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«Los ausentes», el libro de los que permanecen más allá de todo horror


MERY SANANES [mediaisla] Un libro verdaderamente estremecedor, que hace un recorrido sobre la ausencia para dejar grabada su presencia en cada eslabón de una historia a la cual se le había y se le sigue expropiando la vida. No es poca cosa cuando no se sabe si mañana van a hornear el pan o te van a hornear a ti….

Mejor detener el tiempo cuando
los dados están en el aire
Rubén Ackerman

Cuando no estás
en ninguna parte
estás en mí
[i] 

Se abre un libro y todas las palabras en tumulto salen hacia sus sitios de origen. Saben que el papel es sólo la envoltura de un sueño no alcanzado y de un dolor apretujado sobre sí mismo, aguardando hacer travesía hasta la noche. 

Y comenzamos a recogerlas en el cuenco de unas manos vacías, como queriendo hacerle nido a los espacios en blanco que quedaron como tinta indeleble en las páginas que fueron. Y así uno cerraría el libro y se haría liana en sus palabras hasta alcanzar el punto exacto en el cual nacieron asistidas de la raíz de un bosque desaparecido. Y de pronto advertimos que en cada muro hay colgada una pequeña oración, que es nuestra.  

Pero la oración no es más un suspiro retenido en las pupilas que después de dicha, se marcha porque sabe que aún no tiene la fortaleza necesaria para encender el mundo. Y queda la esencia de este recorrido, que es un llamado, una palabra al pie de un abismo, una palabra pronunciada en silencio, casi inaudible, para que los gendarmes no regresen a por él, o por todos los demás. 

Y Rubén Ackerman se adhiere a las palabras ancestrales, para intentar encender el mundo. [ii] Por eso no se sale ileso de su libro. En él está presente un hombre con una palabra ajena asfixiada en su garganta. Y con un espejo roto entre sus manos que nos ofrece la visión de nuestros destrozos.

Hay que recuperar el gesto perdido de los ausentes
Ser los redactores de los epitafios
[iii] 

El dolor, lo sabía a plenitud Vallejo, no es medible, ni comparable. Es como una herida que jamás se cierra. Un estremecimiento que no se detiene, una honda fisura que recorre las arterias y que no alcanza a purificarse. Y RA lo había recibido con esa fuerza de huracán que deshace los designios y deja sólo devastación sobre las tierras que alguna vez fueron prometidas y florecidas. 

Este poemario —Los ausentes— es así. La presentación sencilla, clara, directa de un dolor que no alcanza a cobijarse ni en una ni en muchas palabras. Él sólo la nombra para que cada uno haga con ella lo que quiera. Y como toda pena se expresa con la sobriedad que se le reconoce. No es un libro de simples lamentaciones “Tras tu muerte —le dice a la madre—. No quiero alabar a dios / sólo quiero recordarte.” [iv] Y a su hermana Silvia: “No existe una jugada en el tablero que te haga regresar ningún lugar en el mundo desde el cual puedas contestarnos.” [v] 

Tener la certeza de haber nacido en un mundo equivocado[vi] 

Es la especificidad de una congoja que escribe sus partituras en la piel de cada uno de los días, casi hermético, pero tenaz y sordo. Como si hubiesen desaparecido los campanarios y en la garganta del hombre sólo quedara aquella estopa de la que nos hablaba León Felipe. 

Sus padres, sus tíos, su hermana se hicieron humo en hornos en los cuales las piedras siempre han reclamado esparcir el aroma de panes recién cocidos. Y recoge las palabras de Jorge Luis Borges, que coloca en uno de sus epígrafes, que nada de azar contienen: “Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches. Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.” [vii]

Una forma de morir que quiso borrar hasta su sombra

Sin embargo, RA le tocó presenciar la muerte, no de manera festiva, sino como ese tránsito silencioso al cual fueron conducidos los suyos y tantos otros, quebrando en dos la sencilla función del vivir. Una ​forma de morir que quiso borrar hasta su sombra, para que la ausencia también desapareciera tras el humo. Digamos que RA al nombrar a los ausentes, procura recuperar esa huella,que retiene en sus pupilas y que esparce sobre estas cuartillas como la memoria que habrá de perdurar. 

Una bofetada a la indiferencia, a la inclemencia del no querer saber. ​Un libro que nos hace sentir responsables, como nos ocurre con cada una de las tragedias que circundan a​l hombre atormentado que sólo alcanza a mirar hacia la muerte. 

Un texto que nombra el dios del abuelo, ese dios de Abraham, de Isaac, de Jacob que,sin embargo​, ​se convirtió en el Dios del desamparo, de un inmigrante herido por la muerte de sus hijos. Un Dios mudo que perdió a todos sus interlocutores. [viii]  Y que no los ha recuperado. Por eso dice RA: “escucho en el silencio esa voz que me dice nada ha cambiado.” [ix] 

Y saludo la capacidad de Rubén para deslizar una acusación tan terrible como dolorosa, trazada a través de breves pinceladas, a sabiendas de que a él no le ha de tocar la descripción sino el resultado en el ser que sobrevive, en el mundo que sigue girando, y en los seres que estuvieron presentes sin estarlo. 

Ulises sin Penélope
Moisés sin Tierra Prometida
[x] 

Su libro impresiona por su capacidad de sintetizar en una línea la geografía del dolor. De hacer girar un vocablo y que de allí se dibuje en el aire un zapato sin dueño, una tela rota que ya no cubre ninguna ilusión, un pañuelo que dejó su residencia para ir a volar en el viento de los desventurados. 

Y de pronto dibuja en estos versos toda la inclemencia de un padecer que no cesa: “Mi lengua materna es un susurro en Yiddish” [xi] Y convoca a la abuela Raquel, que pertenece a esa estirpe que nombra Jacques Derrida: ¡Velan, tan pacientemente, sin decir palabra, por el tiempo que pasa sin pasar![xii] La abuela que enciende las velas en el Sabbat, la que no cree en el tiempo, ni en los relojes, que tampoco cree en los nazis, las esvásticas, las cámaras de gas ni en la muerte.” [xiii]

Conchas de papa para el desayuno
Dos tíos muertos para el almuerzo
Oscuridad, mucha oscuridad para la cena
[xiv]

Y Rubén sabe que esa oscuridad perdura más allá de una historia que dice enmendarse y que sin embargo da continuidad al mismo calendario de penas. Sabe que no es posible dormir hasta que termine la guerra, porque hasta ahora resulta interminable y toda paz no es más que un intervalo que se produce para que los negociantes de muerte busquen acuerdos y sellen complicidades para que todo siga igual. 

Somos la nota disonante
Los que siempre parten antes de llegar
[xv]

Y para ello las culpas se reparten para justificar las acciones. La paz se promete para darle continuidad a la guerra, mientras se etiqueta a todos, para que nadie confunda su deber de morir, con un deseo de convocar una vida distinta. 

Un verbo en pasado estalla en el porvenir dejando su honda huella de ausencia, mientras aguarda un renacer que no se derramó de los kadish no susurrados, porque el único duelo fue humo en las chimeneas del horror. 

Los ausentes, traspasando toda destrucción, regresan en el canto silencioso de RA, a buscar refugio en el corazón de los suyos. Tal vez sólo para enseñarnos que todos ellos y los que se le suman, numerosos, innumerables, en números desproporcionadamente inmensos, somos todos.

Lo mejor es quedar suspendidos abrazados
Sin regresar al polvo y la tierra
[xvi]

Y la ausencia es un grito que atraviesa los cielos nublados, el hollín de los árboles talados, para convertirse en bocado de fruto aún no nacido, en revuelo de alas aguardando nuevos bosques, en susurro de un vivir estrujado entre olvidos y desmanes hechos ley de la muerte. 

Y la vida, que eternamente revierte todo aquello que procura destruirla, asciende por los espacios blancos que dejaron los ausentes, y los habita con fortaleza de abuela, con ese amor de madre, y ese deseo infinito de dormir hasta que termine la guerra. 

Pero ese es el deber y el oficio del sobreviviente, ese que aguarda que lo llamen para aprobarle su solicitud: no quedarse dormido mientras perdure una guerra que se extiende cada vez más, a retazos, en fracciones. Para que la suma no se apunte, ni las lágrimas se cuenten, ni los kadish puedan consagrar la celebración de lo vivo ante la muerte. 

Y el sobreviviente se hace verbo en gerundio inacabado, avanzando con los ausentes de todos los tiempos, sin tablilla, ni número, sin pan y sin nueces. Ya sin su pañuelo roto en el pecho, convocando un vivir en el único silencio donde es posible escuchar el canto extinguido que quedó resonando en la garganta de todos los que fueron abruptamente aventados hacia el morir.

Soy un especialista en cenizas y me
Amamantaron con las cenizas del exilio
[xvii]

Y todo eso es este libro, sin estruendo, pero con el vigor de quien sabe que habla no por sí mismo sino por todos los ausentes. Por eso dice: soy especialista en cenizas / tengo variados postgrados / conozco las hogueras calcinadas / las cámaras de gas / las conozco desde antes de nacer. / He tenido muchos rostros desde hace miles de años / A mí me amamantaron con las cenizas del exilio. 

Un libro verdaderamente estremecedor, que hace un recorrido sobre la ausencia para dejar grabada su presencia en cada eslabón de una historia a la cual se le había y se le sigue expropiando la vida. No es poca cosa cuando no se sabe si mañana van a hornear el pan o te van a hornear a ti.[xviii]

El poeta advierte entonces que este mundo es un error. Y que la vida está en otra parte. Un hombre silencioso y silenciado que sólo pide que sus (nuestros también) sigan conversando cuando ya no estemos sentados en la mesa. 

¿Cómo atrapar este dolor que navega entre dos mástiles sobre un océano de cenizas, sin viento ni velamen? El libro no concluye al cerrarlo, como no concluye jamás la vida, aunque la muerte la haya cercado. 

RA ha dejado su testimonio, su razón de ser en este libro que se convierte en un rezo sin templo, una oración sin dioses, una vida entonando un kadish para celebrar el amanecer que será y para espantar las tinieblas que se esparcieron sobre ellos.

Hay días en que todos los muertos lloran[xix]

No fue un epitafio lo que escribió Rubén, sino la antesala de un canto de resurrección de un tiempo y un vivir sin ausentes, donde se hagan realidad los sueños postergados desde hace miles de años. Sabe bien que hay días que todos los muertos lloran y que todos los muros de la casa son Muros de los Lamentos. Y que hay que ir a buscar las palabras ancestrales para encender el mundo, descubrir el velo, regresar al centro. 

Y este es su credo: hay que volver la página, recuperar el gesto perdido de los ausentes, sentir más allá de nuestra precariedad el pan nuestro de cada día, alzar las manos aún sin fe, resucitar a nuestros muertos. Aprender a alucinar en pleno día para poder ver lo que nadie ve. [xx]

Tiene la certeza de que “Vendrán los pájaros en fuga / en septiembre / cuando las hojas caen / y la tristeza se cuelga de las ramas / Seremos pasajeros / ligeros, / alados / Partiremos con ellos en el atardecer / Volaremos sin dudas, sin desencanto / con la melancolía de tus ojos / Con el arrebato rabioso de nuestro sueño intacto / volaremos ya sin el pesado fardo de la vida.”  [xxi]

Esas son sus señales. Y son nuestras lámparas de tierra, sembradas en todo el planeta para que no haya ausentes ni olvidados, ni desplazados, ni muertes impuestas, ni vida exilada de la casa del hombre.  Esa es la ofrenda que nos deja Rubén Ackerman, quien ahora estará escribiendo en su nuevo solar el libro de quienes permanecen más allá de todo horror. 

Nota 

Conocí a Rubén Ackerman (Caracas 1954 – Cuenca 2017) por un muy hermoso texto que le escribiera Yoyiana Ahumada, a la hora de despedirlo. Pero la vida es un azar que no hay como torcerle sus desvaríos. Y el tiempo un velero sin velas que lo mueve un timón inexistente. Apenas había transcurrido un año de la aparición de Los ausentes, su único libro, cuando quiso partir también hacia esos predios de la ausencia. 

Recibiría, en noviembre del 2017, el galardón correspondiente a la mención Ilustre Municipalidad de Cuenca de la VI edición del certamen hispanoamericano de poesía Festival de la Lira, en Ecuador, cuando su herido corazón estalló en estrellas fugaces en busca de los suyos. 

Algunos de sus poemas habían ya dejado sus huellas en “El ojo errante” y “102 poetas. Jamming”. En noviembre de 2014 se le dedicó una edición del Stand Up Poetry. Los ausentes, fue publicado por Dcir ediciones, en Caracas, en septiembre del 2016. Rubén Ackerman falleció el 09 de noviembre del 2017, en Cuenca, Ecuador.

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MERY SANANES (Caracas, Venezuela, 1942) Licenciatura en Letras, Doctorado en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela. Docente-Investigador desde 1966. Entre sus libros publicados destacan: Tiempo de guerra (1968-1974), Walt Whitman, poeta de los tiempos que vendrán (1973), Palabras conjugadas (2016) y Memoria de hombres y pájaros (2017)

[i] Op. cit, p 4. Epitafio a Euridice Lucien Blaga.

[ii] Ibid. p.46.

[iii] Ibid. p.6

[iv] Ibid. p. 8

[v] Ibid. p. 9

[vi] Ibid. p. 14

[vii] Jorge Luis Borges, “Abramowicz” en Los conjurados, 1985.

[viii] Ibid. p. 13

[ix] Ibid. p. 15

[x] Idem

[xi] Ibíd. p. 16.

[xii] Ibid. p. 18

[xiii] Idem.

[xiv] Ibíd. p. 25

[xv] Ibid. p. 28

[xvi] Ibid. p. 34

[xvii] Ibid. p.44

[xviii] Ibíd. p. 51

[xix] Idem.

[xx] Ibid. p. 6

[xxi] Ibid. p. 48


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