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Sara Harb y su pasión por contar historias

JAIME CABRERA GONZÁLEZ  En Tren de Sanremo a Niza el narrador ubicado en los dos extremos del hilo conductor, más bien de una onda que ahonda en la angustia y la comunicación (o incomunicación), queda reducido a ser espectador pasajero tanto de los cabos sueltos del incidente entre una madre y su hija como los de un drama inmigratorio.

En uno de mis viajes a Barranquilla me reuní con Sara Harb y di por sentado que, como en ocasiones anteriores, la conversación giraría en torno al cine, la docencia, la escritura de algún guión y a nuevos proyectos (que los tiene) con su empresa audiovisual La Gran Ilusión, pero para mi sorpresa me habló con entusiasmo de los cuentos que ha venido escribiendo en los últimos años. Yo, que he visto una gran parte de su trabajo cinematográfico —en que recuerdo, por ejemplo, la historia del profesor Cartier en Ensalmo, un cortometraje de ficción, y sus documentales, muy en especial, ¡Amrika, Amrika!—, me interesé en su faceta creativa dentro de un género literario que me apasiona.

Una tarde fui a visitarla a su casa-estudio en el balneario de Pradomar con el fin de leer uno de esos cuentos. De inmediato sentí una conexión con el primero que tuve enfrente, entonces le pedí que me dejara leer otro y luego otro y otro más. Pasaban nombres como “Arelys”, “El azar Raúl”, “Tren de Sanremo a Niza” y otros más que me reservo por hallarse en este momento participando en varios concursos. En cada uno de ellos encontraba una historia que no podía dejar de leer desde el título mismo hasta la oración que la cerraba, límites sólo textuales pues los días siguientes, más allá de la lectura, siguieron expandiéndose y dándome vuelta en la cabeza.

Semanas más tarde, ya de regreso a casa, en Miami Beach, leí en la edición digital del suplemento dominical Latitud del diario El Heraldo de Barranquilla, otro cuento; uno que no estaba en el grupo que ella me presentó, titulado “El relojero de Ginebra”. En nada difería de mi apreciación inicial y revelaba el pulso de la autora a la hora de contar historias, que ha sido no sólo el oficio de toda su vida, sino la herencia ancestral de esta barranquillera de origen árabe. Volví a notar que, tras el fluido en la superficie de una sucesión de hechos, avanzaba por debajo una corriente turbulenta que amenazaba con salir a flote; fuerzas contrapuestas que crean conflicto y tensión.

En general en los cuentos de Sara Harb encuentro que una vez ambientados, ubicado el espacio en donde irrumpe el acontecimiento vital tras algunas pistas falsas, el discurso narrativo transmite la sensación de estar llevándose a cabo en ese momento (no obstante, que todo cuento es cuestión del pasado). Es como si tanto el narrador como el lector fueran coparticipes de las peripecias y descubrieran con iguales elementos de juicio lo que está sucediendo; no hay datos previos; se ven asaltados; ambos están a la espera de que algo pase y así, en este ¿y ahora qué vendrá?, se llega al “desenlace”, se restituye la tranquilidad y cesan las expectativas, más no así, para los personajes.

En “Tren de Sanremo a Niza”, cuento inédito de Sara Harb que presento en mediaIsla, el narrador ubicado en los dos extremos del hilo conductor, más bien de una onda que ahonda en la angustia y la comunicación (o incomunicación), queda reducido a ser espectador pasajero tanto de los cabos sueltos del incidente entre una madre y su hija como los de un drama inmigratorio.

Al final de una película francesa, que no viene al caso nombrar, sale una cita del poeta angloamericano W.H Auden, que valga la paráfrasis, aplica para los cuentos de Sara Harb pues en estos hay mucho más de lo que parece y puede leerse en ellos.

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Tren de Sanremo a Niza

Subo en Sanremo a un tren que va recorriendo la costa italiana rumbo a Niza. Conmigo entra un grupo de pasajeros que se acomodan tan rápido en los asientos, que no me dejan más alternativa que la de sentarme mirando hacia ellos, en sentido contrario al avance del tren.

Diagonal frente a mí, en una silla más adelante, se ha sentado un hombre de rasgos árabes, como del norte de África, que juguetea nerviosamente con un rosario musulmán, su másbaja. Mientras acomodo mi equipaje en la parte superior del vagón no puedo evitar mirarlo, es realmente un hombre hermoso que sostiene mi mirada pero que, con cierto pudor, la evita.

El tren emprende su marcha.

Cerca de la frontera italiana, en Ventimiglia, se sube al tren una pareja muy chic, elegantemente vestida, con pocas valijas, apenas para ponerlas en el guardamaletas lateral, encima de sus cabezas. Van cargados de revistas y periódicos que abren apenas se instalan. Se sientan sin hablar entre sí. También sube una joven brasilera, vestida de jeans con varios rotos y un pequeño morral a cuestas; se sienta a mi lado, aislada de la realidad del tren por sus audífonos.

Súbitamente irrumpe en el vagón un hombre de rasgos africanos, podría decirse que de Etiopía, como salido del film de Paul Greengrass Captain Phillips; su semblante es tan pálido y verdoso como una aceituna. Cuando pasa a mi lado por el pasillo advierto su mirada vidriosa, imprecisa, y en su rostro hay una película de sudor que le corre hasta el cuello. Pasa tan cerca que alcanzo a percibir su olor, como el de los corrales donde encierran bestias a punto de sacrificar. Pienso que podría estar enfermo, sin embargo, su mirada no era de dolor, sino la de un terror visceral que escondía muy mal.

El tren reinicia su marcha, el ambiente queda en calma. El hombre árabe me mira fijamente, no tengo temor en volver a sostenerle la mirada, él se turba y se pone unos lentes oscuros. El tren rueda apaciblemente tomado por un silencio que se rompe súbitamente por una voz robótica de móvil que confirma el número que se va marcando, tre, cinque, due… La marcación se repite varias veces hasta que por fin se escucha la voz temblorosa de una anciana que se toma el espacio.

—Laura, ¿eres tú?

—Sí, dime, estoy abordando el avión…

Hay un silencio tal, y la voz de la interlocutora es tan fuerte, que hace que la respuesta se escuche perfectamente. Ahora ya sabemos que se trata de Laura y que es mucho más joven que la voz que ha invadido el vagón.

La anciana le explica que ha perdido las llaves del lugar donde irá esta noche cuando llegue a Niza. La voz que sale del aparato dice que no puede hacer nada por ayudarla en ese momento, que debe llamar a Roger; ella no sabe nada de las llaves. Será Roger quien vaya en su ayuda, si no puede entrar, la agencia inmobiliaria le dará unas copias cuando llegue a Niza.

Aunque hago esfuerzos por ver a la dueña de esa voz quejumbrosa que linda con el pánico, no lo logro, sin embargo, sigo la conversación. Me interesa el final de esta historia, que me recuerda la intensidad dramática de las radionovelas de los años sesenta que en el Caribe se tomaron las estaciones para distraer, al final de la jornada, a tantas jovencitas que soñaban con el amor, y a los adolescentes que seguían de cerca a algún héroe que les diera valor para una aventura intrépida en el patio de su casa o para salvar a alguien en nombre de la justicia.

Los compañeros de coche han guardado silencio para escuchar mejor de qué se trata la historia de la anciana. Se oye un clic que anuncia que la conversación se ha cortado.

El teléfono de la anciana suena, tiene el volumen tan alto que podemos escuchar la voz de Laura que le dice que no ha podido contactar con la agencia inmobiliaria, que les ha dejado un mensaje y que muy seguramente ellos le podrán dar una llave el lunes, porque la agencia está cerrada los fines de semana. Que llame a Roger para que la ayude.

Todavía no veo a la dueña de esa voz temblorosa, aunque sé que la anciana llama a Roger, que contesta el teléfono; pero el tren entra en un túnel y la llamada se cae. Sin conocer las consecuencias de la caída de la llamada, sé que la anciana intenta volver a marcar, sin éxito, porque se escucha claramente el sonido del teclado. Luego de varios intentos entre dos túneles el teléfono celular de la anciana suena estrepitosamente. Nos enteramos que se trata de Roger, ella no consigue explicarle porque la comunicación se vuelve a cortar.

Laura le hace otra llamada de último minuto y le pregunta que si ha contactado a Roger, la anciana confirma y añade que no ha logrado explicarle nada porque se corta la llamada. Laura le dice que no puede seguir hablando porque han pedido que apaguen los celulares, que el avión que la llevará a la India para su cura ayurveda está a punto de despegar, que tratará de llamarla en cuanto llegue. Instantes después, el tren pasa por un túnel más y la comunicación se corta. En este momento, ya todos los pasajeros del vagón están pendientes de lo que sucede con la anciana y algunos ríen burlándose de una situación que pasa rápidamente de lo cómico a lo patético, y luego se vuelve desagradable violentando la intimidad y el silencio que cada uno quiere para su viaje.

El tren ha llegado a Beaulieu-sur-mer y la pareja chic del comienzo desciende divertida de la situación. Pasan por encima de la señora, pero no parecen tener ningún ánimo de colaborarle en ningún sentido. Descienden dejando una mirada indiferente hacia el lugar de donde sale la voz.

El tren se toma varios minutos en reanudar su marcha. Hay una ligera desazón en el ambiente, no se termina de instalar el desconcierto que produce un tren en retraso cuando veo, a través de la ventana, a cuatro policías que se han acercado al vagón. Van armados, llevan bolillos y radios. Uno de ellos sube al tren. Corre a través del pasillo, pasa como un rayo, tan rápido que apenas puedo ver que lleva una pistola en la mano.

En el andén justo al lado de mi ventana queda el resto de policías que reciben al que ha corrido por el coche. Trae agarrado por el cuello, como a un animal que van a degollar, al etíope con cara de pánico, lo han esposado. Ahora lo tiran al piso con la cara contra el pavimento, lo requisan, luego lo levantan como si fuera un saco, liviano, sin peso, entonces lo dejan caer. El africano en actitud de entrega, no opone resistencia, no se queja del golpe que se ha dado en la frente, se ha herido al chocar contra el piso. Ahora son cuatro gorilas con un cordero que se resigna a su sacrificio. El tren reemprende la marcha y no alcanzo a ver qué pasa con el golpe que uno de los policías ha propinado al etíope.

En el ambiente ha quedado un silencio doloroso, los pasajeros del vagón han seguido la escena como quien la ve en una pantalla, nadie ha osado musitar palabra. Ese silencio denso lo rompe la anciana, que vuelve a marcar el teléfono. Finalmente le contesta Roger y le confirma que en este momento está en Roma, que en efecto las llaves las encontró en el jardín de la entrada de la casa, que lo llame para ponerse de acuerdo. En ese momento algo sucede al teléfono de la señora.

—¡Roger! No sé cómo… ¿Roger?

Suena el típico timbre de una llamada interrumpida. Luego se produce un gran silencio.

El tren llega finalmente a Niza, con un cielo oscuro invernal de seis de la tarde. Ahora sí veo que se trata de una mujer de pelo blanco, de unos 85 años que desciende con su maleta rodante, camina hacia fuera de la estación, mientras mira a todos lados sin saber para dónde ir.

***

Luego de una visita a Roma que no deseo terminar, tomo un avión para Estambul, donde me espera un trabajo arduo: defender la propia obra en esos laboratorios de guiones en los que generosamente, apropiándose del espíritu que las motiva, correctores de estilo logran meter en su sistema historias ajenas, que corrigen con delicadeza de bordado de lencería íntima.

En la cabina las azafatas diligentes y amables atienden a los viajeros que se acomodan en sus asientos. En este ambiente todo tiene apariencia normal.  Llego a mi silla, al lado está sentada una mujer de mediana edad que tiene un celular en la mano y se mordisquea nerviosamente las uñas. Súbitamente su teléfono suena y puedo enterarme que mi vecina de asiento se llama Laura.

Apenas logro instalarme cuando percibo que la comunicación que tiene se ha cortado.

—¡Mamá, mamá! ¿Me oyes?

El teléfono vuelve a sonar. Por los altavoces están dando indicaciones de apagar el celular o de ponerlo en modo avión. Mi compañera de silla hace caso omiso del llamado.

—Sí, debes llamar a Roger, ¿recuerdas que me voy de viaje para la India, a mi cura ayurveda?

Ahora se acerca una cabinera para decirle que, por favor, apague el celular, que estamos a punto de despegar.

Laura hace caso omiso y marca un número en su teléfono, entiendo que se trata de una agencia inmobiliaria, que tiene un buzón en donde ella deja un mensaje diciendo que su madre ha perdido las llaves del departamento de Niza y que requiere de unas copias lo más pronto posible.

Laura cuelga, ahora su rostro está descompuesto con una arruga que le surca la frente. Su teléfono suena; de los nervios, se le ha caído al piso bajo la silla, se agacha como puede, finalmente contesta.

—Sí, madre, soy yo, tengo que colgar, pero he llamado a la agencia y te darán unas copias, seguramente el lunes. Hoy está cerrada.

Laura sigue al teléfono, cuando ve que la azafata se acerca levanta una mano implorando unos instantes. La mujer se planta ante ella con cara de enojo, pero Laura la ignora, debe seguir hablando a su madre.

—El avión está a punto de despegar y debo apagar el teléfono, llama a Roger.

Laura escucha ahora cambiando su expresión a una de disgusto. Luego se detiene a mirar el teléfono. Advierte que la llamada se ha cortado. Vuelve a marcar.

—Fue decisión tuya, ¿recuerdas? Dijiste que allí hace menos frío. Enseguida llegue te llamaré —Laura hace una gran pausa—. Tú sabías de este viaje hace mucho tiempo.

La azafata se acerca a decirle nuevamente cuando Laura advierte que se ha cortado la llamada, sin embargo, insiste.

—¡Aló, aló!, ¿mamá?, ¡aló, aló, aló!

La azafata está a punto de quitarle el teléfono de la oreja, en el momento en que Laura, frustrada, lo apaga y lo guarda en el bolsillo de su pantalón. Ahora se sienta suavemente en su silla, mira por la ventana.

No puedo creerlo, no salgo de mi estupor.

Estambul me espera, ojalá sin contratiempos, intenso, pleno de colorido.

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SARA HARB, barranquillera de origen árabe, directora de cine y guionista. Ha realizado documentales de corto y largometraje, prepara su primer largometraje de ficción. Su último trabajo Víctor Gaviria: Cineasta, será publicado este año. Las recientes publicaciones de sus cuentos la han confirmado como escritora, como contadora de historias. Ha leído y viajado por el mundo con gran pasión. Es una artista, al mismo tiempo racional e intuitiva, dedicada a estudiar, experimentar y gozar con las imágenes y las letras.

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JAIME CABRERA GONZALEZ (Barranquilla, Colombia, 1957).Estudió en el Colegio Americano. Obtuvo el título de arquitecto en la Universidad del Atlántico, profesión que abandonó para vivir del cuento. Desde 1993 vive en los Estados Unidos en donde ha ejercido el periodismo. Ha ganado varios concursos de cuento en Colombia y en otros países. Ha publicado: Como si nada pasara (1996) y Miss Blue 104° F (2014)

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