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Palabras como agua

A D E L A N T O [mediaisla] La editorial Santuario acaba de lanzar un volumen con tres breves ensayos en torno a la creación literaria y algunas entrevistas del escritor Juan Carlos Mieses. Lleva una breve nota del editor, a modo de introducción: 

Los libros, si tienen algo que decir, lo expresan ellos mismos”, me dijo una vez Juan Carlos Mieses; tal vez por eso, se cuida de no cometer el error de convertirse en crítico de su propia obra en estos diálogos y reflexiones, en los que comenta las circunstancias que rodearon la génesis de sus textos y otros aspectos del oficio de escritor.

El epígrafe general es un párrafo de René Rodríguez Soriano, una de cuyas frases (Palabras como agua) le da título al libro:

Ya lo he dicho con sobrada recurrencia: me gustan, me seducen, me sacuden, me enternecen y destornillan las palabras; soy débil por ellas. Sobre todo, por su tableteo o el rítmico bailoteo con el que brotan del teclado o de los escaparates y botellas al mar. Juan Carlos Mieses lo sabe. Las manipula. Arteramente, con alevosía y asechanza, las articula y las echa a andar como luciérnagas o como dardos. Flechas veloces, encendidas. Cuneiformes, voraces, seductoras y cáusticas. Cautas y atrevidas. Palabras como agua, fuego, luz, resistencia y andar. Caminos y aguaceros.

Como Juan Carlos Mieses piensa que “Los libros, si tienen algo que decir, lo expresan ellos mismos”. dejaremos que el libro se presente a sí mismo y transcribiremos algunas de las respuestas del autor a las preguntas de sus entrevistadores:

A propósito de las influencias: 

Las influencias. Ah, hay que hablar en susurros. Son inevitables. Las palabras, los conceptos, las curvas melódicas, las asociaciones nos llegan de segunda mano; tienen la huella de otros que nos han ayudado a ver la realidad de cierta manera y a los que debemos agradecer. Te puedo decir que descubrí la poesía con Rubén Darío. “Sus aires suaves, sus pausados giros”, encendieron una llama en mi alma de adolescente que aún perdura. Whitman me mostró que la poesía está en todas partes y sobre todo en ti mismo, Borges con [un] rigor a lo Quevedo nos recordó que los grandes conceptos no son ajenos a los poetas. Hay otros, Avilés Blonda y su gusto por los infinitivos, Franklin Mieses y su musicalidad arrebatadora…

A propósito del tiempo 

El paso del tiempo me intriga. Si para el intelecto el pasado funciona como herencia palpable, dinámica; algo que podemos medir, observar, manipular… para la conciencia de un individuo es sólo una realidad probable, tan presente como cualquier otro hecho-recuerdo, ajeno o personal, del que tengamos experiencia. Todo hecho histórico está tan cerca de mí como el día de ayer, o la paloma que acaba justo de pasar cerca de la ventana.

A propósito de los viajes:

Viajar me ha permitido visitar universos intemporales. Cuando nos desplazamos no sólo lo hacemos en la Geografía, sino también en la Historia, en la dimensión lingüística, en la diversidad cultural, en el espacio vital del Otro. También nos alejamos de lo que hasta ese momento era nuestro pequeño mundo personal y curiosamente es entonces cuando lo vemos con ojos nuevos. Cuando el Hombre llegó a la luna por primera vez, lo primero que se presentó a sus ojos asombrados, girando en el espacio como un azul y esférico milagro, fue ese gran planeta que era su hogar, la Tierra.

Apropósito de Drácula: 

En los últimos veinte siglos, la zona de influencia cada vez más amplia de las renovadas ruinas del Imperio Romano, se ha visto definida por un fenómeno cultural sin paralelo en la historia: el cristianismo. Sus conceptos de individualidad, de libertad, de igualdad, de bondad, de dicha, de redención, de promesa de vida después de la muerte, han sido el fundamento de la llamada civilización occidental y de sus hechos más significativos. Cristo es la representación humana de esta civilización. Más que un hombre, solía decir Avilés Blonda, [Cristo] es un estado espiritual. Es normal que tal paradigma tenga su sombra, su anticristo. Si en la religión es la Bestia, en la literatura, en mi opinión, es Drácula. Yo no sé si Stoker estaba consciente de ello cuando creó al personaje, pero no tengo la menor duda de que la fuerza de su vampiro y su influencia en el inconsciente colectivo proviene de esa relación. Todo los une y los separa al mismo tiempo. Las promesas de eternidad, que en ambos requieren el paso por una misma puerta: la muerte; el vínculo de la sangre, que en uno es un ritual divino para la supervivencia del alma y en el otro una perversa necesidad del cuerpo; el uno es la luz, el otro la oscuridad; hacedores de milagros, uno camina sobre las aguas, otro vuela con alas bestiales, a uno lo anuncian ángeles y reyes, al otro los orates y las ratas; uno asciende hacia el cielo, otro baja a las profundidades de la tierra en las noches; a uno lo señalan las estrellas, al otro las tormentas; uno es el cordero y el otro el lobo; uno promete la vida eterna y otro sólo una no-muerte sin final. No es de asombrarse que el conde Drácula, sobreviva las edades y las modas. Una acotación: he notado que la descripción de las facciones del conde [Drácula] contiene los mismos rasgos que se le prestan al rey Atila, percibido en la imaginación popular, víctima aún de la propaganda del Imperio [Romano], como un anti-cristo capaz de volver estéril la tierra con sólo pasar sobre ella.

A propósito de Rubén Darío:

Pienso, como afirmaba Borges de Oscar Wilde, que Darío siempre tiene razón, y que bajo su festiva apariencia se abren grandes abismos de certezas. Darío es un poeta y los poetas poseen la virtud de los verdaderos magos; aunque no se lo propongan muestran –en cada sorprendente paloma, en cada verso hasta entonces inimaginado– el aspecto más fundamental de la vida: su lado milagroso. ¿Cómo no ser sensible a aquella declaración de Poesía, que requiere del cariño de las niñas princesas, cisne hecho de perfume, de armiño, de luz alba, de seda y de sueño? Concepto – sentimental, sensible, sensitivo – que se nutre y se define en los telúricos dominios de los sentidos, y en los vuelos del alma. ¿Cómo no admirar ese caballero casto, puro, celeste, animoso, que sobre el lomo de Pegaso cabalgaba sobre letanías como un nuevo Fernán González muy siglo dieciocho y muy antiguo y muy moderno, audaz, cosmopolita, buscando, en el cinto la espada y en su mano el azor, un beso que bien valía otra Castilla? ¿Cómo no apreciar ese ser en cuyo interior cantaba una alondra, promesa de un verso, de una perla, de una pluma y una flor? ¿A ese hombre tímido que como Franklin Mieses seguía siendo un niño atrapado entre verdades? ¿A ese poeta, siempre y a pesar del tiempo terco, en busca de amores que eran pretextos de sus rimas, fantasmas de su corazón? ¿Cómo no escuchar, cuando sopla un aire suave de pausados giros, galantes pavanas, fugaces gavotas o la risa cruel y eterna de la divina Eulalia, acaso la última de sus princesas inaccesibles?

Sobre la génesis de la poesía:

Siempre he soñado con preguntarle a San Agustín en qué pensaba Dios cuando flotaba sobre la Nada, justo antes que, con una espada de luz, una palabra reluciente abriera las aguas bajo las aguas, y siempre he soñado el sueño de un San Agustín que me responde: “en un punto”. Entonces imagino a Dios, como un griego infinito, prolongando aquel punto hasta hacer una recta, desplazando esa recta sobre si misma hasta convertirla en un círculo que a su vez gira y se transforma en esfera, y lo veo, eufórico, feliz, providencial, temerario, creando átomos y mundos y universos sobre aquel arquetipo de perfección, y finalmente al hombre en una osada y sorpresiva inspiración del sexto día. Más que ritmo, melodía o imagen, ese punto, ya estalle en explosión generadora, ya se transforme en un génesis de siete días, es espacio de partida, modelo de creación, es un blanco ideal para una flecha, que como la del arquero eleático, no terminará nunca de llegar. “Todo pasa y todo queda” y ese pasar nos define en una vida que es muerte a cada instante, en una muerte que nos precede y asegura en nosotros su propio porvenir.

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JUAN CARLOS MIESES. (El Seybo, RD, 1947). Estudió Letras Modernas en la Universidad Toulouse Le Mirail, Francia. Entre sus publicaciones destacan: Flagellum Dei (1985), Gaia (1991), Desde las Islas (2001), El día de todos, (2009), Las palomas de la guerra, (2011), Caminos sobre la mar (2015).

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