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La evocación en los cuentos de René Rodríguez Soriano

JAIME CABRERA GONZÁLEZ [mediaisla] Leer a René Rodríguez Soriano es placentero. Sus textos no se agotan con segundas y más lecturas; hoy que todo tiene fecha de caducidad, mantienen la frescura; de por sí uno se engolosina con las palabras y con la narración cadenciosa…

Hay un cuento de René Rodríguez Soriano (Constanza, República Dominicana, 1950) que aparece en su libro Solo de flauta (2013) y luego en la antología Jugar al sol (2017), titulado “Tarde de perros”, que constituye un buen ejemplo de cómo la presencia de lo ausente como fuente creativa es un fluido constante en su registro de narrador nostálgico.

Se trata de la historia de un hombre sentado en un parque que espera a un amigo, pero mientras tanto ve a su alrededor el acoso de unos perros a una perra en celo, gente que pasa, saluda o se cruza, una vendedora ambulante y una mujer de la que ya no queda nada de que lo era. Este personaje tiene en sus manos un periódico que lee y que en cualquier momento deja de leer para rescatar del deterioro por el paso del tiempo y el mal gusto de la arquitectura circundante las imágenes que le permiten “reensamblar el pasado” y retenerlo como suyo; sólo una rubia —impensable, atemporal— salva aquella tarde de perros cuando el hombre sabe que ya nada lo remitirá a puerto alguno.

En Rodríguez Soriano la evocación se transforma en una estética. Frente al tiempo que corre como un río está el pasado, lo inmodificable —eso único que nos pertenece por derecho propio—, y la noción de unos personajes que flotan en un limbo textual.

En sus cuentos hay una reiteración, recurrencia, tomada esta no como repetición ni redundancia, que crearían monotonía, sino como búsqueda creativa propia de quien toca una pieza y todas las veces suena diferente, como variaciones a un punto de partida con diferentes llegadas; es más, se puede considerar como una revisitación de sus obsesiones y conflictos dramáticos en que no da nada por contado: hay que contarlo de nuevo: nada está plenamente establecido.

Desde las primeras líneas aparece una voz que viene del pasado, que además de traer su carga de cierta nostalgia innombrable, se encarga casi de advertir como un famoso poema colombiano que, aunque los personajes jueguen su vida o cambien su vida, de todas maneras, las llevan perdidas, en especial las parejas.

Muchas, muchísimas veces, el narrador recurre a una segunda persona del singular no para recriminar a alguien o hablarse a sí mismo (que sucede), sino convencido de estar contándole la historia a esa protagonista ausente que habrá de leerla, como si se tratara de una carta, y que parece ser su única preocupación.

Rodríguez Soriano en su manera de narrar acude a elementos que hacen presente el pasado, no como un hecho alejado en el tiempo y en el que ha tomado distancia, sino redivivo; es decir, con la misma emoción como sucedió y para ello, toma de la poesía y de la música su condición de trasmitir sentimientos y sensaciones. Y en esa medida organiza su discurso literario.

Hay en su prosa una entonación muy cercana al habla, pero sin que copie la oralidad; más bien crea un registro coloquial personal que sólo funciona en el plano literario. De ahí que sus cuentos, por ejemplo, aunque uno quiera contar de qué tratan, sólo tienen verdadero sentido en la lectura.

En realidad, son atmósferas con tramas mínimas, diría que verbales, en donde el vehículo de la historia está en la acción de las palabras: en las figuras literarias, en una sintaxis emocional con características musicales que llevan a la lectura esa sensación que Cortázar denomina —cuando habla de lo musical en el cuento— de leer con el “oído interno”. Las oraciones laten, se balancean, suenan, fluyen, deleitan de tal manera enriquecidas en sonido e imágenes.

Por otro lado, se nutre de otros géneros y aunque, hay digresiones cuando aparecen páginas de diarios o notas de prensa, no se pierde el hilo, la condensación, la cohesión; el tono asumido va en correspondencia con una necesidad literaria, comportamiento en que el lector encadena lo que se dice con la forma como se dice.

En ese sentido, sus cuentos, sin que entre a una concepción lúdica de lo formal (que también la tiene), como una especie de rompecabezas, un puzle. Es como leer una obra con entregas en desorden, fascículos adquiridos sin un orden en que, si quieres tener la figura completa, la información total, tienes que ir armando el modelo en tu cabeza. Hay personajes que entran y salen; nombres que se repiten; lugares en donde uno piensa que ya se estuvo. Constituyen una sola historia que ha sido cortada en bloques y barajada por un experto tahúr.

Pero por encima de estas consideraciones, prima que leer a René Rodríguez Soriano es placentero. Sus textos no se agotan con segundas y más lecturas; hoy que todo tiene fecha de caducidad, mantienen la frescura; de por sí uno se engolosina con las palabras y con la narración cadenciosa en lo que podríamos considerar una conjura de la fabulación y el lenguaje para que permanezcan vigentes, con la intensidad con que surgieron, hechos del pasado.

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JAIME CABRERA GONZALEZ (Barranquilla, Colombia, 1957). Estudió en el Colegio Americano. Obtuvo el título de arquitecto en la Universidad del Atlántico, profesión que abandonó para vivir del cuento. Desde 1993 vive en los Estados Unidos en donde ha ejercido el periodismo. Ha ganado varios concursos de cuento en Colombia y en otros países. Ha publicado: Como si nada pasara (1996) y Miss Blue 104° F (2014)

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