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Alex Ferreras, poesía y denuncia

CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO [mediaislaHace algunos años, Alex Ferreras descubrió que la poesía podía ser el refugio propicio ante las miserias de la existencia, y se dio a la tarea de elaborar, a la vieja usanza de los escritores modernistas, un jardín interior de rosas sintácticas. 

Hambre de silencio

Si bien Alex Ferreras pormenorizaba en su primer poemario, Los lamentos de Lázaro (2004), los degradantes efectos de la corrupción en la sociedad dominicana, en Hambre de silencio (2012) esta denuncia adquiere una dimensión más amplia. Ya no se trata tan solo de señalar con el índice los males particulares que aquejan a los dominicanos, sino de evidenciar que estos responden a una situación mundial de deterioro ético. Todos los equívocos de la patria de Duarte pueden extrapolarse sin dificultad y aplicarse a otras latitudes.

El tono sombrío, las derivaciones hacia la melancolía o la elevada angustia existencial que tejían los poemas de Los lamentos de Lázaro, se acentúan en Hambre de silencio, hasta alcanzar una dicción en ocasiones lúgubre, manifiestamente pesimista, en la que la duda, la nada, el infierno, los sueños rotos o la muerte se convierten en paradigmas. Tal poderosa presencia tiene el efecto de proyectar un microcosmos lírico marcado por la desolación, el desánimo y la frustración, en el que el poeta atraviesa un desierto espiritual, a ratos cementerio, otras veces laguna pestilente o infierno dantesco.

Dentro de este asfixiante espacio, la figura del vate funciona a la vez como testigo y notario, y elabora el inventario de los errores —y horrores— de la actualidad: la podredumbre en que nos consumimos, las hondas mentiras propagadas por las ideologías, los silencios cómplices de los dioses —y del Dios cristiano—, la guerra, los crímenes y la violencia generalizada. En definitiva, el mal; ese horrible sentimiento que lucha de manera insistente contra la bondad y la belleza.

Ante el espectáculo de la muerte todopoderosa, el poeta asume, clarividente, una posición de resistencia: “Me niego a escribir / en las mutiladas páginas de la historia. / Ninguna pluma debe tener por tinta / tanta sangre derramada / en los dominios del tiempo” (31). Anhela, asimismo, frente a la “noche afanosa” (sin duda, una de las imágenes mejor logradas), un poco de silencio, ese silencio eterno de las esferas que Pascal cantó amedrentado por la zozobra metafísica.

Ese silencio, que es hambre y a la vez anhelo de transcendencia, confiere a estos poemas su más preclara dimensión lírica: “Tengo un hambre de silencio / que se propone atravesar / hasta el sueño nunca soñado” (37). Empresa en el fondo quimérica; ardiente deseo de soledad que sólo en la escritura poética alcanza alguna concreción.

Abundan en Hambre de silencio las preguntas sin fácil respuesta, la modulación desgarrada y el ahondamiento de la tristeza, vinculada al intimismo que Di Pietro detectaba en Los lamentos de Lázaro («Un prólogo para Lázaro», 13). Por ello, resulta, a mi parecer, inadecuado desde un punto de vista temático el discreto homenaje a la figura del comandante Hugo Chávez que cierra el poemario, sobre todo si se tiene en consideración el duro cuestionamiento al que son sometidas las ideologías en poemas anteriores. Hambre de silencio concluye, en realidad, con el poema 25, y lo hace con una larga pregunta, a la que únicamente el silencio puede responder. Un silencio elocuente.

Las versiones al inglés de estos poemas, realizadas por Giovanni Di Pietro, sobrepasan la mera traslación y en muchas ocasiones enriquecen los textos originales, aportando matices que invitan al lector a la reflexión y le hacen revisitar los poemas con un sentido crítico más aguzado. 

Mi palabra: refugio y combate

Hace algunos años, Alex Ferreras descubrió que la poesía podía ser el refugio propicio ante las miserias de la existencia, y se dio a la tarea de elaborar, a la vieja usanza de los escritores modernistas, un jardín interior de rosas sintácticas. Fue cultivando con paciencia sus plantas; las vio crecer y elevarse por encima del muro de la sinrazón. Su poesía se fue poblando de frases exquisitas, pero en medio de esta belleza persistían las espinas que, con sus afiladas lanzas, perturbaban la delicadeza de los crepúsculos.

Bajo el influjo de este malestar, Ferreras escribió poemas de tono combativo y aguda crítica social. Pronto, empero, se percató de que sus versos constituían mecanismos inadecuados para denunciar los desmanes de los políticos, la doblez moral de los intelectuales y las insondables corruptelas nacionales.

A partir de ese momento, Ferreras concentró sus esfuerzos en el ámbito de la prensa, y fue desgranando en las páginas del periódico digital El Día la serie de reflexiones que integran Mi palabra: refugio y combate. De la poesía como refugio a la trinchera de papel; he aquí la trayectoria seguida por Ferreras.

Sus escritos periodísticos se caracterizan por la diversidad temática. En ellos encuentran acomodo asuntos tan disímiles como el problema haitiano, el nacionalismo y la identidad cultural dominicana, Duarte y su calvario político, el racismo y la xenofobia, los efectos de la migración, o la consideración de los valores patrios, abandonados en la actualidad. A estas preocupaciones se añaden comentarios sobre asuntos religiosos y filosóficos y reseñas de libros.

Mi palabra: refugio y combate configura un pensamiento que no rehúye la polémica ni el ataque directo cuando se abordan asuntos de índole política. Tal vez sea este su vertiente más debatible, por su desmesura y parcialidad ideológica. En todo caso, esta es una apreciación que ha de dirimir el lector.

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CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Es autor de los libros La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria (2002), La transición a la democracia en la novela española (2006), Diccionario personal de literatura dominicana (2010) y La isla letrada (2011)

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