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El viento y la espada, la idea de la revolución en «El siglo de las luces» de Alejo Carpentier

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN En «El siglo de las luces», Alejo Carpentier crea razones para pensar de otra manera, posiblemente, más dialéctica, el papel de las revoluciones en el Caribe. A la vez que busca un pequeño espacio para empujar la suya. Teoría, discurso y práctica quedan aquí desvelados por una dialéctica en la que el racionalismo muere frente a lo exótico.

Ya pasadas las descripciones barrocas de la casa de Carlos, Sofía y Esteban en La Habana, el viejo caserón está atiborrado de objetos de mundos que apelan al siglo XVIII. Existía el interés por hacer una nueva lectura, cartografía o síntesis del mundo. Las luces de La Habana muestran el claroscuro del barroco. Víctor Hugues ha entrado en ese fondeadero en que se encuentran el deseo de saber y la utopía. En ese vaivén de cosas e ideas, comienzan a desarrollarse una serie de acontecimientos en los que se cruzan el pasado y el presente; y, a lo que podemos agregar, la búsqueda de un futuro sostenido en la esperanza de nuevas aventuras.

Cuando llega el médico de Saint-Domingue, el mulato Ogé que había estudiado en París, el lector se encontrará con sus personajes casi realidad y casi mito. El impulsor de la rebelión mulata, o su hermano, y el hombre que traerá al Caribe la máquina de los jacobinos. Sofía queda fascinada con los dos días que dedican entre otras cosas, a hablar de revoluciones: “hablar de revoluciones, imaginar revoluciones, situarse mentalmente en el seno de la revolución, es hacerse un poco dueño del mundo” (61).  Dice el narrador que la revolución te lleva de las palabras a los hechos. Pero lo cierto es que, en el trayecto de esta narración barroca, de luces y sombras, de luchas jacobinas y de extensión de la revolución francesa al Caribe, hay una distancia entre los hechos y las palabras: entre el discurso revolucionario y las prácticas políticas.

¿Se habrán convertido los jacobinos, por mantenerse en el poder, en todo lo contrario de lo que predican? ¿Desborda la idea de revolución, las prácticas humanas? ¿Gana el individualismo al colectivismo? Las miradas que da Esteban a Víctor Hughes parecen contestar estas preguntas. Si es necesario hablar de las revoluciones, también será necesario hacerla; un hacer deja atrás una ética que no se puede recuperar. Carpentier, dijo años más tarde, que la Revolución cubana era obra de lo real maravilloso; que se dio allí donde no se esperaba. Era entonces, obra de un extrañamiento.

Tan real maravilloso como la fábula del rey negro Henri Christophe y su inexpugnable ciudad fortaleza de paredes de argamasa y ligaduras de sangre de toro, capaz de resistir la embestida de los ejércitos imperiales durante diez años. El cocinero de la Calle de los españoles había convertido su presencia en extrañamiento de las formas, de la fatuidad real, como Makandal y el Ti Noel, que se transmutan, confirmando más allá por la ciencia del doctor Ogé de que cada uno tenía su doble en los árboles. Esa es la realidad doble del barroco en la que luchan luces y sombras, cielo y tierra, pueblo y aristocracia. Las referencias a Goya no dejan de darnos ese sentido sombrío, acumulado y pleno de cosas que nos designan.

Acusado de francmasón y perseguido por la justicia, Víctor Hugues, negociante y traficante de seda de Port-au-Prince, se entera en el muelle de Santiago de Cuba que ha habido un levantamiento de negros en el norte de Saint-Domingue. Se lo atestiguan las muchas naves que llenan al puerto. Ya habían salido apurados los blancos en los barcos surtos en la rada de Le Cap, en busca de salvar la vida, cuando se inició el gran incendio que salió del Bois Caimán. Pero los acontecimientos del Caribe eran vasos comunicantes de aquellos que ocurrían en Francia. El relato preludiaba la revolución y ésta desataría un escenario nuevo; para Hugues estaba naciendo: una nueva humanidad. El discurso revolucionario deja signada no solamente, la revolución de lo que está debajo en la escala social, sino a todos los hombres. La revolución se presenta como una totalidad sin márgenes. Ella no cubre todo, por lo menos en el discurso. El hombre se reinventa como dueño de sí mismo (131).

Sin embargo, Esteban mirará a las calles revolucionarias de ese allá como un símil de la realidad caribeña. Feria y exuberancia, un ambiente exótico, que nos invitan una vez más a pensar en el extrañamiento que deja lo maravilloso. Todo para él era un espectáculo, todo era singular: “Todo era listado, encintado, adornado” (81) más que una revolución parecía que se encontraba en “una gigantesca alegoría”, en la que su metáfora no deja de aflorar el misterio, los soterrados concilios, que impedía la penetración del conocimiento.

Pensaba el cubano que era también consecuente regresar a La Habana para contribuir desde una modesta posición en la revolución universal. Pero también se da cuenta de que, en la Revolución francesa, todo comienza a volverse un contrasentido. Por ejemplo: “nos hacen traducir al español una Declaración de los Derechos del Hombre, de cuyos diecisiete principios violan doce cada día” (95). Esteban era el traductor de la revolución al español y el que la mira desde la perspectiva de un caribeño liberal, la traduce en sus símbolos y alegorías. Como en la vida, Esteban se pasaba en la Librairie de la Trinité leyendo nuevos libros, tratando de entender un mundo desde un espacio con pocas luces, plenamente barroco y políticamente contradictorio; lleno de libros atiborrados de objetos que apelan al universo y que le recuerdan el caserón donde, junto a Sofía y Carlos, intentaron conocer el mundo desde un rincón de La Habana.

Poder e individualismo juegan en la apreciación que va haciendo Esteban de Víctor Hugues quien deviene hombre poderoso en Francia hasta que lo envían al Caribe, donde trae la Máquina. Un Víctor Hugues que poco a poco va cambiando ideas, política, principios y prácticas a favor de una razón de Estado. Un dominio del otro para mantener en el Caribe aquella revolución que, poco a poco, se le va escapando a los jacobinos. La revolución se convierte, entonces, en un trabajo del que es muy difícil desandar los pasos.

Las observaciones de Esteban permiten descubrir el misterio del hombre y la revolución, sus pocas victorias en su utópica idea del reino de lo colectivo. El individualismo llena todas las prácticas y el colectivismo es una aspiración, muchas veces quiméricas. Lo puntual se impone y el pragmatismo desborda las ideas. Esteban veía cómo un grupo de mediocres se aprovechaba para convertir la humanidad de otros en pergaminos que envolvían la constitución (106). Veía desde una “moral revolucionaria” la distancia que existía entre el discurso y la práctica revolucionaria. A la vez que, poco a poco, Víctor Hugues se transformaba en un dictador. La imagen de la revolución se convertía en su mirada en una representación barroca, lo sublime del discurso, la perfección del triángulo y el círculo, le parecía ya vulnerable y torcido.

Esteban es entonces, el espíritu de las luces, el extranjero solidario capaz de pensar de otra manera, de buscar en los claroscuros de la revolución; la falta de correspondencia, entre lo que se dice y lo que se hace: observa, lee y mira. Como traductor es también un contradictor: una mentalidad alerta, formada por el mismo racionalismo para que las ideas de la misma revolución no se sientan tan seguras en la mirada de sí mismas.

Mientras Víctor en su historicismo, entendía que la revolución le había permitido tallar su perfil en una época. Víctor es el individualismo en medio de los acontecimientos, de su valoración en el presente y es la acción colectiva la que permite que surja de ella su figura. Esteban deconstruye los mitos religiosos y la instauración del “Etre Supreme”, el ser supremo, sobre la religión. Para Hugues ese aspecto en América hay que trabajarlo con menos prisa.

Entonces, la Place de la victoire de la Guadalupe se abre a una nueva época, sin el dominio de los grandes blancos. Si la revolución en París constituye un ir y venir que pone en ascuas al Comisionado y el futuro de la Máquina. Víctor Hugues da a los demás, a los otros negros, esclavos, la seguridad de que el antiguo régimen ha terminado. Las masas negras tendrán que ver a los jacobinos como salvadores. Y el autoritarismo que la Máquina tiene impreso será signo de libertad para los negros. Víctor construye su estatua entre el viento y la espada.

Ahora bien, al hablar, pensar la revolución, Carpentier está seguro de que está traduciendo, como Esteban, unos hechos. Que se está poniendo en el lugar de la contradicción de las ideas de las revoluciones en el Caribe. Ya había escrito en 1948 que el hombre no sabe para quién trabaja y espera. Ya sabía que sólo le queda el reino de este mundo. Que las convicciones europeas son un tumulto allá y, en América, algo exótico; como la vestimenta del rey Christophe, como los cartabones y los ristres de los agrimensores que despertaron la curiosidad de Ti Noel.

En El siglo de las luces (1958), Alejo Carpentier  crea razones para pensar de otra manera, posiblemente, más dialéctica, el papel de las revoluciones en el Caribe. A la vez que busca un pequeño espacio para empujar la suya. Teoría, discurso y práctica quedan aquí desvelados por una dialéctica en la que el racionalismo muere frente a lo exótico, lo barroco y exuberante americano. Desde América somos capaces de usar la criticidad occidental para revolver (devolver) los sentidos a la vez que los criticamos en un mar de preguntas que son en verdad, las lentejuelas de nuestra historia.

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (2009), Las palabras sublevadas (2011) y Los letrados y la nación dominicana (2013), entre otros.

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