«Las ceremonias de la angustia», un abanico de sinceridades furiosamente humanas Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Visiones » «Las ceremonias de la angustia», un abanico de sinceridades furiosamente humanas

«Las ceremonias de la angustia», un abanico de sinceridades furiosamente humanas


YAMIL SAMALOT RIVERA [mediaisla] La voz poética de «Las ceremonias de la angustia» es todo menos egoísta con sus quereres; nos comparte su angustia dejándonos, digámoslo de una vez, un sabor a sublime ardor de vida.

La única angustia que atraviesan los textos poéticos de Ceremonias de la angustia, nuevo libro de Edgardo Nieves-Mieles parece ser la de la fuga del tiempo o, aún mejor, de las querencias que se tejen en el tiempo y van difuminándose por la vida. Entonces el poeta es un nuevo San Jacobo que sufre la pasión del desmembramiento de sus amores más fundamentales, constitutivos de su yo. En el poema “Esa vida que no cabe en las palabras” dedicado a sus hermanos, lo revela sin ambages:

Pero hoy, he caído en la cuenta de que domesticar
tantos recuerdos no es lo mismo (pero es igual)
que someter a obediencia nuestros deseos más mezquinos.
Sí, los recuerdos, esa demasiada sangre
desbordando de vértigos el estanque de mis venas.

La brújula epistemológica de esta angustia, nos las dan los 6 epígrafes con los que abre el texto y aún uno más, el primer poema de la colección titulado “Casillero del saque, 2 (Inscripción en la piel de una pared). Estos epígrafes: tres de poetas mesoamericanos; los mexicanos Alfonso Reyes y Eduardo Langagne, así como el guatemalteco maya-quiché Humberto Akabal; uno de un canto navajo, otro del lusitano de todos los tiempos Fernando Pessoa y, finalmente, del bardo boricua “El Topo”; invocan las angustias por la realidad efímera que ya preconizaba el presocrático Heráclito de Éfeso, con un dolor hondo como el de la “cicatriz abierta en el pecho [en] un hombre que duerme sobre las vías del tren”, según Langagne.

Edgardo Nieves-Mieles ha querido considerar estos textos poéticos como “ceremonias”, en las que somete a hachazos sus recuerdos para ofrecernos una existencia, la suya, hecha de abuelos, padre, madre, hijo, hija, gatos, pueblo, cultura y laborío de la palabra. Si el gran teórico del género de la autobiografía, el filósofo francés Georges Gusdorf, nos dijo que el contexto cultural en el que puede surgir esta construcción textual es el individualismo, la voz poética de Las ceremonias de la angustia es todo menos egoísta con sus quereres; nos comparte su angustia dejándonos, digámoslo de una vez, un sabor a sublime ardor de vida.

Casi la mitad de estas ceremonias parecen fotos sacadas al azar de un baúl de recuerdos para autobiografiar su álbum de familia. De hecho, contamos con varios “Retratos”: con Iglesia al fondo, “Infancia con cabras”, uno “de Familia” así como un “Autorretrato con oreja cortada”, jugando con la imagen de otro neerlandés como el del vitral de la portada, el gran Van Gogh. Hay seis entradas de “En el diario de un poeta”, así como los números 8, 12 y 13 de “Persistencia de la memoria”, mientras que de “Acerca de la mirada retrospectiva del cangrejo”, el 1 y el 2. Del poema “Arcano” solo tenemos el número 12, de “Celebración de lo inesperado” el número 1, así como de “Casillero del saque”, apenas el número 2. Siendo ésta la segunda edición de su versión del 2011, ahora revisada y aumentada, este poemario aparece hecho de retazos de la nostalgia y de la gana más pura.

El profuso poema “Desde esta cuadrúpeda, puntual y eterna silla, casi el paraíso” nos invita a tomar la perspectiva, sino apropiada, al menos pertinente, para otear junto a la voz poética, el escenario añoranza paternofilial, vital y hasta erótico, de Las ceremonias de la angustia. La voz poética se ubica, describiéndose:

Yo, buen cristiano y mejor pagano,
estoy sentado encima del olvido.
Viento, frío y silencio cubren mis más obvias flaquezas.
Con la paciencia de Darwin, quien pasó 25 años
de su vida estudiando las lombrices de tierra,
a regañadientes intento tejer un poema sin ornamentos.
Desnudo como una piedra.
Redondo como el ojo del buey.
(Sorry, you’re right, but I’m left!).

En este álbum de amarillentos poemas se entrecruzan dos caminos nostálgicos paralelos. Por un lado, se nos ofrece el hambre punzante de la presencia nutricia de la progenie originaria ya perdida, unida a la saudade por ese niño fundacional que se otea en lo profundo de la psiquis adulta. Aquí el nombre del Padre no crea poesía por restricción; desafiando a Lacan, su resucitación en la memoria del poeta crea los espacios más vivos para la palabra. El rescate del padre va hasta los tíos y los abuelos, eso sí, sin dejar jamás una ilustrada intertextualidad que enlaza de manera esencial vida y literatura. De este modo, los poemas “Abuelo y el mar (Desde el hotel de su rincón) dedicado a los tíos maternos y “Rocinante pierde el camino o A peseta las esperanzas” que se escribe “a la memoria de güelo Pedro” dialogan en una dúplice melancolía por los ancestros de sangre y los de letra como Hemingway y Cervantes. Esa anagnórisis angustiosa del adulto memorioso y el niño añorado, como en el poema “Toda pelota perdida en la niñez sigue rebotando en la nostalgia” (número 8 de la serie “Persistencia de la memoria”), nos revela que “desea tener alas para volar adonde viven sus abuelos”. Sin embargo, esta zozobra se celebra con arte que, en el caso de este poema, incluso transmuta los juegos de edición en la página del texto, en un poema alterno, casi apofático, pero que expresa con fuerza el rebote de esa pelota perdida en la niñez:

Misterio
Alí Babá
Guaraguao
carne.
Abuelos
Color
bajar del árbol.
ahora grita:
llenos de tan jugosas acerolas!

Y así como se juega con añoranzas familiares y mitos literarios, la voz poética confesa de Edgardo Nieves-Mieles, recrea ambientes bucólicos puertorriqueños en un gesto arcádico pero dicharachero. He aquí, por ejemplo, esta bellísima estrofa del poema a güelo Pedro:

No empece
a que el silencio nos vende
a peseta las esperanzas
de poder dormir bajo el sol
entregados al descanso
como un aguamanil
de aguas recién llovidas
para entonces paladear
con los ojos cerrados
toda la ternura genital
del mar y las ciruelas moradas;
este domingo,
como es la costumbre
de todos los años,
Rocinante perderá el camino.

Pero esta nostalgia del pretérito no se da apenas por la línea paterna. La presencia de la Madre que se ha ido incluso por el mal terrible del Alzheimer, genera una y otra vez al poeta siempre que fue ella quien dio vida y palabras a la voz poética que se mantiene en el mundo de los vivos precisamente por la gestión de la poesía. Otra vez, ese monumento que representa el poema “Esa vida que no cabe en las palabras” es el que reseña la presencia de lo materno-poético. En este caso, la voz poética nos narra el encuentro con un sacramental que desata toda una miríada de imágenes de la infancia a los pies de la madre que enseña las primeras letras el niño. Se trata de una loseta que formaba parte del suelo de la casa donde se creció: fue en esas losetas donde el poeta recibió de su progenitora un alfabeto hecho a manos con retazos de cartón. Momento crucial del nacimiento del letrado, hace un símil cuasi sacerdotal, parangonando la piedra de la loseta y todos sus significados poderosos con la piedra petrina que edificaría la Iglesia de Cristo:

(He ahí la génesis de esta camisa almidonada de tinta y sudores.
De esta yedra veloz y fértil enraizada en mis más fidedignos
órganos para que jamás me falle la tonada.)
Acurrucado sobre el suelo
ahora vestido de promesas y entusiasmo,
con mi diestra madre guiando mis torpes afanes,
adentraba los estambres que coronan mi mano zurda
en la regia galaxia de signos.
Batía mis alas de aprendiz.
Hilaba mi rosario de balbuceos
y bordaba aquellas primeras sílabas de lo que sería
mi más preciado instrumento de sobrevivencia.”

Por otro lado, Las ceremonias de la angustia revela la anagnórisis entretejida por los propios trazos de paternidad del poeta que, en el desempeño afectivo de su propia gestión, nos revela el diario de su vocación poética. Noelia y Gabriel Alejandro son presencias poderosas y descansos en esta liturgia de angustias. Forman parte de los “diarios de un Poeta” que llenan estas “ceremonias”. El número dos de esos diarios, la voz poética narra un día común en el que se persigue a la lectura, fluyendo por esas horas Borges, Rulfo y Vargas Llosa. Allí la voz poética recibe precisamente del afecto infante de su Noelia de poco más de dos años el laurel que esta paternidad poética necesita: “Regreso al sofá y me dispongo a zambullirme en el espejo de tinta. Mi pequeña Noelia se allega y me planta sobre la crisma una improvisada aureola. ¡Y pensar que apenas tiene 27 meses de andar por la casa felicísima y ajena a los peligros que acechan detrás de las puertas del ya no tan ancho ni tan ajeno mundo de las letras!”  Con la misma alquimia, en “De cómo el Poeta le enseña a su pequeño Gabriel Alejandro lo peligrosa que en ocasiones puede resultar la belleza” (largo título, casi una estrofa del corto poema que sigue), la voz poética mezcla afecto paterno e ideario estético:

Eso que se mueve con lenta y silenciosa gracia.
Eso que alegra la vista con tan bella combinación de colores.
Eso que ves tras los fuertes barrotes,
hijo, eso es un tigre.

Y el amor a la esposa no puede escapar a un poemario como este. Pasión que, en el múltiple arco de registros que atraviesan estas “ceremonias”, se teje también con alegórico lenguaje bíblico. Sí, hay también oraciones en el texto de Edgardo Nieves-Mieles. “Al Señor Propietario del Universo (Súplica a la manera de David, rey de Israel) es una plegaria a todos tiempos se suplica a Dios por la compañía certera de la mujer y la bienandanza de toda la familia:

Inclina hacia mí tu oído y escucha la voz de mis ruegos
cuando clamo a ti, oh, Dios;
cuando alzo mis manos hacia tu santo trono.
Sacia de bien mi boca;
pasa carbón ardiente por mis labios
para que, con tu sabiduría,
pueda siempre expresarle a mi esposa
cuánto le amo; cuán virtuosa, inteligente,
noble, buena y hermosa es como ninguna otra
ante el agua que tiembla
en mis enamoradas pupilas.

Si una ceremonia, por definición, es una liturgia que celebra, la angustia que este poemario de Edgardo Nieves Mieles ritualiza es la del deseo por rescatar el sí mismo de sus querencias ancestrales con un abanico de sinceridades furiosamente humanas.  El poeta, como sumo sacerdote de su propia infancia y juventud, transubstancia canicas, circo, James Dean o Marilyn Monroe, un café, un jardín o la sólita silla y el balcón con golondrinas, altos algarrobos o bermejos flamboyanes, la gula de acerolas, y hasta al campanero de la Iglesia del pueblo, en una melancolía de poemas de subida belleza lírica y sobreabundante candidez emocional. En este regreso del héroe a sus recovecos más suyos, esta ceremonia nos ofrece plegarias, visos enamorados y eróticos, confesiones terriblemente tiernas, desvelos del amor filial hasta la muerte.  Con diálogos casuales, poemas cortísimos, títulos sobreabundantes y narraciones profusas escanciadas de lirismo, esta fiesta de nostalgias por la vida familiar desemboca en lo que uno de esos versos perentorios de estas “ceremonias de la angustia” afirma contundentemente:

Ese soy. Ese es Edgardo Nieves Mieles
y le sonrío siempre dándome ánimo.

Definitivamente, hemos de acercarnos aquí, descalzos y reverentes, ante un yo poético desnudo que despliega, apasionado, su vis más delicada y divina.

__________________________

YAMIL SAMALOT-RIVERA. Natural de Isabela, Puerto Rico, profesó como religioso de la Orden Dominica en 2002. Se doctoró en Estudios Luso-brasileños en Brown University (Providence, RI) con una tesis sobre el desarrollo eclesial durante el período colonial brasileño como tratado por la ficción postmoderna. Actualmente es catedrático auxiliar en portugués en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.


Leave a Comment

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top