Borradores y Frontextos, proceso e indagación en la obra de Octavio Quintanilla Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Lecturas » Borradores y Frontextos, proceso e indagación en la obra de Octavio Quintanilla

Borradores y Frontextos, proceso e indagación en la obra de Octavio Quintanilla

REBECCA BOWMAN [mediaisla] Lo que pinta Octavio es un mal de amores, un concepto de amor que viene desde las jarchas: la herida que jamás se cierra, el amor como un ponzoñoso dardo que no se puede quitar. 

En la página de Facebook de Octavio Quintanilla, el Poeta Laureado de San Antonio, de un día a otro comenzaron a aparecer algunas imágenes de poemas escritos a mano con dibujos garabateados con tinta negra. Tanto los versos como los dibujos se habían creado con espontaneidad, sin temor al error. Cada imagen, cada poema reflejaba la primicia de la marca sobre papel.

A medida que aparecían a diario estos dibujopoemas iba aumentando el sentido de la composición. Lo que en un principio parecían ejercicios, borradores, se volvían ya más pensados y la página más integrada. Fue un placer ver cómo lo que al comienzo tendía a ser un texto con pocos dibujos dispersos casi al azar paulatinamente llegó a ser un texto casi vencido por la imagen, cómo después de centenares de obras en blanco y negro surgió el color. Igualmente emociona observar cómo la composición es cada vez más atinada, y cómo desde una parquedad, una casi mudez tanto de palabra como de expresión gráfica ha brotado la exuberancia. Pero a medida que la imagen estalla en color y textura, el verso se pone más filoso, más cortante, llegando a una mayor profundidad. Y sin embargo los primeros ejemplos de esta serie son en su sencillez y parquedad ya arte y arte mayor.

Al seguir los textos que aparecían y que siguen apareciendo uno por día se va revelando el hilo narrativo de una relación fallida. Se lamenta un amor ausente, pero con un toque que se asemeja al de los cuentos de Marguerite Duras, en los que la pareja, de tanta pasión casi perversa, lucha para ver quién hiere más a quién.

Hay un machismo aquí, no celebrado sino examinado, que demuestra lo destructivo de estas actitudes no sólo para la mujer sino también para el hombre.

El que al principio podría ser cualquier hombre, luego se retrata, la mujer no tanto, y eso subraya la naturaleza clandestina de la relación, el hecho de que no se trata de una historia para contar a voces sino de algo que se rumia dentro de sí, un proceso necesario para quien sufrió el amorío. Y de hecho los dibujopoemas se hicieron y se hacen en un cuaderno, lo que los acerca a un arte sobre todo personal, confesional. Pero es una confesión a medias, una confesión que va descubriendo los rincones no examinados sin saber adónde va a llegar. El hecho de que tenemos la placentera oportunidad de ir viendo el proceso junto con el autor sin que éste mismo sepa adónde va a llegar es por su parte un acto generoso y valiente. El artista confía, se aventura, y nos permite que compartamos el sendero.

Mientras que la serie incluye elementos de autorretrato, la mujer siempre aparece en fragmentos. Por ejemplo, en un dibujopoema, se ven pájaros que al mirarse bien son torsos femeninos. Sin embargo, se siente que la mujer en estos textos de Octavio no es objeto sino una mujer individual y la historia es la de una relación única. No obstante, la mujer no tiene facciones precisas y así se convierte en la mujer de una relación con lugar en el tiempo y el espacio, pero una mujer cuyo nombre no se nos dará, y se descubre que es una relación secreta, prohibida, adúltera, algo nociva pero tan viva que tiene que existir.

Los textos no se pulen, lo instantáneo y espontáneo es parte de un proceso de indagación que depende de estar abierto, de seguir incompleto. Lo fragmentado refleja la rotura, la inconstancia; el hecho de que las imágenes se repitan una y otra vez en distintos contextos subraya lo obsesivo.

Lo que pinta Octavio es un mal de amores, un concepto de amor que viene desde las jarchas: la herida que jamás se cierra, el amor como un ponzoñoso dardo que no se puede quitar. Se llora la ausencia del amado y al repetir este lamento de un día a otro se marca lo crónico de esta enfermedad, el hecho de que es duradero. La brevedad de estos textos también recuerda a las jarchas, y los ritmos remiten a ellas; hay, como en ellas, cierta agresión, crueldad y violencia. Además, tal como uno leía la moaxaja y la jarcha venía al final como un remate, a medida que la imagen toma importancia en estos dibujopoemas se ve primero la imagen, y el verso viene a explicarla.

Al fragmentar la narrativa, al irla descubriendo día a día, se ve como una meditación moribunda. Una constante aquí es la preocupación por el olvido, si en la pareja ya rota sigue la memoria, si se hizo huella en aquella persona; se evoca el deseo de todavía penetrar la vida del otro y permanecer ahí.

Octavio tiene tras de su temática toda la historia y tradición de la poesía lírica, la mirada del varón, del poeta que fija su atención en la mujer deseada. Eso le da más fuerza a lo que hace, pero también implica que peligra por caer en lo trillado. Son las imágenes violentas, la sensación de que quien quedó lastimado permanentemente fue el hombre, y que en cada macho hay un niño vulnerable, lo que lo hace único.

Aparecen cuerpos, pinos, recuerdos de su infancia, de su padre, de hombres vecinos con fines trágicos, drogadictos, suicidas, gente de barrios pobres, pero estos se sienten como olas que pasan y se desvanecen, el hilo principal del proyecto es el de la relación fallida.

Es un voltear el tapete del machismo en un vuelco decidido y valiente para demostrar lo dañino que es este fenómeno, la dinámica de pareja cuando el amor es lujuria odiosa. Pero la denuncia va envuelta en una belleza, en algo que endulza el paquete pero que también la hace vibrar.

Se siente también que al ir entrando el poeta-artista en el color, Octavio traza el camino de muchos artistas que del dolor crean la belleza, que hacen de lo negativo algo hermosamente significativo. Se va uno purificando, hay catarsis.

Las obras híbridas en donde aparecen juntos el verso y la imagen tienen toda una historia, nada más hay que pensar en la marginalia de los textos medievales, a las que se parecen algunas de las imágenes de los primeros Borradores, o en las Canciones de Inocencia y de Experiencia de William Blake, en donde la imagen queda tan perfectamente integrada con los versos que el artículo final parece predeterminado, pero tanto en un caso como en el otro el proceso de producción era más deliberado y trabajoso, y la capacidad de distribución mucho menor. Sería interesante comparar los Borradores, los Frontextos con todas las distintas tradiciones que combinan el texto con la imagen.

Octavio empezó a hacer estos trazos el primero de enero de 2018 y el proceso todavía no termina. No puedo predecir con certitud adónde va a llegar, y sería prematuro formar un juicio sobre la obra en su totalidad. Por lo pronto veo aberturas y cierres de lo que yo llamaría cuatro distintas series, aunque esta división la hago yo como lectora y no Octavio mismo. Pero eso también interesa, que se vea esta crítica como un acto en proceso, como algo incompleto, y por eso sin máscara, honesta, sin artificio.

____________________

REBECCA BOWMAN [Los Ángeles, CA]. Ha publicado varios libros incluyendo Los ciclos íntimosLa vida paralela, Horas de visita y Portentos de otros tiempos. Sus cuentos y poemas se han incluido en antologías y sus obras de teatro se han puesto en escena varias veces; escribe literatura infantil.

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top