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Octavio Paz, tiempo y rebeldía

DANIEL R. FERNÁNDEZ [mediaisla] Descubrir, por ejemplo, que a Octavio Paz le gustaba la ciencia ficción y era, incluso, aficionado del programa Star Trek, le presta una dimensión humana al poeta y hace que nos sintamos, creo yo, más cerca de él.

Si tuviéramos que resumir en una frase quién fue Octavio Paz, diríamos que fue sed y búsqueda de libertad; de la libertad en todos sus aspectos y sentidos. Por lo mismo fue siempre un inconformista, un rebelde en una época en la que se esperaba que el poeta, el artista fuera más que nada revolucionario, que estuviera comprometido con la Revolución. Y hay que puntualizar como el mismo Paz lo hacía siguiendo el ejemplo de Albert Camus: no es lo mismo ser rebelde que ser revolucionario: la rebelión puede, y muchas veces es, personal mientras que la revolución se concibe como un fenómeno más bien comunal, de un grupo o pueblo determinado. Podríamos decir que Paz, pese a apellidarse así, fue un hombre que dio mucha guerra, un rebelde que vivió su rebeldía con verdadero apasionamiento. Esta rebeldía de Paz, a lo largo de su vida, lo llevó a alcanzar grandes cosas, pero, a la vez, le acarreó no pocos problemas y tribulaciones, e incluso la ruptura con muchas personas que él valoraba y estimaba. Así, por ejemplo, hasta el final de sus días, se refería pesarosamente a Pablo Neruda como a su “enemigo más querido”. Como bien es sabido, Neruda fue adepto y firme defensor de la Revolución Soviética y de su líder Iósif Stalin, cosa que no compartía ni entendía Paz. Él mismo, Paz, al principio había también estado ilusionado con la promesa de Rusia, pero con el tiempo se alejó y llegó a ser un crítico feroz de todos los regímenes autoritarios, fueran o no comunistas, estos últimos tan dados a enviar a tanta gente a los gulags siberianos y campos de concentración. No cabe duda, por los testimonios que tenemos, que Paz y Neruda siempre se quisieron y admiraron, pero sus posturas e ideas políticas no los dejaron a la postre ser amigos como ellos hubiesen querido.

Y si bien, Octavio Paz fue un rebelde, cuya vida desbordante siempre se encausó hacia la búsqueda de la libertad, fue asimismo un nostálgico sin remedio. Vivía en él un profundo sentimiento de pérdida, de haber sido echado, arrojado del Edén. Y no solo lo pensaba de su propia persona sino también de la humanidad, de la historia en general. Su rebeldía estaba ligada precisamente a esta nostalgia, a este no estar conforme con la realidad, y con su deseo de escaparse del tiempo, a través de la poesía y del amor, pues también fue eso siempre, un gran romántico cuya fe en el amor nunca se vio desfallecer ni quebrantarse.

Para Octavio Paz ese Edén perdido, esa fuente surtidora de nostalgia y añoranzas, fue su infancia en Mixcoac, donde se crio en la casa de su abuelo paterno, don Irineo Paz, escritor e intelectual liberal. Recordemos lo que el propio Paz dice acerca de su infancia en la casa de su abuelo en su discurso de aceptación del premio Nobel de 1990:

«Como todos los niños, construí puentes imaginarios y afectivos que me unían al mundo y a otros. Vivía en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros. Primero juegos, primeros aprendizajes. El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en caverna encantada. Leía y jugaba con mis primos y mis compañeros de escuela. Había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres fresnos, un huele-de-noche, un granado, herbazales, plantas espinosas que producían rozaduras moradas. Muros de adobe. El tiempo era elástico; el espacio, giratorio. Mejor dicho: todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora el mismo; el espacio, a su vez, se transformaba sin cesar: allá era aquí: todo era aquí: un valle, una montaña, un paraíso lejano, el patio de los vecinos. Los libros de estampas, particularmente los de historia, hojeados con avidez, nos proveían de imágenes: desiertos y selvas, palacios y cabañas, guerreros y princesas, mendigos y monarcas. Naufragamos con Simbad y con Robinson, nos batíamos con Artagnan, tomamos Valencia con el Cid. ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en la isla de Calipso! En verano la higuera mecía todas sus ramas verdes como si fuesen las velas de una carabela o de un barco pirata; desde su alto mástil, batido por el viento, descubrí islas y continentes –tierras que apenas se desvanecían. El mundo era ilimitado y, no obstante, siempre al alcance de la mano; el tiempo era una sustancia maleable y un presente sin fisuras».

“¿Cuándo se rompió el encanto?”, se pregunta el poeta. ¿Cómo regresar al momento, a ese presente elástico sin fisuras, sin límites, sin antes y después? El camino de regreso lo encontró, o trató de encontrarlo por lo menos a través de la poesía. A este respecto fue fundamental el abuelo don Irineo Paz, en quien el poeta encontró una figura tutelar y un ejemplo a seguir. La de Paz era una familia que había gozado de cierto nivel de bienestar económico en la época de la dictadura de Porfirio Díaz pero que había venido a menos a causa de los cambios drásticos acarreados por la Revolución Mexicana. Sin embargo, el abuelo conservaba una biblioteca que era un tesoro de Alibabá para el niño Octavio. Desde muy temprana edad se va perfilando su amor a la lectura y su vocación literaria. Sabe desde muy temprana edad lo que quiere ser, pero sabe también que es muy difícil vivir de la poesía. Así, estudia la carrera de derecho que nunca tuvo ocasión de ejercer.

De joven trabajó de hecho en lo que pudo para poder subsistir. Tuvo empleos verdaderamente insólitos. Durante un tiempo, incluso, fue empleado del banco central de México, en donde su trabajo consistía en contar billetes viejos que habían de ser puestos fuera de circulación e incinerados en una hoguera. Un trabajo que se antoja perfecto para un poeta rebelde como el joven Octavio Paz. Sin embargo, ese trabajo le aburría y además no contaba bien los billetes pues siempre estaba abstraído, escribiendo versos en la mente.

En ese temprano peregrinaje laboral, antes de ingresar de manera permanente en el servicio exterior mexicano, Paz incluso llegó a incursionar en la industria del cine mexicano que estaba en aquel entonces en su época de oro. De hecho, llegó a escribir la letra de dos canciones rancheras cantadas nada menos que por Jorge Negrete en una de las películas que protagonizó el legendario astro del cine mexicano (El rebelde, 1943). Un par de años más tarde, en Estados Unidos, a donde se había ido con la ayuda de una beca Guggenheim, también lo vuelve a tentar el canto de la sirena del celuloide, esta vez de Hollywood. Llegó a hacer pruebas de voz para doblar las películas estadounidenses a fin de exportarlas a América Latina. Y parece ser que lo hizo admirablemente bien y ya estaba inclusive a punto de firmar el contrato cuando desde el servicio exterior mexicano lo llamaron para ofrecerle un empleo permanente, que aceptó de inmediato por parecerle más seguro.

Así es que hay que darle gracias al servicio exterior mexicano por haber salvado a Octavio Paz de la tentación de Hollywood. Aunque es posible que hubiera seguido escribiendo poesía en Hollywood, es muy probable que no le hubiera aportado los mismos beneficios que le dio el ser diplomático, entre estos, especialmente el tener la oportunidad de viajar y de conocer el mundo y así nutrirse de diversas culturas y tradiciones como en efecto lo hizo.

PAZ CON ELENA PONIATOWSKA
FOTO: HECTOR GARCIA

Hago hincapié en estos detalles en parte por alejarme del formato del texto-homenaje típico en que se nombran y se enumeran los premios, los reconocimientos y títulos de publicaciones del homenajeado. Estos datos son fáciles de conseguir ya sea mediante un diccionario biográfico o cualquier página de internet dedicada al poeta. Mucho más interesante me parece el descubrir y rescatar aquello que se ve aplastado, enterrado o silenciado por la abrumadora letanía, la hojarasca de datos. Descubrir, por ejemplo, que a Octavio Paz le gustaba la ciencia ficción y era, incluso, aficionado del programa Star Trek, le presta una dimensión humana al poeta y hace que nos sintamos, creo yo, más cerca de él.

Pude asimismo haber abordado el tema de su renuncia como embajador de México en la India en protesta a la matanza de estudiantes de 1968, episodio que se menciona siempre en el itinerario vital del poeta. O las vicisitudes y altibajos de su relación con Elena Garro, su primera esposa, con quien llevó una vida delirante y tormentosa, creativa y destructiva a la vez. Por otra parte, no está de sobra señalar que Elena Garro es una figura interesantísima más allá de su relación con Paz. Escribió una de las mejores novelas en español del siglo pasado Los recuerdos del porvenir, publicada en 1963 pero escrita varios años antes. Se ha dicho que se adelantó a su tiempo y que fue clara precursora de lo que vino a llamarse luego realismo mágico. En fin, Elena Garro, una escritora importante a la que no se le ha reconocido aún lo suficiente. Octavio Paz y Elena Garro, dos mentes y sensibilidades artísticas privilegiadas que sin embargo fueron incapaces de avenirse y llegar a tener una vida en común armoniosa.

Después de su divorcio, ya entrado en la cincuentena de años, Octavio Paz por fin encuentra el amor y la estabilidad que necesita para dedicarse a su trabajo en sus años maduros en Marie José, quien lo acompañará hasta el final de sus días. Junto a Mari José vive en la India varios años alucinantes regresando a México después para fundar las revistas Plural y Vuelta, indiscutiblemente dos de las mejores revistas de cultura que se han publicado en Hispanoamérica. Coincide esta etapa con la publicación de varias obras importantes. En poesía tenemos El mono gramático (1974), Pasado en claro (1975) y Árbol adentro (1987). En prosa cómo no mencionar Los hijos del limo (1974), obra fundamental para entender las vanguardias hispanoamericanas en relación con las europeas y su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la fe (1982), que no es solo uno de sus mejores libros sino quizá el mejor estudio que se ha publicado en México sobre Sor Juan y sobre la época colonial.

En la última etapa de su vida se lo critica mucho por hacer algunos programas de televisión en televisa, tales como Conversaciones con Octavio Paz y México en la obra de Octavio Paz. En aquel entonces muchos veían a Televisa como instrumento y portavoz del PRI, del partido oficial que dominó a México hasta hace algunos años. Asimismo, se lo censura por su acercamiento a Carlos Salinas de Gortari y el respaldo que dispensó el poeta a algunas reformas de corte neoliberal promulgadas por su gobierno. A la par de esta actividad televisiva y de su labor periodística, Paz dedicó los últimos años de su vida a reunir todos sus escritos dispersos para publicarlos en sus obras completas que saldrían a la luz en varios volúmenes. Al estar preparando los manuscritos que compondrían sus Obras completas, se da cuenta de que le quedaban cabos sueltos, en especial, de que le hizo falta escribir un libro sobre el amor y el erotismo, tema que lo acompañaba desde sus primeros versos, pero sobre el cual no llega a tener una visión completa e íntegra hasta haber llegado a la madurez. Así, y casi a los ochenta años, se pone a redactar la Llama doble: amor y erotismo, aparecida en 1993, un libro que todo admirador de la obra de Paz no puede dejar de leer. En él nos dice:

«El amor está compuesto por contrarios pero que no pueden separarse y que viven sin cesar en lucha y reunión con ellos mismos y con los otros. Estos contrarios, como si fuesen los planetas del extraño sistema solar de las pasiones, giran en torno a un sol único. Este sol también es doble: la pareja. Continua transmutación de cada elemento: la libertad escoge servidumbre, la fatalidad se transforma en elección voluntaria, el alma es cuerpo y el cuerpo es alma. Amamos a un ser mortal como si fuese inmortal. Lope lo dijo mejor: a lo que es temporal llamamos eterno. Sí, somos mortales, somos hijos del tiempo y nadie se salva de la muerte. No sólo sabemos que vamos a morir, sino que la persona que amamos también morirá. Somos juguetes del tiempo y sus accidentes: la enfermedad y la vejez, que desfiguran el cuerpo y extravían el alma. Pero el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras se distiende y deja de ser una medida».

El 1914 y el 1998, años de su nacimiento y de su muerte, son dos fechas que forman el paréntesis vital de Octavio Paz, que encierran, que aprisionan su vida; pues para él esa era la gran tragedia de la existencia, el estar atrapado en el tiempo. Todo lo que hizo, toda empresa que emprendió, en la política, en la esfera de la creación, en su vida personal fue precisamente para tratar de liberarse de las cadenas del tiempo. Es un tema que encontramos a lo largo y ancho de su poesía y su obra ensayística.

Octavio Paz, poeta rebelde a la postre abatido e inmolado por el tiempo como todos los mortales, pero sin dejar nunca de enarbolar la bandera del amor, de la vida y del deseo ante la muerte y el olvido. Sus versos, sus estrofas y párrafos son ardientes lanzas arrojadas contra el invernal río del olvido que todo se lleva, son enardecidos golpes asestados contra la ley severa. Páginas son, mas páginas enamoradas.

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DANIEL R. FERNÁNDEZ Profesor, investigador y crítico literario. Nació en la ciudad de Los Ángeles, California, y se crio entre México y los Estados Unidos. Actualmente es profesor de Literatura Mexicana e Hispanoamericana en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), recinto Lehman College. Sus artículos y reseñas han aparecido en importantes revistas en Estados Unidos.

Comments (1)

  • Maricruz Patiño

    Tuve la fortuna de pertenecer a un taller con Octavio Paz en los años setentas, ahí en su piso de Lerma, realmente una excelente persona, incluso yo diría, tímido, que bueno que se de este enfoque de él más intimo, porque ciertamente el red set vivó criticándolo y han proyectado una imagen que no le corresponde, es finalmente uno de nuestros grandísimos poetas y eso ninguna ideología puede cambiarlo, saludos

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