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Las mujeres de Macías o las caras de Eva, en «Del barrio las vecinas»


La poesía nos hace tocar lo impalpable
y escuchar la marea del silencio cubriendo
un paisaje devastado por el insomnio
Octavio Paz 

MARÍA MERCEDES JARAMILLO [mediaisla] Las mujeres de Macías son las caras múltiples de Eva, aquella que sufre en un país desgarrado y descompuesto socialmente. Un libro que les da una voz a los personajes más invisibles de la sociedad colombiana actual: las mujeres del vecindario. 

En Canción del Barrio, la palabra denunciante aparece en escenas que no podrán ser tachadas como un despilfarro narrativo, por el contrario, éstas se toman el tiempo justo para insinuar la situación política, social y emocional de Colombia en la actualidad.

Macías descorre el velo de una realidad ignorada por muchos y conocida por pocos. A la manera de un viaje, el autor nos embarca en una experiencia que, a diferencia de la literatura canónica, no tiene soluciones posibles. Los conflictos de este sector social no tienen salida y no hay ninguna voz de aliento que sirva.

Precisamente Macías alude en su libro a esta desesperanza total e impotencia. Tanto su prosa, como su poesía muestran el profundo desencanto de la vida y el peligro de confiar en el futuro.

El destino de los colombianos que habitan las zonas marginales del país se exhibe en esta obra de manera auténtica y sin la mirada “ajena” que desconoce la axiología detentada por este nuevo tipo de comunidades. Este tipo de mirada externa ofrece juicios que Macías no pretende enunciar, ya que su obra tiene horizontes que rebasan la mera curiosidad.

Por muchas razones, la obra de Macías refleja la realidad de la mujer colombiana que habita las zonas económicamente deprimidas. Un caso es Amanda está lavando, en el cual se muestra el monólogo inocente de una empleada de servicio, quien cuenta su vida, mientras lava la ropa de otras personas. Con gran simplicidad, la primera voz se desencadena con la agilidad de un pensamiento para ofrecer al lector una amalgama de recuerdos y sueños rotos.

Como lo ha expresado María Mercedes Jaramillo: “La novela recrea las terribles circunstancias de las trabajadoras domésticas que inician su vida laboral en la infancia, crecen sin afecto, sin educación y sin recreación” (Jaramillo, 17). Esta ausencia de posibilidades en la vida de Amanda genera un ser alienado que vive en la inopia, se reproduce sin intención y que se encuentra anestesiado por los acontecimientos.

La Iglesia, el Estado y la familia, como células de la sociedad, han fallado y quizá, no han intentado hacer nada. Al carecer de recursos, Amanda debe dedicarse a trabajos básicos por los cuales no es remunerada y su vida completa se reduce a lo que se pueda hacer cada día.

Sin embargo, el tratamiento que se hace de los personajes no da cabida a juicios maniqueístas. Amanda es una mujer que vive y canta, lava y ama, procrea y abandona, peca y reza, todo al mismo tiempo, como cualquier otro ser humano.

De esta forma, vemos que este personaje no llega a mitificarse, sino que se mantiene en una esfera muy humana. Este fenómeno acusa la presencia de una narrativa fresca que no pretende instaurar ningún ideal.

En Del barrio las vecinas (mediaisla, 2017), nos encontramos con un álbum de retratos femeninos. Graciosamente los nombres se disponen en este libro a manera de aperitivos que dan cuenta de la naturaleza de los poemas. La obra se abre con una “invocación-oración” a “María”, en la que se hace uso de un lenguaje eminentemente religioso “En ti se gesta el nuevo espíritu (…)” “Abrigo y sosiego” (Macías, 141).

Vale anotar también, que el narrador se refiere a un libro en el que está escrita la verdad, el referente es quizá tan inmediato como el libro que estamos tomando en nuestras manos u otro tipo de libro. En todo caso, se confirma el carácter sagrado de la escritura, debido a la solemnidad del poema. El tono místico de este poema es una remembranza de las letanías introductorias al ritual religioso.

El segundo poema es “Eva” la mujer primigenia, dadora de la vida y primera pecadora, dentro de la tradición cristiana. Este poema contiene a los demás poemas de la serie y explica la multiplicidad de la mujer, al mismo tiempo que confirma su unicidad.

Macías resuelve esta aparente paradoja en un verso: “en cada una todas/ y en todas una sola soy” (Macías, 142). De esta forma, la mujer alcanza la estatura del fénix que renace de las cenizas. Esta conjunción entre la mitología griega y la tradición cristiana otorga una increíble fuerza narrativa al poema.

Después de esta introducción, encontramos treinta y ocho poemas más. Para decirlo con Jaramillo: “Cada poema o cuento tiene un propósito definido: concluir una historia, recrear la injusticia social, visibilizar personajes anónimos, evocar una actitud, señalar la marginación de los pobres, reflexionar sobre situaciones inexplicables en la infancia, conjurar fantasmas del pasado, capturar momentos significativos, recrear los seres amados, y sobre todo recobrar el tiempo ido” (Jaramillo, 24).

Para este trabajo, se han seleccionado algunos de los poemas de la serie que corresponden a las categorías de la multiplicidad. Si se continúa con la analogía establecida al principio, en el poema “Eva”, encontraremos que cada mujer que se presenta, a pesar de las obvias diferencias es, en esencia, una sola mujer. Esta es la paradoja de la multiplicidad y la unidad, provocada por el poema y que dará base a nuestro breve recorrido.

“Doña Felipa” (145) es un tributo a la gran matriarca, quien como cualquier mito original, sobrevive al tiempo o acaba con las formas naturales “Cuando murió Felipa en los brazos de Rocío,/con ella se murió una forma de vida” (Macías, 146). También ella es el origen y el centro del microcosmos del barrio, la que reúne y dirime conflictos, como una matriarca que es a su vez todo para los demás.

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“Carmen” (148) alude a la mujer abusada que amén de la soledad emocional, tiene que padecer la presencia de un hombre ebrio. Este cuadro es bastante conmovedor ya que muestra la soledad incompatible con las opciones de la mujer. En esta axiología, un hombre embriagado es mejor compañía que ninguno e independencia es sinónimo de soledad.

“Amalia” (149) representa a la mujer que existe sólo en virtud del hombre. A manera de letanía “dame un hombre” se convierte en el objeto del poema y de la vida de Amalia.

Tener un hombre, significa un salto en la esfera de la existencia. La mujer “solterona” eleva una plegaria que le ayude a conseguir un hombre a los cincuenta. Es muy interesante que este poema, forme parte del conjunto ya que muestra cómo la edad afecta la vida en una sociedad tan particular. Una mujer a los cincuenta no posee muchas oportunidades y, en general, las puertas se cierran.

“Paloma” (150) es el reflejo de la mujer invencible que, a pesar de su senilidad, acusa una presencia en el vecindario. También forma parte de la mujer primigenia, que recibe y da origen a todo: “La que pudo arrullar a nuestros padres”. Con Paloma, la ciudad ha crecido y como ella, ahora son irreconocibles. Esta analogía, se extiende ya que el espacio se compara con el cuerpo femenino.

“Rosaura” (152) es uno de los poemas más dolorosos de la serie, ya que ilustra la degeneración de la sociedad. La primera fase es el engaño de amor, seguido por un embarazo no deseado (que luego se repetirá) y la desilusión de un hijo que se convierte en sicario ante los ojos impotentes de su madre. El ciclo funesto termina con el asesinato del hijo por parte de la madre. Esta es una inversión del mito de Edipo, en donde se cumple la profecía de la desesperanza social y la degradación de la especie humana.

“Clara” (153) aparece como la “virgen” del vecindario, que “no ha conocido varón” y sin embargo, quiere ser mirada. Esta mirada, cumple la función metafórica del reconocimiento de otras personas, el pretexto es una taza de café.

La virginidad, es un valor a los ojos de los demás, pero una forma de inexistencia para Clara, quien no ha sido mirada aún.  Este poema posee una fuerza metafórica que encadena el fenómeno de la virginidad con la sumisión y la mirada con la rebeldía.

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“Elenita” (154) es la mujer que espera. A la manera de una Penélope moderna, que cose en una máquina (en lugar de tejer), Elenita espera a su marido quien se ha alejado en un “camión cargado”. La analogía con el relato griego de la Odisea se presenta en este poema de una manera muy sutil. A la manera de Ulises, quien se embarca en una aventura, en busca de Ítaca, el esposo de Elenita va en busca de dinero para sostener a su familia, pero, a diferencia del primero, el último no regresa. A través de las diferencias axiológicas, es posible reconocer que Ítaca tiene muchos significados en diferentes contextos.

“Ágata” es la adivina que, como la mujer del Romanticismo, se encuentra en perfecta combinación con la naturaleza y es capaz de leerla para predecir el futuro. Esta manera de ver a Ágata es semejante a la función del gurú de la tribu. “Descifré el destino de los muchachos/en el aura de sus cuerpos (…)” (161).

Esta dialéctica corresponde al pensamiento primigenio, sin embargo este pensamiento mágico contrasta con la realidad violenta de Colombia: “Ni mi más caro deseo/ robó a la muerte los muchachos, / los de alma traviesa,/ nacidos para la ligera parca” (161). Este reconocimiento de lo inevitable, la tragedia del día a día, le gana la partida al pensamiento mítico.

“Amparo” como su nombre lo anuncia, ampara y protege a los hombres de sus deseos carnales. Siendo una prostituta, Amparo recibe a los hombres que se quedan, mientras encuentran placer, para después “huir despavoridos”. (164). El giro inesperado y paradójico es que se cuentan hombres como “cuentas de un rosario”. Esta irreverencia lingüística, explica el carácter dual de este personaje. El poema se cierra con la gran revelación sobre el deseo: aquello que los hombre buscan es la animalidad que ella posee y con ellos, comparte.

“Esperanza” (166) es la emigrante, la exiliada que escribe desde la ausencia a su amiga de infancia. En esta carta, recuerda la experiencia de vivir en la gran ciudad y empezar a trabajar, para después salir del país. Esta vivencia, se añade a innumerables retratos de la vida diaria en los que, además de la imposibilidad económica, social y/o emocional de regresar se añade la impotencia al saber que el futuro no les unirá. Es el recuerdo lo único que queda y por eso: “Mi compañía es la sucesión de recuerdos” (166).

“Aurelia” (170) es la mujer enamorada de todos. De la misma forma como ella cambia de sujeto amoroso, ella recupera su amor propio. Esta esfera íntima le permite renacer como el fénix “hay uno nuevo esperando adentro/cuando voy al fondo mío” (170). Aurelia está en el claro-oscuro de la vida y su presencia es la que determina la felicidad de los demás. Este personaje establece un símil entre los hombres y los conejillos que vienen y van. Aurelia es, quizá, el prototipo de la mujer devoradora que juega con sus amores, por miedo a perderse a sí misma.

“Eugenia” (171) cierra el libro, siendo un retorno a la fábula. La inocencia prevalece en esta historia. De esta forma, su vida es también cegada. Se presta la voz, de manera que la historia puede ser narrada, aunque la vida se haya extinguido.

En este punto, es necesario mencionar el hecho de que en el libro Del barrio las vecinas existe el fenómeno de la polifonía debido a que las historias son independientes y los personajes tienen vida propia, de la cual se ofrece registro en cada poema. Las voces son muy distintas y cada una, crea su propio microcosmos. El poder poético de Macías reside en su capacidad de provocar una historia anexa o contigua en la mente del lector.

Al leer esta serie de retratos, es posible visualizar las escenas y los personajes. Otro aspecto llamativo es el uso de la economía del lenguaje ya que no existen desperdicios lingüísticos en los poemas. Cada detalle ha sido dispuesto en un diseño que se basta a sí mismo y se alimenta del papel activo del lector.

Para terminar, es necesario añadir que: “(La obra) …apunta de forma indirecta al rol del Estado, de la Iglesia y de la familia en la crisis social. Es la ausencia del Estado en la educación, salud y vivienda adecuada, lo que genera las condiciones para la criminalidad juvenil, la prostitución, el alcoholismo, la drogadicción; de otro lado, la precariedad educativa fomenta el subempleo y la incapacidad de negociar las condiciones de trabajo” (Jaramillo, 7).

Todos estos fenómenos sociales se encuentran desplegados en estos retratos de Macías como evidencia de la terrible situación vivida en Colombia. Las mujeres de Macías son las caras múltiples de Eva, aquella que sufre en un país desgarrado y descompuesto socialmente. Uno de los múltiples aspectos positivos de este libro es que Macías les da una voz a los personajes más invisibles de la sociedad colombiana actual: las mujeres del vecindario.

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MARÍA MERCEDES JARAMILLO Es Licenciada en Letras de la Universidad del Valle e hizo una maestría y un doctorado en la Universidad de Syracuse (Nueva York); profesora de la Facultad de Humanidades de Ficthburg State College (Massachusetts); en 1992 la Universidad de Antioquia publicó su libro El nuevo teatro colombiano: Arte y Política. Es coautora con Ángela Robledo y Flor María Rodríguez de ¿Y las mujeres? Ensayos sobre literatura colombiana (1991).

BIBLIOGRAFÍA

Macías Zuluaga, Luis Fernando. Del barrio las vecinas. Estados Unidos: mediaisla editores, ltd, 2017.
Macías Zuluaga, Luis Fernando. La Canción del Barrio. Medellín, Colombia: Editorial El Propio Bolsillo, 2002.
Jaramillo, María Mercedes. Luis Fernando Macías, un escritor atento a sus circunstancias. Medellín, Colombia: Editorial El Propio Bolsillo, 2002.


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