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De baúles, cartas, viajes y segundas oportunidades: entrevista con Paulina Vieitez

GERARDO CÁRDENAS [mediaisla] “Me enloquece la palabra escrita, las libretas, los sobres, todo tipo de papeles. Sin embargo, lo que más me gusta es leer todo entre líneas, desarrollar y mantener esa capacidad, porque hay subtextos que dicen tanto, y que solo se descubren si uno es capaz de leer más allá, de ver las señales…”

Me sorprendió, casi finalizado octubre, el descubrimiento de Helena, ópera prima de la escritora y comunicadora mexicana Paulina Vieitez Sabater. A través de un lenguaje envolvente que poco a poco mete al lector en la trama y lo lleva a establecer relaciones, empatías y afectos con los personajes, la novela plantea la historia de una mujer, Helena Artigas, que viaja de México a Madrid. Viaje que es a la vez escapatoria y búsqueda. En medio de la trama, y definiendo su desarrollo, varios hombres que se entrecruzan en su vida, dos baúles que se extravían y confunden (el de ella, cargado de secretos), y un final sorpresivo que, en vez de cerrar la narración, deja abierto un tríptico de posibilidades.

La novela ha tenido un impacto creciente de lectores y crítica, y ese impulso le lleva a cruzar fronteras hacia Estados Unidos y hacia España. Nada fácil para la primera novela de una escritora que es, además, comunicadora y que ha sido, en especial, promotora de la lectura a través de un programa, Círculo Sanborns, que cuenta ya con más de un millón de afiliados, y de más de 600 entrevistas con escritores de todas las latitudes, dentro del circuito Charlas con Café.

Entrevisté a Paulina Vieitez Sabater sobre Helena, y esto me dijo:

—«Helena» es una primera novela, y ha tenido un impacto importante entre los lectores, algo que no es fácil de lograr para una ópera prima. ¿Qué te dicen los lectores, por qué Helena les habla, qué les dice?

—Creo que Helena resuena en dos aspectos principales entre los lectores: la identificación y la posibilidad.

Con respecto al primero, al ser una novela contemporánea que pretende trazar una radiografía casi antropológica de las mujeres y los hombres de este tiempo, explorando sus apegos, sus soledades, sus ganas de libertad, facilita una empatía que de entrada provoca que quienes se encuentran con ella se sientan invitados a su viaje. Desde las primeras páginas, cuando Helena se pregunta por el despegue y el aterrizaje de los aviones, por el verdadero significado de un vuelo: “Tener que dejar para llegar” “Realizar el acto físico de viajar para asumir que también se viaja internamente, incesantemente, con duración no determinada más que por el tiempo en el que estemos aquí vivos, volando, aterrizando, llegando”, los lectores me cuentan que se ven ahí, que quieren acompañarla y saber los motivos que la llevan a tomar la decisión de alejarse de los suyos, en una suerte de exilio autoimpuesto, y cumplir sus sueños, desapegarse de lo que le duele para vivir, en el amplio sentido de la palabra. El tema del supuesto “abandono” a su forma de vida cotidiana, me dicen, llama la atención y engancha. Me cuentan que sus páginas se recorren de manera amable y que les gusta que la acción de la trama, que no para, se entreteja con reflexiones profundas de los personajes y sucesos inesperados. Y el final, ese final de finales que los ha hecho quejarse, encantarse, indignarse, regresarse para ver qué había entre líneas que se perdieron, me comentan que encanta y hace que no puedan permanecer indiferentes.

El segundo aspecto, el de la posibilidad (que en mi personal punto de vista puede resultar fascinante por el solo hecho de plantearte algo que tal vez nunca se te había ocurrido, hasta que lo lees en las páginas, que te lleva a explorar sitios emocionales que no conoces) provoca que los lectores se planteen: ¿Y si a mí me pasara esto? ¿Si tuviese la oportunidad de escapar, de transformar mi vida, de separarme de quien me hace daño, lo haría? Además está aquí mismo el tema del apego ¿Qué sucede si mis objetos personales, si los que considero vitales, se pierden? ¿Cómo hablan de mí y qué le dirán a un extraño? ¿Puedo vivir sin ellos?

—«Helena» es una novela que transcurre en una secuencia directa, hasta un final sorpresivo que se convierte en un tríptico. Sin hacer spoilers, porque lo importante es que se lea, háblame un poco de tu decisión como escritora de plantear un final inesperado y abrir dos planos paralelos a la trama en las páginas finales.

—En ese sentido el proceso de discusión con los editores fue muy interesante. Cuando entregué el manuscrito casi completo, al que le faltaba el final y pude planteárselos de viva voz, su reacción fue querer que se quedase en eso que bien llamas secuencia directa, con su cierre. Yo alegaba que buscaba que los lectores se descolocaran por completo al ofrecer la segunda parte de ese tríptico, y la tercera. Cuando terminé de escribirlo todo, se emocionaron, creyeron junto conmigo, que ganaban en originalidad y profundidad tanto la trama como la estructura. Por eso es una novela de la que puedes hablar en una primera aproximación general cuando alguien no la ha leído para contársela un poco, pero su sentido, su significado y el contexto se discuten de otra forma al tenerla por completo leída. Me emociona que mueva a eso, a querer revisarla de nuevo, a descubrir todos los guiños que como autora incluí desde el principio, pero que casi nadie lee, porque solemos olvidar lo invitadora que es la lectura entre líneas y porque leemos muy predictivamente.

Hay dos fuertes simbolismos en «Helena»: uno es el del viaje, el otro es el del baúl. ¿Por qué esos símbolos, qué significan para ti, qué experiencia quieres comunicar al lector a partir de ellos?

—Un lector que se me aproximó en una presentación en Monterrey en meses pasados, empleó dos palabras para definir Helena: ficción social. Me resultó muy interesante que lo hubiera expresado así porque aquellas narrativas literarias que son capaces de aproximarse tanto a nuestras realidades pueden convertirse en ventanas, en espejos, en catalizadores. Así el viaje es esa travesía interior y el baúl es ese objeto metáfora del peso de lo que llevamos con nosotros: heridas, recuerdos, vivencias, es decir, pasado. Los simbolismos cumplen su cometido.

Para mí el viaje significa la pausa, la distracción de lo cotidiano, la invitación al descubrimiento,

el cambio de ritmos y tiempos. Caminan, siempre en paralelo, el encuentro con lo nuevo y la emoción interior que esto produce: evocaciones, fantasías, sabores distintos, aromas, personas, arquitecturas.

Helena dice respecto a su baúl: “Simboliza que conmigo viene ese pasado al que no desconozco. No quiero ni debo olvidarlo, justo para liberarme de él, con plena conciencia de hacerlo cuando esté lista”.  A mí me enloquecen los baúles. Me estoy dando cuenta mientras te respondo, que no he hecho ni el intento por poseer alguno. Creo que es porque los tengo concebidos justo como piezas antiguas, especiales, que las abuelas deben heredarte. Pero ahora, ya que Helena vuela, creo que tengo que acompañarla a su viaje con el mío propio.

Hay también una referencia constante a Grecia. ¿De dónde proviene, qué significa, qué lecturas o qué referencias fueron fundamentales para ti a ese respecto?

—Tú eres escritor, sabes que la imaginación es nuestro recurso primario y considero que el verdadero reto es qué tanto nos alcanza nuestro bagaje para echarla a volar, qué nos influye, cómo investigamos y qué hemos vivido, qué se ha alojado en el subconsciente para de ahí partir para contar lo que deseamos, lo que necesitamos que salga a la luz. Las lecturas que he hecho son múltiples, sus contenidos se conjugan en mi mente pero no te podría decir nada tan específico de alguna que hubiese leído para después escribir mi ópera prima.

Busqué que la protagonista evocara a Helena de Troya porque me parece que el mito tiene un significado precioso, y que sus raíces griegas promovieran esa conexión. Pero no he visitado Grecia, aunque es mi siguiente sueño. Lo bueno de ser narrador es eso, poder situar a tus personajes en el epicentro de tus anhelos, en un juego precioso que conjuga los tuyos y los que ellos deben o pueden o necesitan tener. Entonces estoy resuelta hoy a tener un baúl y además viajaré hacia allá. Haré que se cumpla y te anticipo que me haré dueña de una librería frente al mar en la que, otro sueño, se publicarán los primeros manuscritos de autores noveles.

Siendo una novela escrita por una mujer, y que se ha conectado con las experiencias de muchas mujeres, tú mencionas constantemente la necesidad de oír las voces de los hombres. ¿Por qué? Y ¿cómo conectas eso con los personajes masculinos de la obra, que no son precisamente figuras empáticas?

—La moneda por fortuna tiene siempre dos caras. Hay hombres terribles, violentos, asesinos, machistas, poco preparados, mal educados, pero los hay también sensibles, generosos, protectores, en fin, amables, nobles, sabios. La idea de masculinidad no debe estigmatizarse, debe reafirmarse de una forma positiva. Hay que pelear porque nos hablemos como seres humanos, sin distinción de nada. Pero también es importante celebrar las características propias de cada género para que nos complementemos en una empatía indisoluble.

No coincido en que ninguno de los hombres de la historia sea empático. Los personajes como José María, el tutor de Helena en el doctorado, o Ramón, el joven que se enamora de ella, Daniel su padre, son hombres buenos y que la ayudan. La contraparte, el contraste es Lucio, quien la violenta de manera permanente en una violencia sutil pero implacable, real, que ella concede además por largo tiempo. Marc la usa como fantasía, salida idealizada a su soledad. Max Hale irrumpirá después y yo a él, como autora, le apuesto todo.

En resumen sucede que como en la vida, en la historia se dan esas dos caras de la moneda, los claroscuros de la condición humana, seamos hombres o mujeres.

Otro elemento esencial es el de las letras dentro de las letras. En «Helena» hay cartas, hay emails, hay mensajes de texto, hay cuadernos. ¿Qué significa para ti lo textual, qué significan esas letras dentro de la letra?

—Me enloquece la palabra escrita, las libretas, los sobres, todo tipo de papeles. Recibir una carta enviada por correo entraña una expectativa enorme. Deseo que eso nunca desaparezca. Al ser una narrativa situada en lo contemporáneo, la existencia de los correos electrónicos, mensajes de texto y desde luego llamadas era obvia y esencial. Sin embargo, lo que más me gusta, es lo que ya antes mencioné, leer todo entre líneas, desarrollar y mantener esa capacidad, porque hay subtextos que dicen tanto, y que solo se descubren si uno es capaz de leer más allá, de ver las señales, de reinterpretar los textos, de leerlos desde otra perspectiva.

¿Qué lecturas fueron para ti fundamentales a la hora de crear «Helena»?

—Ninguna, lo siento. A pesar de ser una lectora voraz, busqué distanciarme de todas las voces y ponerme el grandísimo reto de encontrar la mía, de desentrañar mi estilo, de permitir que se notase a través de las páginas de mi autoría. Me interesa mucho la poesía, ahí me siento como pez en el agua, las palabras fluyen pero me retan sus necesarios silencios. Intercalaba lecturas de poemarios varios, con mi escritura, y también con la escritura de mis poemas, que seguían durante el tiempo que escribí Helena y no paran de fluir. Lo que sí he hecho, tras lograr publicarla, es buscar temas relacionados con el proceso de creación, cómo lo perciben y viven otros autores. He leído últimamente a Murakami con su De qué hablo cuando hablo de escribir y a Pamuk en la colección de conferencias: El novelista ingenuo y el sentimental. También he leído con mayor profundidad a Anne Carson porque los universos masculino y femenino, el erotismo, la distancia, la soledad, el anhelo por el amado, me hacen sentir que me acerco más y más al entendimiento del género humano en su totalidad y a establecer una comunión que busque ser cada vez más profunda para que en mis próximas historias eso se vea reflejado y de nuevo, como le ha pasado a Helena, se vuelvan facilitadoras del encuentro con nosotros mismos. Persigo que los lectores establezcan juicios críticos acerca de lo socialmente aceptado a la par de preguntarse si en realidad deben caber en ese deber ser tan implacable que parece querer dictar la pauta en todo y gobernar nuestras conciencias o pueden ser, podemos ser, verdaderamente libres.

Has mencionado en otras ocasiones que vienen dos novelas más, conectadas con «Helena». No necesariamente secuelas sino, de nuevo, la idea del tríptico, de narrativas en paralelo. ¿Qué podremos esperar leer?

Helena es un canto a la libertad, una novela de “segundas oportunidades” como bien definió mi amigo Maruan Soto Antaki cuando la presentó junto con el querido Alberto Ruy Sánchez en la FIL Minería este año, haciéndome ambos un gran honor. También, al pretender ser una crítica y un análisis social, retrata nuestros mundos presentes, tanto interiores como externos y es una invitación a revisarlos, a entender los contextos bajo los cuales se dan algunas decisiones y a plantearnos nuevos horizontes, a tener “Halas”. Así serán las otra dos: Clara y Francisca. Las tres finalmente entrañarán debates fundamentales, tendrán evocaciones a personajes míticos o históricos, conllevarán dilemas morales, hablarán desde la perspectiva masculina y sobretodo espero que sea un tríptico que entretenga, cautive y sea recomendado por su calidad literaria y su contenido. Deseo lograrlo, veamos qué dicen los lectores. Ya me dirás, también, qué dices tú.

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GERARDO CÁRDENAS, escritor y periodista mexicano, reside en el área de Chicago.

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