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Letras vueltas

Luka | Siria, literatura bajo los escombros | La armada norteamericana | Picasso-Lautrec, a la luz del aguardiente | Conversando con René Rodríguez Soriano | La batalla de los escritores | El ojo del huracán | Hannah Arendt leída a través del psicoanálisis | El paisaje de Puerto Rico, con una danza al fondo | Juan José Millás: “La apariencia de algo que no se puede nombrar” | Los días más secretos de Clarice Lispector | Marcelino Ozuna genera modelo proyección del cuentos | Gabriela Massuh: “María Elena Walsh y yo, y todos nosotros” | Desde la unión de la política y la técnica, mirando a lo Blade Runner | Norberto James: “Mi signo es el desarraigo” | Conversación en el Bajo | Emilio Lledó: “En el conflicto catalán han sobrado ignorancia y pasión” | La corriente de la conciencia | XVI Congreso Binacional “Letras en el Estuario” | Siete libros de la semana

Siria, literatura bajo los escombros

A pesar de la guerra los escritores sirios se imponen dentro de las letras árabes a potencias tradicionales como la egipcia y la libanesa.

Hace tiempo que los sirios han perdido la confianza en casi todo: en las instituciones internacionales, en la política, en la guerra y a menudo hasta en la paz. Es mérito incontrovertible de la brutalidad del régimen de los Asad, con el auxilio impagable de los yihadistas y el mutis de la llamada comunidad internacional. Y sin embargo, esos mismos sirios aún encuentran medios casi imposibles con que alimentar su capacidad de resiliencia frente a la violencia estructural, los bombardeos y las armas químicas. Ni siquiera la reciente caída del bastión del ISIS en Raqqa les garantiza un porvenir digno de tal nombre.

Uno de esos recursos, muy sirio, prácticamente perdido en otras latitudes, es la fe en la fuerza de las palabras, en la capacidad performativa del simple hecho de contar y recontar lo que pasa. Un narrar sin truco, sin grandilocuencia ni argucias dialécticas, dejando que lo que se cuenta discurra por sí solo, para recordarlo uno mismo y recordárselo a los otros, con la convicción de que en contar “lo que pasa” está en juego algo más que la salvación personal de la locura: en la guerra de Siria se juega el futuro de la democracia en Oriente Próximo, que es lo mismo que decir la estabilidad de Europa. Mirar para otro lado, actitud que se ha naturalizado entre los europeos de pro, es querer negar un Mediterráneo compartido y seguir alimentando el fondo de las aguas con refugiados, como si la geografía y la historia pudieran ignorarse.

Los sirios no acostumbran a alzar la voz, pero no dejan de pedir la palabra una y otra vez, en los foros internacionales, en los campamentos de refugiados, en el exilio y bajo asedio en su propio país. No se les suele prestar mayor atención. Tres libros recientemente aparecidos dan cuenta de sus penurias: la novela El caparazón, de Mustafa Khalifa, un pequeño mito para la infortunada generación siria de los ochenta que ha sufrido nada menos que la represión de Asad padre y Asad hijo, una narración espeluznante de toda suerte de atrocidades en una cárcel cualquiera del régimen; el ensayo-reportaje País en llamas. Los sirios en la revolución y en la guerra, de Robin Yassin-Kassab y Leila al Shami, dos autores con un pie en Siria y otro en Reino Unido que hacen una crónica, a partir de las voces de sus protagonistas, del estallido revolucionario y su secuestro por asadistas y yihadistas; y el Diario del asedio a Duma 2013, de Samira Khalil, una recopilación de las notas personales de esta activista por los derechos humanos secuestrada junto con otros tres compañeros hace cuatro años, todos ellos desparecidos. Tres libros muy recomendables para conocer desde dentro el infierno sirio. Siga leyendo Siria, literatura

La armada norteamericana

Nadie sabe cuántas armas hay en los Estados Unidos. Las cifras van de 265 millones a más de 310 millones. Casi una por habitante. Marina Aizen se metió en el mundo de los hombres y mujeres del rifle y cuenta la fascinación de los estadounidenses por el AR-15, uno de los fusiles que utilizó el tirador de Las Vegas. Un fragmento del libro Trumplandia, de Ediciones B.

Mi amigo J. quería que, antes de que me pusiera a escribir sobre armas en los Estados Unidos, probara primero qué se siente al disparar. Era domingo. Como la gente va a misa por la mañana, tuvimos que esperar que se hicieran las doce para que abriera el sitio de práctica de tiro más cercano. Por respeto, las puertas del polígono no se abren hasta que no se cierran las de dios. El lugar quedaba en un típico centro comercial, de esos que tienen sólo un par de locales y una playa de estacionamiento al aire libre. De un lado estaba el Starbucks. Del otro, una empresa de telefonía celular. Fuimos los primeros en llegar. Como yo nunca había disparado, el muchacho que atendía le dijo a J. que tenía que hacerse cargo de mi seguridad, y lo puso a prueba. Le dio una pistola Glock y le pidió que le sacara el seguro. Hacía tiempo que J. no tenía un arma en sus manos y no se acordaba cómo desactivar el mecanismo. No es que no hubiera tirado nunca. Lo hacía desde chico en Oklahoma, y sus propios hijos -dos adolescentes- saben tirar porque les enseñaron los abuelos. Tirar es un rito de la vida y en lugares como esos, más bien rurales, pasa de una generación a otra. Mientras J. luchaba con la Glock, un tipo de tamaño inmenso entró al local con su arma. Era un AR-15, una bestia semiautomática que se utilizó en varias masacres colectivas. A nadie se le movió un pelo por la presencia de semejante pedazo de caño. Mientras el grandote desaparecía por una puerta, el empleado nos dijo con ese tono formal que usan los policías: “Lo siento señor, no podré permitirles el ingreso”. Y yo respiré tranquila.

¿Qué me había perdido? La oportunidad de experimentar una sensación única, relajante, totalmente antiestrés. Quienes aman las armas no sólo disfrutan el derecho de portarlas. Les agregan adjetivos. Dicen que las armas son románticas, son sensuales, son adictivas, son divertidas, son la libertad misma. Nada asociado con el objetivo para el que fueron fabricadas: matar.

El empleado del polígono de tiro, un chico rubicundo con ojos celestes y grandes como dos lunas llenas, también me dijo que disparar era genial. Era feliz poseedor de un AR-15. “A todos en mi familia les encanta. A mi novia también “, contó. La usan siempre para salir a cazar chanchos salvajes y ciervos, que en Texas abundan. Más que una cacería debe ser una masacre porque el AR-15 es la versión civil de un M-16, un arma militar. Hay que apretar el gatillo para disparar cada bala, pero se puede hacer con mucha velocidad porque está diseñada para atacar objetivos múltiples, que se mueven rápidamente en filas enemigas. En un par de segundos, un tirador experto vacía un cargador de hasta 30 proyectiles. Y luego se siente feliz. Relajado.

“Volveremos con toda la familia otro día, cuando haya un instructor “, dijo J. al retirarse del polígono, dispuesto a experimentar en otra ocasión la felicidad que se había perdido por mí. El chico rubicundo devolvió cortésmente el saludo. En la puerta, leí esta advertencia: “¡Atención, idiotas! Si desenfunda un arma que está cargada es porque: Usted nos está robando, le está disparando a una persona que nos está robando, o es un idiota incompetente. Por favor no desenfunde su arma cargada en nuestro negocio. Si lo hace le puede pasar lo siguiente: le pegaremos un tiro, le agradeceremos, o lo trataremos de idiota y le pediremos que se retire. Si le ofende este mensaje, podremos suponer que usted pertenece a la tercera categoría.” 

¿Será que este es un mundo lleno de idiotas?

Armas para todos. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas armas hay en los Estados Unidos. Las cifras van de 265 millones a más de 310 millones. Casi una por habitante. En realidad, cada vez menos personas tienen más armas per cápita. No sólo para defensa personal sino potentes armas automáticas. Siga leyendo La armada norteamericana

Picasso-Lautrec, a la luz del aguardiente

Picasso es un genio diabólico que se sirvió de la inspiración de otros artistas para escalar la cima del arte.

Ignoro si existen pruebas de laboratorio capaces de descubrir las reacciones anímicas que producen las obras de arte. En este caso, si a un esteta muy refinado le colocaran unos sensores en las sienes y en el pecho conectados a un aparato programado para detectar las emociones estéticas y a continuación le mostraran un cuadro de Picasso, no resultaría extraño que en algún punto muy sensible del cerebro de este espectador se produjera una descarga negativa con una primera reacción de repulsa. La obra de Picasso raramente genera una sensación placentera, no despierta en el espectador el deseo de convertirse en una de sus figuras.

Sucede lo contrario con Matisse, un pintor tan goloso y habitable. ¿A quien no le gustaría sumarse a su rueda de cuerpos desnudos que danzan al son de un caramillo de pastor o vivir en una de sus cálidas alcobas de luz color tortilla en las que se ve el mar entre cortinas o acompañarle en su viaje al profundo sur de palmeras y huríes recostadas en los divanes o participar en la alegría de vivir entre muchachas campestres que se desperezan sobre la hierba? Picasso es un pintor admirado, pero no amado. En cierto modo es un genio diabólico, creador de formas, que se sirvió de la inspiración de otros artistas para escalar la cima del arte hasta conseguir su destrucción.

“Esconded a vuestras mujeres”, avisaba algún amigo ante la llegada del seductor Petronio a una fiesta romana. Lo mismo decían de Picasso sus colegas cuando los visitaba en su estudio. Matisse, Braque y Juan Gris solían esconder sus últimos trabajos, porque sabían que se podía apropiar de sus secretos. Ved aquí a Juan Gris en el Bateau Lavoir de Montmartre, alimentado con sopa de huesos de aceitunas tomándose con una seriedad y rigor absolutos su trabajo. A Picasso le bastaba con mirar de soslayo por encima del hombro el cuadro que estaba realizando su amigo con el cartabón para absorber como un mago su contenido y convertirlo luego en una obra propia llena de libertad, humor y descarada soltura sin esfuerzo alguno.

Pablo Picasso ya conocía la pintura de Toulouse Lautrec cuando en 1904, después de dos viajes preliminares, a los 23 años se instaló definitivamente en París, ataviado de joven bohemio con pipa y chambergo. Picasso en Barcelona había sido asiduo de la taberna de Els Quatre Gats, donde Ramón Casas e Isidro Nonell le habían hablado y ponderado el trabajo de ese aristócrata de aspecto deforme, nacido en Albi, en 1864, de cabeza grande, con apenas metro y medio de estatura debido a las piernas atrofiadas por dos caídas del caballo cuya figura se había convertido en un icono emblemático de aquel mundo de cafés cantantes, cabarets, prostíbulos, salas de baile, circos y teatros de Montmartre.

Lautrec seguía el consejo escatológico de Ingres: “Dibuja un buen perfil y cágate dentro”. Bajo la luz pegajosa que exhalaba el vapor del aguardiente en los tugurios, Lautrec había tomado imágenes en directo con el pulso nervioso de aquellas criaturas a quienes la historia, como a él mismo en su divertida perversión, había arrojado al estercolero social y se habían acogido a los últimos placeres malditos. Siga leyendo Picasso y Lautrec

Conversando con René Rodríguez Soriano

El conocimiento de nuestra realidad antillana y caribeña debe ocupar uno de los primeros lugares en el orden de prioridades de nuestros saberes. Y en nuestra inmediatez de ese mar compartido, se ubica la isla de La Española, una de cuyas mitades es ocupada por nuestros hermanos dominicanos, quienes no solo son nuestros vecinos geográficos, sino que también lo son literalmente en nuestras comunidades boricuas. De ahí que sea deber cultural nuestro el conocer la historia, la literatura, los grandes hombres y mujeres de esas Antillas, que también son hermanas lingüísticas: Cuba y República Dominicana.

Entre los más reconocidos escritores dominicanos actuales, se encuentra René Rodríguez Soriano (cuento, novela, poesía), actualmente residente en el estado de Texas en los Estados Unidos. Sobre su persona y su obra se ha publicado A toda lágrima y a toda sed. Conversaciones con René Rodríguez Soriano, edición en la que la Dra. Sara María Rivas (ponceña) hace un acopio de 34 entrevistas realizadas a la persona del escritor, oriundo del elevado pueblo de Constanza.

La doctora Rivas, actualmente profesora de Literatura del Caribe en Georgetown College en Kentucky (EUA), describe en el prólogo del libro su primer contacto con la literatura de Rodríguez Soriano, que se inicia como poeta en la década de 1970 y como narrador en la del ’80. En quien, según Rivas, se percibe como constante un “lenguaje poético y rítmico que no se circunscribe a sus textos líricos”.

Las entrevistas que recoge el libro, organizadas en orden cronológico, fueron realizadas por colegas escritores, periodistas y lectores, y se ofrecen con el propósito de que quienes se acerquen a ellas puedan “adentrarse en la mente del autor” y “entender su proceso creativo”.

En el prólogo, que lleva por título “Carta de navegación en las aguas del deseo y del placer”, la doctora Rivas afirma que la narrativa de René Rodríguez Soriano “es un escenario a través del cual desfila esa gente, ese pueblo que a fuerza de machete y tambor ha forjado una historia de dignidad y decoro”. Señala, además, que a Rodríguez Soriano “hay que saber leerlo”, ya que “su mundo interior no siempre es fácil de descifrar”.

Las entrevistas se dividen en tres secciones acordes con ubicaciones geográficas de residencia del autor, mudanzas realizadas en concatenación con su desempeño como creativo de publicidad, campo sobre el cual expresa en una de las entrevistas: “En mí se ha roto el mito de que la publicidad castra al escritor”. La primera de las secciones abarca entrevistas y reportajes publicados en la República Dominicana, la segunda incluye las realizadas en Miami, Florida y la tercera sección está dedicada a las entrevistas llevadas a cabo desde que reside en Texas. Siga leyendo Conversando con René

La batalla de los escritores

Los autores iraquíes y sirios rompen sin tapujos tabúes cuando en otras latitudes árabes se buscan válvulas de escape más oníricas.

En las letras árabes existía un tópico que el siglo XXI ha echado abajo: “Los libros se escriben en El Cairo, se imprimen en Beirut y se leen en Bagdad”. Como en tantas otras cosas de la vida árabe, tras las revueltas de 2011 ya nada es como era, ni tampoco lo contrario. Las certidumbres escasean, y el pensamiento paradójico domina también la literatura y la vida literaria árabes, más plurales que nunca.

Tras un siglo de construcción de grandes relatos, en que la novela se impuso como el género de los nuevos tiempos, aunque no lograra hacerse del todo con el aura popular de la poesía, la literatura árabe afronta las miserias de un presente más miserable de lo que nunca hubiera cabido imaginar. Los autores iraquíes y sirios lo vienen haciendo desde hace dos décadas, rompiendo sin tapujos tabúes cuando en otras latitudes árabes se buscan válvulas de escape más oníricas, más líricas o más simbólicas. Hoy iraquíes y sirios dominan el panorama literario árabe y han acaparado premios y reconocimientos, lo cual no siempre es muy bien recibido por sus colegas, sobre todo egipcios y libaneses, un poco mal acostumbrados.

Siria e Irak, Damasco y Bagdad, nombres de resonancias míticas en el imaginario colectivo, viven hoy el desgarro de la violencia sectaria y el autoritarismo más brutal, por no hablar de la injerencia extranjera en unas sociedades bien conocidas por su orgullo nacional. Ante el aplastante peso de esta realidad, que determina cualquier quehacer artístico, una generación de escritores que ni siquiera disfrutó de los cantos de sirena panarabistas, se enfrenta a la represión en el interior o al dolor de la libertad en el exilio. Aunque represión y exilio son experiencias bien conocidas por sus mayores: ya en 1975 Abderrahmán Munif, el impulsor de la renovación narrativa posmahfuziana, agitó la calma chicha de la progresía acomodada publicando Al este del Mediterráneo (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), el relato en primera persona de un exprisionero político; y en 1981 Alia Mamduh, tras abandonar Irak, publicó Laila y el lobo, una Caperucita árabe contra el patriarcado y el autoritarismo. Siga leyendo La batalla

El ojo del huracán

Quizás el más completo ensayo antropológico sobre el huracán fue el publicado en México por don Fernando Ortiz, en el año de 1947, en el cual el notable polígrafo cubano hace un recorrido mundial sobre el mismo en un texto insuperable, analizando su movimiento, sus acciones y su efecto psicológico y material en poblaciones mundiales, donde el mismo tiene nombres diversos para un mismo origen climatológico. El prólogo del famoso investigador funcionalista Bronislaw Malinowski, acierta al considerar el texto como el de mayor amplitud sobre el tema y con una prolija información hasta hoy insuperable.

Así la filosofía del fenómeno llamado huracán podría considerarse haciendo notar su efecto psíquico, aparte del material y su representación se hace posible buscando su permanencia no solo en los vientos, la lluvia, el trueno y los derricaderos, sino en la concepción de sus historiales mismos como un dios que dividía su realidad en femenino y masculino, tema descrito en la obra de Fray Ramón Pané al señalar las funciones que formaban, como dioses, parte del mismo combinados en sus efectos naturales.

Ortiz descubrió algo que podría ser un signo, una figurilla taína que identificó con la imagen sagrada del fenómeno, con rostro humanoide y brazos que giran, al parecer del modo contrario a las agujas del reloj.

Este texto, entre poético y metafórico, que se publica como homenaje a la figura de Ortiz, está pensado como respeto a su ingente obra que también abarcó los estudios arqueológicos, por lo que El Huracán vino a ser parte de un conglomerado de saberes con los que, a nuestro juicio el autor de El Huracán, demostrara ser uno de los pensadores convirtiera más profundos de la etnoarqueología antillana de su época, estableciendo que el dato arqueológico y la crónica escrita, confundidos, son también una historia ligada a la condición del pensamiento científico.

El esqueleto metafórico de la borrasca. Tras las palabras dichas por el viento que habita el huracán, (puesto que los vientos viven en el interior de un idéntico vientre acuoso que gira en la humedad del universo, cuyo núcleo es a veces la tormenta), no es necesario silabear la brisa ni deletrear la cáscara del guayabo donde viven las opias, almas indígenas taínas, ni la caoba con la que se confecciona el cuerpo de los dioses; ni el guayacán que los consolida para el ritual de la cohoba que intenta vencer el tiempo con su fallida eternidad de madera; tampoco es necesario conocer la humedad del barro, material casi mágico en la mano húmeda de la alfarera que al tomar forma coherente se explica por sí mismo. (El barro es un idioma modelado, que soporta la modelación de lo divino). El viento no necesitaba tarjeta de presentación con lo expuesto por Pané, pero la tuvo en forma de gran investigación salida de una voz personal y nítida en la prosa de Ortiz. El viento sopla ahora como un advenedizo, y tras el antiguo discurso del pensador cubano, se arrepiente tal vez, de sus arremetidas grietas y desbordamientos porque vienen sobre aires ya descifrados. Sus verdades a medias, dichas en rayos, textos de la naturaleza representados por borrascas y ríos desbordados desde mucho antes de que “nuestro padre Adán” probara la primera fruta, se movieron alguna vez sin ser descritos, desde el Carcaj que forman de las isobaras curvas que girando sobre sí mismas dan origen al “ojo del Ciclón que antes fue borrasca, tormenta y monstruo. Siga leyendo El ojo

Hannah Arendt leída a través del psicoanálisis

Laura Arias utiliza principios freudianos y lacanianos para interpretar nociones de la teórica política alemana.

En todo tiempo, el mal proyecta su sombra y su enigma. En El pensar, el deseo y el goce: más allá de Hannah Arendt. La subjetividad desmedida, desde una visión psicoanalítica, Laura Arias traza puentes de encuentros y desencuentros entre Arendt y el inconsciente, el deseo y el goce que dimanan de las perspectivas freudiana y lacaniana. Senderos analíticos por los que “retomamos la noción arendtiana de ‘banalidad del mal’, tratando de articularla con ‘la pulsión de muerte’ freudiana y con el goce lacaniano”. Fusión de corrientes del intelecto muy distintas (en apariencia imposibles de aunar en un mismo viento conceptual). Y sin embargo, la propuesta de unir a la autora de Los orígenes del totalitarismo con el psicoanálisis sigue la marca de la síntesis de lo distinto como la que buscó Ernst Bloch entre marxismo y cristianismo; o Marcuse, entre la filosofía marxista, ávida de renovación, y la inyección de categorías freudianas para entender lo erótico y el deseo obturados en la sociedad unidimensional capitalista, como lo evidencia su Eros y civilización.

El hilo vinculante de lo distinto, en la obra de Arias, es la reflexión en torno a la atrocidad en Auschwitz, la Shoah, el holocausto; el totalitarismo y el goce; y la banalidad del mal. El mal por lo banal que, a los ojos de Arendt, rebosaba Eichmann, en su juicio en Jerusalén, en el que fue juzgado por la oscura tormenta nazi que cegó millones de vidas inocentes. Enviada por la revista The New Yorker, Arendt no reprodujo lo esperable: una crónica que confirmará la monstruosidad a priori del enjuiciado. Antes que ratificar lo “políticamente correcto”, Arendt pretendió ver, escuchar, pensar, antes que enjuiciar sin reflexión. Y por eso, en un célebre informe, escribió que “cuanto más se le escuchaba (a Eichmann), más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar”. Imposibilidad del pensamiento en cuanto a situarse fuera de sí, en la empatía con otro; ausencia de pensar como el sumirse del sujeto en palabras que separan de los otros, y de la realidad; y el vacío del pensar como parte de una resignificación del “mal radical” kantiano (el libre desvío de la ley moral, la “mala voluntad pervertida”); y en relación a un sistema totalitario de la raza única y “la solución final”. Sistema que torna a los individuos “igualmente superfluos”. Y los hunde en la nada y la masacre.

Por un lado, Arias asume, con energía intelectual, la sinergia posible entre Arendt y lo psicoanalítico en pos de esclarecer lo que produce la banal disipación del pensar, y el totalitarismo que suprime otredades; pero, por el otro, abraza las diferencias no reductibles por las semejanzas. Para Arendt el pensar es camino de autoconocimiento socrático, para “el gobierno de la propia vida”; pero para el ojo psicoanalítico, escrutador de lo inconsciente, por el pensar el sujeto no es transparente para sí mismo; no se autoconoce desde la soberanía de la conciencia. Gobernabilidad del sujeto por el pensar, o su pérdida o extravío desde lo que no puede pensarse. Pero lo fértil del cruzamiento de lo arendtiano con lo psicoanalítico es que el buceo en las napas del inconsciente psíquico conduce a vislumbrar, por la angustia, la falta; el camino por el que “se podrá romper lo que Arendt denomina anillo de hierro que destruye la pluralidad de los hombres y hace de ellos ‘Uno’, para que así pueda surgir un sujeto deseante, quien no será más juguete de sus pensamientos, como lo plantea Lacan y dará entrada a la pregunta por el deseo que lo habla”. Siga leyendo Hannah Arendt

El paisaje de Puerto Rico, con una danza al fondo

Cuando Gonzalo Fernández de Oviedo da noticias sobre la isla de San Juan Bautista, dice que es una ínsula tan arbolada que apenas se puede ver el cielo (Historia general y natural). Y sin darse cuenta inauguraba la tradición de decir el paisaje de Puerto Rico. Colonizada por Juan Ponce de León, quien tiene su principal encuentro bélico de importancia con los indios en la batalla de Yagüeca en 1511, el primer asentamiento hispánico se establece en la ciudad de Caparra, cerca de los humedales de la bahía. Luego la ciudad es trasladada a la isleta, donde, según el historiador Adolfo de Hostos, había agua y muchos árboles. Los primeros años de la colonización española fueron de búsqueda de oro, encomienda y captura de los indios caribes (a quienes ya Colón, en 1493 en Carta a Luis de Santángel, había definido como antropófagos), que pasaban de las islas de Las Once mil Vírgenes (hoy Isla Vírgenes) a esta en busca de guerra y mujeres. Borinquen es para algunos historiadores el nombre de una tierra de burenes. Donde había esa máquina antigua de hacer casabe, el pan que comían los indios, de tan poco agrado a los paladares peninsulares. Parece que la colonia prometía, razón por la cual los alemanes pusieron dinero en su explotación y muy temprano fue nombrado Antonio de Sedeño como tesorero real. La organización política pertenecía a la Audiencia de Santo Domingo. Y muy pronto llegó la gramínea para el cultivo de la caña de Azúcar. Rodríguez Franquez la procesó en su ingenio en Añasco para 1517, cuando todavía no existía la ciudad puerto que comienza su trazado alrededor de 1520.

La mirada de la isla desde el mar parece haber fascinado a los viajeros que se acercaron a sus costas. En el siglo XIX, el poeta Santiago Vidarte (1827-1848) funda la corriente romántica que une el paisaje borincano al deseo de construir un sujeto libertario. En su poema “Insomnio” (Acevedo, 2005), el poeta ido a destiempo describe a la isla como una barca a la que busca llegar junto a su amada. Parece el relato del poeta ansioso por encontrar el lar nativo, el amor y la vida. Era integrante de la generación del grupo de jóvenes que fueron a estudiar a España y quisieron y fundaron desde la distancia una literatura moderna, romántica, puertorriqueña. Los libros fundacionales en los que participó fueron “Álbum puertorriqueño” (1943) y “Cancionero de Borinquen” (1946) al que corresponde “Insomnio”.

Por otra parte, el poeta Gautier Benítez (1851-1830) también hizo del paisaje el centro de amor de la isla, en “Puerto Rico (Ausencia)”, canta el deseo de regreso de un enamorado a su isla, en el que isla y mujer se confunden en el deseo de libertad individual, en la expresión del sentimiento y el amor patrio. Ser de Puerto Rico era ser de un espacio indiano, distinto al de la metrópolis, la conciencia de criollidad estaba en marcha. Otro poeta, José Gualberto Padilla (“El Caribe”, 1829-1896), de fuerte acento naturalista pone en la naturaleza los acentos de su amor a Puerto Rico en poemas como “La palma y la retama” y en su canto “A Puerto Rico”. Al terminar el siglo diecinueve, Manuel Zeno Gandía, naturalista y realista, le da a la isla una de las más importantes novelas de esta particularidad en América con “La charca” (1898), en la que lo natural se encuentra con la pobreza del hombre del campo; el paisaje comienza a tener un dolor. A la belleza de la poesía, la bandera del partido de independencia de Cuba y de Puerto Rico le siguieron los cantos de Lola Rodríguez de Tió (mitad dominicana, como ella misma se confesó), que le dio los versos de “La Borinqueña”, una danza libertaria con música de Féliz Astol en la que el amor patrio se une al paisaje. Siga leyendo El paisaje de Puerto Rico

Juan José Millás: “La apariencia de algo que no se puede nombrar”

Novelista, periodista. Multipremiado, Millás fue traducido a más de veinte idiomas y escribe todos los viernes una columna en el diario “El País”.

Juan José Millás es uno de los más reconocidos escritores españoles. Se dio a conocer en 1975 con Cerbero son las sombras (Premio Sésamo), y desde entonces no ha parado de escribir y publicar. Autor de libros como Tonto, muerto, bastardo, invisible, La soledad era esto (Premio Nadal, 1990), El orden alfabético, El Mundo (Premio Planeta, 2007), Ella imagina y Letra muerta, entre otras muchas obras; es también periodista y colaborador habitual del diario El País. En ocasión de la edición argentina de Mi verdadera historia (Seix Barral), conversó con Ñ.

–Hace poco, a propósito del estreno de Zama, la película que se hizo sobre el libro de Antonio Di Benedetto, dijo Lucrecia Martel que la identidad le parecía una cárcel, una trampa. En sus novelas la identidad juega un lugar central y esta idea aparece de alguna forma, por ejemplo, en Letra muerta, en La soledad era esto, y de un modo muy marcado en Mi verdadera historia.

–Efectivamente, la cuestión de la identidad recorre toda mi obra como una variante más del problema de la esencia y la existencia, o la apariencia y la realidad. La sospecha es que la identidad sería la apariencia de algo que no se puede nombrar, y por eso la identidad es tan frágil, y más frágil cuanto más intentamos afirmarla. Esto ocurre, por ejemplo, en la institución militar. Cuantas más medallas se cuelgan más frágil ve uno esa identidad.

–El escritor Alberto Olmos ha dicho en su blog, a propósito de Mi verdadera historia, que refleja un malestar suyo: el malestar de ser un escritor premiado. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?

–En ese artículo Olmos se refiere de pasada al ajuste de cuentas que puede leerse en mi novela sobre esa idea de que la literatura que se vende es mala y la que no vende es buena. Resulta de un esquematismo atroz pero es cierto que funciona. A ella he de enfrentarme con frecuencia. En mi novela, el padre del protagonista, que es crítico literario, se niega a leer un cuento de su hijo porque ha sido premiado en un concurso comercial. He ahí un ejemplo de lo que digo. El estigma del éxito que a mí, particularmente, no me ha hecho daño. Pero hay autores a los que sí. Es sabido que en el fracaso se está más acompañado que en el éxito.

–¿Cómo fue la génesis de esta novela?

–Se publicó originalmente en El País con seudónimo. Pasó un poco inadvertida, porque fue en verano, y además ocupaba muy poco lugar en el periódico. A mí me gustaba muchísimo y me parecía de lo mejor que había escrito. Así que un día, hablando con mi editora, decidimos publicarla. Con mucha fortuna, puesto que en España alcanzó enseguida cuatro ediciones.

–El tema de la infancia en su literatura es recurrente. ¿Podría hablarnos del tratamiento de la infancia en su obra?

–La traté en el libro El Mundo, y luego creo que no ha ocupado tanto lugar, excepto ahora en esta novela, donde se trata la infancia y la adolescencia. Yo creo que son territorios que se tratan mejor en la madurez que en la juventud, sobre todo la adolescencia, que es una etapa muy conflictiva. El adolescente está deseando abandonarla, salir de ella, pero a los pocos años de haberla abandonado se encuentra con que tiene hijos adolescentes, y esos hijos adolescentes evocan su propia adolescencia. Hay una conflictividad por eso entre padres todavía jóvenes e hijos adolescentes. Siga leyendo Juan José Millás

Los días más secretos de Clarice Lispector

Después de una novela genial y precoz, la gran escritora brasileña pasó por un prolongado silencio editorial. En estado de viaje reúne las cartas de ese período misterioso.

E l 9 de diciembre próximo se cumplirán cuarenta años de la muerte de Clarice Lispector, la gran escritora brasileña que en la segunda mitad del siglo XX sacudió -junto con João Guimarães Rosa- los cimientos de la literatura de su país, y cuya vida y obra agigantan cada día tanto su influjo como su misterio. El misterio, sin duda, hace pie en el recorrido particular de su vida, en sus vacíos y silencios, pero también en ese modo anfibio que halló de entrelazar en sus novelas y cuentos lo interior con lo exterior, como si borrara sus fronteras y propusiera siempre un diálogo con la conciencia o, más bien, con el rumiar de sus pensamientos.

La influencia de Lispector es paradójica; son pocos los autores capaces de provocar una sensación tal de impotencia. El resultado de imitarla probablemente sea la parodia o el ridículo. Sus ficciones demuestran una vez más que la batalla esencial en literatura se entabla en el campo del lenguaje, y tal vez el mayor triunfo de la escritora brasileña (aunque nació en Ucrania en 1920 y llegó al país sudamericano con su familia en 1922), sea el del desierto que se ha construido a su alrededor, una manera contundente de demostrar que cada escritura es y necesita ser única.

Lispector murió un día antes de cumplir cincuenta y siete años, en el Hospital Lagoa de Río de Janeiro, a causa de un cáncer de ovario. Habían transcurrido casi dos décadas desde su retorno definitivo a Brasil, en 1959, luego de pasar prácticamente quince años en el extranjero acompañando a su marido, el diplomático Maury Gurgel Valente, a quien conoció en la Facultad de Derecho mucho antes de que ambos se recibieran.

El primer destino de Gurguel fue Nápoles, en los últimos meses de 1944 -un contexto que el célebre Norman Lewis retrataría en detalle en Nápoles 1944, uno de los grandes hitos de la crónica de guerra, o de la crónica a secas-, donde permanecerían casi dos años; luego se sucederían, con alguna intermitencia, Berna (de 1946 a 1949), Torquay (en Inglaterra; unos meses entre 1950 y 1951) y Washington, donde iban a residir de 1952 hasta la separación de la pareja en 1959.

En estado de viaje, que distribuirá el Fondo de Cultura Económica en noviembre, rescata ese período enigmático de la vida de Lispector a través de su correspondencia, quince años en los que escribió y sobre todo reescribió su obra pero en los que no publicó prácticamente; una ausencia que sin duda se potenció a causa de la distancia física, y que en parte debe relacionarse con las reticencias del mercado editorial para con una pluma inclasificable y a veces arenosa, pero que no obstante resulta llamativa si se tiene en cuenta el éxito que Lispector había logrado con su primera novela, Cerca del corazón salvaje, publicada a los veintitrés años con una madurez de estilo abrumadora (inverosímil, habría que decir, si es cierto el mito de que fue escrita casi completamente a los diecisiete). Siga leyendo Días secretos de Clarice Lispector

Ozuna genera modelo proyección del cuento

Cuando publicó, en 2016, Amores que se fueron (Editorial Oveja Negra) Marcelino Ozuna estaba abriéndose un camino de respeto literario en la cuentística dominicana, sobre todo por el manejo de las líneas argumentales en torno a la pasión amorosa, al tiempo que trazaba una ruta que indicaba una forma de romper el aislacionismo isleño-literario que generalmente limita el conocimiento de lo que literariamente se hace en República Dominicana.

Ahora, con el lanzamiento de Aquellos amores de marzo, el autor vuelve a demostrar que sabe perfectamente lo que persigue y tiene sentido del oficio, al profundizar el carácter erótico y lúdico de sus letras, al mostrar una metodología de proyección de lo escrito, llevándolo a numerosos países, el más reciente de los cuales es Estados Unidos.

Tras leer Aquellos Amores de Marzo el lector siente el gusto de estar ante un escritor con obra digna. No se trata de un consumado escritor apreciado y difundido en todos los confines del mundo, pero sí de un narrador del aliento a la brevedad consistente del cuento que permanece, ese que deja el placer de que el tiempo invertido ha sido un premio.

La editorial Oveja Negra lo considera como un libro de relatos, signado por un tratamiento de la pasión pocas veces visto en los autores que suelen examinar los tropiezos del corazón. Para muchos, el autor ha compuesto un blues, triste y sentido, en el que recrea una antología de sentimientos lacrimógenos y profundos.

Sostiene la editorial colombiana fundada en 1969 por José Vicente Katarain.  que  Ozuna ha erigido una capilla a la desolación y el silencio del alma, para llorar ausencias en tardes que no parecen tener finales. Siga leyendo Marcelino Ozuna y el cuento

Gabriela Massuh: “María Elena Walsh y yo, y todos nosotros”

La autora de La omisión logra en el testimonio Nací para ser breve un originalísimo retrato de una de las mayores artistas argentinas.

¿Qué es este libro? ¿En qué género lo deberíamos pensar? Es difícil de decidir. Nací para ser breve, de Gabriela Massuh, es al mismo tiempo un libro de conversaciones con María Elena Walsh, un retrato de la gran artista argentina, una autobiografía de la propia Massuh, un testimonio de época y, como ella misma lo define, dos educaciones sentimentales que en un momento de la historia se cruzaron y produjeron una amistad.

Estructurado en tres grandes bloques –un recorrido de vida de Massuh, una larga conversación que va desde la infancia de Walsh hasta el año 81 y un auténtico finale emotivo con las últimas veces que se vieron–, el libro tiene de fondo una pregunta para la que nunca vamos a tener respuesta: ¿Qué elementos hacen que aparezca un gran artista? ¿Qué influencias, qué experiencias de vida, qué hechos mínimos e imperceptibles producen una persona así? Ese es el gran misterio del arte y por eso leemos biografías, diarios y testimonios con una pasión casi morbosa: porque estamos siempre buscando esa clave, esa explicación, ese secreto. Sobre ese misterio conversamos con Massuh en un café de Palermo, pero no de cualquier Palermo. A dos cuadras de Parque Las Heras, esta es la “zona” Walsh: la topografía en la que vivió hasta el final y a la que le dedicó varias páginas memorables.

–En algún momento contás que las conversaciones fueron en su momento revisadas y corregidas por ella. ¿Qué tipo de modificaciones hacía?

–Era muy respetuosa del texto original. Sus correcciones atendían a la rectificación de nombres propios (mención de gente que yo desconocía en ese momento, por ejemplo), quitaba reiteraciones, sustituía siempre el “desapercibido” por “inadvertido” y llegó a modificar tiempos de verbos o exclamaciones. Te diría que sus enmiendas fueron mínimas. Retrospectivamente lamento que no se haya metido más en el texto, pero creo que respetaba la oralidad que tenía. La perfección de la oralidad de Walsh es algo que comparte con Borges: hablan como escriben. O viceversa.

–¿Con el tiempo sentís que te quedó algo sin preguntar?

–No, no dejé tema sin tocar en aquel momento. Aunque, en retrospectiva, tal vez sí: me metí más en su procedimiento de articulación de literatura infantil, que en los textos propiamente dichos.

–¿Por qué?

–Bueno, mi “formación Walsh” se había articulado alrededor de su poesía (sobre todo Hecho a mano y Los poemas), sus artículos periodísticos, sus coplas recopiladas y las canciones. Lo que por edad se omitió en esa formación fueron los libros para chicos: yo estaba un poco desfasada en edad. Entonces me había perdido el Dailan Kifki, Tutú Marambá o los Cuentopos de Gulubú. Releyéndolos para la escritura de este libro me di cuenta de que están llenos de fascinantes alusiones literarias y referencias al mundo cultural porteño de entonces. Me habría encantado recorrer esas alusiones con ella y matarnos de risa. Siga leyendo Gabriela Massuh

Desde la unión de la política y la técnica, mirando a lo Blade Runner

Breve presentación del autor, poco conocido entre nosotros (creo que es el primer libro de él que se traduce a una lengua hispánica): Giorgio Griziotti [GG], ingeniero informático, es un investigador de las tecnologías contemporáneas de lo que él mismo llama en el libro capitalismo cognitivo. Tiene una experiencia de más de treinta años de asesoramiento en el campo de las TIC, de las tecnologías de la información. Activista del movimiento autónomo italiano en los años setenta, tuvo que emigrar a Francia en ese período. Reside en París desde entonces.

La estructura de Neurocapitalismo puede resumirse así: tras el prefacio de Tiziana Terranova, la premisa de partida y la introducción, tres largos capítulos sobre Producir, Vivir y Organizarse. Se incluye una bibliografía sucinta que no abruma y un más que oportuno glosario que el lector/a hará bien en consultar en algunos momentos. Una páginas de siglas abre el volumen.

Es muy probable que algunas -no digo todas- las referencias filosófico-políticas del autor puedan no ser de nuestro agrado y que, en ocasiones, la cerrada terminología usada puede echar para atrás. Haríamos mal, en mi opinión, si ello provocará desinterés o abandono. Hay muchas cosas de interés en este ensayo que alcanza grandes cimas en algunos momentos.

Una de sus virtudes es anunciada por la prologuista, Tiziana Terranova. La siguiente: “En medio de la desmesurada producción de textos, estudios y análisis acerca de las redes informáticas y los medios digitales, no es común toparse con un libro, como el escrito por GG, que sea capaz de conjugar una competente mirada técnica con una coherente perspectiva teórica y una evidente pasión político”. Puede decirse con otras palabras pero ese es precisamente el punto, la excelente conjugación de información científico-técnica con una perspectiva filosófica-crítica que no olvida cosas básicas sobre economía, sociedad y clases sociales. Es decir, se habla de lo que se sabe y se siente. El autor lo expresa con estas palabras: “Desde un punto de vista subjetivo, el deseo de sumergirse en el proyecto de redacción de este ensayo nace de la unión de dos intereses que para mí son vitales -la política y la técnica- y se alimenta de las experiencias ligadas a dichas inclinaciones” (p. 19). Sus tres tipos de experiencia, de su relación subjetiva con la innovación tecnológica, se expone en las páginas 20-21.

Algunas de sus preguntas claves se exponen en la introducción. Estas por ejemplo: “¿disponemos hoy de las herramientas conceptuales adecuadas para analizar y actuar políticamente en este contexto? Por ejemplo ¿pueden las categorías marxianas de subsunción formal y real funcionar de manera inmutable en un mundo en el que sujetos, procedimientos, relaciones y contenidos cambian de naturaleza?” (p. 28). Siga leyendo La unión de la política y la ciencia

Norberto James: “Mi signo es el desarraigo”

El tren pitaba y él lo escuchaba. Y su niñez estaba hecha de desarraigos y tristezas. Y él tenía el ansia de vivir refugiada en la mirada. Y esa mirada suya miraba el mundo a su alrededor cayéndose a pedazos: los cañaverales, los niños sin escuelas, los caminos rotos, empezando por aquellos que conducían al futuro. Y el mundo olía a lo que huelen los cañaverales: a injusticia total. Y de allí, del olvido y de la tristeza de la caña, nacieron sus versos.

El nació en San Pedro de Macorís, una provincia rica en pobreza, una tierra bendita que creó riqueza y se quedó en pocas manos; en Consuelo, un lugar sin consuelo que cuenta su pasado a través del polvo del camino, un ingenio donde estaban reunidas todas las tristezas de la caña, que siempre han sido las peores.

Y así, con ese mundo atrás guiñándole los ojos -mundo con niños sin bicicletas, según nos enteramos en sus versos, los niños descalzos del Central y los viejos trabajadores cañeros, que todavía hoy andan penando para que les reconozcan su trabajo- y con el silbido del tren cañero de fondo, escribió Los inmigrantes, el poema insignia de los cocolos, el himno nacional de los desarraigados.

Aun no se ha escrito / la historia de su congoja. / Su viejo dolor unido al nuestro.

En sus versos vivían los suyos, Prudy el trompetista; Willy el cochero; Thomas el predicador; Brodie el maestro; Cyril Chalanger el ferrocarrilero; Aubrey James el químico; Violeta Stephen la soprano; y Chico Conto el pelotero; ellos, los de borrosa sonrisa, que pasaron por sus manos y se hicieron eternos.

Ha pasado el tiempo y Los inmigrantes está ahí, como el testimonio de un olvido mayor. Hoy, al rememorar ese poema y sus motivos, Norberto James dice: “Siento que he cumplido con el objetivo que me había trazado, esto es, darles la bienvenida que no habían recibido al integrarse a la construcción de la dominicanidad”. Y añade: “Definitivamente, ese fue un poema del desarraigo de sus tierras de origen y luego de su patria adoptiva”.

Norberto James (Ingenio Consuelo, San Pedro de Macorís, República Dominicana, 1945), el gran poeta de la diáspora dominicana, vive el otoño de su vida, junto a su esposa Beff y su hijo Tito, en Estados Unidos, donde ha impartido clases en el Boston College y el Boston Latin School. Siga leyendo Norberto James

Conversación en el Bajo

Poco después de la muerte de Antonio Dal Masetto en 2015, Guillermo Saccomanno emprendió la escritura de un texto que se fue desarrollando como un diálogo imaginario, una memoria compartida, un diario de duelo. El resultado es Antonio, una breve pieza de potencia inusitada, que escapa de la melancolía precisamente por tratar de ir hasta el fondo de lo que se recuerda: los amigos que ya no están, las fiestas compartidas, los libros y los peligros del alcohol. En esta entrevista Saccomanno reflexiona acerca de este paso por una escritura que le impuso una pausa ineludible a su producción narrativa de los últimos años.

Empecemos por el final, pide Saccomanno. Se refiere al final de su último libro, Antonio, esa larga conversación con el amigo, con el compañero de oficio que también fue, a su modo, un hermano mayor. Antonio es un diálogo que avanza en reflexiones y recuerdos mientras traza un recorrido que va del retrato al autoretrato, de la evocación al diario, del ars poética a la confesión. Y el final, ese por el que hay que comenzar, es un dibujo que hizo Saccomanno titulado “nuez ballena” y que funciona como una síntesis impecable de lo que se acaba de leer: frente al lenguaje escrito, el dibujo es la metáfora, es el juego en el que el  silencio hace su entrada desmontando la noción de linealidad que centra el sentido en el contenido. El capítulo 11 del Tao Te King advierte: “Treinta radios convergen en el centro de una rueda, pero es su vacío lo que hace útil al carro” en ese sentido, la nuez y la ballena no solo van directo al nervio de la literatura de Dal Masetto y de Saccomanno, sino que el dibujo como fin, abre el texto a otra posibilidad. Porque Antonio puede leerse como un tratado sobre las formas del silencio en una charla entre amigos, en la escritura, el silencio como piedra fundamental del sentido, como potencia, como pregunta, el silencio del que puede surgir un resplandor. Tal vez la muerte finalmente también sea eso, un silencio que se abre como posibilidad frente a la vida y en el que más tarde o más temprano necesitaremos sentarnos en posición de lectura, para volver a entender lo que somos, lo que fuimos, lo que quedó en la superficie, su rizoma bajo tierra. La escritura en Antonio es más que nunca ese gesto: todos los radios disparados hacia un centro, atravesando el vacío.

“Yo dibujo bastante en Gesell. Me pasé unos años dibujando caracoles porque vi que su forma encerraba algo. Después me di cuenta que esa cosa de encierro tenía un poder simbólico, que el caracol es propicio no sólo para escuchar el sonido del mar. Cuando empecé a escribir este libro se me ocurrió dibujar nueces a partir de una idea de Antonio que está enunciada en una de las novelas de Agatha: Quien no ha visto un nogal no ha visto nunca un árbol. Siento que la nuez encierra algo. Si uno la rastrea, en términos simbólicos y arquetípicos tiene diferentes interpretaciones: se la toma como afrodisíaca, como alimento de las brujas, como vitalizadora. Cuando digo que empecé a escuchar la voz de Antonio es que empecé a tener un diálogo con él, una conversación muy íntima y muy privada sobre qué cosas nos habían quedado”. Siga leyendo Conversación con el Bajo

Emilio Lledó: “En el conflicto catalán han sobrado ignorancia y pasión”

A punto de cumplir 90 años, el filósofo confiesa su desazón ante la evolución política.

En los malos tiempos hay que celebrar las buenas historias. Empapado de la tristeza que impregna a parte de la sociedad en estos días, Emilio Lledó (Sevilla, 1927) es ese sabio de origen andaluz que inspiró el poema Filósofo en la noche al catalán Joan Margarit. Otros tiempos. Lledó es también ese profesor que sacó una cátedra en Madrid y renunció a ella porque los estudiantes catalanes recogieron firmas para rogarle que siguiera en Barcelona. Otros aires. Y es Lledó ese paseante capaz de arrancar una margarita en el Retiro, a pocos metros de su casa en Madrid, para trasplantarla a una maceta del balcón y apreciarla con la misma admiración que le despiertan Kant o Aristóteles.

Va a cumplir 90 años. ¿Cómo los recibe?

Con sorpresa. He sido un niño de la Guerra Civil, de la posguerra sobre todo, poco saludable y delgaducho. He estado en colas de una hora para comprar medio kilo de tomates. Que ese niño hambriento, que tenía bronquitis, haya llegado a los 90 años en un estado de salud relativamente bueno es una sorpresa.

¿Cambia la percepción del tiempo con la edad?

Tratado del “desgénero”

En vísperas de su 90 cumpleaños —el 5 de noviembre—, Emilio Lledó ha releído El jardín de los frailes, de Manuel Azaña, para descubrir “la lucidez que encierra” y asombrarse de lo poco que se reedita. Son días en los que da vueltas a un nuevo concepto, “el desgénero humano”, para explicar aquello que le parece impropio de los humanos, ya sean los incendios en Galicia o la guerra en Siria. “Estoy escribiendo ahora sobre el sentido del bien y de los grandes conceptos que han creado los humanos, la justicia, la bondad, la lucha por la igualdad, la inteligencia, la racionalidad, el enriquecimiento de la sensibilidad con el arte”. “A pesar de que se diga que el hombre es un lobo para el hombre”, expone, “la sociedad funciona cuando hay un principio de bondad. Lo realmente importante es el hombre que tiene poder. Un político indecente es la ruina del país”.

Sí, cambia, y a veces te entra una pequeña veta de melancolía porque no quieres irte, pero entonces te asomas a los árboles y ves que las hojas se caen. Es el ritmo de la naturaleza, nace, florece y se agosta y, como por suerte somos hijos de la naturaleza, no tenemos más que asumir ese condicionamiento del tiempo.

¿Cómo está la salud de la escuela pública?

No muy bien, pero hay que luchar por ella. Hay textos de la filosofía política griega que ya dicen que la enseñanza tiene que estar en manos del Estado. No tiene sentido que el dinero sea el que marque la diferencia. Es una injusticia. Me sorprendía que una conocidísima política hablase de la libertad de los padres para escoger el centro donde educar a sus hijos. ¿Qué libertad es esa? ¿Los trabajadores de Vallecas tienen libertad para mandar a sus hijos a los colegios de pago de las zonas ricas de Madrid?

En algunos institutos se han sustituido los libros por tabletas. ¿Ve riesgos en este camino hacia la dependencia de lo digital?

Vivimos en una época digital y es importante, pero puede haber una patología en todo esto. El libro, la lectura, necesita otro tipo de tiempo distinto de los fogonazos de los móviles, de las imágenes, y es insustituible, porque es la compañía, el diálogo continuo. Todos los libros de mi biblioteca son mi vida. Ese objeto fosforescente que te llega a los ojos y de pronto desaparece, no.

¿Esperaba que después de 40 años de democracia pudiésemos llegar a esta situación?

Me ha sorprendido muchísimo, porque yo he estado de catedrático en Barcelona, desde el 67 hasta el 78 y, con la excepción feroz de una cosa personal, he sido muy feliz como profesor, me he sentido enormemente aceptado.

¿Ha faltado filosofía tal como la concibe, como entendimiento del otro?

Por supuesto, y ha sobrado ignorancia y pasión. Yo no soy nacionalista, no sé lo que es. Nací en el barrio de Triana; a mi padre, que era militar, lo destinaron a A Coruña, a Vicálvaro, al acabar la Guerra Civil a la calle, después a Madrid. Cuando acabé la carrera y el servicio militar, en el 52-53, me fui a Heidelberg 11 años, tres en Valladolid, medio año en Alcalá de Henares, tres en La Laguna, 11 en Barcelona… ¿De dónde soy yo? Estoy orgulloso de haber tenido toda esta experiencia y de donde realmente soy hoy es de la lengua que puedo hacer con mi manera de pensar, de sentir, de querer, de aceptar a los otros. Esa es mi patria, esa es mi nación y ese es mi nacionalismo; por eso he sido feliz en todos los sitios en los que he vivido. En lo único que se me pudo notar algo de eso que llamamos nacionalismo es cuando estaba en Heidelberg. Me molestaba que hablasen tontamente con estereotipos de mi país, sobre todo porque he tenido la experiencia maravillosa de ser profesor de obreros españoles, la mayoría andaluces. Siga leyendo Emilio Lledó

La corriente de la conciencia

Joyce Carol Oates pergeña un megalómano alegato contra la irracionalidad que envenena la sociedad en ‘Un libro de mártires americanos’.

La enigmática cubierta emulando a Hopper ya avanza la tensión y la ansiedad que recorren la nueva y radical novela de la sempiterna candidata al Nobel, que ha pergeñado un megalómano alegato contra la irracionalidad que envenena nuestra sociedad, consagrando su complejo estilo de múltiples registros a llevar a cabo una profunda reflexión sobre el aborto y la pena de muerte en los Estados Unidos, dos cuestiones que generan esa violencia que obsesionó a su admirado Norman Mailer y a otros narradores americanos como Don DeLillo o Cormac McCarthy, que tiñe de sangre la bandera americana y que tarde o temprano conduce a una forma de martirio sin redención. La enjuta y austera Joyce Carol Oates, que se ha ocupado bajo incontables pretextos narrativos de la falaz moral americana, escribe aquí sobre la muerte por aborto, por inyección letal o por ignominia y no abandona los conflictos entre padres, hijas y esposos, con frecuencia aderezados con un asesino, que arrastra desde Mamá, Infiel, La hija del sepulturero, Ave del Paraíso o Carthage.

Un libro de mártires americanos es una magistral novela río que sigue la historia de dos familias norteamericanas antagónicas y sin embargo íntimamente confrontadas: la de Luther Dunphy, el delirante devoto evangélico que se arroga la potestad de actuar en nombre de Dios cuando le pega un tiro a un médico abortista en la pequeña ciudad de Ohio, y la de Augustus Voorhees, el médico idealista al que le arrebata la vida. A partir del asesinato, los destinos de las hijas de ambos transcurren en paralelo, y si Dawn Dunphy se convierte en boxeadora de éxito como aquella Maggie Fitzgerald de Million Dolar Baby de Eastwood –Carol Oates también se ocupó de otro mito americano en On Boxing (1987)– Naomi Voorhees, documentalista en ciernes, se obsesiona con el pasado convirtiéndose en hagiógrafa de su padre. En su última y temeraria novela, de las más brillantes y menos desmedidas, la profesora de Princeton combate el fundamentalismo que ciega nuestras mentes, lidia una vez más el negro toro de la moral desenfrenada que desafía a un tiempo en la arena la suerte de un Dios adictivo y la del laicismo radical, enriqueciendo la complejidad de ambas al huir de cualquier maniqueísmo, adentrando al lector en la mente de sus personajes forzando su virtuosismo técnico hasta la cadencia bíblica y la corriente de conciencia, poniendo de manifiesto que no existe la higiene del asesino pero sí lirismo en el horror, y que con frecuencia la morbosidad no es señuelo sino veracidad. Lo divino y lo humano construyendo el fanático demonio de la violencia: la muerte en accidente de una hija con síndrome de Down perturba al rudo Luther, residuos fetales junto a asistencia social, el abandono de la condición de madre o el fervor desaforado junto a la aséptica ciencia de un médico que cree extirpar dramas íntimos: “¿Hubo dinosaurios en el jardín del Edén?”.

The Faith of A Writer: Life, Craft, Art (2003) es uno de sus muchos libros de ensayo o no ficción que esperan aún su traducción al español, y sería bienvenido un volumen que seleccionara textos recogidos en él y en otras compilaciones suyas como Contraries: Essays (1981), Uncensored: Views & (Re) views (2005) o The Journal of Joyce Carol Oates: 1973-1982 (2007), pues esclarecía su ficción narrativa. La prolífica autora neoyorquina manifiesta ahí algunas cuestiones de su poética que conciernen a la novela que nos ocupa, y que la iluminan: “La voz individual es la voz comunitaria” como “la voz regional es la voz universal”, “el sentido de los significados subterráneos bajo el discurso público”, la inspiración surgiendo cuando “algo insiste en hablar a través de nosotros” y “verificar la experiencia a través del lenguaje”. Siga leyendo La corriente

XVI Congreso Binacional “Letras en el Estuario”

El Ateneo Literario José Arrese, Texas Southmost College, Café Literario y ALJA Ediciones convocan a escritores, críticos y creadores, al XVI Congreso Binacional “Letras en el Estuario”, el cual se efectuará los días 16, 17 y 18 de noviembre de 2017 en H. Matamoros, Tamaulipas y Brownsville, Texas.

Bases:

El Congreso pretende promover y apoyar la creatividad de escritores cuya lengua de expresión es el español, crear puentes de comunicación y encontrar semejanzas-disimilitudes temáticas y estilísticas que consoliden la diversidad cultural entre hispanohablantes.

El evento busca investigaciones literarias y crítica sobre cualquier género literario para presentarse en un Foro, y la lectura de creación en los géneros de poesía, narrativa y ensayo. La temática de la lectura de creación es libre, mientras que los ensayos y las investigaciones deberán abordar temas relacionados con la actualidad literaria de México y Estados Unidos. Se recomienda que los trabajos en todas las categorías no excedan las diez cuartillas, ya que cada expositor dispone de quince minutos.

Además de las mesas de trabajo, se organizarán ciclos de lecturas en instituciones educativas de Matamoros.

Los interesados en participar deberán identificarse con nombre, dirección, teléfono y/o correo electrónico, además de enviar una síntesis de los trabajos que expondrán en este evento y/o muestras literarias, antes del día 30 de octubre de 2017 al correo electrónico [email protected] Siga leyendo XVI Congreso Binacional

Siete libros de la semana

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