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Eduardo Lantigua: entre la nada y el espanto


RENÉ RODRIGUEZ SORIANO [mediaisla] «Ya no estaban las palomas», sin lugar a cuestionamiento alguno, está conformado por un conjunto de historias que se mueven entre la vigilia y lo real deseado; tierna daga para degollar de un tajo la soledad y el tedio; un libro para amar u odiar.

Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad
con la ficción, pero de hecho, nunca miento.
Lucia Berlin

A contrapelo de lo que pontifica cierta desencantada crítica, la narrativa que se urde al otro lado de las fronteras geográficas de la República Dominicana es vigorosa; un corpus que, además de aprovechar la poética y las técnicas narrativas en boga de este lado del mar, se nutre de una tradición que hay que rastrear precisamente en viejos folios que nadie se ha molestado en airear y que, afortunadamente se conserva intacta en las más prestigiosas bibliotecas del área (Cuba, Venezuela, Puerto Rico, México, Estados Unidos). Que nadie se llame a engaño. Narrar no es adoctrinar; de eso se encargan ministros y pastores con sus adustos cánones y astucias. Relatar es otra cosa. Ya Cervantes se encargó de enseñárnoslo; que algunos no hayan querido o podido aprenderlo, es su problema. El mundo es el mundo: ancho y ajeno, pero sobre todo ambiguo. Relatar esa ambigüedad es la obligación moral del narrador.

Conscientes de esa ambigüedad, casi como obligación moral, una camada de bien artillados narradores se dejan la piel, y hasta trocitos de alma. Precisamente en el idioma de Cervantes, como hicieron hace ya tanto tiempo Pedro Henríquez Ureña, Sanz Lajara, Ricardo Pérez Alfonseca y Ángel Rafael Lamarche. Pero este es tema para rato, y ni siquiera de tanta hondura. Se es toro o se es vaca, y se narra con las vísceras de cada quien desde tantos puntos de vista como los narradores quieran hacernos ver su mundo. Como, por ejemplo, ha preferido hacerlo Eduardo Lantigua en este segundo conjunto de narraciones que titula Ya no estaban las palomas (mediaIsla, 2013).

En este nuevo libro —sin visa, sin boleto, sin nuestra anuencia siquiera—, como ya lo hiciera en su anterior Un pez atrapado en el desierto (Mediabyte, 2006), Lantigua vuelve arteramente a zambullirnos en su sórdido laboratorio, y nos deja estar allí.

El tiempo era un enorme pájaro de hielo que se iba enterrando lentamente en el mismo centro de mi pecho, acomodando a su antojo, aglutinando precisas las espinas que unas horas antes acechaban certeras, colectando toda esta miserable mierda (74).

Historias cortas, correosas, guabinosas, punzantes —arteramente vertiginosas—, que oscilan («amenazan con caer, y no se caen»), sobre la fina línea que separa lo legal de lo prohibido; velando un poco más la turbia venda de la tambaleante diosa Astrea. Los personajes, los ambientes y los temas de los textos que conforman Ya no estaban las palomas, aunque se rebelan y alzan proclamas contra el adocenamiento y la imposición del medio, no pueden sustraerse a la realidad que los engendra; cambian de casa, de ropa y de situación, tal vez; viajan de un lado a otro, para sufrir —tan pronto llegan— el karma camaleón que en cada punto tiene otro matiz, pero es el mismo, trino y único: la indiferencia, la disolución o lo que comúnmente se conoce como pérdida de la individualidad, inversión de valores, estandarización o idiotización colectiva.

Había mirado el estante con los libros, el televisor, los discos que él mismo había organizado del modo en que estaban, el tablero de ajedrez con las piezas en la misma posición final de la última partida que habían jugado juntos, los muebles grises, ahora más grises que nunca, y al fondo, el cuadro que sostiene el mundo de Cristina. Sintió que compartían una pena que en verdad era solo de ella. (40-41)

Seis historias de encuentros y desencuentros, huidas y desengaños; barrios y ciudades, mordidos por la desolación y el desencanto. Ir y venir a trompicones, naufragando en la virtualidad de un mar que se configura en la nada y el espanto. Gente que va y que viene. Otros se quedan, desaparecen; se van. Pasan. Y las palomas, simbólicas y reales, a trazo de golondrina, trazan y despintan mundos tan parecidos y distintos a todos los mundos soñados o deseados. Y, a través de ellas, y con ellas, Eduardo Lantigua nos invita a cerrar filas del lado de las descreencias; de la seca a la meca, de Villa Altagracia al Bronx, en una travesía sin precedentes el autor cierra filas con una serie de intrépidos personajes que a codazos limpios se baten contra molinos, deidades y notables en una lucha sin cuartel contra la fe pacata y la falsa moral; cuestionando, anatematizando y denunciando el gigantismo burocrático que, en beneficio del utilitarismo, nos ha convertido en burdas entelequias con apenas tiempo para hacerle upgrades al juguete o artefacto que, con marcado retraso, habrá de salir mañana.

Miré los postes del tendido eléctrico correr vertiginosamente y me imaginé que en este momento mi madre estaría divagando desde el aposento a la sala, con sus ojos de animal derrotado y el rostro reseco por el tiempo, acosada como estaba por la incertidumbre tibia de la nostalgia, la enfermedad y la falta de Rosaura. Podía seguir oyendo su tos seca retumbando en toda la casa, expandiéndose por todos los intersticios como una avalancha miserable que todo lo arrasaba (31)…

Este es el tiempo de lo estándar, del diseño en serie, de lo establecido por los retorcidos códigos de la enceguecida vanidad de vetustos visionarios de aposento. Si la mitad es mayor que el todo, si el sol sale para todos y la tierra se está secando, no es más que un absurdo disco repetido; estamos programados para actuar en consonancia con la programación previamente estipulada. Tanto para el funcionario de tercera o segunda categoría, como para el atildado gerente, las cosas son lo que aparentan… y el resto, confían que lo consigna el reglamento, que todo lo contiene y justifica. De ahí que, sin detenerse a esperar que algún postulante le conteste si tiene una alta misión el arte, la literatura o la ficción, en Ya no estaban las palomas Eduardo Lantigua se planta en plena plaza sin sordina, se vacía a chorros y escribe; describe, anuncia, se pronuncia y denuncia, mientras presta su ojo agudo para alertarnos del punto ciego hacia el que, por pura inercia, nos dejamos conducir.

La lectura de estos textos, aparentemente no persigue otra cosa que no sea confirmarnos que el mundo que nos hemos empeñado en construir, cada vez se nos aleja más de los parámetros de buena vecindad y comprensión. Del otro lado de la acera, otro mundo nos echa en cara la falta de previsión y de conciencia con que nos hemos conducido; del otro lado hay otros códigos y símbolos para nombrar lo que —de éste— no tiene nombre. La misma vara con la que medimos deviene en porra para dividirnos. Los encargados de administrar la justicia lo saben. La convivencia y la justicia han devenido en bienes tan escasos, que es justo y necesario reorientar el juego. ¿Quién nos defiende de los que nos defienden?, grita el poeta

Lo que nunca me dijo mi amigo, el poeta Raymundo Moneda en Santo Domingo, fue que tenía tiempo moviendo sus palancas con la coordinadora del Taller César Vallejo para venir a Gringolandia en un viaje cultural y quedarse viviendo en Nueva York. Muchos años después, nosotros caminando la calle Broadway bajo una noche helada, me contaría cómo se valió de ciertas conexiones en el taller literario para venir a Nueva York… (92-93)]

Como diestro prestidigitador que ensambla y articula tramas y escenarios con una asombrosa economía de recursos lingüísticos, Lantigua da vida a una serie de voces y narradores que, en ágiles e intensas travesías, dan cuenta de miserias y milagros que de tan cercanos a nosotros nos parecen familiares. Ya no estaban las palomas, sin lugar a cuestionamiento alguno, está conformado por un conjunto de historias que se mueven entre la vigilia y lo real deseado; tierna daga para degollar de un tajo la soledad y el tedio; un libro para amar u odiar. Las verdades a medias no tienen cabida en las páginas de este conjunto de relatos que, desde el instante mismo en que el lector comienza a leer la primera línea del primero de los textos ya está enfrentando un reto: el reto de leer y leerse o reescribirse a toda piel. (Presente texto hace parte del libro Eduardo Lantigua: una lectura inagotable, publicado por mediaIsla editores en octubre de 2016).

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RENÉ RODRIGUEZ SORIANO, escritor.


Comments (1)

  • Roberto Rìmoli

    Me sorprende ver las facetas de un Renè Rodriguez Soriano, proveniente del periodismo y dedicado de lleno un buen trecho de su vida a la Creatividad Publicitaria,
    ahora como un excelente “presentador”, siendo mucho antes un poeta en
    cierta medida con un tono
    que se burlaba de si mismo,
    a un cuentista que cambia
    de formas de manera
    continua. Creo que ěl no se
    dejő ahogar en ese mundo
    que en el sentido estricto de
    la palabra le sirviő de modus vivendi. El mismo se burlaba de ěl mismo y ahora se burla de los demās, pues como ěl decia a finales de los años 70 en un anuncio corporativo de UNITROS- EXTENSA, S.A.: “Si el cafè que le han brindado hastaxel momento no satisface su paladar, venga a tomar cafè con nosotros.”

    Roberto Rímoli

    Psicólogo Clínico

    vivendi.

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