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Siempre queda por ver


SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] A lo mejor la inteligencia artificial no convenza a nada más que unos pocos atrevidos. A lo mejor la imperfección humana sea más poderosa que toda inteligencia artificial y la desdeñe.

Ante la página —la pantalla, digo— en blanco y a pocas horas del cierre de la edición me demoro unos segundos, indeciso. En el teclado, en la punta de los dedos, por descifrar el mensaje oculto en las teclas que habré de pulsar en sucesión debeladora. Las manos dudan: aguardan. En la vacilación marca el cursor el pulso agitado de mi ansiedad. Es el silencio del suspiro inspirador, brisa de otras esferas. Es el interminable segundo de la espera.

Me pregunto en ese instante si el robot de perfecta inteligencia artificial (AI) que escribirá dentro de poco estas notas que he estado escribiendo hasta ahora sentirá al hacerlo, lo mismo que siento yo y tal vez toda persona frente a la tarea de escribir, este torbellino de impresiones que van desde el muy físico sentir el retorcer de tripas hasta la más intensa emoción de la idea que, como un albor entre la bruma, enciende en la mente confundida la claridad de unas palabras antes nunca dichas de tal manera.

Larga y retorcida oración la anterior, que expresa —todavía incompletamente— la incertidumbre y curiosidad humanas: esa ansiedad de saber que el enigma esencial ha suscitado en la mente del homo sapiens desde el momento en que se supo tal: organismo visitado por algo más que los instintos y acudió a las palabras para identificarse a sí mismo y concebir el mundo.

Incertidumbre e interrogante que hoy se multiplica en ecos de una mitología moderna de un Nuevo Mundo, ya no solo concebible en la ficción literaria de un género apocalíptico, sino concretamente real y presente: el de la inteligencia artificial, ésa que —quede constancia indisputable de esto— hace posible el que se escriban, transmitan y propaguen estas palabras y lo que puedan significar para el que las lea.

Instrumentos a mi alcance, el computador y el internet me permiten usar mis palabras, concebir mis ideas, conjurar los encantos del idioma de un modo un poco diferente al modo anterior —si bien todavía mi preferido— de la pluma, la tinta y el papel de ancestral prestigio. Más ágiles y maleables, más prontos a expresarse urbi et orbi, los textos digitales, aunque productos de mi mano y del espíritu que le dicta sus garabatos, son también generación de una inteligencia artificial en sus primeras incursiones dentro del campo de la creatividad y del lenguaje.

Son los primeros pasos, nada despreciables, de un nuevo peregrinaje, ya no el del proverbial y agobiado homo viator que necesita concebir praderas paradisíacas para el descanso, sino el de un programado robot que no tiene metas que lo motiven o lo aterren con las fantasías de lo trascendente, ni requiere de edénicos jardines donde reposar en el olvido de las siestas reconfortantes.

Ajeno al tiempo que lo corroe y lo vuelve obsoleto, inmortal en su intrascendencia de objeto, el instrumento artificialmente inteligente no tendrá necesidad de teologías ni oraciones y lo tendrá sin cuidado si el cangrejo vive o muere. No sabrá de melodías ni ficciones verbales ni tendrá dificultades gástricas, ni entusiasmos ni depresiones.

Y así, ni siquiera apenas sensitivo como el árbol, pétreo, en cambio, en su condición de materia inerte, el perfecto instrumento inteligente, provisto de toda la información disponible, irá escribiendo lo que ya no será necesario que yo ni nadie escriba. Su programado saber lo dirá todo y hasta podrá hacerlo poéticamente. Será filósofo sin serlo, poeta sin nada de loco, predicador perfectamente retórico y convincente. No se preguntará de donde vino y a donde se dirige. No sabrá de racimos tentadores ni lúgubres ramas funerarias.

Ante tal maravilla de la tecnología inmune a la interrogante, ante tal perfecta inteligencia insensible y práctica, la inteligencia no artificial, la humana, se quedará embobada, muda, absorta en cuanto engaño le proponga el artificio digital. Al mundo concebido a lo largo de milenios por el atormentado e insaciable espíritu humano lo irá substituyendo un mundo nuevo perfectamente satisfecho y conforme de la pura inteligencia inconmovible.

O a lo mejor no.

A lo mejor la inteligencia artificial no convenza a nada más que unos pocos atrevidos. A lo mejor la imperfección humana —con sus siete pecados y las siete virtudes que malamente los compensan— sea más poderosa que toda inteligencia artificial y la desdeñe. En el mejor de los casos la especie humana se negará a la perfección artificial y seguirá sufriendo plenamente su condición de animal atormentado por los demonios —demiurgos— de la mente.

Y a diferencia del robot, el pensador sentirá, frente al papel —la pantalla, digo— en blanco, desde el muy físico retorcijón de tripas hasta la más intensa emoción de la idea que, como un fulgor inesperado lo encandila y se expresa en palabras antes nunca dichas de tal manera.

Queda por ver —como ha sucedido siempre— cómo será este mundo que hemos ido armando casi sin darnos cuenta y sin de veras saber para qué y por qué lo armamos.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015).


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