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Leer, casi nada


GERARDO CÁRDENAS [mediaisla] No hay recetas para leer porque ya no se trata más de la oferta de libros, o la crítica literaria, o el prestigio de los autores, o el diseño los volúmenes, o el marketing editorial, o la manera cómo en las librerías te llevan a lo que quieren vender primero.

Recientemente cayó en mis manos, proveniente de otras adoradas manos, Essays on the Self, una recopilación de pequeñas gemas escritas por Virginia Woolf, sobre una gran cantidad de temas, a lo largo de varios años y prácticamente hasta el último año antes de su suicidio. Me hizo sonreír “Carta a un joven poeta” especialmente por su recomendación, casi súplica, al destinatario de que no publicara nada antes de los 30 años. Confieso que fui fiel practicante de esa máxima, aún sin conocerla.

Pero el ensayo que me hizo detenerme y releer fue “¿Cómo debería leerse un libro?”. Con su suave ironía, Woolf ataca lo que, en ese momento (la primera mitad del siglo XX) constituía ya una preocupación, casi una obsesión de ciertos sectores del mundo literario por dirigir la lectura.

Woolf plantea que entre el libro y el lector se establece una relación íntima, única, que no puede ni debe ser dirigida. El lector acude al libro con los ojos y la mente abiertos, e iniciará un camino personal al término del cual habrá sufrido alguna transformación. La lectura es un acto individual y las opiniones del sector crítico sobre si tal o cual autor es mejor que tal otro, en modo alguno ayudan al lector que inicia su travesía buscando la sorpresa de las letras.

Tuve que releer este ensayo y lo hice con gran dificultad. Por una situación personal muy complicada, cuyos detalles no revelaré aquí, prácticamente dejé de leer hace un par de meses. La dificultad para concentrarme me hizo extremadamente quisquilloso a la hora de escoger algo que pudiese leer de cabo a rabo. A lo largo de esos dos meses, abandoné varias lecturas que había escogido con entusiasmo meses atrás y que había acumulado en mi mesilla de noche. En medio de mi desazón no podía conciliar el sueño, y para poder dormir, leer tampoco me resultaba terapéutico.

La crisis entró en fase aguda y resultó, entre otras cosas, en una transformación completa de mi biblioteca. Ya no se trataba tanto de responder a la pregunta de Woolf sobre cómo debería leerse un libro, sino qué debería leerse. La zozobra que me sacudía me llevaba también a preguntarme si debía leerse, punto.

En medio del torbellino de la biblioteca que se iba haciendo cada vez más pequeña, de mi maniática selección de libros que realmente quería leer (algunos de los cuales llevaban años en los estantes), y de la ansiedad que me provocaba entrar a una librería donde la oferta de nuevos títulos puede ser abrumadora, opté por simplemente dejar de leer.

Empaqué los libros que, tras mucha reflexión, me resultaban de un valor sentimental particular o que habían pasado demasiado tiempo en los estantes sin ser abiertos pero que siempre miraba con una mezcla de añoranza de lo que todavía no es, culpa por el largo abandono, y esperanza de un futuro encuentro en el que mi mente por fin estuviese sosegada.

E inicié un viaje, con unos pocos libros. Y Virginia Woolf fue mi primera lectura y en ella reflexioné sobre el hecho de que no hay recetas para leer porque ya no se trata más de la oferta de libros, o la crítica literaria, o el prestigio de los autores, o el diseño los volúmenes, o el marketing editorial, o la manera cómo en las librerías te llevan a lo que quieren vender primero.

Se trata de que el lector debe tener la mente y el corazón abiertos, y establecer esa relación personal, esa biblioteca personal, que puede ser mínima o masiva, pero en la cual hay un diálogo secreto entre sus ojos y las páginas.

Aún me cuesta leer, aún mi mente divaga por muchas partes, aún me pesan los párpados al final del día, pero por fin puedo conciliar el sueño y, con ello, crece la esperanza de que antes de apagar la luz haya leído una, o dos, o muchas páginas.

A Virginia Woolf le ha sucedido ahora T.S. Eliot, pero en esta ocasión de la mano de José Emilio Pacheco. Resulta que éste último no alcanzó a publicar en vida su traducción (o aproximación, decía él) a Los cuatro cuartetos. Ahora se la han publicado, post-mortem, en una bella edición profusamente anotada y comentada. Y resulta que a mí siempre me gustó más Los cuatro cuartetos que La tierra baldía, aunque no quiero decir que el segundo sea inferior al primero. Es sólo que, en la universidad, cuando leí ambos, mi relación personal fue con los cuartetos, dado que con la baldía mi aproximación fue meramente estética.

Voy leyendo poco a poco, con las palabras de Woolf resonándome en la cabeza. Y me esperan, en la mesa de noche, Elías Canetti y Enrique Krauze. Y en algún momento llegará un envío donde conviven Shakespeare y Bataille, Dante y Foucault, Frazer y Durrell, Borges y Rulfo.

Poco a poco las lecturas se irán acomodando. Y seguiré leyendo, orientado por mi propia relación con las palabras.

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GERARDO CÁRDENAS es escritor y periodista mexicano. Acaba de publicar su sexto título, la colección de cuentos Correr es de cobardes.


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