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Amenazas del diluvio

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Como en las antiguas mitologías, como si no hubieran transcurrido siglos de historia, en la imaginación humana combaten a muerte por la suerte de un mundo que se desploma en sus errores, semidioses brutales, ángeles guerreros y demonios.

La famosa, por infame, frase “Après moi le déluge”, atribuida a Louis XV o a Madame de Pompadour, escandaliza por lo que dice del miserable carácter ético de una nobleza irresponsable, ciega a las necesidades de una nación sometida a las injusticias y el abuso perpetrados por los grupos dominantes, que en esos años en Francia eran la monarquía, la Iglesia y la nobleza.

Sorprende, además, ese “Después de mí, el diluvio”, porque en su egoísmo absoluto va contra un aspecto esencial del ser humano: su instintivo sentirse parte de una tribu, de una especie que lo incluye y sobrepasa. La imagen apocalíptica del diluvio alude, desde el mezquino egoísmo del poderoso, a un fin trágico, catastrófico, de esa entidad mayor que bien puede abarcar a la humanidad entera y que el poderoso desdeña desde su petulante ignorancia.

Nunca se vio la humanidad tan entera como en estos días de globalismo y tecnologías de la comunicación que han hecho del mundo un todo, complicado, pero unitario: una auténtica esfera que cabe en la mano, perfecta y completa.

Nunca la humanidad ha tenido tan clara conciencia de su destino universal. Y por lo mismo, probablemente nunca tuvo el diluvio mayor carácter de amenaza universal que el que hoy tiene. El diluvio y toda otra forma de violenta escatología.

No por nada abundan las propuestas imaginarias del fin.

No por nada el público —ya casi por completo entregado a la hipnosis de la pantalla coruscante— se fascina con los múltiples espectáculos de horripilantes tragedias colectivas, con las grotescas narraciones visuales de una infinidad de posibles finales apocalípticos y sus héroes inverosímiles y tan violentos como el más violento de los demonios.

Se trata de situaciones extremas en que pareciera que otra vez el poder, cada vez más absoluto, preferiría optar por el diluvio universal, precipitado por sus propias manos, antes que admitir su dependencia del bien común, que desprecian.

A la realidad angustiante de un desenlace apocalíptico producido por la insania de la autoridad sin límites ni cortapisas se añade la no menos perturbadora —y por lo mismo fascinante— fantasía del arte para las masas y su económicamente saludable oferta de una descabellada variedad de lo violento. La demanda es alta.

Se podría hablar de una exitosa estética popular de la amenaza y la reacción a ella, ambas formas desatadas de un violentismo que no sabe de otras razones que la fuerza y el exterminio.

Como en las antiguas mitologías, como si no hubieran transcurrido siglos de historia, en la imaginación humana combaten a muerte por la suerte de un mundo que se desploma en sus errores, semidioses brutales, ángeles guerreros y demonios. Lo hacen para deleite de un público enardecido de amenazas y temores; un público ingenuamente convencido de la virtud absoluta de la fuerza, manifestación triunfal del bien y única defensa contra las artimañas del caos y sus promotores.

Contra el caos, contra el diluvio que promete, ha combatido desde su génesis la especie humana. Advertida por la experiencia de su riesgo de extinción, el ser humano, que debió saberse mortal en un momento clave de su evolución, ha centrado todo esfuerzo en ordenar el desorden, en controlar el caos y su ley implacable. En el proceso ha ido creando la civilización que hoy compartimos universalmente. Y lo ha hecho a pesar de la muerte individual, de ese diluvio personal que bien podría cegar, como ciega a tanto desmesurado, a la existencia de ese ente mayor que es la especie humana.

Después de cada uno no es el diluvio.

La muerte individual no afecta la perpetuidad de la humanidad, la pertenencia de cada uno a la entidad mayor, ésa creada por el espíritu humano que se niega a dejarse engañar por el caos y su avance hacia la nada.

Partícipes todos de esta creación, que nada tiene de divino, somos también cada uno de nosotros creadores de la misma: la sustentamos como una realidad que imaginada por todos tiene la densidad de lo concreto.

Al artista, al escritor, le toca una parte relativamente importante en el proceso de invención de esta realidad y a ella han de dedicarse con sinceridad, sabiendo que, por egoísta que sea su oficio, por ajenos que estén a los intereses de otros, sus esfuerzos —y con suerte sus obras— serán parte, aunque mínima y secreta, del proyecto universal de la cultura y que, definitivamente, después de ellos no habrá diluvio.

No por mucho tiempo, al menos.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

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