Diógenes Céspedes: “Hay que tener el cerebro bien amueblado para no sucumbir ante la violencia política y sagrada…” Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Entrevistas » Diógenes Céspedes: “Hay que tener el cerebro bien amueblado para no sucumbir ante la violencia política y sagrada…”

Diógenes Céspedes: “Hay que tener el cerebro bien amueblado para no sucumbir ante la violencia política y sagrada…”

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla] “Cada vez que alguien ha introducido una teoría literaria nueva en nuestro país, los pocos seguidores que ha tenido la distorsionan, la pervierten y recuperan de ella sus rasgos más conservadores y débiles. Este tipo de operación no es posible con la poética. De ahí la indiferencia o el combate frontal contra ella…”

Con motivo del relanzamiento de Cuaderno de Poética, una de las revistas más importantes de los años ochenta —y tal vez, una de las de mayor trascendencia en el área de la teoría y la crítica caribeña—, hemos realizado una extensa entrevista a su director, doctor Diógenes Céspedes, ensayista que, desde fines los sesenta, viene estudiando los discursos literarios, la crítica cinematográfica, las ideas políticas, la teoría del sujeto y la teoría de la historia en la República Dominicana. Su itinerario crítico se ha basado en la semiótica, el estructuralismo y, finalmente, en la poética que orientó Henri Meschonnic en la Universidad de París VIII. En esta conversación, que no deja de estar desbordada por las tensiones, Miguel Ángel Fornerín, realiza un cuestionamiento crítico, que le permite a Céspedes plantar los puntos más sobresalientes de la Poética de Meschonnic, la difusión de este método de lectura en República Dominicana y en América. También la recepción de los trabajos de Céspedes en Hispanoamérica.

¿Cuál es el estado de cosas de la poética en la República Dominicana y en Hispanoamérica?

—En la República Dominicana, el estado de situación de la poética es el siguiente: Ha sido difundida desde que aparecieron, en 1974, los conceptos de la poética en varios artículos titulados “De la terminología”, en el periódico Ultima Hora de la Capital. Digamos que a partir de ahí las clases letradas saben qué es la poética, pero no la entienden. Solamente algunos estudiantes de la asignatura “Interpretación y Análisis de la Obra Literaria”, del Departamento de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, a quienes les impartí el método de la poética, la entendieron. Sus nombres aparecen en la mancheta de la revista Cuadernos de Poética que comenzó a circular en 1983. Pero de todos ellos, solo Andrés Blanco Díaz y Manuel García Cartagena se beneficiaron de aquella enseñanza. Lo atestiguan el libro de Blanco Díaz, en colaboración con Nicanor Trinidad, sobre la historia de la crítica literaria dominicana en el período 1961-1981, la cual ganó incluso un premio auspiciado por la Biblioteca Nacional; y, por supuesto, las obras de García Cartagena donde se refiere a la poética. Otro intelectual que ha hecho un uso consciente de la poética aplicada al cibermundo es Andrés Merejo. Lo demuestra también en sus obras. El resto de la ciudad letrada ve con absoluta indiferencia, tal como en el pasado vio con indiferencia el surrealismo, el cubismo, el existencialismo, la nueva novela francesa, el estructuralismo y la semiótica. Los intelectuales trujillistas no fueron ajenos a esas corrientes literarias, aunque fuera para combatirlas. Y cada vez que alguien ha introducido una teoría literaria nueva en nuestro país, los pocos seguidos que ha tenido, la distorsionan, la pervierten y recuperan de ella sus rasgos más conservadores y débiles. Este tipo de operación no es posible hacerlo con la poética. De ahí la indiferencia o el combate frontal contra ella, incluso de algunos estudiantes que en la Universidad conocieron la poética en mis clases.

Digamos que en los treinta y tantos años de difusión de la poética a través de la revista Cuadernos de Poética y de las obras que he publicado con aplicación de ese método, así como las obras de Manuel Matos Moquete y las de Manuel Núñez, que estudiaron con Henri Meschonnic, el conocimiento de esta disciplina por parte de algunos lectores es puramente libresca. Para quienes adoptan el pensamiento literario establecido por Platón y Aristóteles y sus seguidores de la teoría del signo y todas sus estilísticas les he muy difícil asimilar los conceptos de la poética, porque son inseparables de los cinco conceptos que quedan en pie de la lingüística de Saussure, a saber, 1) lo radicalmente arbitrario e histórico del signo lingüístico, 2) el sistema, 3) el valor, 4) el funcionamiento y 5) la lengua como forma, no sustancia. Uno de los conceptos más difíciles de la poética es el ritmo. En su sencillez estriba su dificultad- Yo diría que es el concepto clave de la poética, pues no pueden entenderse los conceptos saussureanos que acabo de citar sin entender lo que es el ritmo y los demás conceptos de la poética, como son el lenguaje y la historia como única y misma teoría, el discurso y el sentido, el sujeto y lo colectivo, el individuo y lo social, la ética y la traducción, el discurso y la ideología, etc. Sin embargo, hay que decir que todo el conocimiento literario anterior a la poética es un obstáculo para acceder a su comprensión.

En Hispanoamérica se dan casos, el de Costa Rica, por ejemplo, donde Alicia Miranda Hevia hizo un resumen traducido al español de Pour la poétique de 1970 y lo publicó en la Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica en 1978 y yo lo reproduje en Cuadernos de Poética 5 de 1985. Hay en Colombia dos personas que conocen algo de Meschonnic, si no yerro. La primera, he olvidado su nombre y he perdido su mail; la segunda, Consuelo Triviño, residente en Madrid, figura como firmante del Manifiesto de 2017 publicado en Cuadernos de Poética 30. En Puerto Rico, la poética fue conocida por el pintor y poeta Elizam Escobar, tal como se aprecia en su libro Los ensayos del artificiero. Cayey (P.R.): Sopa de Letras, 1999) y en Cuadernos de Poética publicó un ensayo sobre el ataúd del posmodernismo. En Perú, dejé entre varios escritores, el Manifiesto poético-político de 2017 cuando asistí a la Feria Internacional del Libro de Ayacucho en noviembre de 2017. Se da el caso de la Argentina, donde pequeños grupos (el finado poeta Luis Tonis, la sicoanalista Isabel Goldemberg, Jorge Monteleone y Alfredo Chacón, en Venezuela. Otro argentino que ha trabajado la poética es Diego Sztulwark, quien ha concedido una entrevista a Libertad Fructuoso en las redes con el humorístico título de “Meschonnic: el fraseo de una máquina tipo metralleta”) han asumido la poética a partir de las traducciones de algunos libros de Meschonnic por Hugo Savino y se han formado pequeños grupos cuyos trabajos circulan en las redes sociales o en revistas muy marginales. En Brasil, se ha traducido Crítica del ritmo. Antropología histórica del lenguaje, una obra monumental de Meschonnic, pero desconozco cuál ha sido la recepción de la poética en aquel país; en Puerto Rico el primero que estudió con Meschonnic en París VIII fue un estudiante de apellido Feliciano. Yo le conocí, pero luego se fue a Suiza y se desvió hacia los estudios de los falsificadores de obras de arte.  La poética es un discurso nuevo, un pensar nuevo que se abre paso muy lentamente, pues como lo reconoció Meschonnic en su libro Crisis del signo…, existe una barrera que le ha sido impuesta por el poder de los partidarios del signo en las grandes casas editoriales y en las universidades del establishment en los cuatro rincones del mundo, porque esos intelectuales saben lo que significa un ataque en regla a la metafísica del signo que les sostiene como individuos relacionados con el Poder y sus instancias. España es el paradigma de esa barrera en Europa y los Estados Unidos en el continente americano. Meschonnic y su poética también está presente con traducción al japonés y el coreano. Pero hay que señalar que la poética no es, al contrario de la semiótica, una sociedad internacional de adeptos. Cada cual asume la poética y hace con ella en su sociedad lo que tiene que hacer, sin esperar nada a cambio. Con la poética no hay premios ni castigos. El objetivo de quienes asumen la poética es el de situar los efectos políticos e ideológicos de la metafísica y su partido del signo en cada país específico.

¿Cree usted qué esta manera de “leer” y “mirar” que instaura H. Meschonnic en el último tercio de siglo XX sigue siendo pertinente hoy? ¿Por qué?

—Muy pertinente, porque la forma de “leer” y “mirar” los textos literarios de los distintos métodos que han llegado al siglo XX y al XXI siguen siendo los mismos del análisis dualista del contenido y la forma, o sea, actualización en cada época de la retórica y la poética de Aristóteles, con nuevos nombres: estilística, sociología de la literatura, estructuralismo, semiótica literaria, poética generativa (Chomsky), y un sinnúmero de métodos literarios similares.

¿Por qué la difusión de la poética en español ha tenido como puntal una isla del Caribe como Santo Domingo?

—Meschonnic lo explica bien en la presentación que hizo de su libro Crisis del signo… que acaba de publicarse en Cuadernos de Poética número 30. Dice que Diógenes Céspedes, Manuel Núñez y Manuel Matos Moquete estudiaron con él en París VIII y conocen bien la poética y saben qué tipo de trabajo deben hacer e indica que es imposible que la poética prospere en los Estados Unidos u otros países similares donde todavía están vigentes los grandes teóricos de la metafísica del signo como Derrida, Barthes, Kristeva y el pragmatismo literario de Austin y Peirce, agravado por la lingüística generativa de Chomsky que condena la poesía.

¿Cree que la poética se ha sido representada como un método verdadero, que derrumba todos los métodos o es una más en el concierto de las formas de crear una episteme sobre el arte y la literatura?

—La poética no es un método verdadero. Su núcleo duro conceptual reside en su planteamiento del ritmo como valor de la obra literaria, ritmo que se define como la orientación política del sentido en el discurso en contra de las ideologías de época, ritmo que lo define Meschonnic como el movimiento de la palabra en el lenguaje, en la escritura. Todas las aplicaciones del término ritmo en los discursos estilísticos hasta el día de hoy, método por método, caso por caso, remiten al dualismo del contenido y la forma. Todos los analistas literarios que no rompan con ese dualismo y asuman lo radicalmente arbitrario e histórico del signo siguen anclado en lo que Meschonnic denomina el partido del signo, es decir, en una teología lingüística pre-saussureana. La poética no es un método de la verdad. La verdad es una noción perteneciente a los métodos que están anclados en el dualismo del signo. La poética es simplemente un método de lectura-escritura conceptualmente más coherente que los demás métodos estilísticos del pasado y del presente.

Cuál es la importancia del teorizar en la actualidad en que vive la modernidad iniciada por Baudelaire?

—Nunca se termina de teorizar lo suficiente en una cultura-sociedad. Siempre hay un déficit de teoría. La dictadura de la opinión ocupa el lugar de la teoría en la cultura mediática. Por eso hay que teorizar hasta la saciedad en contra de la opinión y el dualismo del signo que la protege. La modernidad es siempre crítica. Con sus pequeños poemas en prosa, Baudelaire acabó con la métrica francesa. Lo dice Meschonnic. Lo que no impidió que todavía hoy haya poetas franceses que escriben versos medidos. Como los hay en la cultura dominicana que escriben sonetos. Son antiguallas que ni siquiera saben que Octavio Paz escribió que el poema medido de los tiempos modernos (decía esto para el siglo XX) no podía traducir las complejidades e imágenes de aquella época. Y yo digo: tampoco de esta.  Baudelaire es la modernidad, es decir, la crítica poética de su siglo. Pero lo es también Humboldt en materia de teoría del lenguaje. De ahí la deuda de Saussure con Humboldt. Y de la poética con Baudelaire-Humboldt-Saussure-Benjamín-Benveniste. La modernidad es siempre crítica: esa es su historicidad. La modernización y el modernismo son siempre acríticos, son estatus quo, porque parten del dualismo del signo.

En sus trabajos, usted ha ido cambiando del estructuralismo a la semiótica y a la poética, ¿en qué sentido la poética desplaza a estos acercamientos al texto literario?

—Cuando me di cuenta de que el estructuralismo y la semiótica que había introducido en mi cultura-sociedad en los años 70 en adelante eran deudores del dualismo del signo, adopté el método de la poética. Y fue como discontinuidad-continuidad, no por evolucionismo, y di cuenta de ese paso al publicar en el vespertino Última Hora, en 1973, la terminología de la poética. A partir de ese momento, comencé el estudio de este método, conocido por mí en el Seminario de Jean Peytard, en la Universidad de Besanzón, en 1972, cuando discutimos el libro de Meschonnic, Pour la poétique, publicado por Gallimard en 1970. La teoría de la poética me sedujo, pero la inmersión en el estructuralismo era tan profunda que solamente cuando me desintoxiqué de ese método dualista, y fue en Santo Domingo, entre 1974 y 1977, pude salir a flote y fui en noviembre de 1976 a ver a Meschonnic a París VIII para solicitarle que me admitiera en su Seminario de Poética para realizar el doctorado en literatura con él. Y así sucedió. En 1977 entré al Seminario de Poética. El resto es historia.

Sus estudios poéticos tienen su mayor logro en Lenguaje y poesía en Santo Domingo, aserto que usted ha confirmado en una entrevista, ¿Cuáles fueron, a su manera de ver, los hallazgos de esa investigación de los años ochenta?

—Antes de regresar a Santo Domingo en octubre de 1980, le pregunté a Meschonnic qué haría en mi país con la poética. –Haga lo que tenga que hacer, me dijo. Y comprendí que todos esos conocimientos adquiridos en tres años de estudios no servirían de nada si no emprendía una práctica teórica que despejara el estado de situación de los estudios del lenguaje y la poesía en mi cultura-sociedad. Me dediqué con ahínco a esa tarea antes de adentrarme en el análisis de los textos literarios. Fue una labor de clarificación. La poética que introducía por primera vez en Santo Domingo le decía a los escritores y profesores de literatura y de lingüística: ¡Ey!, he aquí un discurso nuevo que parte de los cinco conceptos fundamentales de la lingüística de Saussure: 1) lo radicalmente arbitrario e histórico del signo lingüístico, 2) el sistema, 3) el valor, 4) el funcionamiento y 5) la lengua es pura forma, no sustancia. Y todavía más, la práctica de la teoría de la poética iba a comenzar su implementación en el curso de “Interpretación y Análisis de la Obra Literaria I y II que comencé a impartir en el Departamento de Letras de la Universidad de Santo Domingo a partir del primer semestre de 1981. Antes de irme a estudiar con Meschonnic, había ganado por concurso de oposición esa asignatura en 1974 y comencé a impartirla con el método del estructuralismo literario que había traído de Besanzón en octubre de 1972, donde realicé la licenciatura en lingüística y la maestría en Estilística del Francés Literario. Para aquella época nadie tenía maestría en letras en la UASD, si no yerro.

También sus trabajos se han desplazado a la cultura-literatura en Latinoamérica y España. ¿A qué se debe que los estudios poéticos no hayan avanzado hacia una comprensión de la teoría de Meschonnic como se espera y de acuerdo a la importancia de la poética?

—La revista Cuadernos de Poética, que ya llegó a su número 30 fue, desde 1983, una gran difusora de los textos teóricos de Meschonnic tanto en el país como en Hispanoamérica y en la diáspora hispana en los Estados Unidos; y, en España, en menor medida. Mis libros y los análisis de textos que contienen, también lo han sido. Pero debo confesar que la poética se abre paso poco a poco debido a la sencilla razón de que la teoría del signo tiene un imperio de más de tres mil años en Occidente y el conocimiento que vehicula esta teoría en el plano literario está en el aire que respiramos en forma de clichés enlatados y estos clichés funcionan  como verdades incuestionables gracias a una dictadura de la opinión que ni siquiera necesita estudios formales para que cualquier hijo de vecino opine con autoridad acerca de lo que es una obra literaria. Esos clichés enlatados circulan en la sociedad en forma de pequeñas bolsitas de contenido ideológico que sintetizan los argumentos de las obras. Y entonces cada cual repite en cadena, desde la escuela y la universidad, esos clichés enlatados. En la escuela adquiere la forma de dogma y en la universidad, la de verdad establecida por la “ciencia” de los profesores del partido del signo. Todo el mundo sabe que la obra de valor literario es una contradicción indefinida de sentidos para la sociedad y que con esos sentidos no hay nada que demostrar en laboratorio, como se necesita la demostración de la prueba en los laboratorios para las ciencias naturales. Pero los profesores, por un prurito de orgullo, principalía y prestigio, se creen científicos de la literatura. Y esa doxa se expande a la sociedad en forma de huracán de categoría 5. Y todo el poder del Estado y sus instancias están ahí para respaldar, consciente o inconscientemente, esa doxa. De ahí que la poética estudie entonces esa relación del poder del Estado con la literatura, con los sujetos que la producen y con la historia y la ética de la que forman parte. Por esa razón, esa relación así estudiada desemboca en la política de la poética. Y usted sabe que esa teoría literaria patrocinada por los poderes del Estado y sus instancias en todas partes del mundo opera una separación entre el lenguaje y la vida, entre la literatura y lo político, entre la literatura y lo histórico, entre el ritmo y la métrica.

En cuanto al caso de España, creo, si no yerro, que la única reseña que se ha hecho a un               libro de Meschonnic la hizo Blas Matamoro en Cuadernos Hispanoamericanos cuando le envié un ejemplar de Para la poética, edición publicada en Santo Domingo por la Editora de Colores en 1998. Y no entendió nada. Si usted busca y escribe en Google: “Meschonnic en España”, no encontrará nada, hasta donde yo he buscado rastros de la poética en España. Y para mí, España es el paradigma del imperio de la vieja filología y la estilística al estilo Menéndez Pelayo, Menéndez Pida y Dámaso Alonso y su respectivo discipulado en la versión más actualizada del estructuralismo literario y la semiótica, al igual que lo son los Estados Unidos para el pragmatismo lingüístico, la poética generativa de Chomsky y la tríada Derrida-Barthes-Kristeva. En 1999, usted lo sabe, publiqué un librito que no llega a las 200 páginas, titulado Política de la teoría del lenguaje y la poesía en España en el siglo XX. Debe haber caído como una herejía judía o árabe en tiempo de los Reyes Católicos.

Y recuerde que aparte de esta teoría literaria del Poder y sus instancias, el obstáculo más formidable que encuentra la poética para abrirse paso es el viejo conocimiento de la teoría literaria del partido del signo que poseen todos los partidarios de la metafísica, quienes no tienen siquiera necesidad de incursionar en otra teoría que cuestione la suya, porque si esta es un discurso verdadero, ¿para qué preocuparse por otros discursos teóricos? Esa es la zona cómoda de la teoría dualista de todos los metafísicos. Pero la poética no tiene prisa. No posee la verdad ni piensa llegar primero que nadie, pero tampoco más tarde. Sus conceptos son radicalmente históricos. Están concebidos a prueba del tiempo. La debilidad de la teoría literaria de los miembros del partido del signo radica en creer que su dualismo posee la verdad. Nuestro concepto de lo múltiple les derrota, porque el sujeto le demuestra la ineficacia de sus análisis estilísticos. Les muestra las patas del pajuil que son.

Usted inició su labor latinoamericanista con trabajos sobre Rubén Darío y Octavio Paz, sobre el primero, ¿considera que la poética pudo alcanzar a situar la especificidad de la obra del poeta nicaragüense?

—El trabajo sobre Darío que figura en Seis ensayos sobre poética latinoamericana fue una provocación a los estilistas metristas. Estos consideraron siempre que el valor literario de los poemas mayores de Darío estaba centrado en la renovación de la métrica. El concepto de ritmo como forma-sentido abolió esa caducidad. La métrica no es parte del ritmo, sin conteo de sílabas. Son las rimas internas y los acentos rítmicos del vocalismo y del consonantismo los que configuran la prosodia y el paragramatismo de un texto. Y el ritmo-sentido orientado en contra de las ideologías literarias de época fue lo que Darío cambió y obligó a los poetas peninsulares a reconocer su novedad, con lo que terminó la ideología eurocéntrica de que los países de América Latina eran literaria, cultural e históricamente una provincia o una extensión de España. Con Darío y con Pedro Henríquez Ureña y sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión comienza el inicio del fin de esa dependencia colonial en materia literaria y cultural de los siglos XIX y XX, y su remate y frontera es el boom latinoamericano. Pero hoy, en pleno siglo XXI, los políticos y los literatos de Iberoamérica deben centrar su estrategia y sus tácticas en la realización de la segunda independencia política y literaria de los pueblos iberoamericanos de este Continente y para eso hay que iniciar una guerra contra el partido del signo y los Estados oligárquicos, clientelistas y patrimonialistas que viven de la corrupción, la impunidad y de la opresión y explotación brutal de los pueblos iberoamericanos. Pero no solamente me ocupo de Darío y Paz, sino que examino los problemas de la teoría del lenguaje y la poesía en Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Borges, y Neruda. Y ese trabajo comenzado en 1983 lo proseguí en otro libro de 1994 titulado Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX. En esa obra, examino el mismo problema en Vallejo, González Prada, Rodó, Macedonio Fernández, Paz, la nueva novela hispanoamericana (Fuentes, Cortázar, Sábato y Vargas Llosa), así como en Rosa Bastos, Mariátegui y Huidobro y el problema de las vanguardias.

En el caso de Paz, sus trabajos críticos lo llevan a reconocer una fisura en la manera de pensar lo político; de qué lado se coloca la poética en sus aplicaciones: ¿la izquierda, la derecha o en el anarquismo?

—En ninguna de esas lateralizaciones ideológicas que funcionan con la teoría del signo, con los cinco instrumentalismos y los seis paradigmas antropológicos del signo que Meschonnic estudió en su libro Crisis del signo. Política del ritmo y teoría del lenguaje y que la ciudad letrada de América Latina debería, no digo yo leer, sino estudiar y practicar cotidianamente si quiere que un pensamiento nuevo genere una política y una literatura nuevas. La política de la poética orienta su sentido en contra de las ideologías de época y en contra de las izquierdas y las derechas o el anarquismo, porque ellas tienen la misma teoría del Estado y la misma teoría del signo. El anarquismo organizará el Estado de abajo hacia arriba, si algún día llegara a tomar el poder. Las izquierdas y las derechas lo organizan de arriba hacia abajo, autoritariamente, como lo hacen también las dictaduras de izquierdas, las de derechas, la democracia representativa y los Estados oligárquicos que nos gobiernan en América Latina.

Durante muchos años animó un grupo de jóvenes, a través de la revista Cuadernos de Poética, que concluyó su primera época en el número 28, ¿cuáles son los logros y obstáculos que ha tenido la Poética en la República Dominicana?

—El logro mayor es que la poética está viva en nuestro país desde 1973 hasta ahora. Todos los grupos literarios han sucumbido bajo el peso de las estilísticas, el sociologismo literario marxista o funcionalista, el estructuralismo y la semiótica. Como se basan en la teoría del signo, esos métodos no tienen coherencia interna en sus conceptos y su método. Existe en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en abono de lo que digo, desde 2010, la Cátedra Extracurricular sobre el Pensamiento de Henri Meschonnic, la cual mantiene encendida la llama de la poética con seminarios y publicaciones, como pensar nuevo, alternativo, ante la existencia de las hermenéuticas literarias que fundan su interpretación de los textos, literarios o no, en la verdad. La poética es un método de lectura de la escritura fundado en el ritmo como organizador del sentido en la obra, como movimiento de la palabra en el lenguaje, como lo define Meschonnic. Y en ese ritmo que orienta políticamente el sentido en contra de las ideologías de época es donde reside el valor literario. Para los métodos estilísticos el valor reside en el contenido o en la forma, y ese dualismo siempre dejará de lado uno de los dos términos en provecho ya sea del contenido o de la forma y cuando tal método analiza la forma, desemboca en un contenidismo de la forma.  Los métodos estilísticos o hermenéuticos, al ser dualistas, fragmentan las obras y se concentran uno o dos aspectos de lo que es totalidad.

¿Piensa que hay algunos aspectos de la vida social y cultural que deban ser analizado a través del método de la semiótica?

—Benveniste es muy claro en su ensayo “Semiología de la lengua” que figura en uno de los tomos de sus Problemas de lingüística general publicado por Siglo XXI al delimitar la competencia de la semiología o semiótica. Se ocupa de las prácticas sociales que no usan el lenguaje: música, pintura, escultura, dibujo, arquitectura artística, señales del tránsito y códigos de navegación, códigos de Morse o de los sordomudos, etc. Meschonnic reformuló, en su libro sobre la pintura de Pierre Soulages, publicado por Odile Jacob en 2000, la tarea de la semiótica con respecto al cine. Es la única práctica social que tiene doble estatuto: usa las imágenes configuradas en cierto orden (montaje) y el lenguaje vuelto discurso, donde la dialéctica de la obra cinematográfica exige, para que sea valor artístico, la transformación de las imágenes de las obras anteriores y la transformación del discurso que encontró en su época. Ser siempre obras nuevas para el presente. La ciudad letrada latinoamericana debería leer de nuevo, y aprenderse de memoria este ensayo de Benveniste, para que algunos no sigan confundiendo el objeto de estudio de la semiótica con el de la poética o los métodos estilísticos cuyo objeto de estudio es el texto literario.

Volviendo a la poética, en el número 29 de Cuadernos de Poética, segunda época, aparece un dossier con los textos más emblemáticos de su colaborador Henri Meschonnic, en donde se destacan textos sobre el lenguaje y el poder, donde se resumen muchos de los postulados de esta manera de abordar la literatura y también lo social, ¿por qué la poética crítica al marxismo? ¿Cree en un posmarxismo?

—La poética critica un aspecto del marxismo: el de su concepción de la historia, la filosofía y la literatura, porque ese método trabaja con la teoría del signo que heredó de Hegel. Mediante esa teoría del signo, Marx condena el lenguaje por su insuficiencia y lo confunde con la ideología y, como usted lo leyó en el ensayo de Meschonnic que se publicó en Cuadernos de Poética 29, estas confusiones conducen al marxismo a fundar los cinco instrumentalismos que están bien definidos en dicho ensayo. No voy a repetir la definición de cada uno, sino que remito al lector al texto.

Pero lo que sí me interesa afirmar, que aún con esa teoría metafísica del signo, Marx es histórico cuando analiza el modo de producción capitalista y su funcionamiento y estimo que mientras exista el capitalismo, ese análisis tendrá validez.

Otro asunto diferente es la concepción de la historia, de la filosofía y de la literatura en Marx. Su ausencia de teoría del discurso y de teoría del sujeto le llevan a ver en estas disciplinas simples instrumentos al servicio de la lucha de clases y a concebir la historia como una ideología del racionalismo positivista y su marcha indetenible de la humanidad hacia el progreso. Ese sentido de la historia como ideología liquida su concepción de la historia.

También como un tema inaugural en la crítica caribeña, aparece el tema del sujeto, que luego usted ha trabajado en el libro El sujeto dominicano (2011) y Andrés Merejo en La dominicanidad transida (2017), ¿cree que el sujeto sea un organizador del discurso o una categoría social como el ciudadano?

—El sujeto se define en la poética de Meschonnic, y usted lo sabe muy bien, como múltiple y contradictorio y relacionado con el individuo y lo social. El individuo no puede ser confundido con el sujeto, como lo hacen los pensadores metafísicos, sobre todo Hegel y Marx. El individuo es una categoría política creada por la Ilustración y como tal, se detiene en la unidad, no pasa a lo múltiple y contradictorio. Es el individuo de la burguesía, surgido con la Revolución francesa. Esos rasgos de ser múltiple, contradictorio. Individual y social son los que definen al sujeto como histórico y político, ya que su estrategia en toda sociedad es luchar en contra del Poder y sus instancias, o de mantener el orden social o el de rebelarse o insurreccionarse en contra de ese orden o de adoptar cualquier otra posición con respecto a ese orden. No hay sujeto colectivo. Solo los sistemas totalitarios suplantan al sujeto individual por un sujeto colectivo, verdadero instrumento del Poder y sus instancias. Al ser contradictorio, el sujeto puede adoptar diferentes posiciones según la práctica social que elija en un momento dado. Esa es su multiplicidad. Usted vio que Meschonnic definió 12 tipos de sujetos y Andrés Merejo teorizó y definió al sujeto 13: el sujeto cibernético. Creo que todos los estudiosos que fundan un pensar nuevo pueden alargar esta lista de sujetos. Por ejemplo, se me antoja con plantear algunos tipos de sujetos que estudio en mi libro sobre el tema: el sujeto de la lucha de clases, el sujeto oligárquico, el sujeto periodístico, el sujeto feminista, etc. Definidos siempre desde la perspectiva de la poético y los cinco conceptos fundamentales de Saussure que enumeré más arriba.

Y con respecto al ciudadano, no todo sujeto lo es. Los sujetos clientelistas y los sujetos patrimonialista son ciudadanos; tampoco lo es el sujeto dormido. La sociología política define muy bien los rasgos pertinentes que caracterizan al ciudadano: conciencia política y conciencia nacional, conciencia de pertenecer a una comunidad nacional y de ser una unidad personal, conciencia cívica, conciencia ética, conciencia de clase y conciencia de ser sujeto, incluida la conciencia de los derechos que le otorgó la Revolución francesa.

¿Existe, a su manera de ver, un trabajo sobre el sujeto en los movimientos agrupados en estilos de la sexualidad que actualmente mantienen viva una lucha contra los poderes en el mundo?

—No, no existe. Para que exista ese trabajo, quien lo haga debe partir de los cinco conceptos que quedan en pie de la lingüística saussureana y de los conceptos de la poética de Meschonnic. Si no se parte de ahí, se tendrá siempre, explícita o implícitamente, una teoría del individuo confundido con el sujeto hegeliano. Creo que en los años 80 escribí un texto sobre el feminismo y cómo este debía salir de ese hegelianismo sí quería construir una teoría del sujeto femenino. Pero atrapados por los partidos de izquierda, las feministas dominicanas miraron para otro lado, como si no fuera con ellas. Ahí las veo ahora vegetando y, como los veteranos de guerra, repiten las glorias pasadas y la nueva jerga de la globalización y el neoliberalismo.

Hay sujetos del amor y del erotismo, que son políticos. Pero muchos ignoran que el amor es político y viven arropados por la ideología del amor pasional, herencia de lo que el mundo de los trovadores surgido en el siglo XI le legó al romanticismo del siglo XIX. El bolero y las baladas del cancionero popular son las metáforas trilladas de aquellos dos mundos.

Otro aspecto de sus trabajos está dedicado al problema de la metafísica del signo. ¿Puede explicar para nuestros lectores, en qué se basa un programa crítico sobre el signo y cuáles son las consecuencias ideológicas de la metafísica del signo?

—Más arriba he esbozado en qué consiste la teoría metafísica del signo. Es la adscripción, consciente o inconscientemente, en contra de los cinco conceptos que quedan en pie de la lingüística de Saussure y en contra de los conceptos de la poética. Las consecuencias para el que adopta esta metafísica del signo es la reproducción de un discurso circular que no aporta ningún conocimiento nuevo al objeto de estudio que emprende, o sea, que no transforma nada. Y por el lado político, el sujeto de la metafísica reproduce el mantenimiento del orden político de los sistemas sociales en la tierra y el orden teológico y sagrado en el más allá. Y se le paga muy bien por mantener esa posición teológico-política. La metafísica es un discurso que tiene por objeto una abstracción: lo sagrado, o sea, a Dios en el monoteísmo y a los dioses en las civilizaciones politeístas. La religión es el negocio de los metafísicos.

Otro aspecto de los trabajos de Meschonnic tienen que ver con la noción de ritmo, una crítica a la noción tradicional de ritmo, ¿cómo el ritmo concebido por Meschonnic y que usted práctica, tiene una concepción sobre la vida y la libertad de los sujetos?

—Los sujetos que están inscritos en la metafísica del signo no entienden ni siquiera a los metafísicos que en algún momento se apartaron de esta doctrina dualista que separa el significante y el significado, el lenguaje y la vida. Por ejemplo, cuando Aristóteles señala en su Poética que el ritmo no era el metro, produjo un conocimiento nuevo de alcance incalculable y que tuvo consecuencia para investigadores como Émile Benveniste y Meschonnic. Pero los metafísicos posteriores le pasan de largo a esta afirmación aristotélica. Y cuando Aristóteles formuló esa afirmación, estaba eliminando la métrica del juego. Y los estilistas y hermeneutas literarios han preferido obviar a Aristóteles y afincarse en la creencia de que la métrica (es decir, la poesía medida silábicamente) es equivalente al ritmo. Y el ensayo revelador de Benveniste titulado “La noción de ‘ritmo’ en su expresión lingüística” produjo un hallazgo sorprendente. En ninguna de las definiciones clásicas de la palabra ritmo, fuera en Grecia, fuera en Roma, la palabra ritmo no significó otra cosa que “forma”, sin importar a lo que se refiriera. Y este estudio de Benveniste le permitió a Meschonnic y su poética ampliar el concepto de ritmo y definirlo como el movimiento de la palabra en la escritura y dejar de lado todas las nociones tradicionales de la palabra ritmo asociada a conteo de silabas o como sinónimo del movimiento de las mareas, del agua de un río que corre, de la música o del ritmo biológico, de la respiración o del corazón, del cosmos y su métrica invisible, etc. Usted busca la definición de ritmo en las antologías, historias literarias y en los libros pretendidamente de crítica literaria escritos por dominicanos y encontrará estas definiciones tradicionales que le acabo de enumerar. Yo hice ese ejercicio y en algunos de mis libros está documentado. Y usted toma esos mismos libros y enciclopedias de todos los países del mundo y se encontrará con el mismo resultado. Y esto tiene consecuencias para los demás conceptos que usted use en literatura, en historia, en filosofía y en cualquier otra disciplina, y sobre todo para el concepto de sujeto, que es múltiple y contradictorio, y desde el momento en que usted confunde al sujeto con el individuo, hay un problema de libertad, pues el sujeto es la máxima amplitud de la liberad, mientras que el individuo se queda en la unidad burguesa, en la democracia representativa, donde ese individuo se distingue por su falta de conciencia política y de conciencia nacional. Y esa falta de conciencia genera los autoritarismos conocidos de todos y que están hoy recorriendo el mundo como un fantasma.

¿Existe una estética en la poética y en la teoría del arte donde la estética haya sido declarada como, tal como usted lo afirma al criticar los discursos sobre el arte de Pedro Mir?

—Claro, amigo, no sé por qué al escribir usted Poética no se le ocurrió mencionar de inmediato la obra Retórica, de Aristóteles. Ese libro es la estética de la poética aristotélica. Y la estética se define en Occidente, y en las otras culturas del mundo, como la belleza de todo lo existente, incluidas, por supuesto, la literatura y las obras literarias que nos atañen en este momento. Y usted sabe que en el mismo Platón y en Aristóteles la belleza es sinónimo de verdad y utilidad. Ahí tiene ya usted, desde la remota Antigüedad hasta hoy, siglo XXI, todo lo que significa literatura en sus distintos géneros para las concepciones metafísicas de la literatura y el arte. La poética meschonniciana vino a derrumbar estos clichés tradicionales. Barthes avanzó un poco con la noción de placer de la lectura, siguiendo a Foucault, y Meschonnic le propinó el banderillazo con la concepción del ritmo como movimiento de la palabra en el lenguaje y como la orientación política del sentido orientado en contra de las ideologías de época, del Poder y sus instancias. El lector encontrará en la obra que presente estas características, además de ese ritmo como paragramatismo y prosodia o forma-sentido, el verdadero placer de la lectura, pero este placer no tiene nada que ver con la belleza, la cual existe solamente como sustantivo abstracto en los diccionarios. Barthes demostró en el análisis que practicó a la novela corta de Balzac titulada Sarrasine o S/Z que la belleza existe como discurso tautológico que habla siempre de lo mismo: Lo bello es hermoso, lindo, etc. A la pregunta de bella o bello como qué o quién, surge siempre una respuesta tautológica o pleonástica.

¿Cuáles serían los presupuestos para construir una teoría del arte que a la vez sea una teoría del lenguaje, del poder y del sujeto?

—Los presupuestos son: La asunción de los cinco conceptos fundamentales de la lingüística de Saussure, los seis paradigmas antropológicos del signo y los conceptos de la poética de Meschonnic. Ya el público tiene en Cuadernos de Poética y la traducción que hice del primer libro de Meschonnic titulado Para la poética (Santo Domingo: De Colores, 1998) y en Crisis del signo. Política del ritmo y teoría del lenguaje (Santo Domingo: Ferilibro, 2000), la fuente primaria de estos presupuestos para entender “una teoría del arte que a la vez sea una teoría del lenguaje, del poder y del sujeto”.

¿Cuál es el estado actual de la escritura y la crítica literaria en la República Dominicana?

—La crisis que viven la sociedad, los escritores y artistas dominicanos como desorientación política del sentido los ha llevado a asumir la jerga de la globalización y el neoliberalismo, cuyas bases son la cultura y la literatura light. Como es un discurso circular, tautológico, basado en la teoría metafísica del signo, él produce una desmovilización política de los sujetos y crea la base del refugio en los fundamentalismos religiosos o el refugio en el intimismo y un odio a los proyectos sociales. En estas condiciones, los escritores y poetas están obligados a producir, por falta de conciencia política y de conciencia nacional, una literatura de la crisis o  a veces una apología de la muerte, que se traduce en textos pesimistas, denunciadores, seudo-anarquizantes, individualistas con contenidos que imitan las emociones y sentimientos de ellos mismos como seres biográficos o de otros sujetos, pero imitación al fin, y esos textos desembocan en la apología de la apatía, el misticismo y el indiferentismo, en el impudor del yo y en la reproducción de ideologías intimistas o una defensa de los valores familiares tradicionales. Por esos caminos anda no solamente la literatura dominicana del siglo XXI, sino la de toda América Latina, Estados Unidos y Europa. Ante la ola de ultraderechismo y conservadurismo que ronda el mundo, el repliegue de las luchas políticas populares es la cosecha a la vista, porque el estómago está primero. Los valores democráticos y el contrapeso que significaban las izquierdas cuando el mundo era bipolar están hoy devaluados y, ahora, en este mundo unipolar, surgen los nacionalismos, los proteccionismos y las luchas inter-imperialistas, como en el siglo XIX y hasta las dos últimas guerras mundiales. En ese panorama desolador hay que tener el cerebro bien amueblado para no sucumbir ante la violencia política y la violencia sagrada desatada por los fundamentalismos políticos y religiosos.

En el número 30 de Cuadernos de Poética publica usted un manifiesto sobre el partido del ritmo, ¿Es posible un partido nuevo en la cultura política dominicana, dominada por una “ciertas maneras” de relaciones e intercambios en la que el sentido ético sale perdiendo a favor de un pragmatismo instrumentalista?

—Ese Manifiesto, al estilo Zola, es un “Yo acuso” a esa clase política clientelista y patrimonialista de mi país, cuyo pueblo no ha podido formar una nación y menos aún un Estado nacional verdadero en razón, y sigo la tesis de Américo Lugo, de la falta de conciencia política y de conciencia nacional, carencias a las que Juan Bosch le agregó la de clase y yo la de ser sujeto. Es una provocación, y un estímulo a que algún político anticlientelista y antipatrimonialista asuma el reto de fundar ese tipo de partido en el país o en América Latina. Fíjese que el Manifiesto habla de una primera independencia política y literaria de América Latina, hecha por Bolívar y los demás libertadores; y, por Rubén Darío y Pedro Henríquez Ureña en el plano literario. Pero fíjese también que el Manifiesto insta a los pueblos de América Latina a construir una segunda independencia política y literaria que les saque del dominio de los frentes oligárquicos y su dependencia del poder imperial de los Estados Unidos, país que juega para nosotros la posición de Persia para griegos y espartanos durante la guerra del Peloponeso. Esa segunda independencia literaria ha comenzado ya, pero pocos son los que en América Latina se han dado cuenta de que esto comenzó aquí, en la República Dominicana, con la introducción de la poética de Meschonnic. Con respecto a la segunda independencia política, el asunto está más lejos, y aquí resalto el hecho de que una revolución política y una revolución literatura pueden coincidir en el tiempo, pero esto casi nunca se produce. En Grecia coincidieron una vez con Solón, Clístenes y Pericles y el desarrollo de la literatura y el arte en el Ática, pero ya nunca más después de la caída del imperio marítimo de Grecia, vencida por Esparta y Persia y luego conquistada por los romanos.

¿Cómo una teoría política puede cambiar las prácticas éticas y culturales que determinan la acción política?

—La teoría política construida por intelectuales puede, al ser leída, cambiar las prácticas éticas y culturales, pero de ahí hay que pasar a la práctica política para construir un cambio en la sociedad, que a veces llaman revolución. Si esa revolución se produce, como fueron los casos de Inglaterra con Cromwell, la independencia de los Estados Unidos en 1776 y la Revolución francesa en 1789 o el de la Unión Soviética con su revolución de 1917. Estas revoluciones fueron una ética momentánea hasta antes de la toma del poder. Cuando la toma del poder se consolida, ahí misma cesa la revolución y crean entonces los monstruos a que alude Octavio Paz en El ogro filantrópico y en Pasión crítica, debido a que todo poder es expansivo, como dice Meschonnic, motivo por el cual tiende a convertirse en totalitario o absolutista. En estos cuatro países que señalo, con excepción de la Unión Soviética que terminó con su disolución por otras razones Partido único e imposibilidad del cálculo económico al no existir ley de la oferta y la demanda), el poder una vez estabilizado en Inglaterra, Estados Unidos y Francia buscó, debido a las luchas de clases casi parejas, un equilibrio que se llama democracia representativa, pero esta es la ficción teórica del Contrato social de Rousseau teorizado por Meschonnic.

¿Cómo puede superar esta teoría de lo político el intento fundacional en la cultura dominicana de Juan Bosch a partir de su salida del PRD en 1973?

—Lea atentamente mi respuesta a las preguntas 21 y 22. El intento de Lugo de fundar un partido burgués anticlientelista y antipatrimonialista fracasó en el mismo 1924, traicionado por Peña Batlle y compartes. El esfuerzo de Juan Bosch de fundar un partido anticlientelista y antipatrimonialistga con miras a crear un Estado nacional verdadero fracasó el mismo día de la toma del poder: el 16 de agosto de 1996. ¿Qué explica los dos fracasos? La falta de conciencia política y de conciencia nacional, la falta de consciencia de clase y la falta de conciencia de ser sujeto explican dichos fracasos. Vea usted dónde estamos desde hace más 20 años.

¿Cree usted que la política se basa en un concierto social o en una conciencia social que genere cambios en la acción de un partido nuevo?

—El concierto social es lo mismo que el consenso. Ambos son un fantasma. El consenso es la unanimidad y donde hay sujetos, esta no existe. Lo que hay son luchas, contradicciones.  La conciencia social, que Lugo la llama conciencia política y conciencia nacional, si el pueblo las posee, es lo único que puede cambiar el Estado autoritario, centralizado administrativamente, clientelista y patrimonialista que nos gastamos desde 1844 hasta hoy. Pero, por infortunio, constato que esta conciencia política y esta conciencia nacional están muy lejos del alcance del pueblo dominicano. Un pueblo que desea emigrar masivamente al extranjero, sobre todo a los Estados Unidos, no tiene ni siquiera conciencia de su identidad y un pueblo que no sabe a qué clase pertenece, y que aspira a ser rico y blanco o al menos a blanquearse, no sabe hacia dónde se dirige. Un pueblo acostumbrado a que todo se lo den, no llega lejos. Un pueblo sin educación y sin civismo, no llega lejos. Un pueblo que todo lo posterga o deja para último, no llega lejos. Un pueblo que no ahorra y no tiene conciencia de lo que significa invertir para el desarrollo de la economía del país, no llega lejos. Un pueblo cuya cultura popular es la juerga, el alcohol y el fandango, no llega lejos.

¿Hasta dónde su teoría del partido no reproduce los efectos del partido único y las prácticas del poder contra los sujetos desafectos?

—Si un partido del ritmo asume el concepto de sujeto como único y contradictorio, no caerá jamás en la tentación de convertirse en partido único, como es lo propio de las dictaduras de izquierdas y de derechas. Si cae en eso, entonces no es un partido del ritmo. Es un partido del signo.

¿Es posible una teoría de lo político que mantenga la teoría de la libertad del sujeto sobre las ideas de verdad del entramado partidario, como lo postula Bosch en el cuento “La mancha indeleble” que usted ha trabajado en varios de sus libros?

—Lo único que sé pertinentemente es que, en las democracias representativas, en las dictaduras de izquierdas o de derechas que existen en el mundo, no es posible maridar la libertad del sujeto con la verdad del entramado partidario y, voy más lejos, con el sistema social llamado gobierno, donde se practica la pragmática del poder y sus instancias. En el cuento “La mancha indeleble” hay un intento del sistema político-social de reducir al sujeto del cuento a un individuo uniforme. Yo diría que se trata de reducirle a un no sujeto, donde el partido piensa por él. Eso es propio de las dictaduras de izquierdas y de derechas, y más acusado en los regímenes comunistas. Ese cuento de Bosch es su mejor cuento como forma sentido, como ritmo-sentido, irrecuperable para nuestra sociedad y para los partidarios mismos de los regímenes peledeístas que imponen la obediencia al partido por encima de todo. Incluso imponen el silencio ante temas políticos delicados, es decir la razón política de Estado o de partido. El cuento de Bosch es una crítica radical a esos partidos totalitarios, sin importar la calificación. Ese cuento es lo que llamo una obra con valor literario, porque orienta políticamente su sentido y su prosodia en contra de las ideologías de época: el poder político de los partidos y, por extensión, Poder y sus instancias, dialécticamente inseparables del Estado.

DIÓGENES CÉSPEDES, BÁSICO

Diógenes Céspedes, crítico literario, poeta, narrador, periodista y lingüista, nació en Hato Mayor, República Dominicana, el 28 de mayo de 1941. Se graduó de periodista en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en 1968. De 1969 a 1972 realizó dos licenciaturas y una maestría (en francés, en lingüística y estilística) en la Universidad de Besanzón, Francia. De 1977 a 1980 se graduó de doctor en literatura general (especialidad en poética) en la Universidad de París VIII (Vincennes-Saint-Denis). Actualmente es colaborador del suplemento sabatino Areíto del periódico Hoy y de la página de opinión de Acento.com.

Ha publicado los siguientes libros: Escritos críticos (1976); Ejercicios II (1983); Seis ensayos sobre poética latinoamericana (1983); Estudios sobre literatura, cultura e ideologías (1983); Ideas filosóficas, discurso sindical y mitos cotidianos en Santo Domingo (1984); Política de la teoría del lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX (1985); Antología de la oratoria en Santo Domingo (1984); Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX (1995); José Martí en la política y el amor (1995); Antología del cuento dominicano (1996); La poética de Franklin Mieses Burgos (1997); Contra la ideología racista en Santo Domingo. Dos campañas por Peña Gómez (1998); Historia de la Asociación de Empresas Industriales de Herrera: Entrevistas y documentos (1998); Política de la teoría del lenguaje y la poesía en España en el siglo XX (1999); Vigil Díaz/Zacarías Espinal. Obras (2000, en colaboración con Andrés Blanco Díaz); Al arma contra figuraciones (poemas, 2001); Salomé Ureña y Hostos (2003); Los orígenes de la ideología trujillista (editor),(2002); Tres ensayos acerca de la relación entre los intelectuales, el Poder y sus instancias (2003.); Ensayos sobre lingüística, poética y cultura (2005); La sangre ajena (cuentos, 2007); Estudios lingüísticos, literarios, culturales y semióticos (2011); El sujeto dominicano. Estudios acerca de su especificidad (2012) y Política y teoría del futuro Estado nacional dominicano (2012); Migrantes dominicanos: Ideologías y figuras independentistas en la literatura feminista puertorriqueña. 1980-2010 (2014), Ponencias del coloquio Henri Meschonnic (editor, 2014).

Ha traducido del francés la novela de Anthony Lespès, Las semillas de la ira (1990) y de Henri Meschonnic, Para la poética (1996). En 1984 obtuvo el premio nacional de ensayo otorgado por la Secretaría de Estado de Educación por su libro Seis ensayos sobre poética latinoamericana; en 1987 fue profesor invitado en la Universidad de Nebraska-Lincoln y en 1996-97 en Manhattan College, de Nueva York; en 2003 fue galardonado con el premio Canoabo de Oro que otorga la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores. Desde 1974 hasta 2011 fue profesor de análisis de textos literarios en la Escuela de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de la cual es Profesor Meritísimo. Dirigió desde 1983 hasta 1994 la revista Cuadernos de Poética (28 números publicados.) Fue editor del suplemento “Cultura” del periódico El Siglo hasta octubre de 2001. Desde el año 2000 a 2002 fue director de Publicaciones de la Biblioteca Nacional “Pedro Henríquez Ureña”, y a partir de marzo de 2002 su director general hasta el 16 de agosto de 2004. Es miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, de la cual fue subdirector, y miembro de número también de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. El 20 de febrero de 2007 recibió el Premio Nacional de Literatura otorgado por la Secretaría de Estado de Cultura y la Fundación Corripio. Desde febrero de 2008 hasta 2011 ocupó el cargo de director del Departamento de Español de la Universidad APEC, de Santo Domingo, institución de la cual es actualmente Asesor Cultural. También dirige desde 2010 la Cátedra Extracurricular sobre el Pensamiento de Henri Meschonnic, adscrita a las Escuelas de Letras y Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. En la actualidad, está en la fase final de una investigación para la UASD acerca de la percepción de los inmigrantes dominicanos ilegales a Puerto Rico a través de la literatura femenina boricua.

___________________________

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (2009), Las palabras sublevadas (2011) y Los letrados y la nación dominicana (2013), entre otros.

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top