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Occidente bajo el asedio del caos

[A D E L A N T O] [mediaisla] MELVIN MAÑON, colaborador habitual de mediaisla, da los toques finales a su nuevo libro «Revolución, Nalga-Cultura, Religión» del cual, como un adelanto editorial, ofrecemos a nuestros lectores este fragmento del Capítulo VI bajo el título de “Occidente bajo el asedio del caos”.

En el mundo de hoy usted ve un sacerdote y piensa en pederastia. Ve un pastor evangélico y piensa en un comerciante. Ve un juez y espera impunidad y soborno, ve un policía y asume que detrás hay un delincuente, ve un fiscal y sospecha que es un abusador, ve un funcionario y asume que es corrupto, ve un político y lo toma como un charlatán, ve un presidente y encuentra un farsante. Es decir, en todas partes, en todas las instancias la gente que debía encarnar la ley, el respeto, las normas sencillamente abdicó cualquier responsabilidad. Por eso, nadie cree en nada, no hay autoridad creíble (que no es lo mismo que temible) no hay legitimidad y sin legitimidad no es posible mantener autoridad duradera. Sobre las insoportables desigualdades creadas por el sistema económico que hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres y sin citar las cifras aterradoras dadas por Bernie Sander a raíz de la campaña electoral 2016 en los EEUU vivimos en un mundo que se cae en pedazos y lo hace cada día más rápido. Por eso la barbarie, el caos y la anarquía se enseñorean por doquier y, como decía Alvin Reyes, la gente jugando Pokémon, el mundo en chercha, la gente en drogas, en sexo; el odio se difunde, echa raíces y se enseñorea. La decencia, la competencia y el desinterés están ausentes…

La falta de piedad, simpatía, conmiseración y solidaridad entre las personas de las grandes ciudades empuja a muchas de ellas a la soledad, la tristeza, la frustración, el abandono, la envidia, el rencor. Algunos de los que así viven se llenan de odio porque la felicidad o aparente normalidad de los demás los ofende. Se trata de gente que no tiene amigos o empleo, la mujer lo dejó, los hijos no lo quieren o no lo conocen o han cambiado demasiado para reconocerse en ellos. Su vecino no sabe quién es usted ni le importa. Nadie le dice buenos días ni le brinda una sonrisa. Cada cual sabe que está solo, que no habrá una mano solidaria que lo ayude si pierde el empleo o enfrenta una desgracia, que no hay con quien hablar de las penas ni de los sueños; nadie escucha, todos viven sumidos en su propia rutina agonizante, embrutecedora, aniquiladora del alma, destructora de sentimientos.

No quiero vivir así, piensa el individuo; no sé vivir así, no puedo vivir así… y un día, algunos de ellos, al sentir que nada tienen que perder, miran a los demás como culpables de su propia tragedia —si no por comisión al menos por omisión—, porque sus penas no les importan a los otros, a nadie. Entonces, aislados, dolorosamente solos y desguarnecidos, dejan de ver a esos otros como personas inocentes, y el día que salen a matar gente no creen ni por un instante que están matando inocentes sino gente culpable, gente que dejó que la tragedia, la soledad y el abandono se abatieran sobre ellos.

No hay que ser del ISIS, no hay que ser musulmán, no hay que ser fanático de nada ni de nadie, aunque claramente también existe esa tipología. Lo que he querido significar, y no espero que muchos lo entiendan, es que una sociedad basura, vacía, egoísta, consumista y despiadada está desequilibrada y es desequilibrante. Fabricamos psicópatas al por mayor y para algunos de ellos salir a matar a los “culpables”, es más gratificante que suicidarse solos y sin que de paso, los demás, o sea nosotros mismos, nos enteremos de su desgracia, la que lo llevó a vernos como culpables y a castigar con la muerte a los que, ajenos a todo, entregados a su vida normal, terminaron en el sitio equivocado en el momento equivocado.

Con estas matanzas, nos están diciendo lo mal que estamos todos; pero, como no escuchamos, salen a matar a ver si así nos enteramos de cómo, cuándo, cuánto y por qué sufren, pero nosotros somos y estamos tan alienados que ni siquiera nos percatamos del mensaje. Ponemos las banderitas estúpidas, lloramos como estúpidos, denunciamos como estúpidos, ponemos las flores como estúpidos, pero no tratamos de entender; no tratamos de cambiar y creemos que la policía debería protegernos y muchos, gustosamente, aprueban nuevas restricciones a la libertad que hemos dilapidado, a los derechos que hemos profanado, al mundo de la sensatez y de la sensibilidad humana que hemos dejado atrás y no sé si podremos recuperar.

Tras la publicación del comentario sobre las masacres de civiles en Orlando, Estambul, Berlín y muchos otros lugares debo añadir: no se tome el público muy en serio el reclamo que hace el ISIS de esos atentados. El ISIS ha demostrado ser muy oportunista y se atribuye hechos en los cuales no participó de ninguna manera pero que entiende amplifican su imagen de poderío, temeridad y capacidad para infundir miedo.

Resignados a la quiebra del estado-nación sin entenderlo, entregados al consumo, al bienestar y a la carrera de ratas millones de personas en todo el mundo han abandonado la idea, toda noción clásica de país. Al respecto Samuel Huntington advierte: “La Ley y el Orden son el primer requisito de la civilización pero en buena parte del mundo —África, América Latina, la Antigua Unión Soviética, Sudeste Asiático, el Medio Oriente— parece estar evaporándose mientras que también parece estar bajo asedio en China, Japón y Occidente. En todo el mundo, la Civilización, en muchos aspectos, parece estar cediendo terreno a la barbarie, generando así la imagen de un fenómeno sin precedentes: una Edad Oscura global parecería estar descendiendo sobre la humanidad”.

La intolerancia y el desorden políticos que son en gran medida el producto de la irrupción de las corporaciones en el campo de la acción del gobierno y el reclutamiento a su servicio de la clase política, como ya antes había observado en Alemania Gunther Grass, se consuma a una escala sin precedentes y a una velocidad impresionante. Los tres poderes del estado donde antiguamente residían los valores de nuestra civilización colapsaron. Los jueces, más de lo que quisiéramos, se venden, se confabulan con estamentos de poder, incurren en prácticas degradantes y con sus actos, profanan sus investiduras. Los legisladores corruptos, trafican descaradamente con el poder en su propio beneficio, juegan a hacer carrera, a enriquecerse, ajenos por completo a la suerte de su país y de sus constituyentes. Los presidentes y primeros ministros son ambas cosas a la vez y resumen en sus personas y ejercicios la falta de virtudes y de mérito de los otros. Son el producto de un mercadeo inteligente. Son tipos listos, pero raramente capaces. Como resultado, los ciudadanos se sienten traicionados por una gestión pública que no los representa, cuyo discurso no guarda relación con los hechos y cuyos hechos, visiblemente reflejan todas las distorsiones que emanan de su contradictoria naturaleza. Los medios de comunicación promueven al consumidor a expensas del ciudadano. La lealtad que las corporaciones negaron años atrás a sus empleados rehusándose a protegerlos, limitando sus posibilidades y exigiendoles mas eficiencia y compromiso frente a una remuneración insuficiente es reciprocada por estos empleados tanto a las corporaciones como al Estado respecto al cual ya no sienten obligaciones morales ni históricas y con el cual han establecido una relación estrictamente de conveniencia. Todos abrazan una retórica en la que no creen ni practican.

El orden público se descompone, las instituciones hacen agua como barcos, los funcionarios traicionan sus deberes y los políticos ni creen en lo que dicen, ni honran lo que prometen. En medio de ese escenario, todos, incapaces de entender y menos aún de resolver las contradicciones, acuden a la fuerza pública para que ponga orden donde el orden ya no es posible. Antonio Navalón consignaba El País, en el 2016: “Tanto Europa como Estados Unidos van perdiendo también algo más que la guerra porque van terminando con la razón. Piden una moralidad que son incapaces de aplicar y una eficacia que no saben cómo conseguir. Además, falta autocrítica sobre el problema de fondo, que radica en el fracaso y el colapso de unas sociedades que han sido las más desarrolladas del mundo, pero que en este momento son incapaces de entenderse a sí mismas, de ganar las guerras que tienen y de plantear algún esquema de incorporación de justicia.  Europa está dividida y asustada por un fenómeno que no comprende y ese es el fracaso de sus valores”.

Establecida con firmeza y en casi todas partes la sustitución del ciudadano por la del consumidor, es lógico y además urgente satisfacer el apetito de esos consumidores que demandan bienes y servicios de las cuales despojamos a la naturaleza para extraerlos. El mundo edificado sobre esta demanda insaciable llena a los pobres de chucherías y a los ricos de riqueza. Empobrece todo y a todos. Como ya han documentado los numerosos e irreprochables informes producidos por los organismos internacionales, a mayor riqueza de cada vez menos gente, corresponde mayor pobreza de cada vez mas gente. La economía y la tecnología que sustentan ese proceso descansan en la depredación del medio ambiente y la degradación humana.

Al finales de los años 70 del siglo pasado, la preocupación de los ambientalistas se centraba en los efectos dañinos de la contaminación del aire y los alimentos a la salud en las grandes ciudades, el envenenamiento de algunos ríos y lagos, los efectos nocivos a la salud de productos químicos, el uso de aditivos, modificaciones genéticas y antibióticos en la producción de carne, huevos y leche. Pero ya, la gran preocupación de los ambientalistas ha cambiado. Ya no se trata solo, ni siquiera fundamentalmente, de los daños a la salud producto de la degradación del medio ambiente; de lo que se trata ahora es de cambio y desorden climático a escala planetaria; catástrofes climáticas de igual o equiparable magnitud. Todo el planeta y las formas de vida edificadas sobre éste están en peligro. No es necesario reseñarlo en detalles. El tema y sus evidencias están presentes todos los días en los medios de comunicación de todos los países y los gobiernos no hacen nada porque están en manos de politicos ya comprometidos con las corporaciones y con el modelo en que se sustentan.

Como observara Joseph Stiglitz en Malestar en la globalización (Taurus 2002): “Si los beneficios de la globalización han resultado  en demasiadas ocasiones inferiores a lo que su defensores reivindican, el precio pagado ha sido superior, porque el medio ambiente fue destruido, los procesos politicos corrompidos y el veloz ritmo de los cambios no dejó a los países un tiempo suficiente para la adaptación cultural. Las crisis que desembocaron en un paro masivo, fueron a su vez seguidas de problemas de disolución social a largo plazo —desde la violencia urbana en América Latina hasta conflictos étnicos en otros lugares como Indonesia”.

La imagen lo es todo, ha proclamado la publicidad y buena parte de la humanidad ha obrado en consecuencia. La gestión pública se comercializa como cualquier producto de consumo masivo y con iguales resultados. El disgusto con el producto adquirido genera descontento y el deseo de sustitución por otro producto similar de mejor calidad pero siempre dentro de los parámetros del ejercicio comercial. Parlamentos o legisladores, presidentes o primeros ministros se mercadean a sí mismos de la misma manera, pero a otra escala, difente a como lo hace la gente común en Facebook. Al final, todo es una farsa y la gente sigue viviendo dentro de ella; incluso, a pesar de haberse percatado de su naturaleza fraudulenta. Al lado y alrededor de este despliegue universal de apariencias, otros conflictos reales —y muy de carne y hueso— estallan, el poder aplica las fórmulas que no funcionan, las recetas que no han dado resultados, las respuestas que claramente se han revelado como contraproducentes; la insensatez prevalece por sobre el sentido común y la evidencia, solamente, porque resultan rentables para quienes las proponen, impulsan y deciden sobre ellas.

Ninguno de los tantos ejemplos que ilustran la cotidianidad trágica de nuestra época es tan elocuente al respecto como la situación en Siria y todo el Medio Oriente. EEUU y Europa, enfrentan la llegada de una verdadera oleada de refugiados musulmanes ocasionada, en primer lugar, por la guerra que esos mismos países han promovido y desatado en el mundo musulmán. Por otro lado, un número creciente de países, incluyendo a Rusia, bombardean ahora a ese mismo ISIS en Siria produciendo una peligrosa congestión sobre el espacio aéreo de esa nación, pero pocos parecen ser los que advierten los peligros de las nuevas fases en el curso irremediable de esa guerra que puede obligar a Occidente a poner tropas en el terreno no tanto para derrotar al ISIS, sino para tratar de contener el avance ruso en la región bajo el mismo criterio que la invasion de Normandía fue pensada y decidida en el tiempo y en el espacio no solamente para enfrentar la Alemania de Hitler, sino también para frenar el avance del Ejército Rojo hacia Europa Occidental.

A diferencia de la política que requiere una visión amplia y de largo plazo y que descansa en la valoración de la historia y el aprendizaje, el mercadeo es una técnica que debe su empleo y efectividad a la necesidad de colocar productos en el mercado, venderlos al mejor precio y producir resultados a corto plazo. Los llamados líderes occidentales, como los presidentes y gerentes generales de las corporaciones que regentean, no solo no producen una visión coherente y de largo plazo sino que están impedidos de hacerlo por la obligación que tienen de presidir una gestión cuyos resultados favorables estén a la vista y a tiempo para la reunión anual de accionistas donde sus mandatos son renovados o suspendidos. La historia queda sometida al calendario del ciclo del producto.

Huntington escribió: “Occidente como toda civilización madura, ya no tiene el dinamismo económico ni demográfico con que imponer su voluntad a otras sociedades” y mas adelante precisa: “El universalismo occidental es peligroso para el mundo porque puede conducir a guerras entre civilizaciones entre los estados líderes de cada civilización y es peligrosa porque puede conducir a la derrota de Occidente”. Al final del mismo párrafo, aconseja: “El curso de acción mas prudente de Occidente no es el de tratar de detener los cambios de poder de una civilización a otras, sino el de aprender a navegar en estas aguas, soportar las miserias, moderar las aventuras y salvaguardar su cultura”; es decir, justo lo contrario de lo que intentó la administración Bush durante 8 años, que continuara con más moderación la administración Obama por igual número de años y que ahora, los republicanos, amenazan relanzar con mas bríos desde la Casa Blanca.

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MELVIN MAÑÓN, pensador dominicano, conocedor excepcional de la realidad contemporánea y dominicana; de formación originalmente marxista. De sus títulos publicados destacan: Cambio de mandos (1985), Operación estrella (1989), Juicio a Fidel (1990), Guerras de purificación (2006), Travesía (2010) y Enigma (2014).


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