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Armas de instrucción masiva

FIDEL MUNNIGH [mediaisla] Dedicarse a escribir máximas y aforismos en una época como esta es un acto de un minimalismo estético tal que sólo se justifica como ejercicio literario, tan lúdico como fútil, pues desde siempre todo, absolutamente todo es superfluo…

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Definición de libro según Raúl Lemesoff*: arma de instrucción masiva. No está mal.

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La cuestión del arte y la cultura en estos países nuestros es bien simple: la política cultural siempre ha estado determinada por la cultura política.

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Hace rato ya que el viejo continente no tiene un nuevo contenido.

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El poder: el estilo de vida estadounidense es innegociable. El contrapoder: el estilo de vida estadounidense es insostenible.

5

La razón cínica del poder y su lógica simple y descarada: es bueno cuando lo hacemos nosotros, es malo cuando lo hacen los otros.

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Resistir a la opresión: decirle no al poder que aplasta al sujeto. Afirmar la crítica en libertad: decirle sí a la soledad creadora.

7

La crítica en libertad no puede sino expresarse en palabras e imágenes en libertad. ¿Qué importa que esa imagen sea la de una caricatura burlona y sarcástica de un profeta medieval? ¿Por qué sí a la crítica social y política y no a la crítica religiosa?

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Un no malcriado al poder. Un no altisonante, ruidoso y furioso. Un no fuerte, claro y rotundo. Un no inconformista y rebelde. Un no a todo aquello que niega la vida e impide ser feliz. Un no a los otros. Y un no también a nosotros mismos.

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Argumento a favor del sujeto y en contra de la institución: los lazos entre el hombre y la cultura deben desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones. (Respuesta de Sartre a la Academia sueca al rechazar el premio Nobel de literatura).

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Toda ocupación militar de un pueblo es un acto de terror. Toda agresión y despojo es un acto de terror. Todo asentamiento ilegal es un acto de terror.

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Tan escandalosa como la degradación de la vida es la corrosión del lenguaje.  Este se corroe cuando la mentira se presenta bajo apariencia de verdad, suplantándola, y las palabras, perdiendo su valor, sirven para todo y ya no significan nada.

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Corromper el lenguaje: manipular, mentir y engañar de forma descarada o elegante para perpetuar la dominación y el control de unos pocos sobre muchos.

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El lenguaje que mistifica la verdad. Torturar no es torturar, sino “aplicar métodos persuasivos y eficaces de interrogatorio”, cuando no “alternativos”. El Protocolo de Interrogatorios actualizado, versión 2.0, no es sino un sofisticado Manual de Tortura llamado por otro nombre. ¿Con qué nombre la llamaban la Inquisición y la Gestapo, por sólo citar dos instituciones emblemáticas de la tortura? ¿Usaban algún otro término para designar lo mismo? ¿O la llamaban como lo que realmente era, a secas? Ni la Inquisición ni la Gestapo simulaban o disfrazaban el mal cambiándole de nombre: lo infligían y punto. La tortura era la tortura, un método criminal de confesión de culpa o de obtención de información valiosa. Los inquisidores y los nazis eran torturadores más transparentes que los cínicos y brutales esbirros de hoy, que se ocultan tras el ropaje democrático. Aquellos no ocultaban lo que hacían. Eran criminales pero no hipócritas. Estos de ahora son criminales e hipócritas: torturan y dicen que no torturan y que, si lo hacen, es sólo para “salvar vidas”.

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“Asfixia simulada”. Llamar a esa forma de tortura “método de interrogatorio alternativo” es un eufemismo muy propio de los estadounidenses, reyes indiscutidos de ese arte.

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“Daño colateral”. Nombre técnico dado a los muertos de una guerra que son del otro bando, a los que no tienen nada que ver y por igual mueren asesinados, a los muertos que a nadie duelen salvo a sus deudos, a las inocentes víctimas civiles de actos nada inocentes. No conozco eufemismo más perverso.

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“Crime passionnel”. Si el papel aguanta todo, como se dice, el lenguaje también sirve para todo, a menudo para encubrir la verdad. Llamar “crimen pasional” a lo que realmente es violencia de género, feminicidio, como si se tratase de una circunstancia atenuante, es un eufemismo más que acaba legitimando el acto criminal. Pues lo pasional, móvil del crimen, aunque lamentable, es siempre “comprensible” después de todo. Se pasa de lo atroz del hecho a lo aberrante de la explicación: “fue un asunto de celos”, “un pleito é marío y mujer”, “se dejó llevar por la pasión”, “la mató por celos, porque la quería” (¡).

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Quejarse del mal uso del idioma en estos tiempos es una sutil frivolidad, algo con lo que uno debe estar de acuerdo sólo a medias. Todo se corrompe y se envilece, el mundo se nos viene abajo, el país se cae a pedazos, y hay quienes se preocupan por sutilezas del idioma, por indelicadezas de dicción o de ortografía. El problema está mal planteado, pues aunque la queja sea legítima, no es nada frente a la verdadera cuestión: la corrosión del lenguaje por el poder. Los jóvenes de hoy que “hablan mal” y “maltratan” el idioma materno no hacen mayor daño que los políticos y gobernantes que corrompen el lenguaje a su antojo para provecho propio.

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Me temo, al igual que un personaje de Doris Lessing, que hayamos entrado ya en los albores de una nueva era glacial de tiranía y terror. Tal como se vislumbra, el mundo del futuro será indefectiblemente un mundo siniestro y sombrío, neototalitario, semejante y a la vez distinto a todo lo que se ha visto hasta ahora, un mundo de fetichismo tecnolátrico, como alguna vez le llamó Sabato a lo que veía venir, dominado por la tecnología y definido por una implacable lógica de dominio y por formas inéditas –sutiles o brutales- de vigilancia y control del pensamiento.

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Dedicarse a escribir máximas y aforismos en una época como esta es un acto de un minimalismo estético tal que sólo se justifica como ejercicio literario, tan lúdico como fútil, pues desde siempre todo, absolutamente todo es superfluo: cada palabra, cada verso, cada página y su reverso.

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Hay un insensato pero arraigado modo de vivir en el Caribe insular como si el tiempo no contara para nada y se fuera a vivir para siempre. Cuanto más vivo, tanto más me doy cuenta de que estoy aquí por un período de tiempo limitado, una verdad que todos sabemos pero pocos realmente sentimos. El disfrute de ese breve tiempo es un imperativo que se me impone por encima de cualquier otro. No sé qué hacer con la angustia, que sigue ahí, ni con el mundo, que me parece abominable, pero la vida se me antoja una experiencia estética. Y así, desconsolado, sólo me da por volver a mi refugio habitual: mis libros, mis discos, mis películas. Mis armas de instrucción masiva.

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FIDEL MUNNIGH Santo Domingo, 1962. Filósofo y escritor. Doctor en filosofía por la Universidad Carolina de Praga, República Checa. Profesor adjunto en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Traductor. Colabora para diversos medios, impresos y digitales. Autor de los libros de Huellas del errante (2002), La memoria incautada (2007), La condición rebelde (2010) y Pensar la imagen, pensar la mirada (2017).

*Artista argentino que recorre las calles de Buenos Aires en un tanque de guerra, regalando y recibiendo libros.

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