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Las musas y el museo del mundo

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Fue el museo —y lo es todavía, al menos por ahora— el palacio de las musas: el lugar en que habitan y desde el cual ejercen sus poderes divinos las varias musas. Pueden éstas ser tres o cuantas se hayan imaginado quienes las concibieron como representaciones simbólicas del insondable talento creativo.

Más que dos palabras íntimamente relacionadas, “musas” y “museo” representan concepciones culturales que, vigentes todavía a un nivel universal, se remontan a una edad casi dorada, mítica incluso, cuando el espíritu humano en perpetuo asombro de sí mismo supo reconocer sus capacidades y poderes otorgándoles el aura de lo numinoso en la alegoría mitológica de simbólicas deidades.

Fue la edad entusiasta de las creativas mitificaciones, período antiguo anterior al que lo vino a desplazar con los engañosamente amenazadores dogmas monoteístas de sumisión que propugnan trascendentalismos deshumanizadores y hablan la lengua del dominio y el poder, la de una implacable justicia del castigo.

Fue el museo —y lo es todavía, al menos por ahora— el palacio de las musas: el lugar en que habitan y desde el cual ejercen sus poderes divinos —que no son más que los de la mente humana, dígase el espíritu, que algunos llaman alma— las varias musas. Pueden éstas ser tres o nueve o cuantas se hayan imaginado —que hay diferentes versiones— quienes las concibieron como representaciones simbólicas del humanísimamente insondable talento creativo.

Originalmente las varias musas se ocupaban preferentemente de las artes del lenguaje, incluida la historia, que no pretendía ser ciencia entonces. Eran musas líricas, épicas, dramáticas; pero con el tiempo, en las edades modernas, el museo se ha convertido más bien en un espacio dedicado a las artes visuales —o bellas artes— que en la Antigüedad carecían de musas inspiradoras. Habla esta transformación del poder comunicativo de lo visual y su creciente influjo a lo largos de las edades hasta su presente predominancia y admirable riqueza expresiva.

Justificado estaría agregar a las nueve musas que la modernidad acabó aceptando como las auténticas las varias que se necesiten para inspirar formas actuales de creación que los antiguos no tomaron en cuenta o no conocían. Ya se dan por supuestas las de la pintura, la escultura y la arquitectura, aunque no se las nombre por allegadas tardías. A la musa del drama habría que añadir las de la cinematografía, la televisión y la animación; a la de la astronomía —única ciencia que tuvo su musa desde antiguo— las de las demás ciencias que, como las artes, son manifestaciones preclaras de la creatividad humana y su imaginación deslumbrante.

En el panteón —museo— de los dioses, semidioses y titanes que simbolizan el espíritu humano y su capacidad demiúrgica, hay lugar para todos: los que inspiran a poetas —creadores— de las palabras, las imágenes y los teoremas. No lo hay, sin embargo, ni nunca debería haberlo, espacio en los palacios de las musas para las divinidades y demonios de ultratumba, los fantásticos e irreales. Tienen éstos sus propios templos desmesurados, sus territorios de lo oscuro y lo confuso.

Hay actualmente museos de toda especie y son, en efecto, lugares de inspiración por eso de que la inspiración no sucede en el vacío sino en el caldo de cultivo de la cultura, de todo lo hecho hasta ahora por los creadores de ayer y de anteayer, los ancestros de la creatividad presente. Como en las bibliotecas en los museos se guarda, para inspiración y aprendizaje, la creación precedente, los antecedentes de toda creación actual. Más que monumentos del pasado son proyectos de futuro, ámbito auténtico de las musas y su energía creadora. En lo de ayer se sustentan el presente y el mañana.

Presente absoluto el de las artes y las ciencias. Presente de lo creado que perpetuamente se recrea en el momento de la contemplación, de la lectura. Por eso el museo, la biblioteca: para que el texto —documento de lo creado— exista. Cada lector, cada visitante de museo revive en el acto de mirar y leer el objeto, artístico o científico, que hasta ese momento perduraba momificado en el panteón del museo y los anaqueles. Panteón es también, por cierto, el ámbito intangible de la cibernética y sus museos y bibliotecas virtuales, sus salas de concierto, sus escenarios y pantallas, sus laboratorios y teoremas.

Y museo han de ser también las ciudades, los espacios naturales en que el ser humano ha transformado la tierra en mundo, ya sea con el surco del arado o la piedra del cerco y el dique, con el entramado del molino y el pozo, con el socavón del oro o la torre del faro. Museo el mundo en que nos movemos, inspirados de todo lo que nos rodea. Observadores del espacio, lectores de las formas y los movimientos, espectadores de la realidad heredada, la aprendemos y la vamos transformando, gracias a las voces convincentes de las musas que nos hablan al oído, hacia el futuro infinito. Inagotable proceso de la creatividad inagotable.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

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