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La amistad y la influencia entre dos grandes escritores dominicanos: Henríquez Ureña y Bosch

FERNANDO BERROA [mediaisla] A pesar de los ensayos, las tesis doctorales y los prolegómenos a las obras completas de ambos, nadie ha delimitado su focalización en la convergencia sincrónica de estos dos intelectuales.

La historia de la literatura dominicana, a pesar de sus hitos, contiene aspectos que necesitan un deslinde. Algunos tópicos rayan la tangencia de lo inédito, puesto que nuestros críticos se ocupan en manosear el ya esculpido fetiche del canon, una y otra vez, sin aportar nuevos vórtices para la discusión. Tal es el caso de la relación entre Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch; descubrimiento que sorprende, sobre todo si consideramos que se trata de los intelectuales dominicanos más abordados por los especialistas, tanto dominicanos como extranjeros. Ambos son el objeto de estudio de críticos e historiadores de la cultura hispanoamericana que trascienden nuestra lengua. A pesar de los ensayos, las tesis doctorales y los prolegómenos a las obras completas de ambos, nadie ha delimitado su focalización en la convergencia sincrónica de estos dos intelectuales.

Juan Bosch nació en el 1909, cuando Pedro Henríquez Ureña, a pesar de contar con apenas 21 años, era ya un escritor de renombre en el ámbito hispanoamericano. La razón de su precoz celebridad fue la consecuencia de publicar Ensayos críticos, una recopilación de textos que había escrito para diversas revistas desde su adolescencia, a la que agregó textos inéditos. La aparición del libro fue todo un acontecimiento; los lectores dominicanos quedaron encandilados, en Cuba y México propiciaron el inicio de su reputación internacional. Ha sido uno de los pocos libros acogidos con unanimidad en la República Dominicana; quizás porque Pedro era hijo de personas prominentes (su madre Salomé Ureña fue una reconocida poeta y pionera de la educación feminista; su padre Francisco Henríquez y Carvajal era médico con estudios de Especialidad en París y político influyente). Antes de los diez años Pedro ya había editado un par de antologías en colaboración de su hermano Max y participaba de tertulias y eventos culturales, por lo que el ambiente intelectual esperaba la producción de este niño prodigio.

Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch se conocen a finales de 1931, cuando el primero regresa desde Argentina a su isla natal para ejercer funciones públicas, treinta años después de iniciar su errancia por el mundo. Por recomendaciones e intermediaciones de su hermano Max Henríquez Ureña, quien se había instalado en el país en la víspera del ascenso al poder de Rafael Leonidas Trujillo y Rafael Estrella Ureña, fue nombrado Superintendente General de Enseñanza, lo que hoy equivaldría a Ministro de Educación. Al margen de sus ocupaciones oficiales, Pedro Henríquez Ureña ofrecía conferencias en diferentes organizaciones, desde el Ateneo Dominicano a la Universidad de Santo Domingo. También acostumbraba a realizar encuentros menos engolados con los escritores en ciernes de entonces, con los cuales se reunía en el Café Paliza de la calle Conde, en la Zona Colonial de Santo Domingo. En esa misma calle vivía Pedro con uno de sus hermanos, el Dr. Rodolfo Henríquez Laurazón. En el libro Textos Culturales y Literarios, uno de los últimos publicados por Bosch (1989), se ofrecen detalles sobre aquellas sesiones en Café Paliza:

En el escaso tiempo que Pedro Henríquez Ureña vivió en el país en esos años —no creo que llegaran a dos— se fue formando a su alrededor lo que en España dieron por llamar peña literaria, esto es, el hábito de reunirse en un café algunos escritores —que podrían ser poetas, periodistas, historiadores, pero no dramaturgos ni pintores porque en esa época no los había en la Capital si se exceptúan los casos de Celeste Woss y Gil y Aida Ibarra, en Santiago el de Yoryi Morel y en La Vega el de Andrés García Godoy y Miguel Moya—. El sitio de reunión era, como dije, el Café Paliza y allí íbamos en horas de la tarde, además de don Pedro, Juan José Llovet, notable periodista español, Tomás Hernández Franco, Arturo Peña Batlle, Franklin Mieses Burgos, Pompeyo Cruz y Manuel del Cabral cuando estaba en la Capital; alguna que otra vez iban Héctor Incháustegui y Manuel Llanes, y aunque al pasear por el Conde saludaban desde la acera, nunca entraron, al menos hasta donde alcanza mi memoria, ni Fabio Fiallo ni Vigil Díaz. (Pág. 110).

Al poco tiempo de vivir en la calle Conde con su hermano de padre, llegan su esposa e hijas de Argentina y Pedro Henríquez Ureña se traslada a Gascue, a una de esas casas de estilo victoriano, diseño de arquitecto y amplio jardín (todavía se preservan algunas similares a pesar de la violencia inmobiliaria de los edificios, que pretenden ascender al cielo cual zigurat bíblico). La cuestión es que Bosch lo visitaba esporádicamente. Para demostrar que eran íntimos y no solo conocidos, Bosch cuenta que en una ocasión Henríquez Ureña le pidió el favor de conseguirle un pavo real, que su esposa quería para tener en los espacios del jardín.

Cuando llegó su familia, don Pedro se mudó a Gascue y un día me preguntó qué debía hacer para conseguir un pavo real porque doña Isabel le pedía uno para soltarlo en el jardín de la casa que estaba estrenando. “Yo me encargo de eso”, le dije, y dos semanas después doña Isabel tenía el pajuil en su jardín. (Pág. 111).

¿En torno a cuáles temas giraban las conversaciones del Café Paliza? No existe documentación detallada, sino comentarios dispersos de los participantes que han recogido los historiadores de la literatura. La reseña de Bosch y el contexto nos ayudan a inferir el clima intelectual de aquella peña literaria. Recordemos que para 1932 Pedro Henríquez Ureña tenía ya reputación de crítico avezado y cierta fama de erudito, era amigo de los más influyentes intelectuales de México, España y Argentina, contaba con alrededor de diez publicaciones y poco tiempo después se convertiría en el primer latinoamericano en impartir clases en Harvard. Los asistentes a la tertulia de Café Paliza, que luego serían algunas de las más importantes figuras de la literatura dominicana, sobre todo de las denominadas Poesía Sorprendida (Mieses Burgos, Llanes) y los Independientes del Cuarenta (Incháustegui, Del Cabral, Hernández Franco), conocían su fama de erudito y algunos de sus textos, a través de su sobrino Rafael Américo Henríquez, en cuya casa se reunían los del grupo La Cueva, que sería el mismo de Café Paliza pero más ampliado. Allí se hablaba de arte y cultura en términos generales, no solo de literatura, pues también participaban historiadores y periodistas. Pedro Henríquez Ureña tenía ese mérito de guiar sin avasallar, tal era su humildad y vocación natural hacia el magisterio. Lo mismo había hecho como líder de los escritores mexicanos en la víspera de la Revolución, quienes le apodaron “nuestro Sócrates”. De modo que, en su suelo natal no se debía esperar otra actitud: se convirtió en el oráculo del grupo.

Para Bosch, que a diferencia de los demás le interesaba más el cuento que la poesía, la presencia de Pedro Henríquez Ureña fue determinante en su formación. El crítico leyó sus borradores de cuentos, le hizo recomendaciones para mejorar y lo ayudó a publicar en el extranjero por primera vez. Sobre todo le recomendó lecturas para fortalecer su vocación: Maupassant, Kipling, Chesterton, Quiroga… Como era de esperarse, muchos de esos autores no estaban disponibles en las librerías locales, por lo que Juan Bosch no los conoció hasta poder viajar. Leyó a Quiroga en Cuba, cuando tenía casi treinta años. Una evidencia de la importancia de esas sugerencias de autores se puede constatar en sus Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, famoso ensayo en que Juan Bosch presenta como maestros del género precisamente a los autores recomendados por Henríquez Ureña en los inicios de su carrera como escritor.

Ya es conocido que desde el momento en que Pedro entendió que Trujillo esbozaba su perfil de dictador, no lo pensó dos veces e ideó una estrategia para marcharse del país cuanto antes, pero sin ofender al tirano ni perjudicar a su familia (su padre, hermano Max y otros familiares trabajaban para el gobierno). En total, permaneció poco menos de dos años en el suelo natal, pero su aporte dejó huellas que todavía no se han delimitado con precisión: el sistema educativo, el feminismo y las sufragistas, la literatura, la Universidad de Santo Domingo. Como vemos, la influencia de Pedro Henríquez Ureña es todavía un tema al que le hace falta mucha glosa y pie de página.

Consideramos que luego de la matanza de los jóvenes de Santiago, a la cual quisieron ligar a Bosch con una bomba lanzada en el cementerio de la avenida Independencia, por lo que incluso fue apresado; más el ejemplo de Pedro Henríquez Ureña en su fuga de la satrapía trujillista, le motivaron a marcharse a Puerto Rico, luego radicarse en Cuba y convertirse en opositor a Trujillo con la fundación del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en 1939. Quizás la escapada de Pedro Henríquez Ureña de la dictadura fue la lección de moralidad que motivó a Juan Bosch a realizar lo mismo años después.

La ruta del exilio de Bosch lo llevaría de Puerto Rico a Cuba. En La Habana fue recibido y acogido por la familia Henríquez Ureña. Allí vive con Enrique Cotubanamá Henríquez, hermano de padre de Pedro, nacido en el matrimonio de don Pancho con Natividad Laurazón, con quien se casó al poco tiempo de la muerte de Salomé Ureña, generando todo un revuelo de especulaciones y conjeturas en el provinciano Santo Domingo de finales del siglo XIX. Enrique Cotubanamá Henríquez sería el ideólogo detrás de la fundación del PRD, a pesar de que Juan Isidro Jimenes y Juan Bosch asumieron el liderazgo representativo.

En una breve visita de Pedro a Cuba, quien hacía escala desde los Estados Unidos tras una breve estancia en Harvard, Bosch compartió por última vez con el maestro, pues moriría poco tiempo después. Bosch cuenta como la intelectualidad cubana estuvo de luto por la partida de quien le enseñó a amar al José Martí escritor e intelectual, puesto que su fama era de luchador revolucionario antes de que el joven dominicano escribiera sobre su valor como literato en el contexto del Modernismo. Bosch relata que le tocó ofrecer unas palabras en el homenaje póstumo organizado por los de la familia Henríquez que residían en Cuba, labor que cumplió como un deber del discípulo agradecido.

En el libro Textos culturales y literarios, que recoge discursos, conferencias, cuentos, obras teatrales, canciones y otros trabajos no publicados hasta entonces, el propio Juan Bosch admite lo importante que fue el maestro en su vida. Primero en una conferencia titulada “Un trabajo ejemplar de Pedro Henríquez Ureña” (Pág. 55), en la que aborda sus aportes intelectuales, sobre todo en el terreno de la lingüística, con énfasis en el libro El español en Santo Domingo, que, según Bosch, es un trabajo magistral, modelo en su género que debería destinarse para el estudio de los demás dialectos de nuestra lengua. Mientras que en “Evocación de Pedro Henríquez Ureña” (Pág. 109) le hace todo un homenaje en tono laudatorio, muy raro en el temperamento de Juan Bosch. En esa semblanza no solo admite la influencia de Pedro entre los dominicanos de su generación, lo sitúa entre los grandes de América a propósito del centenario de su nacimiento.

Hay algo que Bosch resalta cuando realiza el perfil de Pedro Henríquez Ureña, y es que siendo una figura tan destacada y ocupada, le escribió en varias ocasiones para alentarlo a continuar con su vocación de cuentista. Ojalá y alguna vez salga a la luz esa correspondencia de un maestro que le recomendaba libros y autores importantes de un género en que su pupilo sería uno de los autores fundamentales en el contexto latinoamericano.

Además de valorar a Pedro, Juan Bosch estuvo en contacto con los otros hermanos Henríquez Ureña, incluso se carteaba con Max. También estaba al tanto de la labor profesional de Camila en Cuba y luego en Estados Unidos, en donde trabajó como profesora en la Universidad de Minnesota. En Cuba fue donde Bosch participó de la fundación del PRD por iniciativas de Enrique Cotubanamá Henríquez, hermano de Pedro. En el “Epistolario 1”, tomo XXIV de Obra y apuntes de Max Henríquez Ureña aparecen dos cartas remitidas por Bosch a Max en 1936. A pesar de que no contamos con las que generaron la remisión, se entiende que a Max le interesaba realizar una antología sobre narrativa dominicana, en la cual incluiría a Bosch y otros cuentistas contemporáneos. En las misivas de Bosch a Max podemos ver el proceso de desarrollo del proyecto, en donde el primero le va comentando a Max quién puede o no participar, según el dominio del género:

José Rijo y Héctor Incháustegui Cabral, ya conocido como poeta, son dos muchachos jóvenes. El primero ha escrito cuentos maravillosos. El segundo no se dedica al cuento propiamente; pero ha escrito algunos, entre ellos “El camino”, que yo considero lo mejor en su género que tenemos. Podría estar equivocado; pero será siempre de buena fe. Del primero, sé decirle que tiene admirables condiciones para el cuento, que los escribe con personalidad y que trabaja mucho, estudia y es joven ambicioso, lo que lo hace apto para quitarme el puesto tan pronto quiera. Si Ud. insiste en publicar la antología, yo conseguiré de ellos sus mejores trabajos, y con mucho gusto le serviré en todo lo que me ordene, rápidamente, para que no se figurare Ud. que tardaré tanto en atenderlo como en contestar su última carta. (Pág. 71).

En otra de las cartas Bosch le explica los textos y las reseñas biográficas que ha logrado conseguirle para el proyecto:

Ya tengo en mi poder cuentos de Héctor Incháustegui. “El camino”, que Ud. tiene, está sucio de imprenta, descuidado; cuentos de Suncar Chevalier; centros de Miguel Ángel Jiménez; cuentos de Alfredo Fernández Simó; cuentos de José Rijo, y Sócrates Nolasco.

Están preparando los suyos, P. A. Contín Aybar, Ramón Marrero Aristy, Hernández Franco, Brenes, Acosta hijo, Gimbernard y Francisco Requena. No me han contestado ni Vigil Díaz, ni José Jasd, ni Franklin Mieses, ni Julio Vega Batlle ni Ramón Emilio Jiménez, ni César Herrera. No he visto a Monclús ni he visto a Aybar. (Pág. 80)

En esa correspondencia con Max hay un elemento que podría pasar desapercibido para el lector poco avezado, pero el analista del discurso sospecharía de una deferencia o muestra de respeto hacia su hermano Pedro, a pesar de que lo ayudara en labores de investigación. Consiste en que la despedida está precedida de un “Me saluda a Don Pedro”. Queda claro que aunque le colaborara a Max su amistad y devoción eran para Pedro Henríquez Ureña.

Otra evidencia de que los Henríquez Ureña motivaron que Bosch se fuera del país, está presente en la idea de que abandonaría el cuento, “a menos de que tenga la seguridad de que, desenvolviéndome en un medio más amplio, pueda llegar a ser un buen cuentista” (Op. Pág. 65); quizás en alusión a la mediocridad imperante en la Republica Dominicana, en comparación con los que habrían podido salir, ante lo cual esa familia era paradigmática. Es una visión compartida con Henríquez Ureña (2012), quien en su texto En mi tierra dijo que “El dominicano se cultiva mejor en tierra ajena” (Pag. 400).

Aunque los críticos y los historiadores de la literatura dominicana no han fijado la focalización de sus trabajos en la estrecha relación entre Juan Bosch y Pedro Henríquez Ureña, los hechos históricos revelan que el hijo de Salomé y toda la familia Henríquez Ureña constituyen una influencia cardinal para el mayor de nuestros cuentistas, tal como evidencia el contenido de la correspondencia hasta ahora localizada, porque todavía muchas cartas no han visto la luz, permanecen extraviadas o simplemente ya no existen. Es una mezquindad de poco alcance querer colocar a Juan Bosch por encima de Pedro Henríquez Ureña, cuando él mismo lo reconoció su maestro; discurso sostenido por los desconocedores de la historia de la literatura dominicana; en el fondo no existe tal dicotomía, sino una simbiosis que ha legado a dos pilares de nuestra cultura.

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FERNANDO BERROA (Santo Domingo, 1983). Poeta, narrador y ensayista. Máster en Guion de Cine por la Universidad de Sevilla, España. Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ganador de importantes certámenes literarios; profesor universitarios. Ha publicado: El turno de los malos, La verdadera muerte de Pedro Henríquez Ureña y La destrucción del mito.

 

Referencias:

 

Bosch, Juan (1989). Textos culturales y literarios. Santo Domingo: Alfa & Omega.

 

Henríquez Ureña, Max (2012). Obra y apuntes. Epistolario 1. Tomo XXIV. Santo Domingo: Editora Nacional.

 

Henríquez Ureña, Pedro (2015). Obras completas. Tomo 9. Santo Domingo: Editora Nacional.

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