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Diálogo y silencio

FIDEL MUNNIGH [mediaisla] Si tuviese que elegir entre la historia y la literatura, no vacilaría un solo momento: elegiría la literatura. Ella me sabe más libre, más rica, más esencial, más del lado acá de nuestras verdades permanentes. 

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La escritura es la memoria de la lucidez. “¿Por qué hay el ser y no más bien la nada?”, se pregunta el filósofo. “¿Por qué las palabras y no más bien el silencio?”, se podría preguntar el poeta. Las palabras, meros simulacros de realidad, no son nada o casi nada, y más allá de ellas está la Nada o el silencio. Sin embargo, el escritor se aferra a esos simulacros. El poeta es aquel que acepta consciente el desafío de las palabras.

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El diálogo que somos. Tendríamos que preguntarnos si aún somos un diálogo. En los orígenes, el espíritu y el mundo sellaron un pacto de unidad y armonía. Desde entonces somos un diálogo, al decir de Heidegger sobre Hölderlin, que consiste en nombrar a los dioses y llegar a ser el mundo en la palabra. Por alguna razón, en el tiempo, un día se quebró el antiguo pacto entre espíritu y mundo, y entre ambos se abrió un abismo insondable. Se consumó la ruptura y el diálogo quedó suspendido. La culminación de este proceso es la lucidez, que viene ser conciencia de aquella ruptura (Cioran). La tarea de la poesía es restablecer el pacto roto entre el mundo y la palabra (Steiner). El sentido profundo de la obra de arte es aquel que la poesía ha revelado lúcidamente, a saber: fundar, o reanudar, el diálogo entre el hombre y el mundo (Paz). De ahí su estrecho vínculo con la religión, que reanuda la relación dialogante del hombre con Dios. Contribuir a restablecer ese diálogo roto es, pues, misión esencial de la poesía. A esto le podríamos llamar la “función extratextual” de la literatura. Función del texto que, al revelar en primer lugar al hombre y al mundo (al-hombre-en-el-mundo), se revela también a sí mismo como texto. Sin referencia a este diálogo revelador, un texto, cualquier texto, carece por completo de sentido.

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Es curioso cómo nos constituyen antinomias casi insolubles: eternidad de Dios, temporalidad del hombre; finitud del sujeto, infinitud del lenguaje; perennidad del texto, provisionalidad del comentario. Todo comentario es contingente; sólo el texto es verdaderamente necesario. En el capítulo “Visita a la catedral”, de “El Proceso”, Joseph K. se encuentra en el templo con un sacerdote, que le dice respecto a un texto de la ley: “El texto es perenne y los comentarios suelen generalmente reflejar la impotencia para abarcarlo de los comentadores”. Y, a propósito de las interpretaciones kafkianas, Borges comenta: “El pleno goce la obra de Kafka –como el de tantas otras- puede anteceder a toda interpretación y no depende de ellas”.

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Ciertos textos de ficción tienden a ser mal leídos y peor interpretados por lectores y estudiosos. Es el caso de las novelas históricas (ejemplo de hace unos años, “La fiesta del chivo”). Los historiadores exigen al escritor total fidelidad a la “verdad histórica”, rigor y objetividad, adecuación total de la imaginación del autor a los hechos históricos tal como sucedieron. Incurren en el error de leer una novela histórica como si se tratase de un texto de historia, de leer ficción con la misma actitud lógica y racional con que analizan los textos históricos. Se obsesionan con la “verdad” de la historia. Pero esta lógica de los textos es errónea. Como si la vida de un ser humano bajo una dictadura se pudiera atrapar en una serie de hechos sujetos a registro y verificación, o como si sólo hubiese una Historia objetiva, suprapersonal, y no historias individuales, de por sí imposibles de conceptualizar. En general, se olvidan de las características propias del género, las licencias que el autor de ficciones se permite, las leyes de su propio dominio. En realidad, sólo habría que respetar el criterio de “fidelidad a la naturaleza humana”.

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La estética, desde sus comienzos, plantea la relación entre verdad y ficción, por un lado, y entre poesía e historia, por el otro. En su “Arte poética”, Aristóteles aborda con rigor estas cuestiones. La poesía es superior a la historia porque es más profunda y filosófica, más universal. Junto a los conceptos de “mimesis” y de “catarsis”, aporta también una teoría de la probabilidad. La diferencia entre el historiador y el poeta, nos dice, no radica en que uno escribe en prosa y el otro en verso, sino en que el historiador narra los hechos como sucedieron y el poeta los narra como pudieron o debieron haber sucedido, probable o necesariamente. Así, introduce en la discusión una categoría nueva: la probabilidad. El reino de la poesía es entonces el reino de lo probable. Por eso, aclara que la prueba de veracidad o verosimilitud (que no de verdad) de los personajes dramáticos es cómo se comportaría, probable o necesariamente, una persona de ese tipo en circunstancia dadas, no lo que realmente hicieron según lo que nos cuenta la historia. Así, en lugar de mistificar héroes o villanos de la tiranía trujillista, lo que deberíamos preguntarnos es cómo pudieron o debieron comportarse aquellos personajes de la historia frente a determinadas circunstancias.

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La relación entre el lenguaje y la historia es estrecha. El lenguaje –lo mismo que el arte- carga con todas las contingencias de la historia, su fuente de alimentación, en la que se enraiza profundamente: nace de ella, la expresa, la promueve y la trasciende, y, muchas veces, se hunde y degrada con ella. La degradación de la historia trae consigo fatalmente la degradación del lenguaje y la del propio ser humano. Si la historia tiene la realidad atroz de una pesadilla, como observa Paz, el mérito de la literatura radica entonces en transformar la materia de ese sueño horrible en libre creación (la “pulchritudo vaga” kantiana). La novela, al igual que la poesía, pertenece al reino de lo imaginario, de lo irreal, no al de lo real o lo históricamente comprobable.

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Si tuviese que elegir entre la historia y la literatura, no vacilaría un solo momento: elegiría la literatura. Ella me sabe más libre, más rica, más esencial, más del lado acá de nuestras verdades permanentes.

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Si por algún motivo jamás llegara a reanudarse el diálogo roto entre el hombre y el mundo, estaríamos irremediablemente perdidos. El espíritu se hundiría en un silencio total, que no sería el silencio místico del contemplativo, ni tampoco aquel “silencio eterno de los espacios infinitos” que hacía temblar de emoción y espanto a Pascal, sino uno distinto, terrible, feroz: el silencio del extrañamiento más absoluto de quien, abismado en el vacío, ya no puede comulgar con nada ni con nadie, ni con el universo, ni con Dios, ni consigo mismo.

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FIDEL MUNNIGH Santo Domingo, 1962. Filósofo y escritor. Doctor en filosofía por la Universidad Carolina de Praga, República Checa. Profesor adjunto en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Traductor. Colabora para diversos medios, impresos y digitales. Autor de los libros de Huellas del errante (2002), La memoria incautada (2007), La condición rebelde (2010) y Pensar la imagen, pensar la mirada (2017).

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