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«Sólo el naufragio», retrato y confesiones de un poeta soñador y trotamundos

JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR [mediaisla] «Sólo el naufragio» es, al mismo tiempo, creación y testimonio, retrato y confesiones de un poeta soñador y trotamundos. Auguramos el mejor de los destinos a este libro, que ahora sale al encuentro de lectores trazando su propio camino a golpe de versos de una densidad lírica infrecuente.

Con pleno dominio del oficio y un lenguaje que desdeña caminos trillados y huye de lugares comunes, Carlos Roberto Gómez Beras (El Seibo, 1959), ingresa a la colección bibliográfica del Banco Central de la República Dominicana con Sólo el naufragio, un libro de madurez en el que traza un periplo completo de su obra más reciente. Media docena de títulos aparecidos en poco menos de tres décadas (1989-2017) preceden a la salida de esta obra, escrita por un poeta integral que es uno de los editores caribeños de mayor prestigio en la región, un «constructor de libros», como se ha definido. Es el incansable creador e impulsor de Isla Negra, la editorial puertorriqueño-dominicana cuyo nombre constituye un sentido homenaje a ese monstruo de la poesía que fue Pablo Neruda (1904-1973), su paradigma y su obsesión de juventud. Nos consta que esta dinámica editorial ha acogido en su catálogo a decenas de autores de Puerto Rico, Cuba y República Dominicana, y cada año, Gómez Beras, su ideólogo e inspirador cabalga, cual valiente escudero, en la Feria Internacional del Libro de nuestro país para exhibir novedades en narrativa, poesía, ensayo, y congregar a los autores que publican a su amparo en un clima de fraternidad y esperanza.

Sólo el naufragio —libro singular en la trayectoria del autor— deslumbra al lector más exigente por esa misteriosa conjunción de elementos que raras veces coinciden en una sola obra, y cuya esencia hace honor a aquellas definitorias palabras de Octavio Paz (1914-1998): «Poesía y amor son actos semejantes. La experiencia poética y la amorosa nos abren las puertas de un instante eléctrico. Allí el tiempo no es una sucesión: sólo hay un siempre que es también un aquí y un ahora». Este conjunto de poemas reunidos bajo un título que remite al «hundimiento, destrucción o pérdida» de lo que somos; al fracaso en plasmar anhelos y materializar sueños inalcanzables; al abismo existencial en el que avanzamos ciegos y sin norte; al cataclismo interior, en fin, es también poesía entrañable que revela la vasta cultura del autor y su conocimiento de la poesía universal, la de occidente y la de oriente, la de ayer y la de hoy, la de los poetas mayores de nuestra lengua y la de otros idiomas. Es una poesía en la que somos partícipes de un inusitado despliegue de recursos lingüísticos que nos atrapan de principio a fin, compleja en su aparente sencillez y con un poder de seducción irresistible en la que se dan la mano rigor y espontaneidad. Podemos decir que Gómez Beras es portador, entre nosotros, de una voz original, ajena a toda algazara, profundamente humana, dotada de un fino sensor para auscultar los latidos del propio corazón y un ojo sensible que observa conmovido las miserias circundantes.

La voz que se filtra en los poemas del libro es poderosamente individual, volcada en asuntos existenciales de alcance universal: amor y desamor, vida y muerte, realidad y mito, pasión y destino, lo que somos y lo que deseamos ser. El poeta construye sus versos y luego los lanza al viento, no como verdades rotundas o afirmaciones definitivas, sino como preguntas y dudas primigenias, una serie de inquietudes, asombros y desazones que corroen su corazón. La novedad se logra a base de metáforas e imágenes en apariencia contradictorias y expresiones inusuales. Somos «huérfanos ebrios de hambre» (“Los derrotados”), o ese «Pájaro que vuela sin alas» (“El ave”) que nos remonta a aquel doliente verso de Héctor Incháustegui Cabral: un «pájaro mudo que no tiene alas» (“Poema de una sola angustia”).

En “Los naufragios” (I Parte) es evidente el predominio de lo sensorial, resumido en cuatro palabras definitorias: «Saliva, llanto, sudor y esperma / somos todo lo que con alegría muere, / somos todo lo que sin saberlo permanece». (“Coincidir”). En «La pirámide saqueada» (II Parte) se reitera, cual leit motif, el cuarteto vital del ser humano, con una ligera variante: «Sangre, semen, sudor y llanto… / todo está aquí / en el cuenco ajado de mis manos, / te lo entrego, tómalo / como quien recibe un nuevo cáliz.» (“La ofrenda”). Toda esta sección es una indagatoria sobre el poema —el artefacto— y la poesía —lo inasible que perdura a golpe de ritmo sincopado—, dos asuntos que tienen un desarrollo amplio en otros textos. Pero son confesiones más que conceptos acerca del arte de la poesía. El poema es un disco de vinilo (“El disco”), «una hoja que se aleja» (“El río”); mientras que «la poesía brilla en el fondo nublado» (“El río”), «el único astro en este cielo inalcanzable» (“El camino”). En resumen: «La poesía es una pirámide saqueada» (“Universo”), es decir, se hace con los tesoros extraídos de un lugar sagrado donde duermen su sueño eterno los seres privilegiados.

“Ese otro cólera” (III Parte) se inicia con un poema clave: “La educación siberiana”, en el que está presente el recuerdo de la madre. El poeta está unido a ella por un cordón umbilical indestructible. Ella es progenitora por partida doble: de su vida y de su vocación poética, y su imagen lo acompaña en ese viaje sin retorno que él ha emprendido a través de las palabras. El poeta, hijo de padre guatemalteco y madre dominicana: él diplomático que pronto se ausentó para siempre; ella poeta de nombre bíblico y fogosidad tropical, rebelde y vivaz, que refulge como gema inspiradora de su vocación literaria. Por eso él consigna: «Las madres mueren pero no se despiden / para que en cada crepúsculo, vulnerables, / busquemos la máscara, la llave y el espejo.»  (“La educación siberiana”).

Por otro lado, el poeta dialoga con figuras ilustres del arte, estableciendo una intertextualidad en la que se aglomeran imágenes y palabras. Ha sabido captar el espíritu de la mitología antigua —Tiresias, el adivino ciego; Aracne, la habilidosa tejedora; el trágico Edipo, el sabio Buda, entre otros—, la estampa de las mujeres de Toulouse Lautrec, irreverentes y provocadoras, instrumentos de los placeres de la noche. De todos extrae un motivo, una imagen, un sentir difuso que se resiste al análisis.

“Mi hija conversa con su destino” (IV Parte) es una página arrancada a la experiencia personal del progenitor que ve asombrado cuánto ha crecido la hija adorada. Estamos muy lejos de la meditativa elegía de Domingo Moreno Jimenes (1894-1886) en “El poema de la hija reintegrada”. Se trata aquí de la conciencia del poeta que sabe que su hija ya no es una niña y debe trazar su propio rumbo: «Mi Sol deberá marcharse / para encender su propia ruta. / Su luz está reservada / para otros ponientes / donde sus manos tejerán / con silencios y caricias / un aposento propio e íntimo» (“Mi Sol”). Los poemas de esta sección forman un conjunto de reflexiones y consejos a la joven hija, dueña de su propio universo, una muchacha de su tiempo, aferrada a su iphone y a sus quehaceres. Y él, progenitor atento, no es más que un hijo en busca del padre ausente, de ahí la mención a Comala en el poema «Has nacido para mi muerte». Más que un diálogo con la hija se trata de poemas que tejen los monólogos de un padre consciente de que el desapego es la mejor lección para poder seguir adelante.

Como interludio luminoso aparece la “Suite japonesa” (V Parte), que consta de siete movimientos. Es en estos textos donde el poeta revela su familiaridad con la literatura oriental y en los que prevalece la simetría, pues casi todos tienen doce versos y abarcan un orbe de sensaciones inéditas, proponen un contacto con la naturaleza y sus elementos fundamentales (luz, árboles, viento, frío), para tender puentes entre la belleza del bosque en el otoño, o el silencio, o la ausencia. Palabras del japonés para enlazar paisajes exóticos con realidades existenciales: “Kintsugi”, la belleza como remedio de las cicatrices de la vida; “Kogarashi”, el viento fuerte de invierno; “Yügen”, cierto conocimiento del universo; “Shoganai”, la aceptación de lo que no podemos cambiar; “Shirin-Yoku”, el baño de bosque; “Komorebi”, la luz del sol que se filtra en las hojas de los árboles.

Los “Seis antipoemas para una poeta” (VI Parte) están escritos en la mejor línea del género como ejemplos de «poesía directa, coloquial, irónica». Estos jirones líricos constituyen un viaje a la semilla en el mejor sentido del término. Son un tributo a la madre convertida en obsesión vital, en sujeto indispensable. Buen heredero del Nicanor Parra (1914-2018), que en un antipoema se describió a sí mismo sin asomo de solemnidad y con mirada irónica, Gómez Beras traza un hilo emocional entre un antes y un después. Es un viaje a El Seibo para dejar las cenizas de la madre y volver a transitar los caminos de la infancia, poblados de sueños irrecuperables. Son los textos más extensos del libro y se pueden leer como eslabones de un relato confesional de quien lucha contra el sentimentalismo y la sensiblería, peligros tan comunes al enfoque autobiográfico, y lo consigue mediante versos prosaicos llenos de encanto, en los que la madre se eterniza mediante una sucesión de versos que la retratan como una mujer animada por la pasión y la joie de vivre: «Ella, la joven poeta atrevida / ella la abogada desilusionada / ella la directora de la escuela de ciegos / ella la madre de un niño arrugado y enfermizo / ella la esposa de un marido que se despedía / ella la sentenciada de muerte por usar un vestido rojo / ella la nueva madre y nueva esposa / ella la amante que olvidó que una vez fue poeta / ella la atrevida que regresó para morir como quería.» / (“Antipoema 5”)

“En el regreso a Ítaca” (VII Parte), el poeta se remonta a lugares emblemáticos de la cultura grecolatina: Tebas, cuna de importantes hechos mitológicos; Troya, donde se desarrolló la sorprendente guerra, descrita en La Ilíada; Babel, la torre inalcanzable; Bizancio, capital de Tracia; Jerusalén, la emblemática capital de Israel; Alejandría, la ciudad mediterránea de Egipto, cuna de viajeros y poetas.

Por último, “Los náufragos” (VIII Parte) es un delicioso colofón de ocho poemas que resumen el colapso de la vida, la existencia en que un simple mortal desesperado navega a la deriva. El cuerpo de la mujer se enseñorea como obsesión vital, es un «templo profano» al que ingresa estremecido. Deseo, beso, cópula, orgasmos, placer y una sucesión de sensaciones entrañables nos llegan a través de versos en apariencia sencillos pero estremecedores, o una definición etérea: «Tu cuerpo es un templo profano / sobre una colina húmeda y brillante. / Tu alma es un pozo dulce / donde abrevan su sed las quimeras». (“Tercero”)

Celebramos la aparición de este libro de Carlos Roberto Gómez Beras en su tierra de origen, a la que retorna siempre en busca de sus raíces primigenias. Sólo el naufragio es, al mismo tiempo, creación y testimonio, retrato y confesiones de un poeta soñador y trotamundos. Auguramos el mejor de los destinos a este libro, que ahora sale al encuentro de lectores trazando su propio camino a golpe de versos de una densidad lírica infrecuente.

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JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR [Santo Domingo, RD, 1946] Narrador, sociólogo, ensayista, crítico literario. Ha sido profesor de sociología en las universidades Autónoma de Santo Domingo, Nacional Pedro Henríquez Ureña e Instituto Tecnológico de Santo Domingo. Es coautor de la enciclopedia Caribbean Writers (1979) y autor, entre otros de: Antología de la literatura dominicana (1972), Las máscaras de la seducción (1983), Los escritores dominicanos y la cultura (1990), El lector apasionado (2010) y Reflejos del siglo veinte dominicano (2017).

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