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Michel Camilo: la ternura y la violencia

MARCELINO OZUNA [mediaisla] Era 1979, y Michel Camilo, que habría de cumplir 24 años en abril, se llevó del Caribe a Sandra, su mujer, desde entonces, y desde siempre. Dejaba su puesto en la sinfónica de la isla, sus estudios de medicina en la universidad pública, sus años de Tae Kwan Do. Dejaba atrás su historia.

Armstrong fue el primero en pisar superficie fuera de la tierra, dicen. Callan que uno de los nuestros lo ha sido en quedarse a vivir en otro mundo.

Eso sí. Para Michel Camilo no era preocupación si dábamos o no un gran paso. En lugar de eso, pensó en enamorar y en colonizar las almas de los sitios que iba inaugurando de a poco. Era la primera vez de la especie en lugares creados por la imaginación, los dedos y el sentimiento de este corazón Caribe.

Ese habitante de otra vida jamás ha vuelto de su mundo azul, del universo rutilante que inauguró con cinco años, al escribir su primera canción, inocente y vibrante, con la ternura reservada por el Dios de los dioses solamente a los niños.

Allá lo tenemos, siendo deidad de todos, desde México a la India, con una sonrisa de caracola en lugar de mitra; predicando un paraíso de jazz y de clásicos que, ora pinta de flamenco, de blues, ora de son y de mambo. O de las voces de Nueva Orleans, para que los hombres negros y tristes lloren sus penas bajo la lluvia en la noche lontana, como el sombrero con que viven a lágrimas vivas.

Era 1979, y Michel Camilo, que habría de cumplir 24 años en abril, se llevó del Caribe a Sandra, su mujer, desde entonces, y desde siempre. Dejaba su puesto en la sinfónica de la isla, sus estudios de medicina en la universidad pública, sus años de Tae Kwan Do. Dejaba atrás su historia. Era como soltar amarras para sentar reales en la capital de la tierra. Y del jazz, la pasión del muchacho.

Si las cosas salían adversas, en cinco años regresarían a Santo Domingo para hacer como cualquier hijo de vecino que se precie. A lo mejor que tendrían tres hijos, a lo mejor se bajaría los pantalones ante el banco para “sacar” el apartamento, y, en general, salir en uno que otro periodiquito por ahí, por caridad de algún periodista amigo.

Michel Camilo ya tenía los cinco pies de estatura, tenía la violenta técnica de mover los dedos como alas de colibrí y, sobre todo, sabía que la pasión es la diferencia entre un pianista y un artista. Él no sería habitante de la medianía.

Bien, es verdad que unos cinco años atrás, capituló, y que estuvo a punto de resignarse con el papel de médico de la familia; dueños como eran, de la Farmacia Camilo. Pero la llama interna, la fuerza insobornable de la vocación, como en la premisa de Ortega y Gasset, le empujan mar afuera. Para siempre jamás.

Desde entonces ha sido imposible vivir sin los dedos tiernamente violentos de Michel Camilo, el músico que cambió nuestro sentido del goce, casi desde que pensó en dedicarse a sus artes. Michel Camilo mudó de sitio los postes kilométricos que habían sido puestos por milenios en eso de oír belleza. Y probó que las fronteras siempre pueden estar más allá. Que el solar es del tamaño que creamos que es. Y que, si por hache o por erre, no es posible hacer más grandes nuestros dominios en la Tierra, siempre quedan opciones siderales. Siempre habrá donde plantar nuevas banderas. Aquí, allá, acullá. Pero quedarán siempre colonias vírgenes, jamás pisadas, o incluso jamás imaginadas por el chorro y por el gentío.

Viéndole con la cara de bronce, sentado en la butaca roja del teatro, en soledad; diminuto, pero inmenso, imposible de medir con los métodos hasta ahora conocidos, el cronista intuye que una cosa son los pianistas, los de aquí y los de allá, de “donde se devuelven los aviones”; y otra, totalmente opuesta, impensable e inédita, es Michel Camilo. Porque el dolor quejumbroso, arrastrándose en penumbras de un “La” suyo es cosa que nadie ha oído antes, y que nadie escuchará después. No importa que giremos por milenios de milenios sobre el mundo tangible (y por ello con mucho de ruindad y de pobreza) que habitamos.

Un mundo al que el sínodo de todos, puestos a una, deberíamos cambiar de nombre; ser por una vez, solo una vez en nuestras vidas, lo suficientemente juiciosos y bien nacidos, y empezar a llamar “Planeta Michel Camilo”. Sería empezar a pagar, mínimamente (pero algo es algo) los mares y sus caracolas, los azules cyanes, que se les deben, desde el 4 abril de 1954.

Oigan el Concierto para piano 1, hagan un ejercicio de honestidad introspectiva, y díganme qué le falta al Armstrong de Gascue por cincelar en su mundo nuevo. Y aquí se sabe que ustedes oyeron las seis Suites para Chelo, de Joan Sebastian Bach, inmortalizadas otra vez en Memorias de mis putas tristes, por la persona más grande que jamás se haya sentado a escribir algo sobre este plano de la vida. Por lo que se sabe también, que no se puede estar más expuesto a los efluvios ocres de la belleza.

La tierra le debe al profesor Manuel Simó la gloria de haberlo nombrado en la Sinfónica Nacional, “lo que salvó mi carrera musical, porque tenía 16 años y no sabía si sería médico o músico”. Ese era el reencuentro del que, en cierta medida dependía el destino del planeta. No es lo mismo tener a un médico trabajando en tres clínicas y hospitales, cocinando diagnósticos incorrectos de dengue para niños pobres de Santo Domingo, que el lujo del seductor de almas en los cuatro  confines de la tierra.

Era la oportunidad de “seguir mi sueño, y tener la dicha de hacer lo que uno vino a hacer en este mundo”, le dijo en su momento al cronista la mañana blanca de octubre, sentado en el teatro vacío, habitado apenas por media docena de técnicos, productores y, como lo manda el señor, el que se atribuye el rol de “ponte aquí o allí”, sin que nadie le haya designado para tal.

Allí refrescó sus días de percusión y de piano en la Sinfónica (cinco años), hasta que el Boeing 737, de Eastern, lo llevó al Kennedy en 1979, en un éxodo que no es éxodo, porque Michel Camilo ya no es dominicano, por mucho que se lo digan los latidos del corazón isleño. ¿Es miembro, acaso fundador, de una raza con jurisdicción en galaxias que aún no comprendemos? ¿Un tipo de nueva ciudadanía, gestada a partir del 4 de abril de 1954?

Había empezado el parlamento disculpándose por llegar 10 minutos después de lo acordado, como si uno estuviese ahí para creerlo sometido a las leyes del tiempo. Como si esos cinco pies envueltos en jeans y suéteres negros, mocasines sin medias —iluminados por una sonrisa blanca y unas pieles de plata— viviesen bajo los rigores de los mortales de pan y vino.

En ese camino a la gloria, dijo sin mencionarla, una de las primeras puertas la abrió la profesora Kira González, a quien le confesó haber pasado el peor año de su vida, al poner de lado la pasión grande (la música). La noble mujer —recuerda—, con la dedicación y con los empeños de las señoritas nacidas para ennoblecer el magisterio de la vida, le ayudó en ponerse al día, condensándole las lecciones de un año en un semestre.

—Era como meter una espada y forjarla en el fuego, que sale más fuerte —dijo mirando la nada, para regresar a cuarenta años, como quien dobla en “U”. Cristiano de buena pira —recuerda la dulzura con que fue tratado por la maestra; consciente ella de que a los hijos pródigos se les hacen camas de sábanas con olores de mirra y de incienso.

—¿Y cómo se pueden matrimoniar la violencia de su toque feroz con la ternura de la guitarra flamenca? —le pregunto.

—Muy simple, mucha gente desconoce que tengo la disciplina del Tae Kwan Do, y esa disciplina de las artes marciales me hizo tener dominio de mi cuerpo y de mis pensamientos. Además, como vengo del lamento del blues y del jazz, puedo hallarme fácil con el cante jondo del flamenco.

Es su manera de entrar en la pedagogía, y de explicar de paso sus colaboraciones de casi veinte años con Tomatito (Dios de las cuerdas), el gitano que carga la herencia de su arte sempiterno junto a Diego del Morao, otro ser sin nacionalidad comprendida.

Ese dejo de corazón en pedazos y de alma tapiada de cobre, como en los soles retirándose en las tardes del Caribe, comunes en las penas del flamenco y del blues, es —cree Michel Camilo— lo que facilita unir a ambos lamentos. Es que los oprimidos necesitan crear realidades paralelas, lo que en el jazz equivale a la improvisación.

Pero esos dedos pequeños, ajenos a la proverbial delgadez de los artistas del piano, no dejan sospechar que su dueño halla fundado una escuela, un estilo, un modo nuevo de escribir la palabra estética. Mírenle la mano izquierda moviéndose en reversa, sobreponiéndola sobre la derecha, y pregúntenles a los astros si es una aptitud humana.

Por indulgencia del destino, el cronista está sentado al lado de quien puede hacer oír las teclas incluso cuando levanta las manos de ellas, como si las voces de éstas pudiesen levitar con la sola voluntad suya. (“¡suenen!”, parece decirles a las negras o las blancas, y éstas se someten a la voluntad y los caprichos del maestro, aun cuando, se repite, no necesita tocarlas, o aun cuando ha dejado ya de tocarlas).

No hay que molestarse si no se entiende; o lo que es peor, si no se cree que las teclas puedan hablar. Hasta cuando dejan de ser tocadas por el mago de Gascue, nunca mejor escrita la palabra mago. Este cronista no se arriesga a dudar nada de un alumno de los profesores Wen Dyer y Edgar Keisy (psíquicos norteamericanos), que atesora más de 60 ediciones de la Biblia, leídas y anotadas de cabo a rabo, y que “se sabe de cabeza” El alquimista.

Había que ser discípulo del maestro de las artes marciales John Reed, lo mismo que de Richard Chun, para conquistar los gustos de Turquía, Japón y de Riad, disponiendo sólo de cinco pies de estatura, pero de un corazón invicto.

Pero hay más. Otra de las cosas que le separan de un pianista es que logra tocar lo que escucha en su interior; oye los contrastes, los colores del Caribe, la fuerza de los huracanes. Toca fuerte y rápido, gracias a sus orígenes; de ahí su intensidad, que hemos cuidado de entrecomillar, pero que son expresiones textuales. Dichas con la piel y la convicción de quien cree, a ojos cerrados, lo que está diciendo.

Es una conversación principiada el 2 de agosto de 2010, la mañana de plomo en que su Alma Mater le hizo Dr. Honoris Causa, en los soles meridianos de la isla. Pero cruz y raya. Por una trapisonda del destino, apenas si el cronista pudo verlo en unos de esos aeropuertos de Dios, donde comemos, enervados, algo de basura en fundas, y sólo prestamos oído a las muchachas de “atención, Delta Airlines anuncia la salida de su vuelo 234 con destino a la ciudad de Los Ángeles”

No ha sido sino cinco años después que los cielos permiten sentarse. Ver el bosque de su vellosidad en los brazos, los dientes tintos en coloniales nobles, la cabeza de tigre donde se enseñorean dos ojos que hablan, la cabellera con las entradas de Lorca y de Agustín Lara. Y la cara de bronce limpio. ¿Los lentes? No. Los lleva sólo para casos inapelables, donde el rigor de los sesentas, que no aparenta, no les dejan opciones a manos.

—A Fernando Trueba le debemos los 11 retratos de quienes en ese momento eran los mejores del Latin Jazz, le debemos su fe y su pasión, y haber puesto sus recursos materiales y espirituales para hacernos famosos en “Calle 54” —miente a conciencia, a sabiendas de que había tomado ya por asalto la propísima Casa Blanca, donde Bill Clinton y sus invitados, como rehenes, le miraban fascinados y boquiabiertos, igual que niños en su primer día de kindergarten. Pero la modestia, en general, va de las manos de la grandeza.

—¿Y qué te digo de Ernesto Lecuona? El abrió los oídos de Europa para nosotros, y probó que se puede ser grande en lo popular y lo clásico. Lecuona tuvo una construcción maravillosa. Hizo zarzuela, opereta; era clásico y popular. Tradujo los tambores afroantillanos a la mano izquierda del piano.

—No te creo —respondió al cronista, que le prometió llevarle un amigo al concierto del Teatro Nacional— …siempre dice que vendrá y jamás lo hace.

En la noche, con el teatro hasta la bandera, lanzó la toalla negra, su Santo Grial, en señal de júbilo y de éxtasis. Había complacido a la euforia de la isla, en la presencia de su madre, de 96, y su padre de 100 años.

—Están en la última fila —nos dijo, sudoroso y triunfal, vivos aún los aplausos y los estruendos de un público en pie, entrando a backstage.

Cuando vi al amigo, tras años de fallidos intentos mutuos, no tuvo compostura para el alma, y se entregó a un abrazo paleolítico y arrasador, que por muy poco desafía al centro de gravedad de ambos.

—Cumpliste, ¿sabes? —le espetó al cronista sin detenerse, y supimos, por el tono de las miradas, y por el aire de adioses de ambos caminares, que esa conversación sentida de la mañana la repetiremos acaso, con mucha suerte, dentro de cinco siglos. En la constelación donde él vive, las cosas imposibles se pueden.

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MARCELINO OZUNA (Hato Mayor del Rey, RD, 1965) es abogado, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD; autor de los libros de relatos Amores que se fueron (2016) y Aquellos amores de marzo (2017), así como de crónicas, biografías y ensayos sobre relevantes personalidades de los ámbitos políticos, artísticos y deportivos.

Comments (1)

  • Mery Sananes

    Qué hermosura de texto. Lleva en sus palabras la pasión de aquel sobre quien escribe. Y, hasta donde sé, es la única manera de acercarse a alguien y comprender su travesía. Su visión de Michel Camilo es la que lleva todo aquel que ha podido escucharlo. A mí me atrapó, en particular, un día de esos en que me tropecé con una de esas piezas. Y precisamente esa magia de los dedos sobre el teclado, esa danza imparable capaz sin embargo de detenerse un instante para que uno respire y seguir después como un mar encabritado, es ciertamente una virtud caribe y única en este artista y creador, cuya trayectoria Marcelino narra aquí.

    Y después he podido ver e imaginar lo que tan certeramente trae esa crónica. Que las teclas suenan sin que las toque. Que el malabarismo en sus dedos y sus manos son las de un trapecista sin malla, que puede hacer y deshacer como quiera el instrumento, multiplicando su teclado como si tocara tres a la vez, o adelgazando los sonidos hasta capturar la hondura de cualquier lamento.

    Y lo que, en particular, es lo más importante para mí, es ese sentido de hacer de la música una causa común, un canto esparcido por el planeta, que sólo basta invocarlo. Celebro mucho lo que dice Marcelino sobre ese lamento al alimón entre el flamenco y la tristeza caribe, o la de cualquier otro lugar. Concuerdo con esa idea de que la única casa del canto es un planeta sin fronteras y el corazón humano que late en el pecho de cada uno.

    Gracias Media Isla por este material. Gracias Marcelino por ese escrito con sonoridades de un pianísimo. Gracias Camilo por reinventar y entregar lo que somos, ese trino que late en el interior, esa pasión que nos define, y esa fraternidad que restablece la especie humana como un todo, y no como un cristal fragmentado y opaco. Un lujo su lectura. Y Michel Camino, un tesoro que se reinventa en cada toque.

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