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Para qué sirve la vida

[A D E L A N T O] [mediaisla] mediaIsla editores, ltd acaba de publicar «La sombra de las ideas», conjunto de ensayos de los chileno-canadienses Nieves y Miro Fuenzalida, habituales colaboradores nuestros. Como un adelanto editorial, ofrecemos a nuestros lectores uno de los textos del libro que ya está teniendo una excelente recepción de los lectores de Nieves y Miro.

¿Por qué nos tomamos la molestia de vivir? La pregunta pueda que tenga algún valor para los poetas, gurúes, místicos, chamanes, teólogos y algunos filósofos, pero no para gente con sentido práctico, ocupados en resolver lo que se puede resolver. La mayoría se las arregla con articular alguna simple regla de oro como “vivir el momento”, “la vida es una ruleta”, “cosecha lo que siembras”, “como se vive se muere” ¿Para qué más? Y, sin embargo, ¿por qué, a pesar de este pragmatismo, la pregunta porfiadamente permanece y, en los momentos menos inesperados, surge en nuestra mente sabiendo que quizás no haya respuesta y que la falta de respuesta sea parte de la vida?

Los filósofos dicen que los seres humanos sólo planteamos problemas que podemos resolver. Si poseemos el aparato conceptual para plantear la pregunta, entonces tenemos también, a lo menos en principio, los medios para determinar una respuesta. Las preguntas, en realidad, nunca se plantean en el vacío. Siempre surgen en contextos históricos que ofrecen un número limitado de direcciones en donde buscar una posible solución.

Durante gran parte de la historia humana la respuesta al sentido de la vida ha estado enmarcada por textos sagrados que revelan los misterios de la vida y porque Dios nos creó. ¿Y qué nos dicen ellos? Si nos referimos a la tradición que siguen los textos bíblicos judeocristianos, por ejemplo, lo que el Génesis dice es que Dios creó al hombre en el sexto día para dominar la Tierra y “crecer y multiplicarse” (Génesis 1:28). ¿Esto sería todo? Si seguimos leyendo, nos enteramos luego de que Dios colocó al hombre y la mujer en el Jardín del Edén para cuidarlo. Según la interpretación contemporánea eso significaría que el ser humano es el guardián del planeta. Lo que no se nos dice es: por qué la naturaleza necesita un cuidador y de qué manera esto podría darle un significado ultimo a nuestras vidas.

Con frecuencia el sacerdote dice que estamos aquí para “cumplir la voluntad de Dios”. Si así fuera, nuestras vidas tendrían un propósito para el ser que nos creó, pero no un propósito para nosotros. Pensemos. ¿Qué es mejor, tener un papel predeterminado en el universo o ser libres para crear nosotros mismos nuestro papel en él? Una mejor respuesta la encontramos en la palabra de Cristo, aunque no muy alumbradora: “He venido para que ellos puedan tener vida y puedan tenerla plenamente” (Evangelio, Juan 10:10). ¿Quién no estaría de acuerdo con esto? Para saberlo no necesitamos a Dios. Si ésta es la única vida que tenemos, dicen los ateos, obviamente debemos vivirla al máximo ¿Quién diría lo contrario?

Una vida vivida plenamente, según los creyentes, es la que sigue las enseñanzas de los textos sagrados ¿Cuál de ellas? ¿Todas o sólo algunas? “Cuando un hombre injuria a su padre y a su madre debe ser condenado a muerte” (Levíticos 20:9). A excepción de algunos fundamentalistas, la mayoría de los creyentes no va a seguir esta norma. Sólo siguen las enseñanzas del texto sagrado si ellas promueven una mejor vida para todos. Las enseñanzas demasiado inconvenientes simplemente se ignoran. El problema con esta aproximación, para decir lo menos, es que cuando elegimos los textos sagrados de acuerdo con nuestras propias normas estos dejan de tener autoridad. Los creyentes más críticos están de acuerdo en que vivir una vida plena o una vida en servicio de Dios no es un propósito suficiente o adecuado para darle sentido a nuestras vidas. Para ellos la vida tiene que tener otro sentido y la existencia de Dios lo prueba, de lo contrario no nos hubiera creado. Sólo que no sabemos cuál es. Es la fe la que nos llama a confiar en Dios y sus propósitos. Sólo Él sabe para qué nos creó. Es decir, los creyentes no tienen mejor idea de cuál es el sentido último de la vida que los ateos.

La mayor parte de la humanidad todavía sostiene la creencia de que si la vida tiene algún significado o propósito es sólo porque hay un Creador. Sin él, sostienen, nada tendría sentido. No habría propósito, valor o fin. Todo sería sólo un accidente insignificante. Y éste es, justamente, el camino que un grupo de filósofos, partiendo con Nietzsche, adoptaron. Removieron el mundo supernatural y el ámbito teórico que ellos liberaron no ha sido tan sombrío como se había anunciado. O, a lo menos, no peor que el anterior. Obviamente el descubrimiento de que no hay Dios, de que no hay fuera de nosotros una fuente donde el propósito de la existencia y la moralidad residen, creó, por supuesto, una crisis de significado en la vida humana. Según Sartre esta crisis se debió a la creencia teológica de que tenemos una especie de naturaleza esencial que determina lo que somos. Cuando reconocemos que la esencia o naturaleza humana es una construcción histórica concluimos que sin ellas el único camino que queda es el nihilismo ¿Cierto? No necesariamente. Muy bien puede ocurrir que la fuente del significado se encuentre en otra parte. De que haya significado, pero no uno predeterminado desde fuera. Y de que el propósito de nuestra vida sea nuestra responsabilidad, cosa que no nos gusta mucho porque preferiríamos pasarle el bulto al destino, las circunstancias o al gran diseño.

Si poseemos el poder de determinar el propósito de nuestras vidas podemos decir con cierto optimismo que poseemos un mayor potencial para vivir plenamente comparado con un artefacto cuya esencia está predeterminada por su creador. Este poder es lo que distingue a un “ser para sí” de un “ser en sí”. El ser para sí puede tomar control de su existencia y usar su pensamiento consciente para dirigirla, en tanto que el ser en si puede ser sólo lo que es. ¿Hay alguna razón para pensar que un propósito divino o natural sería superior a uno elegido por la propia persona?

La descripción naturalista del Universo llega a una conclusión similar. El Universo no es el resultado de un diseño inteligente, sino de fuerzas naturales que no proporcionan ninguna respuesta de porqué estamos aquí o de cuál sería el significado de todo esto. Diez billones de años después del Big Bang se forman el sol y, luego, aparece la primera forma de vida unicelular seguida por la aparición de plantas y animales, entre ellos, 600 mil años atrás, el Homo Sapiens. La historia es corroborada por la evidencia de ciencias tan dispares como la cosmología, la física teorética, la astronomía, la biología y la bioquímica. Puede que haya un propósito en esta historia, pero nada de lo que sabemos lo sugiere y mucho menos de que el ser humano tenga alguna relevancia en ella. Si consideramos que la selección natural tiene lugar al nivel del gen, más bien que al nivel del organismo o la especie, significa que el individuo, incluyendo el ser humano, es una “máquina de supervivencia” construida de acuerdo con instrucciones codificadas en el adn para asegurar la sobrevivencia del gen y no la del organismo. Desde la perspectiva de la biología la vida de un individuo no es de importancia primaria. Lo que importa es que los genes que transportan los seres vivos, incluyendo los humanos, se transmitan y sobrevivan. Esto no significa que los genes posean un propósito en el sentido de que ellos tengan algo así como un fin. Ellos simplemente sobreviven si tienen efectos positivos en el organismo y el ambiente. Y esta sobrevivencia, que pudiera dar la ilusión de que ha sido diseñada o dada de antemano, es producto de la evolución orgánica. La conclusión de esta historia no es muy reconfortante. Estamos aquí para que nuestros genes se repliquen y la vida humana, igual que toda otra vida, no tiene propósito o fin heredado desde arriba. Así, lo único que nos queda, después de todo, es vivir sin finalidad o inventar una.

¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? La vida, decía Kierkegaard, sólo puede ser entendida desde su origen, pero debe ser vivida mirando el futuro. El conocimiento del origen no revela el significado de nuestra existencia porque no hay razón de por qué el pasado tenga que informarnos acerca del futuro. Pensar lo contrario sería caer en la “falacia genética”. Si la historia natural muestra que la vida no tiene un propósito dado no significa que no pueda tenerlo ¿Nos basta, por ejemplo, con comer, beber, ganar dinero, comprar cosas, ver la televisión, tener orgasmos, reproducirnos y dormir? Tal vez, especialmente los que nada tienen ¿pero, no es el caso que en algún momento también sentimos, como individuos, el deseo de que podríamos vivir más allá de esto, de que nuestras acciones podrían estar orientadas hacia un fin más alto? ¿De que el propósito de nuestra vida estaría en lograr un gol futuro? Las circunstancias nos colocan, a veces, en una encrucijada que nos obliga a tomar una decisión, a elegir un fin, a crear un proyecto. Es la consecución de estas metas la que, se dice, llena nuestras vidas y le da sentido. No sin razón éste es un tema constante de la literatura, el cine y la cultura popular.

La paradoja de todo esto es que, si logramos el fin, si alcanzamos la meta de nuestros sueños, si cumplimos nuestra misión ¿qué pasa después? Cuando luego de una vida logramos cumplir nuestra ambición solemos decir “Ahora puedo morir en paz”.  Pero, como no nos morimos, al menos por ahora, ¿qué hacemos mientras tanto? ¿Inventar otro gol? ¿Crear una meta inalcanzable, como en el Mito de Sísifo? Si así lo hacemos, diría Kierkegaard, estaríamos evitando confrontar la falla fundamental de ligar el sentido de la vida al logro de un gol. Para algunos como nosotros que vivimos bastante felices sin una meta, sin atar la vida a un gol o propósito último, sin creer en un sentido trascendente, la vida se nos aparece, más bien, como una cuestión de estilo, como un estado de cosas deseables que nos gusta mantener y promover.

Descubrir que somos los autores de nuestra historia al inventar el sentido de la vida y usar nuestra capacidad para crear nuestros propios propósitos nos da una tremenda sensación de libertad, poder y responsabilidad. El problema es que esta capacidad no está libre de riesgos. Si hay alguna duda sólo miremos el pasado. Lo que allí vemos no es muy brillante. No por casualidad la llamamos la etapa de la barbarie. Y si damos vuelta la mirada hacia el futuro empezamos a tener la sospecha de que éste, gracias a nuestro inmenso poder letal, se torna cada más sombrío. Y no tendría por qué ser así.

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NIEVES Y MIRO FUENZALIDA (Chilenos, residentes en Ottawa, Canadá), profesores de filosofía, autores de La sombra de las ideas (mediaisla, 2017).

Comments (1)

  • irlandez 21

    Muy interesante este reportaje: Yo tango mi propia filosofia o creencia ..Para mi, nosotros los seres humanos somos Dios o el Universo, que se creo a si mismo, nadie lo creo..Todo es casua del poder de la divinida que nos avita, asi como el tiempo no existe en el Universo, asi tambien no hay principio no final..La unica verdad es saber, porque naciste y para que? Y la respuesta es..Somos seres espirituales, y Asi como la energia, que no se crea no muere, solo se tramsforma. El cierto fisico muere, pero no el alma!

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