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Letras vueltas

Adagio triste | En 2018, tal vez | Abrazar dos oficios contradictorios | Una apasionada precisión por el lenguaje | Peligro real del Slacktivismo virtual | La ficción disparatada de la patria | Palabras de Lorca | Ponme la mano aquí Macorina | Ágnes Heller. “¿Por qué iba a dejar de ser peligroso el mundo en nuestra época?” | René del Risco, poesía y angustia de la ciudad | La corrupción de la inocencia | Las tres Mariposas: Minerva, Patria y María Teresa Mirabal | Dos escritores con el pulso sin temblar | Los amigos que perdí | Esta es la historia de Chacumbele, el que se mató a si mismo | “Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles | Las líneas de una vida | Ocho grandes clásicos que tal vez no haya leído

En 2018, tal vez

Sin metralla ni arrogancia ni mentiras.
Quizás más sandías y menos balas.
En febrero tal vez, en plena calle
o en un café, nos leemos en paz.
Mejor fin de año.

Abrazar dos oficios contradictorios

¿Qué quiere decir hoy “compromiso” para Sergio Ramírez, un escritor que protagonizó la revolución que derrocó a Somoza y ejerció la vicepresidencia de Nicaragua? Aquí, sus definiciones, un análisis de su escritura y el anticipo de su nuevo policial.

Cervantes. Según Ramírez, el autor del Quijote es “el gran novelista posmoderno. El inventó todo, sobre todo el uso de tiempo y espacio. Todos somos cervantinos, no sólo en español”.

El autor de Don Quijote tuvo su batalla de Lepanto y sus viajes por el extranjero; Sergio Ramírez luchó contra la dictadura de Somoza en Nicaragua y pasó largas estadías fuera de su país. Lector frecuente de Cervantes, “que lo inventó todo”, Ramírez obtuvo hace unos días el premio que lleva su nombre, y siente que ha sellado una amistad de años (de años que atraviesan el tiempo). Es el último de una extensa serie de distinciones que recibió el autor de, entre otros, Castigo divino, Margarita, está linda la mar, Mil y una muertes, y la reciente novela Ya nadie llora por mí. Estos reconocimientos lo han estimulado más que paralizado, para no caer, como ha escrito, al modo de “un león sometido a un régimen vegetariano”.

Ramírez aprovecha el llamado desde Buenos Aires para recordar una infancia pautada por la llegada de revistas argentinas como Patoruzito y Billiken, en la que idolatraba al Capitán Marvel. Páginas que aterrizaban con una bandera como la nicaragüense “pero de un azul más pálido”, que lo hacía sentirse en casa, y que preparaba calladamente al escritor que sería.

–Todos los escritores sienten un premio, sobre todo de esta envergadura, como un halago, pero a veces algunos sienten cierta incomodidad. ¿En qué aspectos se siente halagado en esta ocasión y en qué aspectos se siente incómodo?

–Halagado, evidentemente, por semejante premio, el más importante de la lengua castellana. No hay otra cosa que sentirse halagado. La incomodidad es momentánea, porque me saca de mi rutina, de mi trabajo. Me debo dedicar al premio como a un oficio temporario. Tampoco es que esa incomodidad sea infeliz. Hay escritores que se cansan de las entrevistas, pero yo disfruto conversando de literatura. Aunque he recibido varios no soy un cazador de premios. Si uno se vuelve un cazador de premios se deforma el oficio literario.

–Un premio es evidentemente una satisfacción pública. ¿Cuáles han sido las satisfacciones menos públicas, más íntimas, que le ha ido procurando la literatura?

–La literatura es una satisfacción en cada libro que uno publica. Cada vez que recibo de parte de la editorial el libro que nunca antes he visto, es un ritual sensual ver cómo está cosido, las portadillas, el tipo de letra, es como si uno estuviera en la sala de parto recibiendo a un nuevo hijo.

–Pero con respecto a la escritura en sí, ¿cuándo es que lo hace sentir en plenitud?

–Cuando tengo una buena mañana de escritura, me gusta mucho jugar con el humor y si me río yo mismo de lo que estoy escribiendo se da como un momento de gracia. Claro, eso no es todo, porque al día siguiente tengo que volver a una página que me había parecido maravillosa y ahora me parece un espanto y me pregunto cómo pude escribir esto. Y para corregir a fondo hay que tener mucho valor. Kafka decía que el arte de corregir es el arte de suprimir. A veces hay que tachar capítulos enteros, pero si uno no tiene un rescoldo de rigor, de allí salen los malos libros.

–¿Se puede decir que la literatura ha sido su costado privado y la política su cara pública?

–La política fue para mí la vida pública. Pero fue. Y fue una vida pública en un momento muy difícil en la historia de Nicaragua. Pasé por esos momentos complicados y me dejaron marcas profundas, como lo conté en Adiós muchachos. Pero entré a la literatura y salí de ella como escritor. No me metí en política por un cargo; se trataba nada más y nada menos que de una revolución para derrocar una dictadura. De lo contrario, jamás se me hubiera ocurrido enfrentar mi carrera de escritor con la política, porque es un desgaste que puede terminar con una carrera literaria.

–Se trató más bien de períodos en los que fue alternando política y literatura, ¿o se dieron en simultáneo?

–Me vi forzado a que convivieran. Pero cuando fui candidato a la vicepresidencia en 1985 ya llevaba diez años sin escribir ficción. Y veía que sería un desastre estar seis años más sin escribir. Y ahí lo que hice fue empezar a escribir de madrugada. y así terminé la novela Castigo divino. Creo que la literatura se prueba en la peor de las adversidades. Y es uno de los oficios más contradictorios que pueda haber; el único más contradictorio es el de la política. Y ejerce una imposibilidad más delicada: cuando uno ejerce el poder no puede escribir novelas. Se vería obligado a defender las posiciones de su gobierno. Por eso me alejé lo más posible del tema de la revolución y me puse a escribir la historia de un envenenador serial. Siga leyendo Dos oficios contradictorios

Una apasionada precisión por el lenguaje

Sergio Ramírez es un latinoamericano tranquilo. A diferencia de muchos intelectuales precipitados y vocingleros, Ramírez siempre se toma su tiempo antes de hablar con calma y en voz baja. Para él escuchar y pensar lo escuchado son procesos tan importantes como los propios pronunciamientos. Ramírez sabe que la palabra justa nace de un silencio sereno. Quizás es por eso que, cuando él habla, sus palabras tienen una contundencia sin altisonancia que también es escasa en el mundo de habla hispana.

Esa ecuanimidad pausada de Sergio Ramírez me sorprendió gratamente desde que lo conocí. Hace casi dos décadas coincidimos durante unos meses en Alemania. Durante algunas semanas asistí como oyente a su curso sobre literatura latinoamericana en la Freie Universität de Berlín. Ramírez daba sus lecciones sin énfasis ni adornos. Por el contrario, este narrador reconocido por la riqueza de su prosa, hablaba con deliberada sencillez. A menudo detenía su discurso en mitad de una frase que le venía saliendo redonda, para buscar otra forma de expresarse aún más directa y sencilla. Durante estos instantes de silencio era notorio, para mí, que Ramírez estaba afilando mentalmente su “navaja de Occam”: la mejor idea es la que puede expresarse del modo más simple. Al final de cada lección los alumnos lo aplaudían con auténtico entusiasmo, a la manera germánica: golpeando con los nudillos la cubierta de sus pupitres.

Es posible que esa reposada frugalidad de Ramírez provenga, paradójicamente, de su vida agitada. Nacido y criado en la Nicaragua tiranizada por los Somoza, Sergio Ramírez quiso ser escritor de ficciones desde muy joven. Sin embargo, su época y su país complotaron para alejarlo de su verdadera vocación. Con una voluntad no menos tiránica que la de “Tachito”, el dictador, la historia real exigió el compromiso de Ramírez.

No sé si se habrá reflexionado lo suficiente sobre las dictaduras como escuelas de “ardiente paciencia”. Durante los largos años de resistencia y revolución en Nicaragua, Ramírez se comprometió con el ideal de la libertad colectiva, postergando pacientemente su compromiso literario personal.

El sacrificio de su vocación no terminó con el triunfo sandinista. Por el contrario, después Ramírez asumió pesados deberes en el gobierno para ayudar en el salto, aún más difícil, de la revolución a la democracia. No pocos talentos literarios han sido destruidos por los deberes y las tentaciones del poder. Se requiere de una excepcional entereza y honestidad para apartarse de esas tentaciones y volver al camino solitario del arte. Siga leyendo Precisión por el lenguaje

Peligro real del Slacktivismo virtual

La palabra “Slacktivismo” es un neologismo basado en una raíz anglosajona. Se trata del adjetivo “slack”, que en español es sinónimo de vago, flojo, descuidado, perezoso, lento, negligente o muerto.

El término cobra sentido en una frase como: “business is slack” (hay poco movimiento o poca actividad en el negocio); o bien, “to be slack about one’s work” (desatender o ser negligente en el trabajo).

Zigmunt Bauman eleva a concepto sociopolítico el término “Slacktivismo” en el marco de un diálogo, publicado póstumamente, con el periodista y escritor Ezio Mauro, exdirector del diario italiano La República, que se titula Babel (Trotta, 2017).

Bajo una atmósfera de globalización insensible, terrorismo, fundamentalismo religioso, proteccionismo y resurgimiento de fósiles ideológico-políticos falsarios y radicalistas, Bauman, quien reconoce que para salvarla de la autodestrucción y de la falsa libertad del orden digital la humanidad tiene por delante un “trabajo de largo aliento” que realizar, aboga, nuevamente, por la imperiosa necesidad de diálogo.

Un diálogo serio, informal, abierto, cooperativo, basado en la buena voluntad, porque de ella derivarían la comprensión recíproca, el beneficio mutuo y la confianza, aunque esta no sea ni absoluta ni incondicional.

Admite, con Richard Sennett, que un diálogo de este jaez no es tarea fácil ni asunto divertido.

Requiere de una fuerte determinación, resistencia ante posibles resultados adversos, un clarísimo sentido del objetivo ulterior, mucha habilidad y la disponibilidad a admitir los errores propios junto con el arduo y laborioso deber de repararlos.

Además, esa actitud dialógica exige de calma, equilibrio y paciencia.

Junto a las citadas tendencias peligrosas que ponen en riesgo ese diálogo, a fuerza del secuestro de la eficacia del lenguaje y su significado por efecto del poder como dominio y del espejismo de la comunicación digital, existe la del “slacktivismo” o activismo lento, estimulado por las redes sociales, pero, limitando la participación combativa de los individuos frente a males políticos y sociales a apenas clicar “me gusta” o publicando un tuit, con lo que se crea la hueca ilusión de que de esa forma participan o hacen algo concreto por el cambio o las reivindicaciones.

Bauman ve en el slacktivimso una actitud peligrosa por sus seductoras promesas de un confort físico y espiritual, y una virtual ausencia de riesgo que, en más de un sentido predispone a sus seguidores a olvidar lo que el original activismo significaba. Siga leyendo Slacktivismo virtual

La ficción disparatada de la patria

A propósito de la reedición de La Historia, el premiado escritor y cronista discute los géneros, la noción de verdad, la lengua propia y la extensión ideal de una obra.

En uno de sus ensayos, Alejo Carpentier pensaba las definiciones más populares del oficio –o el arte– de escribir: “Se suele decir escritor y periodista, o periodista más que escritor o escritor más que periodista. Yo nunca he creído que haya posibilidad de hacer un distingo entre ambas funciones, porque, para mí, el periodista y el escritor se integran en una sola personalidad”.

La obra de Martín Caparrós –como la de una tradición de narradores argentinos que va de Tomás Eloy Martínez a Miguel Briante– se balancea entre la ficción y la no ficción pero comenzó por la primera: sus cuatro libros iniciales fueron las novelas Ansay o los infortunios de la gloria (1984), No velas a tus muertos (1986), El tercer cuerpo y La noche anterior (1990). Luego se sumaron más de una docena de crónicas (Larga distancia, El hambre, Lacrónica, etc.) y, al día de hoy, unas once ficciones en total. Por algunas de ellas, ha ganado el Premio Planeta en 2004 y el Herralde en 2011; en su juventud participó del grupo literario Shangai junto a Sergio Bizzio, Jorge Dorio, Daniel Guebel, Matilde Sánchez y Alan Pauls, entre otros, quienes luego fundaron la revista Babel.

Caparrós suele admitir, en charlas y conferencias, que, en términos de escritura, encara igual el registro de ficción y de no ficción: “Siempre se trata de literatura”. Pero al repreguntarle, ante las novelas Echeverría, publicada hace un año, y la reciente reedición de La Historia, dice: “A veces matizo esa afirmación. Hay una diferencia radical en el ejercicio de esa escritura, por más que la intención estética sea muy parecida. Reconozco que hay una diferencia muy fuerte que consiste en que, generalmente, el trabajo más decisivo de una no ficción se produce antes del momento de la escritura, y en ficción, sobre todo, durante la escritura”.

En su visita a Argentina –vive en Madrid desde 2013– y antes de partir hacia Colombia, pasó por varios programas de televisión donde habló, sobre todo, de la coyuntura política. Además, participó de una entrevista pública en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Creador de sustantivos compuestos, largas enumeraciones sin comas, neologismos y versos cortados en medio de la prosa narrativa, dice, por ejemplo, detestar la palabra “investigación”.

Suele escribir contra otros términos aceptados y “políticamente correctos”, vinculados a la pobreza o la ecología, como consta en Contra el cambio o El hambre, e incluso contra la “novela histórica”, como afirma en Echeverría. Aunque, subraya, La Historia es uno de los libros que más le interesa entre los que ha escrito. Siente que no se da aquello de otras novelas –incluso las propias, aclara–, que sea igual a otras, previsible. Con ella, piensa, logró hacer algo “distinto”. Tanto que, dice, algo serio, algo jocoso, el resto de su obra termina constituyéndose como “notas al pie”. Y recuerda su premisa: “escribir un español que resultara ajeno a cualquier hispanoparlante, que nadie pudiera reconocer como propio. Me costó mucho encontrarlo, llegar a él. En un momento me pareció que lo había logrado; ya tenía como 300 páginas, entonces tuve que reescribir todo con esa nueva prosa”.

La vocación monumental del libro no solo se vincula a la evidente materialidad de sus más de mil páginas. Como narración, pretende fundar un mundo posible integral, una civilización. Recrea, por momentos, la utópica enciclopedia británica –o las ambiciones de las novelas realistas del siglo XIX– donde cada porción de la vida social y doméstica es factible de ser enumerada y clasificada. En ese espacio de concentración geográfica Caparrós desarrolló lo que define como “una máquina de producir y contener historias”.

–Tanto Echeverría como La Historia avanzan sobre la incerteza. En la última, el investigador-historiador trata de descifrar ese manuscrito que ha hallado incompleto y especula, se hace preguntas. El narrador de Echeverría siempre aduce posibilidades. ¿Cómo funciona esto de tematizar la duda en la ficción?

–Desconfío absolutamente de la verdad. Creo en la capacidad de dudar de cualquier afirmación, es mi manera de leer el mundo. ¿Quién decía que la duda es la jactancia de los intelectuales? No sé si alguna vez decidí tan explícitamente “esta es la manera de narrar, tengo que hacer explícita la duda”, pero teniendo en cuenta mi decisión de cómo pararme frente al mundo, no me extraña que eso aparezca de manera fuerte.

–¿Qué cambió como autor desde la publicación de La Historia en 1999?

–No sé. Hay como etapas desde entonces. Pero cuando escribí La Historia durante un tiempo tuve la sensación de que había hecho ya todo lo que podía y que cualquier otra cosa que escribiera sería como una nota al pie de La Historia… y en algún momento acepté que era así, y en eso estoy (se ríe). Siga leyendo Martín Caparrós

Palabras de Lorca

“Ni el poeta ni nadie tiene el secreto del mundo”

‘Palabra de Lorca ’ recoge por primera vez todas las entrevistas que se hicieron al poeta

¿Se imaginan una entrevista a Federico García Lorca de 600 páginas? Ese es el efecto que se pretende producir en el lector de Palabra de Lorca (Malpaso), el volumen que recopila por primera vez todas las entrevistas que concedió el escritor granadino y que saldrá a la venta el próximo lunes 27. La obra permite recorrer el trayecto público del autor a lo largo de 600 páginas, entre los años 1922 y 1936, incluyendo sus viajes (Nueva York, Buenos Aires, Montevideo…), sus giras con la compañía universitaria La Barraca, los estrenos de sus diferentes obras y sus opiniones de algunos artistas contemporáneos, así como detalles como su devoción por Dalí. La ­edición ha corrido a cargo del experto Rafael Inglada (Málaga, 1963), con la colaboración de Víctor Fernández.

Como señala el hispanista Christopher Maurer (Abington, 1949), “la creciente popularidad de Lorca como poeta y dramaturgo en los años 20 y 30 coincide con el desarrollo y madurez del género de la entrevista en el mundo hispánico”. Aunque a veces temía las entrevistas, porque lo infantilizaban y exotizaban con expresiones como “mocetón” o “muchachón muy gitanazo”. En el recorte de la que le hizo Rafael Moragas en el barcelonés La Noche en 1927, el propio Lorca anota: “Este Moragas es delicioso, dice todo lo contrario que le dije, como en todas las interviús. Pero es simpático”. En cualquier caso, concedió 133 entrevistas, publicadas originalmente en castellano, catalán, inglés, italiano y francés, aunque raramente expuso en ellas su realidad más íntima (en Heraldo de Madrid en 1927 le dice a su entrevistador: “…no quiero decirle a usted nada en serio, ni complicarme, ni crearme conflictos con autores, críticos, amigos y enemigos” pues “yo busco la alegría y no las preocupaciones”. Muchos de estos textos no figuraban en su obra completa y los editores han incluido también piezas publicadas tras su muerte en 1936. Siga leyendo Palabras de Lorca

Ponme la mano aquí Macorina

La Macorina fue un personaje legendario cubano de origen humilde que en las primeras décadas de siglo XX encandiló con sus encantos a los más acaudalados caballeros habaneros, incluido el presidente José Miguel Gómez, alias Tiburón, de quien al decir de la época “se baña pero salpica” –en alusión a la corrupción clientelista practicada en su gobierno. María Calvo Nodarse (1892-1977), la mentada Macorina, gozó de fortuna en sus años de gloria –autos varios, mansiones, joyas y pieles– y figura reputada por la crónica como la primera mujer en la isla dotada de licencia para conducir. Misma que en 1917, en Prado y Malecón, habría pilotado un convertible rojo de la afamada fábrica catalana Hispano-Suiza.

El poeta vanguardista y narrador dominicano Vigil Díaz (1880-1961), la retrata con fervor en junio del 1920 en una de sus Fatamorganas escritas para Listín Diario despachada desde La Habana, dedicada al escritor costumbrista Rafael “Fello” Damirón (Obras, compilación de Diógenes Céspedes y Andrés Blanco Díaz, 2000). El poeta y periodista asturiano Alfonso Camín (1890-1982), radicado en Cuba desde adolescente, quien se movió acucioso entre la isla, España y México, se inspiró en ella y compuso su poema “Macorina” que aparece en la obra Carey editada en 1931.

Una exaltación a la belleza subyugante de esta hembra especial que la cantante tica azteca Chavela Vargas –quien estuvo en Cuba y quedó hechizada por la Macorina- hizo suya poniéndole voz y cuerdas al texto lírico del asturiano. A partir del estribillo “Ponme la mano aquí, Macorina/ponme la mano aquí”, que se repetirá entre estrofas como un recurso demandante, se estructura la pieza plena de maravillosas metáforas frutales tropicales.

“Tus pies dejaban la estera/y se escapaba tu saya/buscando la guardarraya/que al ver tu talle tan fino/las cañas azucareras/se echaban por el camino/para que tú las molieras/como si fueses molino/

Tus senos carne de anón/tu boca una bendición/ de guanábana madura/ y era tu fina cintura/la misma de aquel danzón/

Después el amanecer/ que de mis brazos te lleva/ y yo sin saber qué hacer/de aquel olor a mujer/ a mango y a caña nueva/ con que me llevaste al son/caliente de aquel danzón”.

Empleando el mismo estribillo pone-mano con alguna variante (“que me duele, Macorina/ que me muero, Macorina”), Abelardo Barroso y la Orquesta Sensación, al mejor estilo de la charanga cubana, también se hicieron eco en el plano musical de las hazañas de la Macorina y pegaron en los 50 un danzón en la radio. “Yo conozco una vecina/ que me tiene alborotao/Me enteré que en los saraos/ le llaman la Macorina/ Ella gasta gasolina en su carro colorao/Ella gasta gasolina en su carro colorao/ y sigue con el tumbao/ que ella es la gran Macorina/ Allá va Macorina en su carro colorao/con ese tumbao pa’ que en los saraos/con tremendo tumbao/le dicen Macorina con su carro colorao”.

Una pachanga, El Güiro de Macorina, siguiendo esta verdadera cadena de toqueteos frenéticos que se apoderó de la música popular cubana y trascendió hacia otras latitudes, reclamaba, soneando: “Dile a Macorina/ que me toque el güiro/ que me toque el güiro”. Y uno ya se puede imaginar de cuál güiro se trata.

Nuestro culto poeta Vigil Díaz, quien escribiera deslumbrado por sus vivencias en París Del Sena al Ozama y cronicara nuestros episodios históricos en Orégano, Cuentos Criollos y Lilís y Alejandrito, nos ofrece su estampa encumbrada de esta reluciente cortesana, titulada “La Macorina”. Siga leyendo Macorina

Ágnes Heller. “¿Por qué iba a dejar de ser peligroso el mundo en nuestra época?”

Lucidez. Testigo de las grandes catástrofes del siglo XX y autora de obras clave para pensar las turbulencias de la modernidad, la filósofa húngara ofrece una mirada aguda -ni complaciente ni aciaga- sobre el presente.

Tiene una energía y un entusiasmo que contradicen sus 88 años, como si en ese cuerpo menudo y marcado por el tiempo se escondiera un duende. Habla inglés muy rápido, con acento, pero con suma precisión. Llegó a la Argentina nuevamente para dictar una serie de conferencias y para recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, con laudatio a cargo de Tomás Abraham. Nacida en Budapest, discípula de György Lukács pero con vuelo inabarcable, tiene una obra inmensa, con títulos fundamentales como El hombre del Renacimiento (1963), Hipótesis para una teoría marxista de los valores (1974), Teoría de las necesidades en Marx (1978), Una filosofía de la historia en fragmentos (1999) y La sociología de la vida cotidiana (2002). Ágnes Heller es una sobreviviente del siglo XX -del nazismo, de las diásporas, de los horrores de una Europa que no sabía encontrarse- que tiene más de una clave para ayudarnos a enfrentar los temores de las primeras décadas del XXI. Piensa que no estamos enfrentando un momento especialmente difícil de la historia, pero también cree que no debemos distraernos.

¿Cuál es su relación con los libros? ¿Cuáles fueron importantes en su formación?

David Copperfield, de Charles Dickens, fue un libro que me cambió. Me resultó fascinante porque descubrí allí de qué se trata la vida: cómo una persona joven puede conocer a otras y reencontrarlas tiempo después. Cómo algunos se casan, otros mueren, cómo al cierre hay una suerte de final feliz. Lo leí a los diez años y me dio una muestra de lo que podía esperar de la vida.

¿Fue difícil leerlo?

En absoluto. Yo había aprendido a leer a los siete años. Mi primera novela fue Los hijos del Capitán Grant, de Julio Verne. Entonces sí tuve dificultades porque apenas estaba aprendiendo a leer: me llevó un año completarlo. Pero cuando leí David Copperfield ya tenía mucha práctica, ya había leído muchos libros. La primera noticia que tuve de la Argentina fue de la Patagonia, con Verne. Es una gran historia.

¿Qué otros libros le cambiaron la vida?

No diría tanto. Leí mucho, pero ningún libro representó lo mismo que la gran novela de Dickens. Leí en húngaro los primeros cuatro volúmenes de Proust: me fascinaron pero no me cambiaron la vida. Lo mismo puedo decir de las muchas lecturas que he hecho en mi vida, tanto literarias como filosóficas.

Y en filosofía, ¿cuáles fueron las obras más importantes?

Depende del momento. Las primeras obras de filosofía que me impresionaron fueron La crítica del juicio de Kant, y la Estética de Hegel. Sobre todo porque estaba estudiando con Lukács, me interesaba la estética. Pero luego fueron más importantes para mí ciertas cuestiones éticas y de filosofía de la historia. En algún momento de mi vida, el autor más importante fue Marx. Luego, Aristóteles. Luego, Kant. En fin, Kant de algún modo, siempre permaneció. Pero también tuve una época en que mi favorito fue Kierkegaard. De acuerdo a mis intereses, mi edad, mi experiencia de vida, mis preferencias fueron cambiando.

¿Algún autor fue más importante que otro desde un punto de vista personal?

La filosofía es un amor. Cuando uno se enamora de la filosofía, no puede hacer otra cosa que filosofía. Y las cosas que pasaron en mi vida, episodios trágicos, crisis, etcétera, influyeron en mi modo de hacer filosofía. Al comienzo, quería comprender cómo algunas personas pudieron hacer cosas terribles, como Auschwitz, los gulags. Ése fue un tema importante para mí. Ciertamente, la experiencia de vida se mezcla en cada filosofía, así como la experiencia del tiempo, la experiencia del mundo. Pero si lo analizamos, los filósofos franceses atravesaron el mismo tipo de experiencias del mundo y del tiempo que yo. O muy similares. Pero la experiencia de vida es diferente para cada persona. Hegel dijo que la filosofía no es otra cosa que el tiempo expresado en conceptos. Y Nietzsche dijo que la filosofía es autobiografía. Yo creo que la filosofía es las dos cosas: tiempo expresado en conceptos y autobiografía. Y que cada persona tiene una vida particular. Por eso cada filosofía es diferente de las otras.

Usted vivió momentos muy turbulentos, sobre todo como sobreviviente del Holocausto. Hoy pensamos que estamos atravesando tiempos difíciles, por la creciente desigualdad, por algunos gobiernos extremos, por el nacionalismo. ¿Qué piensa de estas amenazas?

Vea, deme un ejemplo de algún período histórico que no haya sido difícil. Siempre hubo problemas, sólo que diferentes. Por algunas décadas, muchos creyeron que el mundo había dejado de ser peligroso. Pero fue una ilusión, estaban equivocados. ¿Por qué iba a dejar de ser peligroso el mundo precisamente en nuestra época? ¿Por qué íbamos a tener una posición privilegiada en la historia? La cuestión no es que estemos enfrentando crisis, sino cuál es su origen, cuáles son las dificultades concretas de nuestro tiempo. No estamos atravesando nada parecido a la Primera o la Segunda Guerra Mundial, no tenemos Auschwitz.

En concreto, entonces, ¿cuál es su opinión sobre Trump?

Sobre las elecciones en Estados Unidos puedo decir que en ese país hay un sistema de controles y contrapesos, los famosos checks and balances, que hacen que un presidente no pueda hacer cualquier cosa que se le ocurra porque su poder está limitado. Lo que me hace pensar en Kant nuevamente, que dijo que no debemos esperar que una persona u otra, por ser buenas, vayan a cambiar el mundo. Que lo que necesitamos son instituciones. Dentro de ese marco, incluso los demonios se van a tener que comportar de manera decente. Estados Unidos, precisamente, ha desarrollado este tipo de instituciones. De modo que podemos esperar, no que los demonios se comporten decentemente, pero sí que no hagan mucho daño. Un poco sí, pero no tanto.

¿Y la desigualdad?

Es un problema grave, porque en el presente creemos en los derechos humanos. Para nosotros, la desigualdad es una anomalía. Pero en la Edad Media la desigualdad no era un problema. Empezó a serlo en el Renacimiento: Tomás Moro escribió sobre la desigualdad porque la vio como una anomalía. Pero para Platón, para Aristóteles, algunos nacían esclavos y otros como hombres libres. No había “desigualdad”: era algo natural. Hoy vemos la desigualdad, tanto dentro de los países como entre países, como una anormalidad. Pensamos que algo debemos hacer. Creo que es uno de los mayores peligros que enfrentamos.

¿Le preocupa el resurgimiento del nacionalismo en Europa?

La Primera Guerra Mundial fue el pecado original de Europa. Al concluir, todos los países europeos, con excepción de Suiza, se transformaron en Estados-nación. Como sabemos, cada país tiene su propio dios y su propia religión: eso es el nacionalismo. De aquí provino el estalinismo, el nazismo, el fascismo. Después de la Segunda Guerra, que representó un trauma, y después de la caída del régimen soviético, pensamos que todos nos convertiríamos en países democráticos, en democracias liberales. Y que Europa estaría unida. Pero eso fue una ilusión. Hay momentos en que hay una posibilidad de que las cosas cambien. Pero no por completo. Claro que tampoco todo permanece igual.

¿Cree que la situación es grave?

No creo que la situación presente sea realmente peligrosa. Pero sí diría que ciertos cambios hacia el nacionalismo en países como Austria o Alemania (no en Francia, por ahora) representan una señal de alarma. Porque no se trata de un nacionalismo apoyado en un simple orgullo neutral: no es sólo “somos los mejores”, sino que además hay una hostilidad hacia los otros. Lamentablemente, estos sentimientos se vieron reforzados por la crisis migratoria, que dio a los movimientos nacionalistas un punto de referencia. Sobre ese trasfondo, pudieron cosechar apoyo para sus propuestas políticas y para su ideología, que es antiinmigratoria. La idea de que Europa tiene que defenderse de otras naciones, de otras religiones, es central en su ideología. Son desarrollos preocupantes, pero no estamos ante una catástrofe inminente. Por una razón simple: las dos guerras mundiales tuvieron que ver con la hostilidad entre Francia y Alemania. Hoy esos países tienen relaciones amistosas. La historia no se repite igual. Por suerte, no se ha repetido. Siga leyendo Ágnes Heller

René del Risco, poesía y angustia de la ciudad

Mucho se ha dicho acerca de René del Risco como el escritor a partir del cual la modernidad irrumpe de manera plena en la literatura dominicana. Ese lugar común ha tomado categoría de axioma y sin embargo es discutible. Una cosa es cierta y es el hecho que Del Risco inaugura una sensibilidad especial hacia la ciudad y hacia la condición del sujeto en esta. No es una circunstancia exclusiva de la literatura dominicana, sino que responde a una tradición surgida dentro de la modernidad, a partir de poetizar una ciudad cambiante y cuestionar la situación de alienación en que se encuentran sumidos los sujetos que la habitan.

Por razones que no vale la pena citar, tengo memorias personales de muchos escritores dominicanos mas no de René del Risco. Cuando murió yo era apenas un niño y sin embargo desde siempre su nombre estuvo presente en conversaciones de las que fui testigo. Del Risco es probablemente nuestro primer poeta con presencia mediática, primero como figura de la radio y la televisión, segundo como publicista y tercero como referente digno de mención después de su muerte.

En mis años de secundaria volví a Del Risco, a sus poemas y a un cuento de lectura obligatoria: «Ahora que vuelvo, Ton», que ya se ha convertido en un elemento del folclore del bachillerato, lo cual, considerando las inquietudes literarias que pueda despertar en un solo adolescente, ya es suficientemente bueno de por sí. Lo cierto es que Del Risco me llamó la atención desde temprano por las imágenes urbanas que traducía en su poesía. Es por ello que decidí abordarlo de manera crítica al plantearme desde la finalización de mis estudios de grado de arquitectura la posibilidad de dedicarme a investigar la relación entre la literatura y la ciudad. Hoy, cuando se plantea su permanencia como un clásico de las letras dominicanas, trataré de discurrir por esas imágenes y su naturaleza como traducción de la historia del mundo a través del poema.

Es un lugar común el señalar que con René del Risco irrumpe la modernidad en las letras dominicanas. Se acepta como un axioma, pero acatarlo así sin más equivale a entender que es algo mágico que ocurrió de un día para otro. La modernidad, en cuanto a proceso gradual, es algo que se conformó a lo largo de muchos años; lo que cambió de manera acelerada fue la sociedad dominicana y es ese cambio apresurado el que marca profundamente la poesía de Del Risco. El poeta nace en 1937, al inicio mismo de la tiranía de Trujillo. Nace en San Pedro de Macorís, una ciudad moderna desde su fundación. San Pedro nace ex novo durante los últimos años del siglo XIX y es desde sus inicios una ciudad portuaria de mucha actividad comercial. La modernidad fue su signo de nacimiento y fue su sino, pues Trujillo corta el tránsito de este progreso para favorecer a la capital que habría de erigirse en manifestación patente del discurso ideológico de la tiranía.

San Pedro de Macorís, ciudad junto al mar –el mar que también tiene una presencia importante en la poesía de Del Risco–, será el tema de esta «Oda a Miramar» de 1964. En ella no se perciben imágenes de modernidad, se retrata una casi aldea desde uno de sus barrios de casas de colores, característica intrínseca de la conformación arquitectónica de los sectores populares. Dice el poeta:

Por tus casas
amarillas,
por tus casas
verdes,
por las piedras
enterradas
en tus calles,
por el polvo
de tus calles,
por tus solares
de perdida yerba
y alta yerba
por la noche
que te viene del mar
y por los aires delgados
que humedecen tus techos
yo canto
en tu llanto
y en tu risa primordial.

Antes de este poema, que es de la época de su retorno del exilio, otro texto evoca la ciudad natal. Se trata en este caso de una ciudad formal, de modernos edificios y espacios tal como ilustra este fragmento de «Lo mismo»:

El viento rutinario caducaba
en la veleta del Ayuntamiento
y en el parque esgrimía su aislamiento
aquel árbol sombrío que callaba.

Fuera de los habituales escarceos infantiles de los poetas en ciernes, Del Risco empieza a considerar seriamente lo que escribe alrededor del año 1959, precisamente el año que marca el inicio del fin de un régimen que parecería eterno para quienes no conocían otra cosa. A Miguel D. Mena debemos el haber rescatado un prólogo escrito para el libro Del júbilo a la sangre,[i] libro que quedó listo para imprenta al momento de la muerte del poeta. De ese prólogo, perdido por muchos años, extraigo la siguiente cita: «¿Y cómo fue el año 1959 en nuestro país? ¿Y cómo puede ser un poeta que surge en ese año? Por obligación cargado de frases de protesta, lleno de miedo, en fin angustiado». La angustia frente a la muerte omnipresente y a la represión recrudecida en los últimos años del régimen marcan la obra inicial de Del Risco.

A partir de la instalación de la tiranía de Trujillo, la ciudad de Santo Domingo se convirtió en un elemento fundamental del discurso del régimen. Las crónicas de la época hablan de los esfuerzos por crear una ciudad nueva por parte de la «voluntad modernizadora» de Trujillo. Ostentaba modernos edificios y espacios públicos que servían como elementos de la retórica oficial. A esa ciudad emigraría el poeta como parte de aquel ritual de paso que implicaba para los jóvenes de provincia el venir a la capital a estudiar en la única universidad que existía entonces, la Universidad de Santo Domingo. Estos estudios serían interrumpidos por su participación en la resistencia antitrujillista. Siga leyendo René del Risco Bermúdez

La corrupción de la inocencia

Dos recopilaciones de cuentos de Henry James invitan a recorrer ordenadamente el camino creativo de uno de los grandes referentes de la literatura contemporánea.

La publicación en lengua española de los Cuentos completos de Henry James en tres volúmenes, el primero de los cuales acaba de aparecer en librerías, es todo un acontecimiento. Los cuentos de James han venido apareciendo en muy diversas colecciones y editoriales, lo que ha dado ocasión a una frecuente repetición de varios de ellos en diversas recopilaciones y plaquettes siempre insatisfactorias para los admiradores del maestro. Pero esta dispersión se acaba ahora: la editorial Páginas de Espuma se dispone a poner fin a este absurdo y en los dos próximos años se completará la edición de todos sus cuentos en su debido orden cronológico.

Sí, porque Henry James, a caballo entre el siglo XIX y el XX, ha supuesto una aportación decisiva al género narrativo que hoy nadie puede negar. Amigo de Joseph Conrad, Iván Turguénev y Flaubert, con ellos fue protagonista del eje del cambio más poderoso en la evolución de la novela contemporánea. Su formidable capacidad de análisis de personajes; su impecable percepción del detalle significativo, reivindicando hasta el extremo el papel de la mirada del narrador; su expresivo y sutil empleo de la elipsis, el ahondamiento en el alma y motivos de sus personajes, la ambigüedad sugestiva como arma de precisión…, poco puede decirse de James que no se haya dicho ya. A partir de él se desarrolla la teoría del punto de vista, que cambia el significado de la narración, implica al lector de una nueva manera y amplía el campo expresivo y los límites del género. Gracias a él vendrán autores como James Joyce o Virginia Woolf, gracias a Joyce llegarán el mejor Faulkner o Samuel Beckett, etcétera. Así es como la literatura va fabricando su tradición secularmente. Hay estaciones de paso obligado en ese trayecto y James es una de ellas con todo merecimiento.

La intención de los editores es ofrecer un volumen al año y finalizar en 2019. Este primer volumen que comentamos abarca de 1864 a 1878. Son, por tanto, los años de iniciación, que el editor da por terminados con la publicación de su novela corta Daisy Miller. Son relatos que conservan la impronta más bien realista de los inicios y en los que apenas poco a poco van apareciendo esas digresiones, recovecos, subordinadas, rodeos aparentes y otros recursos expresivos que caracterizarán su admirable refinamiento expresivo; pero lo que aparece desde el primer momento es su mirada de artista (el escritor siempre ve lo distinto donde los demás sólo ven lo obvio) y su formidable y enigmático talento. Henry era hermano de William James, filósofo y psicólogo, y sin duda la penetración y hondura psicológicas con que trata a sus personajes tiene mucho que ver con el fundador de la psicología funcional. Resulta conmovedor y emocionante poder recorrer ahora, organizado por sus fechas de publicación, el camino creativo del autor de Las alas de la paloma o La copa dorada.

El gran tema de James es, dicho a la pata la llana, el de la corrupción de la inocencia, que ha dado lugar a obras inolvidables, pero conviene señalar —y ahí lucen especialmente los cuentos y las nouvelles (excluidas estas últimas de esta edición, con buen criterio)— que James fue también un maestro de lo irreal o lo inexplicable, como sucede en la novela corta La vuelta de tuerca o en el relato El rincón feliz, y no quiso sustraerse al gusto de la época por las llamadas ghost stories, pero marcándolas con su genio incomparable. Siga leyendo La corrupción

Las tres Mariposas: Minerva, Patria y María Teresa Mirabal

“Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”.

Con esta frase, la activista dominicana Minerva Mirabal respondía a principios de la década de los 60 a quienes le advertían de lo que entonces parecía un secreto a voces: el régimen del presidente Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961) iba a matarla.

El 25 de noviembre de 1960, su cuerpo apareció destrozado en el fondo de un barranco, en el interior de un jeep junto con dos de sus hermanas, Patria y María Teresa, y el conductor del vehículo, Rufino de la Cruz.

Más de medio siglo después, la promesa de Minerva parece haberse cumplido: su muerte y la de sus hermanas en manos de la policía secreta dominicana, es considerada por muchos uno de los principales factores que llevó al fin del régimen trujillista.

Y el nombre de las Mirabal se ha convertido en el símbolo mundial de la lucha de la mujer.

Conocidas como “Las Mariposas”, estas mujeres nacidas en una familia acomodada en la provincia dominicana de Salcedo (hoy Hermanas Mirabal), con carreras universitarias, casadas y con hijos, contaban en el momento de su muerte con cerca de una década de activismo político.

Dos de ellas, Minerva y María Teresa, ya habían pasado por la cárcel en varias ocasiones. Una cuarta hermana, Bélgica Adela “Dedé” Mirabal, quien murió este año, tenía un papel menos activo en la disidencia y logró salvarse.

“Tenían una trayectoria larga de conspiración y resistencia, y mucha gente las conocía”, le explica a BBC Mundo Luisa de Peña Díaz, directora del Museo Memorial de la Resistencia Dominicana (MMRD).

Ese fatídico 25 de noviembre funcionarios de la policía secreta interceptaron el automóvil en el que se trasladaban las hermanas en una carretera en la provincia de Salcedo, en el centro norte del país.

Las mujeres fueron ahorcadas y luego apaleadas para que, al ser lanzadas dentro del vehículo por un precipicio, se interpretara que había fallecido en un accidente automovilístico.

Al momento de morir tenían entre 26 y 36 años, y cinco hijos en total.

“Fue un día terrible, porque aunque lo sabíamos, no pensábamos que se iba a actualizar el crimen”, dice Ángela Bélgica “Dedé” Mirabal en el documental “Las Mariposas: Las Hermanas Mirabal”.

“Había unos policías y yo les agarraba y les decía: convénzase que no fue un accidente, que las asesinaron”, contó Dedé.

La popularidad de las tres mujeres, unido al aumento de los crímenes, las torturas y las desapariciones de quienes se atrevían a oponerse al régimen de Trujillo, hizo que este asesinato marcase la historia dominicana.

“Fue tan horroroso el crimen que la gente empezó a sentirse total y completamente insegura, aun los allegados al régimen; porque secuestrar a tres mujeres, matarlas a palos y tirarlas por un barranco para hacerlo parecer un accidente es horroroso”, explica De Peña Díaz.

En palabras de Julia Álvarez, escritora estadounidense de origen dominicano, la clave para explicar por qué la historia de las Mirabal es tan emblemática radica en que le pusieron un rostro humano a la tragedia generada por un régimen violento que no aceptaba disidencia, y que llevaba tres décadas de asesinatos en el país.

“Esta historia cansó a los dominicanos, que dijeron: cuando nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras esposas, nuestras novias no están seguras, ¿de qué sirve todo esto?”, afirma Álvarez, autora de la novela El tiempo de las mariposas, basado en la historia de las hermanas Mirabal que inspiró una película del mismo nombre.

En ese sentido, la directora del MMRD señala que todos los implicados en el “ajusticiamiento”, como se conoce en República Dominicana a la muerte de Trujillo a tiros en una carretera el 30 de mayo de 1961 cuando iba con su chófer a visitar a una joven amante, “citan sin excepción el crimen de las Mirabal como la gota que colmó la copa”. Siga leyendo Las tres mariposas

Dos escritores con el pulso sin temblar

“Orlando, humano y ajeno” (novela de Hyden Carrón) y “Testigo de la luz”, (Poesía reunida de Jeannette Miller) son recientes publicaciones muy valiosas escritas por un joven catedrático y una escritora consagrada.

Dos libros me han llamado la atención entre las más recientes publicaciones nacionales. Si “Ventana” escribe ellos no es por un determinado grado de amistad con sus autores, sino por el olor a buena literatura que he descubierto entre sus páginas. Son propuestas que no solo llamarán nuestra atención, más bien aportan a las letras nacionales. Y los lectores lo agradecen

“TESTIGO DE LA LUZ”

El título de poeta notable (si es que existe ese título) no se otorga por la gracia de la amistad. Basta abrir en cualquier página un tomo antológico de un autor y bastará para descubrir el nivel de perdurabilidad del texto elegido. La acción puede repetirse una y otra vez dentro de la misma publicación y el resultado será el mismo.

No crea el lector que se encuentra frente a una impronta coloquial amparada en el discurso intimista.

La poesía de Jeannette Miller contiene esa aureola de misterio que sobrepasa cualquier corriente o tendencia porque está enhebrada a partir de hondas reflexiones. La autora se desdobla y envuelve su experiencia vital dentro de imágenes alucinantes que provocarán un gratificante estado de placer espiritual. Jeannette Miller no es una poeta “fácil”, ni mucho menos sus cantos son reverencias. En ella corre la voz rebelde de una mujer de su tiempo que sabe cómo movernos la piel con su palabra bien habida, puesta al servicio de las más amplia y preclara imaginación.

‘ORLANDO, HUMANO Y AJENO’

Esta es una novela. De pies a cabeza. Una hija del reino de la invención. Y como tal, su autor, Hyden Carrón, tiene todo el derecho del mundo a cultivarla. Su protagonista, Orlando Martínez, es un mártir de la prensa dominicana. Carrón decidió investirlo con mirada propia. No estamos en presencia de una simple intuición sobre la vida y la obra de un personaje determinado. Aquí no va una referencia al martirologio.

Detrás de esta mirada literaria, creativa, irreverente, hay una investigación de fondo, un trabajo de campo mucho más complejo que una simple mirada semanal. El escritor supo manejar el bisturí no tanto en busca del sangramiento de su protagonista, sino de revelar la dimensión de sus heridas, y la magnitud de su hombradía en el sentido humano de la palabra Aquí no hay espacio para el aplauso heroico. Carrón lleva años detrás de la pista de Orlando Martínez, no solo revisando la prensa de la época, leyendo sus escritos y estudiando el marco histórico donde ocurrió su asesinato. El autor no obvió la fuente viva, esa que a veces se confunde con el rumor cotidiano pero que no deja de tener fuerza y valor testimonial.

De esa forma, la historia de Orlando Martínez llega a las nuevas generaciones dentro de las páginas del presente libro movida entre verdad y ficción. Con un poco de aquí y otro de allá, Carrón no rinde tributo, ni mueve su dedo en señal acusatoria contra el crimen, sino simplemente expone, porque su propósito no es inclinar la frente ante el martirologio, sino reconstruir una vida accidentada, bastante irregular que ante todo supo entender el tiempo que le tocó vivir y ejerció su oficio de periodista sin tener compromiso con nadie.

Junto al relato narrativo está la voz testimonial, que se enriquece con la fábula, la especulación y hasta las buenas intenciones procesadas por un certero escribano. Esto hace que la obra crezca bajo parámetros literarios poco ortodoxos y florezca en la voz de un narrador que sabe desdoblarse. Siga leyendo Dos escritores

Los amigos que perdí

Periodista especializada en rock, Andrea Álvarez reconstruye en Los novios muertos los ’80 y los ’90 desde la intimidad de una generación.

Desde chica a Carla le gusta el vértigo. Cuando la cadena de la hamaca queda paralela al piso, se tira desde lo alto; va pegada al fondo de la pileta del club aguantando la respiración; patea sapos con los varones. En la adolescencia, deja el colegio y se la pasa tirada en la cama leyendo a los poetas malditos, escucha Talking Heads y solo espera que se haga de noche para salir con amigos. Su madre Liliana comprende sus crisis y su padre Oscar le da a leer Henry Miller mientras en la casa se escuchan discos del Mono Villegas. Corre 1985, y todavía perduran los ramalazos de la dictadura. Pero todo eso, el lector lo va a saber más adelante.

Los novios muertos arranca en 2010. Carla está de vacaciones en la playa con su marido Jota Eme y su hijito Nicanor. Hace dieciocho años que están casados y todo parece desbarrancar. Ese hastío compartido y de algún modo consensuado, es lo que lleva a la protagonista a ir hacia atrás. ¿Qué quedó de aquella Carla con el pelo rapado y borceguíes, asidua de los recitales de Los Redondos en la de hoy, que camina por Palermo después de llevar a su hijo al pediatra? Y ese recorrido por las etapas de su vida, Carla va a hacerlo de una manera original: a través del recuerdo de sus novios muertos. Gonzalo, Leonel, Silvio, algunos de los más importantes. No son novios en un sentido muy formal, pero en el cruce con ellos, Carla va haciéndose. El otro puede ser un espejo de sí misma, un pasaje del cual saldrá siendo otra, o simplemente un lugar donde quedarse a vivir un rato. Ahora, también hay un más allá en esta primera novela de Andrea Álvarez –periodista nacida en Buenos Aires y especializada en crónicas de rock– y es que cada una de esas muertes retrará no solo a Carla sino a toda una época: los ochenta y principios de los noventa.

Gran parte de Los novios muertos transcurre en los sucesivos departamentos que habita Carla con sus padres, sola o con el novio del momento. En el capítulo “1990” (cada capítulo remite a un año), es el monoambiente en Humberto 1° pegado a la terraza y al departamento del portero. Allí Carla hace reuniones con los amigos de la editorial donde trabaja y escucha Lou Reed, David Bowie, Dead Kennedys, Psychedelic Furs, Ramones. La música llega hasta el quinto piso pero los vecinos no se quejan. O mucho antes, cuando Carla todavía va al secundario, en el departamento de la calle Oro de Leonel, donde fuman desnudos tirados en la cama mientras la novia de él llora sentada en el sillón del living. O más tarde, cuando Carla escribe una novela sobre una Olivetti en una pequeña mesa pegada a la ventana en el departamento de Silvio.  Siga leyendo Los amigos que perdí

Esta es la historia de Chacumbele, el que se mató a si mismo

En cuba, existe una frase que es usada frecuentemente con el paso de los años: Se mató como Chacumbele; pero la gran pregunta es ¿quién fue Chacumbele? ¿Existió o es un simple producto del imaginario popular?

Chacumbele fue una persona real, su nombre verdadero era José Ramón Chacón Vélez, nació el 9 de noviembre del año 1912, en el pueblo sureño de Santa Cruz del Sur, en la provincia de Camagüey. Desde muy pequeño se interesó por los circos y soñaba con ser trapecista. Cuando cumplía 20 años, un ciclón violento con vientos que superaban los 250 kilómetros por hora, mejor conocido como el ciclón del 32, arrasó por completo con su pueblo natal, generando olas de más de 9 metros de altura (30 pies), y llegaron a penetrar hasta 20 kilómetros tierra adentro, lo que llegó a afectar ciudades como Santa Cruz del Sur, Camagüey, Júcaro, Guayabal, Morón, Ciego de Ávila, Nuevitas, Florida, Puerto Tarafa, Caibarién, Pastelillo, Camajuani y Jatibonico.

En total, se calculó que la pérdida de vidas humanas en el pueblo de Santa Cruz del Sur se llegó a calcular en 2.248 personas. José Ramón se salvó al subirse, con su perra Lolita a un alto y frondoso algarrobo que se ubicaba atrás de su casa, pero su padre pasó a formar parte de la lista de fallecidos. Luego de esta tragedia, emprendió un largo viaje a La Habana junto a Lolita y el poco dinero que consiguió salvar. El final de Clara y Mario, el dúo romántico de Cuba

Una vez llegado a su destino, consiguió empleo como aprendiz de trapecista en el circo Santos y Artigas, para ese entonces, la gran estrella del circo era el renombrado trapecista polaco Bronislav Korchinsky, quien alcanzó la fama internacional y del cual se hace discípulo, mejor conocido como El Gran Korchinsky, para posteriormente ser revelado como un nuevo y gran talento de los aires, escogiendo el nombre de Chacumbeles, integrando también a Lolita, su perra, al acto.

Posteriormente Korchinsky recibe una oferta de los Estados Unidos, y se marcha para dejar como estrella de la cuerda floja a Chacumbeles, acompañado de su perra y se convierte en el primer cubano que logra hacer un salto triple sin red. Eventualmente se suma a sus presentaciones Ilona Szabó, “La Muñequita Húngara”, quien era una judía húngara de una belleza impresionante, y termina convirtiéndose en su amante.

Todo parecía ir sobre ruedas, pero un norteamericano negro llamado Harry Silver, oriundo de Mississippi, que llegó a Cuba huyendo del racismo de los Estados Unidos, y que cantaba, bailaba tap, hacía malabarismos y tocaba el banyo se incorpora al circo.

Entonces, mientras Chacumbeles hacía su acto de la cuerda floja junto a Lolita, contempló desde lo alto a Ilona y Harry Silver besándose, lo que ocasionó que perdiera el equilibrio y cayera al suelo, llevándose consigo a Lolita, quien desafortunadamente perdió la vida al ser aplastada por su dueño. Pasó los siguientes seis meses en el hospital con varias fracturas, las dos piernas rotas y un pulmón perforado por una costilla, y además quedó con el dolor de haber perdido a su perrita. Como consecuencia de este accidente quedó cojo y sin suficiente fuerza en las manos a consecuencia de la caída, lo que hizo que el circo se acabara para él. Siga leyendo Chacumbele

“Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles

“Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré en la noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros”. Pienso a menudo en este poema de Idea Vilariño. Se lo escribió a Onetti, como casi todos. Para él y por sus gracias los años más prolíficos y fatales de su literatura, tan loca por ese hombre raro -con un ojo mirando a Cuenca y otro a Teruel- que hasta le dolían las costillas y a veces los nudillos de las manos. Yo no lo sé, pero lo supongo. “No volveré a tocarte. / No te veré morir”.

Leí por ahí que él una vez se atrevió a decir en voz alta que estaba frito por Idea, pero que nunca se había creído de verdad que ella lo amase: vaya cosa más triste, ya hay que ser paralítico sentimental, Juan Carlos, joder. “No se lo creía porque yo a menudo decía ‘no’. Pero yo no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza”, alegó ella. Qué les voy a contar: era uno de esos amores irrespirables, intelectuales, sombríos, estrechísimos como el cuarto de la escoba. Ahí nunca sobreviven dos mucho tiempo.

Onetti, por comodidad, se acabó casando con Dorotea Muhr, una mujer sumisa que se le volvió satélite y le giró toda la vida alrededor, excusándole desdenes y escarceos. Dicen que siempre llevaba con él una campana en la que había grabado “No contesto preguntas tontas”. La usaba para llamar a su esposa. En otra ocasión le dedicó un libro. Ella saltó de alegría, hasta que leyó: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”. Por toda esa felicidad que es capaz de darle una mascota a un tirano, por toda esa devoción vertical que jamás se fatiga. Nunca le dijo que la quería. Sólo una vez: “Vos sos un brazo mío”. Pero sin un brazo se puede vivir.

“No llegaré a saber / si era de verdad / lo que dijiste que era / ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido / vivir juntos / querernos / esperarnos / estar. / Ya no estás / en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas”, escribía Idea. “¿Querrías haber compartido con él la vida de todos los días?”, le preguntaron a Vilariño en una entrevista. “Yo no digo ahí que querría eso, sino que eso no podría ser”, contestó ella, muy señora. En fin, qué íbamos a esperar de un caballero que un día se metió en la cama y decidió vivir ahí doce años, los doce últimos, hasta la muerte, que como golpe de efecto está bien pero luego eso hay que comérselo. Hay muchos otros que llevan esa misma cama a cuestas, lo prometo: los veo por la calle, los trato y muchas veces los distingo. Viven y hacen lo que se espera de ellos -que en el caso de Onetti era leer, beber y escribir postrado al colchón-, pero están en el mundo sólo en carne, porque han abandonado ya. No luchan, no habitan, no se la juegan. Turistas de mierda.

En 1974, antes de retirarse al somier, Onetti fue jurado de un premio literario que organizaba la revista Marcha: el elegido fue un relato que la dictadura consideró pornográfico, y un día todos los miembros del jurado fueron detenidos. Pasó tres meses en la cárcel. Luego, por presiones internacionales -por ser un escritor famoso ya fuera de Uruguay-, lo trasladaron a un psiquiátrico, como haciéndole un favor. Él quería ahorcarse igual, pero hasta para eso fue pusilánime. Allí fue Idea a verle, y más tarde escribió sobre el encuentro. Sería el último. Siga leyendo Amores imposibles

Las líneas de una vida

Periodista y narrador que ha incursionado en variados géneros, el colombiano Evelio Rosero reconstruye en Toño Ciruelo, la biografía singular de un ser tan influyente como rodeado de oscuros enigmas.

Autor de doce novelas, cuentos, relatos para chicos y poemas, el colombiano Evelio Rosero, también periodista, aunque incursionó por todos esos géneros, prevaleció como autor de las novelas que comenzaron a aparecer en la década del ochenta. Tomó como referencias principales sus propios recuerdos de vida y su país, en particular su natal Bogotá. Consecuentemente el tema de la violencia y sus marcas en los personajes, es recurrente en las narraciones. Así, en 2007, con Los ejércitos, logró el premio Tusquets; para entonces ya le habían concedido en su tierra el premio nacional el año anterior.

El manifestado interés por hablar de su patria, y con ello del máximo prócer,  lo llevaron a componer La carroza de Bolívar, con una mirada crítica hacia la mitificación del Libertador, a cuyos últimos años se refiriera Gabriel  García Márquez en El general en su laberinto. Pero la sombra del autor de Cien años… no se cierne en Rosero. Eligió otro camino, el de una prosa acotada y sencilla, sin ninguna maravilla ni desmesura. Congruente con el propósito de conectar su escritura con sus experiencias, en su última novela nos encontramos con un narrador en primera persona, Heriberto Salgado (apodado Eri y que bien puede pensarse en sintonía con la propia voz del autor), un hombre que se dedica a contar e indagar al extraño personaje que es Toño Ciruelo.

A partir de que éste irrumpe en su casa después de muchos años, Eri desencadena en movimiento retroactivo la evocación de los inicios de la relación sinuosa que los fue juntando a lo largo del tiempo. Así aparece la ciudad de Bogotá y la escuela  que compartieron donde Tonio no deja de mostrar su singularidad como si envolviera en sí algún oscuro designio que no sólo atrae a Eri sino también a otro estudiante, Fagua, con lo que se compone un trío donde siempre pivotea Ciruelo. Previsiblemente estos muchachos van a volcarse a alguna aventura, que aquí es un viaje a la calurosa Barranquilla en el que no faltan dificultades ni los obvios temores y vacilaciones respecto de las relaciones sexuales, cuyos vericuetos involucran la relación entre los tres, incluidas hermanas, novias u otras mujeres que van apareciendo, también ellas con sus rarezas, todo esto referido muchas veces en diálogos o en las continuas preguntas que se hace el narrador. Los vínculos entre los personajes parecen siempre teñidos de una atmósfera entre sombría y desencantada, que se ve principalmente en la capital colombiana cuya fealdad se empareja con la menguada e irrisoria vida de quienes viven allí, políticos, curas, funcionarios y público en general.

Toño, perteneciente a una familia de clase alta, aprovecha esta condición para desencadenar lo que su instinto destructivo le dicte, sea burlarse de la sociedad, intentar escandalizarla, y así siguiendo. Parte de su misterio, al menos para el que narra, es que logra hacer apariciones fulgurantes, esfumarse y reaparecer con sus eximias habilidades para engañar e intrigar. Reiteradamente el narrador oscila entre la atracción y el rechazo ante las extravagancias de Ciruelo, como fundar una granja de la libertad o hacer una muestra fotográfica en Bogotá, donde replica por exceso lo degradado de la ciudad y sus habitantes, en largas enumeraciones de todo lo horrible que ahí puede verse, capaz de perturbar a las conservadoras autoridades. Los episodios que tienen a Toño como factótum se suceden, son varios como los estudios que emprende o todo lo que relata, incluida su intención de convertirse en escritor, lo que lo aproxima al narrador, que por supuesto, escribe.

La fascinante –para Eri y Faguas– personalidad de Ciruelo propicia que el segundo confiese que Ciruelo lo sedujo al punto de despertarle una pasión tan intensa que fue su ruina y motivo de que se alejase de una vez, con lo cual quedan, como al inicio, Eri y Ciruelo. A esta altura de la novela ya han transcurrido el “Libro Primero” y el “Libro Segundo”. Ahí entonces, Ciruelo, todavía no muerto, casi muerto (siempre está esa duda de qué pasó con él cuando no lo pueden encontrar, no se hallan datos o se las arregla para esconder su identidad), lleva consigo su cuaderno, y según dice el autor-narrador, “ahora es cuando empieza la historia”. Siga leyendo Las líneas

Ocho grandes clásicos que tal vez no haya leído

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