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«Reflejos del siglo veinte dominicano», una mirada estremecedora

JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR [mediaisla] En el presente texto, el autor ofrece una apretada síntesis del contenido de «Reflejos del siglo veinte dominicano», libro en el cual realiza una crónica personal sobre hechos y acontecimientos relevantes en la República Dominicana durante esa centuria. El texto hace parte de las palabras pronunciadas por el autor durante su comparecencia en la Feria del Libro de Madrid el 00 de junio de este año. 

Estos Reflejos del siglo veinte dominicano pueden considerarse como «apuntes» sobre la economía, la política, la sociedad y la cultura dominicanas a lo largo de cien años fundamentales, que nos permitan entender lo que ocurre en los albores de otro siglo que no deja de asombrarnos por su compleja trama de situaciones y aconteceres, así como los abismos y notorias contradicciones entre tradición y modernidad, atraso y desarrollo, miseria y opulencia.

Se trata de una síntesis de un período capital de nuestra trayectoria sociopolítica, donde se recogen las palpitaciones de una sociedad que ha padecido en carne propia la irreductible anarquía del caciquismo local, díscolos caudillismos, una ocupación militar norteamericana de ocho años, una larga y cruenta dictadura que transformó por completo las instancias económica, política, social y cultural del país y degradó la conciencia nacional a niveles impensables mediante prácticas ideológicas execrables, un fugaz experimento democrático, un golpe de estado, una insurrección armada seguida de una segunda ocupación militar norteamericana, para concluir con una sucesión de administraciones que oscilaron entre la dictadura constitucional y la democracia nominal, a través de una serie de gobiernos formalmente distintos pero similares en términos ideológicos, que llevaron el populismo y el clientelismo político a su máxima expresión, con todos sus funestos resultados.

En los inicios del siglo veinte, la República Dominicana era un territorio surcado de caminos intransitables y parajes abruptos, mucho peores durante las temporadas lluviosas, sin carreteras que facilitaran la rápida comunicación entre pueblos y ciudades. Era un territorio casi virgen, a pesar de los desmontes y ciertos daños ecológicos causados por el corte de maderas y el avance de la industria azucarera. Reducidos núcleos urbanos merecían el nombre de ciudades, e incluso Santo Domingo, con sus blasones de «Atenas del Nuevo Mundo», Ciudad Primada de América y capital de la república, había mantenido su fisonomía de los tiempos de la colonia, con sus austeras casas, iglesias y monumentos de piedra construidos en el siglo dieciséis, y muy contados barrios se hallaban fuera de las vetustas murallas.

La economía del país se basaba principalmente en la exportación de los cuatro productos agrícolas tradicionales: azúcar de caña, cacao, tabaco y café, todos sujetos a las fluctuaciones del mercado internacional y los vaivenes provocados por la guerra. Igual que en otros países de la región, la República Dominicana muy pronto quedó a la sombra del creciente poderío norteamericano, que había asumido el control de nuestra economía. Su proximidad geográfica y su gravitación económica y política en nuestro país le permitieron desplazar la influencia de las potencias europeas que en el siglo diecinueve habían ejercido un gran ascendiente en nuestros asuntos internos, a través de relaciones comerciales, negociaciones y empréstitos, casi siempre onerosos a nuestra soberanía.

Podemos decir que la inestabilidad y el caudillismo han marcado la instancia política dominicana a lo largo de nuestra historia. El caudillismo, fenómeno vigente desde los tiempos de la primera república, reapareció con todo su vigor al despuntar el siglo. Así, el gallo como fiera alegoría de las facciones enfrentadas revela el primitivismo de nuestra vida política, el carácter mesiánico de los dirigentes y la irracionalidad de los seguidores. La llamada «época de las revoluciones» no fue otra cosa que un incierto período que daría pie al desembozado intervencionismo norteamericano.

La cultura dominicana en los inicios del siglo veinte lucía un perfil heterogéneo, producto de reminiscencias neoclásicas y románticas del diecinueve, con tonos cada vez más acentuados del modernismo y ecos aislados de las vanguardias europeas que asomarían con timidez en nuestro medio a partir de la segunda década. Me refiero, claro está, a las prácticas culturales de la élite instruida, en contraste con las manifestaciones folklóricas de extracción popular y raigambre costumbrista.

El flagelo de la gran depresión económica iniciada en 1929 seguía haciendo estragos en las economías de Estados Unidos, Europa y América Latina cuando, el 16 de agosto de 1930, fue juramentado como presidente de la República Dominicana Rafael Leónicas Trujillo Molina, cuyo ascenso y permanencia en el poder durante más de tres décadas constituyen dos trágicos episodios de la historia latinoamericana del siglo veinte, de graves efectos más de medio siglo después de la muerte del dictador, y que aún podemos percibir en el inconsciente colectivo y las prácticas diarias de la población. Trujillo ha sido la figura más enigmática y controversial de toda nuestra historia, y hoy, en la segunda década del siglo veintiuno, su vigencia se renueva a través de ensayos, testimonios, memorias, películas, e incluso obras de creación de prestigiosos escritores de fama mundial, lo que viene a demostrar que no todo se ha dicho y que cada día surgen nuevas evidencias del complejo tejido de su régimen y los oscuros laberintos de su personalidad.

Prácticamente desde el inicio de su régimen, la inconformidad, la disensión, la crítica y la protesta solían pagarse muy caro. La represión, el terror y el asesinato político, en vez de ser hechos irreflexivos y esporádicos fueron sistemáticos y consustanciales a la dinámica del régimen. Junto al proceso de violenta extinción de la resistencia civil, el dictador procedió a suprimir los partidos políticos opositores. En reemplazo creó el Partido Dominicano, concebido según el modelo fascista, con una desmesurada capacidad para absorber, movilizar y servir de ente aglutinador de voluntades y conciencias.

Cuando ascendió al poder, el dictador comenzó a incrementar su fortuna personal a través de la corrupción administrativa, el despojo de bienes a sus dueños legítimos, la exacción y el control directo de cuantas propiedades y negocios prósperos atrajeran su atención. El culto a su persona caló hondo en la vida nacional, invadiendo los intersticios de la conciencia colectiva. Ningún acto público podía celebrarse sin que lo presidiera, real o simbólicamente, la figura ubicua del gobernante.

Un año antes de concluir su segundo período de gobierno, cuando había exterminado a sus adversarios políticos por medios inconfesables, Trujillo pensó que podía enfrentar exitosamente, de una vez por todas, el viejo problema fronterizo con Haití, una dolorosa espina en su pretendido programa nacionalista, que se nutría de xenofobia, racismo anti-haitiano y desprecio por la vida humana. En el ominoso año de 1937, Trujillo ordenó un implacable genocidio contra nuestros vecinos, perpetrado mayormente a punta de eficaces armas blancas, los temibles machetes y cuchillos. La persecución y masacre de haitianos durante aquellos aciagos días se ejecutaron sin contemplaciones contra hombres, mujeres y niños, dejando un saldo que oscilaba entre 12,000 y 25,000 personas.

La matanza provocó un escándalo internacional de tal magnitud que sacudió los cimientos del régimen, viéndose este forzado a pagar una indemnización de $750,000.00 dólares, suma con la que se pretendió acallar la protesta general que había generado la masacre.

En 1939, los totalitarismos precipitaron la guerra en Europa. Gran parte de los más brillantes intelectuales, escritores y artistas dejaron su tierra de origen, trasladándose, en calidad de exiliados políticos, allí donde los acogiera la solidaridad de pueblos amigos. Por otro lado, como resultado de la persecución desatada en Alemania y países bajo su hegemonía durante el nazismo, llegaron a la República Dominicana varios grupos de emigrados que buscaban nuevos espacios para sobrevivir, como los refugiados hebreos procedentes de Suiza, Austria, Italia, Portugal y Luxemburgo, asentados en Sosúa, un poblado al noroeste del país, que con el tiempo se convertiría en una próspera comunidad. Así ocurrió con los millares de hombres y mujeres que arribaron al país al término de la guerra civil española. Cuando se echa una ojeada al panorama de aquella década, se advierte de inmediato que los refugiados españoles contribuyeron de manera especial al renacimiento de la cultura dominicana durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Ellos fueron puntales de las nuevas corrientes literarias y artísticas y la renovación espiritual del pueblo dominicano.

Durante el período de turbulencia política que va de la masacre de haitianos a la expedición de Luperón en 1949, Trujillo estableció los más sólidos hitos económicos y monetarios de su régimen, con la creación del Banco de Reservas de la República Dominicana, el Banco de Crédito Agrícola e Industrial y el Banco Central de la República Dominicana, entre otros. Muchas de las medidas y leyes económicas instrumentadas por el régimen estaban claramente dirigidas a estimular el desarrollo industrial, con Trujillo a la cabeza como inversionista privilegiado, siendo la industria azucarera la espina dorsal de la economía dominicana durante todo el régimen de Trujillo.

El tirano creó una cultura del crimen que generó un pavoroso clima en el país y, peor aún, lo envileció todo. En la etapa final, aquel hombre que en sus inicios irradiaba un misterioso magnetismo casi irresistible que cautivó a muchos, parecía sostenerse en una vesania cruel y absurda. En las cámaras de tortura de las cárceles de “La Cuarenta” y “El Nueve” tendrían lugar escenas dantescas que cubrieron de luto a la sociedad dominicana. Aparte de las invasiones de 1947, 1949 y 1959, con las que se intentaba derrocar al déspota, a principios de 1960 fueron detenidos centenares de jóvenes de todos los estratos sociales, bajo la acusación de estar conspirando para derrocar al dictador.

El 24 de junio, Trujillo mandó asesinar en su propio país al presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, y aunque este sobrevivió al atentado, por ese hecho la República Dominicana fue objeto de rigurosas sanciones económicas que afectaban el suministro de petróleo y sus derivados, camiones, repuestos y armas. El último error fatal de Trujillo fue ordenar el asesinato de las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, cuando regresaban de Puerto Plata a Salcedo, el 25 de noviembre de 1960, luego de una visita a sus respectivos esposos, quienes se hallaban prisioneros en la Fortaleza de San Felipe. El crimen, que también incluyó al chofer del yip en que viajaban las hermanas, fue anunciado en la prensa como un accidente en el que nadie creyó.

La noche del 30 de mayo de 1961, algunos adversarios, entre los que se encontraban antiguos amigos y colaboradores a quienes Trujillo había humillado y ofendido, le dieron muerte al tenderle una emboscada cuando se dirigía a San Cristóbal, solo en compañía de su chofer, por la entonces oscura y despoblada Avenida George Washington. Había caído el hombre todopoderoso que durante treinta y un años gobernó el país según su voluntad. Terminaba así una era de silencio y miedo que nos marcó, dejando una mancha indeleble en el espíritu nacional.

El magnicidio de Trujillo desencadenó en el país una sucesión de cambios en la instancia política, primero el derrumbamiento inevitable del orden establecido y después los malestares y enfrentamientos populares provocados por el vacío que produjo la repentina ausencia del dictador. La «destrucción de la memoria» me parece la frase más apropiada para denominar ese violento amanecer que estremeció ciudades y pueblos, cuando la gente trataba de borrar por completo los símbolos visibles de la dictadura, es decir, los infames emblemas que durante más de tres décadas habían sido colocados en todos los lugares del país. Terminaba un período de silencio forzado y odios reprimidos y comenzaba otro de apertura democrática que trajo consigo la activación de las organizaciones políticas. Juan Bosch, maestro del cuento hispanoamericano, triunfó en las elecciones generales del 20 de diciembre de 1962 como candidato del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), asumiendo la presidencia el 27 de febrero de 1963. Fue un presidente respetuoso de los derechos humanos, honrado, austero en sus manejos de la economía, interesado en el saneamiento de las finanzas públicas y el pago de los compromisos internacionales, pero asediado por la iglesia católica, los militares, los empresarios y los representantes del poderío norteamericano en el país, e incapaz de evitar el choque con diversos sectores y de crear una auténtica base de sustentación popular que impidiese su caída, que culminó con el golpe de Estado siete meses después de asumir la presidencia.

En el transcurso de pocos años el pueblo dominicano padeció la dominación de un gobierno de facto llamado Triunvirato, que gobernó a la sombra de la ilegalidad, con métodos represivos que se manifestaron desde el principio, provocando la rebelión popular que estalló el 24 de abril de 1965, a raíz del golpe de Estado de los militares constitucionalistas dirigidos por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó. Pero solo cuatro días después tuvo lugar la segunda ocupación militar norteamericana a la República Dominicana, ordenada sin ambages con el desembarco de más de 20 mil soldados de la marina estadounidense. La invasión no era un hecho fortuito, sino el resultado de la agresiva política norteamericana en América Latina y Asia, ante el temible empuje del comunismo a nivel mundial.

En el plano espiritual comenzó a fraguarse lo que podríamos denominar una «cultura de la protesta», un súbito despertar de los jóvenes creadores, tanto literarios como plásticos. Bajo el influjo de los nuevos tiempos de libertad y de manifestaciones políticas y culturales que tuvieron lugar luego de la desaparición de la dictadura, se creó el movimiento cultural Arte y Liberación, que agrupó artistas plásticos, escritores, músicos y gente de teatro unidos por una ideología compartida de libertad, justicia social y desacralización del orden establecido. Las condiciones socioculturales creadas por la Guerra de Abril de 1965 influyeron en el surgimiento de una nueva promoción de escritores, intelectuales y artistas, que tuvo como escenario privilegiado el limitado perímetro de la ciudad intramuros.

Joaquín Balaguer atravesó la historia dominicana del siglo veinte con una continuidad impresionante, como no la ha tenido nadie en el país desde la proclamación de la Independencia Nacional. Desde niño parecía destinado al cultivo de la literatura, pues publicó su primer libro de versos a los dieciséis años. Fue también un orador grandilocuente, profesor de Derecho en la universidad, diplomático en numerosos países y el único colaborador de Trujillo que jamás cayó en desgracia, al punto de ser escogido para la presidencia de la república por el propio dictador, forzado por las sanciones económicas impuestas al país tras el atentado a Betancourt en 1960. Pero toda esa trayectoria intelectual empalidece frente a su accionar palaciego y su invariable empeño de mantenerse en el poder a toda costa. Fue siempre un gobernante de hábitos frugales, casi hasta bordear el ascetismo. Soltero toda su vida, abstemio, callado, enigmático e impredecible, era dueño de un pragmatismo que usó para adecuarse a circunstancias muy disímiles entre sí, como lo demostró en las más graves crisis, y de un singular carisma para seducir a la gente. Cuando el 16 de mayo de 1966 resultó electo presidente de la República, el país se encontraba todavía bajo el control de las tropas de ocupación norteamericanas. Sin embargo, impuso su propio estilo desde el principio, distinguiéndose por el autoritarismo, la centralización, la autarquía frente a los preceptos constitucionales y el culto a la personalidad.

Los llamados «Doce Años» de gobierno de Balaguer, en tres períodos consecutivos (1966-1978) se caracterizaron por la violencia política en su más descarnada expresión, con un saldo de miles de ciudadanos asesinados salvajemente en las calles. El terror de Estado, sistemático y selectivo, buscaba aplastar los focos de resistencia que subsistían luego de la insurrección de abril de 1965. La contrarrevolución operó durante años de una manera despiadada. El terrorismo militar y policial diezmó a la izquierda y al resto de la oposición. La ola de crímenes que cubrió al país bajo el alegato de frenar el «comunismo ateo y disociador», la inseguridad ciudadana y las restricciones implantadas por el gobierno a través de medidas económicas de austeridad, reactivaron el éxodo de dominicanos al exterior, sobre todo hacia Nueva York, ciudad donde se asentó el núcleo principal y más nutrido de lo que andando el tiempo se denominaría la «diáspora» dominicana.

El país inició una apertura sin precedentes a las inversiones extranjeras, acentuando la dependencia estructural de la República Dominicana respecto de los Estados Unidos de América. El régimen de los Doce Años realizó también un colosal programa de inversiones públicas, encaminado a dotar al país de numerosas obras de infraestructura. Superando cualquier intento anterior, incluida la dictadura de Trujillo, el presidente Balaguer convirtió la «industria de la varilla y el cemento» en motivo de orgullo personal y en uno de los polos más firmes del crecimiento sostenido del país, a través de la construcción, a lo largo y ancho del territorio nacional, de presas, acueductos, carreteras, puentes, hospitales, puertos, escuelas y viviendas multifamiliares. En el plano cultural, surgieron nuevas universidades privadas, periódicos, centros culturales, alcanzó su cenit la investigación social llevada a cabo por distintos núcleos de intelectuales y proliferaron los grupos literarios de las nuevas promociones de escritores.

Durante ocho años, entre 1978 y 1986, Balaguer se vio forzado a mantenerse fuera del palacio nacional, siendo sustituido por dos presidentes del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). En el primer cuatrienio (1978-1982), el llamado «Gobierno del Cambio» intentó garantizar la participación democrática, el respeto de los derechos humanos, el cese de atropellos cotidianos y de irritantes privilegios concedidos a camarillas militares y políticas. Pero la inestabilidad macroeconómica, ese temible fantasma de la dinámica nacional, tuvo un repunte en los años ochenta, cuando la moneda nacional se devaluó varias veces hasta llegar a niveles inconcebibles, aunque era solo el comienzo. Se produjo entonces un fuerte proceso inflacionario y la población, sometida a las restricciones económicas que le imponían las nuevas circunstancias, vio cómo menguaban sus ingresos reales. El grave desequilibro interno exigía financiamiento externo, lo que obligó a la firma de varios convenios con el Fondo Monetario Internacional, destinados al control de la emisión monetaria y al establecimiento de una fuerte disciplina fiscal.

Nadie hubiera podido suponer en agosto de 1978, cuando Balaguer se vio obligado a entregar el poder a sus opositores, que retornaría triunfante en 1986, octogenario y ciego a causa del glaucoma, con sus fuerzas físicas disminuidas y serias limitaciones que se derivaban de su nueva condición. Volvía gracias no solo a su envidiable capacidad para superar las adversidades más insalvables, sino a los dislates de sus contrincantes. Regresaba al palacio no para cambiar el rumbo de la nación con medidas eficaces que garantizaran el desarrollo y la equidad social, sino para ahondar los caracteres de su conocido estilo de gobierno, su visión autoritaria, su ceguera voluntaria ante el desfalco del Estado y la profundización de una imperturbable corrupción protagonizada por conspicuos seguidores. Se ha estimado que durante el cuatrienio 1986-1990, las emisiones de dinero sin respaldo se elevaron a más de 5 mil millones de pesos, la inflación superó el 300% y la moneda se devaluó en un 360%. Pocas veces el país había experimentado una crisis tan aguda como entonces. Sin electricidad, hidrocarburos ni alimentos suficientes, la población soportaba uno de los períodos más angustiosos y desesperantes en el último cuarto del siglo veinte.

Nos disponíamos a recorrer los últimos años de un siglo turbulento, pero ya no estábamos aislados como en los perezosos inicios, cuando las comunicaciones eran escasas y la vida palpitaba con ritmo adormilado. Había surgido una nueva generación, con distintos valores y necesidades. El país, transformado en sus esencias, ya no dependía de las exportaciones de productos tradicionales, sino de otras fuentes, como el turismo y las zonas francas industriales, amén de las remesas en dólares y euros enviadas por los dominicanos que habían emigrado a otros países en busca de mejor vida. Con la apertura tecnológica y los cambios en los hábitos y costumbres, también presenciábamos la agonía de una época y el nacimiento de otra, no siempre de signos alentadores, pues, sin resolver aún nuestros problemas seculares de insuficiencia eléctrica, agua, recogida de basura y demás servicios, nos alarmaban ya el aumento estadístico del temible SIDA, el narcotráfico y el lavado de dólares, desconocidos en décadas anteriores, pero que medraron a niveles impensables en aquellos años de abyección generalizada.

Han pasado casi cuatro lustros desde que terminó el siglo veinte. La República Dominicana de hoy presenta un cuadro general muy distinto del perfil tradicional que la caracterizaba hace medio siglo. Se ha producido una transformación que nos ha llevado de la sociedad rural del pasado a la sociedad urbana de hoy, con una población de 10 millones de personas concentrada en las principales ciudades. La migración del campo a la ciudad y del país hacia el exterior prosigue su curso sin intermitencias, sobre todo a Estados Unidos, Argentina, Chile, España, Italia y Holanda, entre otros, formando conglomerados poblacionales importantes de dominicanos en el extranjero.

Esta nutrida diáspora está integrada no solo por empleados de servicio, sino también por técnicos, profesionales y académicos calificados, artistas y escritores. Por otro lado, es evidente el notable incremento de la presencia haitiana en el país durante los últimos lustros, colocándose principalmente en el sector de la construcción, el servicio doméstico y hotelero, el comercio minorista. En el plano económico ha habido un repunte del proceso de industrialización, la diversificación productiva y el incremento del turismo.

Respecto a la instancia política se ha verificado una consolidación formal del proceso democrático, con un sistema plural de partidos y predominio del bipartidismo, si bien numerosas organizaciones no son más que entelequias sin planes específicos ni dirigentes calificados, como no sean los de medrar a la sombra del gobierno de turno, parasitando de las cuantiosas asignaciones oficiales que los mantienen neutralizados.

Con la apertura tecnológica ha ocurrido un cambio en los hábitos y costumbres de la población: cambios religiosos, alimentarios, amatorios, de recreación, de vestimenta. Asistimos a un aumento sin precedentes del consumo, mayor capacidad de endeudamiento y acceso a préstamos hipotecarios y personales. Vivimos una etapa de modernización tecnológica y radical transformación de las comunicaciones: prensa gráfica, digital, radial, televisiva, teléfono e internet; en la actualidad hay más de cuatro millones de usuarios en el país que tienen cuentas de internet y prácticamente no hay un ciudadano que no posea un teléfono móvil. La democratización educativa ha proporcionado una mayor oferta de oportunidades, disminuyendo sensiblemente la tasa de analfabetismo, aunque el desafío sigue siendo la formación de buenos docentes, más que la construcción de edificaciones escolares que ha favorecido la asignación del 4 por ciento del PIB para la educación.

Hay una presencia internacional significativa de nuestros deportistas, sobre todo del béisbol de grandes ligas. No menos relevante es la proyección de nuestra música popular en el mundo, sobre todo en manos de artistas de elevada estatura. Vivimos inmersos en plena posmodernidad y globalización, sin haber soltado las amarras que todavía nos sujetan al antiguo subdesarrollo. En sus lustros iniciales, el «siglo veintiuno dominicano» atraviesa la llamada «era posmoderna» con todo su espectro de problemas a cuestas, algunos en verdad inéditos o antiguos muy agravados, siempre complejos, intrincados y cruciales.

Admito que Reflejos del siglo veinte dominicano es un libro en el que apenas esbozo lo que fuimos durante cien años que transcurrieron dejando una profunda huella en la conciencia nacional, marcando un camino surcado de penurias y de esperanzas que alimentan nuestros corazones.

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JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR [Santo Domingo, RD, 1946] Narrador, sociólogo, ensayista, crítico literario. Ha sido profesor de sociología en las universidades Autónoma de Santo Domingo, Nacional Pedro Henríquez Ureña e Instituto Tecnológico de Santo Domingo. Durante el período 1987-1988 fue Fulbright Scholar-in-Residence en Stillman College, Tuscaloosa, Alabama. Es coautor de la enciclopedia Caribbean Writers (1979) y autor, entre otros de: Antología de la literatura dominicana (1972), Las máscaras de la seducción (1983), Los escritores dominicanos y la cultura (1990), El lector apasionado (2010) y Reflejos del siglo veinte dominicano (2017).

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