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La continua arena movediza

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Intenta la escritura trascender el tiempo y acumula un maremágnum de documentos mudos —borgeanas bibliotecas laberínticas y archivos infinitos de lo callado— que apenas se los lee o consulta se vuelven torbellino y flujo de palabras enredadas en el pasar de las sílabas

“Para mí el presente es para siempre, y el para siempre está constantemente cambiando, fluyendo, diluyéndose. Este segundo es la vida”, escribe Sylvia Plath en su diario de sabia poeta adolescente. Para ella, en ese momento que lo escribió, y para todos tiene el presente apariencias de infinita continuidad. Porque, atrapados en el tiempo, somos el tiempo: transcurrimos.

Como esa agua del río, que se sucede, somos. Flujo de aguas alborotadas en la premura, o hipnótico espiral, acaso, del remanso, también éste en movimiento, aunque no avance. Estamos en el perpetuo sucederse del presente inmediato, en el transcurso de un instante al otro, nostálgicos de lo que ya fue e ilusos aspirantes a un porvenir, a lo que ha de venir: el devenir que somos.

Ayer, hoy y mañana son términos de lo cotidiano, expresión obsesiva de la irrevocable temporalidad de la existencia que se quisiera e imagina perdurable. Tríptico barroco —difuso y complicado por lo abstracto— de la evocación, la experiencia y lo ilusorio: concepciones fantásticas de lo irreal, confundidas en el torbellino de la sucesión, en el caudal de la conciencia que se inventa —contrarrestando el flujo temporal, sin lograrlo— una identidad de ensueño o pesadilla en la permanencia imaginaria del ser que está en el mundo y el instante.

Inútil proposición irracional de una esencia eterna, ajena a la estampida de los siglos. Ingenua visión humana de un yo inmutable en lo pasajero, eterno en lo efímero.

Nada está sino un instante. El ser no puede sino pasar y sucederse en el perpetuo suceder que es el pasar del tiempo. Somos acción: acontecemos. Ni el más quieto de los quietos—el mismísimo buda, si lo ha habido— puede en su autohipnosis detener el pulso, demorar hasta la asfixia el ritmo de su pecho entumecido de anacoreta. Vive, existe, perdura en su presente. Los más, los ansiosamente inquietos, nos abalanzamos al futuro, de luna a luna, de estación tras estación, obligados de calendarios y almanaques que enumeran los latidos de la fiebre, el acezar del apuro. Y a la vez refrenamos la prisa en la nostalgia de recuerdos imaginarios.

Somos el tiempo que nos arrebata: el sucederse del presente repetido. En el pulsar de la arteria vamos marcando el ritmo de las horas, del segundo casi detenido, ese pretendido avanzar hacia el instante eterno, esa atemporalidad inconcebible como es inconcebible la imagen del vacío, definición de la nada.

Todo sucede. No hay otra alternativa. La máquina del tiempo, sus órbitas y esferas, ese motor incesante —único y primero— no sabe de lo quieto y detenido. Existe la materia en el proceso de existir, del ser instante tras instante lo sucedido. Lo que se sucede. Y la materia humana —la que se dice la elegida, la superior— aunque se reconoce temporal niega a pie juntillas su ser perecedero. Se impone a sí misma la inmortalidad —se convence de ella— aunque de veras no la puede concebir desde su ser puramente temporal.

Todo, ya se sabe, es temporal. Temporal es también la lengua con que nombramos el mundo, la que lo inventa; la que nos dice que somos, la debeladora. Sin ella no sabríamos del tiempo, al que ella misma —que parece haberlo inventado— está sometida. Pero, a pesar de su carácter sucesivo, como de respiración o latir vivo, adquiere en la escritura condición de cosa inerte, material, perdurable e incluso imperecedera.

Por eso escribir es un proyecto desaforado, un acto próximo al delirio y la locura: es la proposición ciega de la inmortalidad imposible, de la inmutabilidad de lo eterno, la negación del tiempo y su vendaval devastador. Quien escribe lo hace para la perdurabilidad porque en la escritura la lengua es inmune al paso del tiempo. Fija la palabra en la letra impresa o en el documento cibernético, se excusa del tiempo y, quieta, inmutable en el texto fijado, espera el momento de la lectura, cuando de nuevo —auténtica palabra resucitada— fluye de un instante al otro, vuelve a ser tiempo. Pasa.

Esto que escribo, letra a letra, como quien trepa paso a paso hacia una cumbre siempre más alta; esto que al leerlo te obliga, lector, al sucederse de las palabras, a la marcha de las sílabas sucesivas que van quedando atrás, marcas aparentemente inertes en el papel o la pantalla; esto es puramente el soplo fugaz de una brisa que pasa incorporal, apenas vibración del aire. Lo dicho, lo escrito incluso —porque solo importa cuando se lo lee—es momentáneo: suceso fugaz que solo en lo archivado se salva del olvido.

Intenta la escritura trascender el tiempo y acumula un maremágnum de documentos mudos —borgeanas bibliotecas laberínticas y archivos infinitos de lo callado— que apenas se los lee o consulta se vuelven torbellino y flujo de palabras enredadas en el pasar de las sílabas que por un momento en el presente dicen, hablan entre dos silencios. Desde el olvido al recuerdo y del recuerdo al olvidar de nuevo.

Es Sylvia Plath quien en su diario de los dieciocho años —ese esfuerzo hacia la eternidad que es todo diario personal— concluye su meditación sobre el tiempo confesando su esencial condición humana, la nuestra: “Nada es real excepto el presente, y ya ahora siento el peso de los siglos oprimiéndome. Hace cien años alguna niña debió vivir como yo vivo ahora. Y está muerta. Soy el presente, pero sé que yo también voy a pasar. Los momentos supremos del relámpago ardiente vienen y van, continua arena movediza. Y yo no quiero morir.”

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)


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