas y colectivos.

La artista titula sus recientes trabajos como Comunicación Inter-Naturaleza. A mí me parece una declaración sobre la mutabilidad de la naturaleza, y en particular la mutabilidad del cuerpo. Dicho de otra manera, somos lo que llevamos con nosotros mismos, pero también, en otro sentido, somos lo que vamos dejando en otros.

Dos cuerpos, y la mutabilidad de sus elementos, atraparon mi atención: el primero consiste en una serie de caparazones o conchas creadas con gráficos de tercera dimensión para los cuerpos de los cangrejos ermitaños.

En su página web, Inomata explica que la idea surgió a partir de una instalación que tituló Tierra de nadie y que se exhibió en Japón en 2009 en la sede de la Embajada de Francia. El edificio había pertenecido al Estado francés hasta este año, pero devuelto a Japón por los siguientes 50 años, una especie de mutación in situ que implicaba una serie de transferencias más allá de la física o arquitectónica. Esto llevó a Inomata a una asociación con el cangrejo ermitaño, que muda de concha en concha y, al hacerlo, cambia completamente de apariencia.

El trabajo que siguió, y que requirió de cuatro años, fue la creación de conchas a través de imágenes escaneadas de ciudades, que luego son modificadas a través de gráficos de tercera dimensión, e impresas en impresoras también de tercera dimensión para darles formas que permitan que el cangrejo ermitaño pueda mudarse a ellas. El resultado es una ciudad miniatura móvil, que modifica también la apariencia del huésped y que crea una imagen casi fantasmal, a medio camino entre la escultura y la joyería. El cangrejo porta la ciudad. En una ciudad de inmigrantes como Chicago, muchas veces siento que cargo también con los fantasmas de las ciudades que he habitado a lo largo del tiempo y que, si algún día me mudo, llevaré también muchas imágenes de Chicago sobre los hombros: sus rascacielos, sus bulevares, la orilla del lago, las añejas vías del tren urbano, la arquitectura de sus barrios.

Pensé esto antes de leer la explicación que la misma artista da en su página: “La apariencia del cangrejo ermitaño cambia completamente, conforme pasa de una concha a otra. Los cangrejos ermitaños de mi instalación, que cambian de conchas que representan a ciudades del mundo, parece que cruzan fronteras. Eso me hace pensar en inmigrantes y refugiados que cambian de nacionalidades y de los lugares en los que viven”.

Si la mutabilidad de las ciudades y los cangrejos nos ponen el tema en una perspectiva global, la mutabilidad es también un proceso íntimo, como la saliva y los flujos que intercambian los amantes, los trozos microscópicos de piel que nos dejamos en un abrazo o en un apretón de manos. Y el pelo, que vuela de un lugar a otro.

Inomata reflexiona que entre los animales, los domésticos son aquellos que tienen una relación más íntima con los seres humanos. Hay una inescapable ironía en esa afirmación: humanos y animales no compartimos lenguaje, no conocemos las características de nuestras respectivas visiones del mundo, incluso la relación espacio-tiempo se da en planos distintos. Y sin embargo hay una proximidad ineludible, una comunidad que depende mucho de tocar y sentir.

En esa dimensión, el pelo juega un papel insospechado: el incómodo pelo de perros, gatos y otros animales domésticos que se nos pega en la ropa, que tan difícil es de cepillar, que provoca alergias y disgustos y que, sin embargo, se vuelve inescapable. ¿A dónde va el pelo que se nos cae a nosotros? ¿No se transfiere también al cuerpo del animal? ¿Le molesta tanto como a nosotros el de ellos?

Hay quien guarda el cabello de los hijos o de los amantes como forma de recuerdo, nostalgia y compañía. Inomata aplicó ese mismo concepto a Yo llevo el pelo del perro, y el perro lleva mi pelo, una pieza consistente en dos mitades: ropas hechas de cabello. Este trabajo, de 2014, consiste en una capa hecha del pelo del perro de la artista, y una especie de chaleco hecho en su totalidad del cabello de Inomata, que el perro lleva puesto. Al caminar juntos, cada uno lleva las piezas del otro. Hay una comunicación a un nivel inusual, pero que conlleva también la idea de la compañía, la idea de una relación que existe más allá del lenguaje o el pensamiento.

Más información sobre la artista puede encontrarse aquí: www.aki-inomata.com

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GERARDO CÁRDENAS, escritor y periodista mexicano, reside en Chicago donde ha publicado dos títulos de poesía, uno de relato, una obra de teatro, y una antología de cuento. En vías de aparición está su sexto libro, y segundo de relatos. Sus artículos, cuentos y poemas han aparecido en una docena de antologías y en publicaciones impresas y electrónicas.


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