La vieja historia que se renueva Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Entrevistas » La vieja historia que se renueva

La vieja historia que se renueva

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] La invención de la escritura no acabó con la literatura oral, como habrán podido temer los juglares. Lo que hizo fue introducir una nueva técnica de memorización y con ella ampliar las posibilidades expresivas del lenguaje literario.

Vieja es la historia del rechazo a todo lo novedoso por novedoso o, más bien, por vérselo como una amenaza contra la continuidad de lo conocido, de lo que se tiene por perfecto porque se lo conoce bien y satisface sin complejidades las romas necesidades de lo habitual. Consecuencia de la ley del mínimo esfuerzo (que es también la ley de no averiguar más de lo mínimamente imprescindible), la desconfianza de la novedad, la antipatía al cambio, la defensa de lo consabido —que son todas una misma mezquindad— han imperado y han tratado de imponerse cada vez que el progreso ha propuesto un avance, una mejora de lo disponible. Pero, contra toda acusación de inaceptable, lo nuevo se ha impuesto casi siempre y a pesar del griterío en contra, a pesar de la miopía de los defensores de lo propiamente establecido.

Algo de esta vieja historia se ha repetido entre algunos supuestos sabios que se aferran al libro impreso —a la tinta y al papel— como a las reliquias inútiles se aferran los supersticiosos que confunden lo material de las cenizas con la magia del milagro. Rasgan vestiduras ante la supuesta muerte del libro, ese objeto que apenas tiene unos siglos de existencia y una larga historia de transformaciones técnicas probablemente plagada de vetustas oposiciones a las transformaciones innovadoras. Lamentan lo que no tiene nada de lamentable: la maravilla de una tecnología que nada tiene contra el libro y menos aún contra las letras que tan torpemente creen violadas y denigradas por la novedad electrónica y sus aparatos tan diferentes al aromático libro de papel y tinta.

Que se quejen. Amargados por el triunfo de la novedad y por su error de no querer admitirla, habrán de reconocer las virtudes de lo renovador y acabarán adoptando las nuevas técnicas y sus múltiples posibilidades. Está la historia para probar que no hay fuerza que pueda detener la imposición de lo que mejora y enriquece el tesoro de las letras. Por lo demás, la novedad de la tecnología no niega la existencia del libro: lo complementa, a la vez que le abre a la literatura, al arte de la palabra, un sinfín de nuevas formas de manifestarse. Estamos al comienzo de una aventura creativa que promete un sinfín de sorpresas admirables. Las posibilidades son inimaginables y están en las manos y el genio de los que seguirán creando el ensueño de lo literario.

Ante la nerviosa sucesión de instantáneas a que nos va acostumbrando la navegación en los espacios casi infinitos de la red podría, por ejemplo, proponerse desde una posición de lector tradicional, un modo diferente de moverse de una pantalla digital a otra, una actitud menos impaciente frente a la urgencia de tanta información inmediata; o, a lo menos, ejercer cierto freno contra el desenfreno de la proliferación de textos electrónicos y la avidez que produce el saberlos a mano, al pulso casi mágico de unas cuantas teclas de un aparato ubicuamente portátil. Podría proponerse, en otras palabras, la disciplina de la lentitud y de la calma próximas a la contemplación y propias de la lectura rigurosa a la que exigen textos concebidos y escritos para el paso pausado de las páginas impresas de un libro sostenido en las manos. O, mejor aún, propóngase una adopción de la agilidad y el desenfreno en la creación literaria, como ya se lo está haciendo en la red y como se lo seguirá haciendo, cada vez más creativamente, a medida que la tecnología vaya añadiendo mejoras y variaciones de las técnicas ya disponibles.

Lo que no se puede hacer —y dudo que se haga— es desechar como inadecuadas para la creación literaria las innovaciones técnicas de la nueva era. No se hable de renegar —como lo harán algunos— de las maravillas que nos han venido con los avances de una tecnología de infinitas posibilidades; no se reclame el volver al libro y a las bibliotecas personales, hermosas y a la vez engorrosas en su demanda de espacio y colección de polvaredas; no se reclame la superioridad de la página impresa por sobre la agilidad de la pantalla. No se trata de competir entre dos formas diferentes de transcribir y descifrar la comunicación verbal y, en especial, por su carácter estético, la lengua literaria. Al libro se añaden los textos electrónicos en sus diversas variedades. No compiten, colaboran.

No debería caber duda alguna sobre cómo se manifestó, qué forma tuvo, la primera expresión de rasgos literarios: sin duda fue la palabra dicha de viva voz, para ser oída. Debió bastar —mientras no hubo una técnica y un método de transcripción de lo oral a lo escrito— la voz y la memoria. Puede uno imaginar el progreso milenario que llevó de las primeras efusiones espontáneas de una lengua balbuceante a la rigurosa mecánica de la palabra regulada que hizo posible la oración sintáctica y estilísticamente compleja reproducida en la expresión oral técnicamente efectiva. Logro que hasta el día de hoy nos sirve y se aprovecha de la más reciente tecnología audiovisual. Lo oral de los orígenes sigue con nosotros e incluso recobra centralidad con las posibilidades que le ofrece la tecnología. Hoy se puede oír, como en los primeros tiempos, al vate y al juglar narrar en recitado las epopeyas míticas, cantar las coplas más antiguas y el escritor actual puede experimentar con la oralidad y con su propia voz, si quiere. Y el público puede ser auditor como nunca ha dejado de serlo.

La invención de la escritura no acabó con la literatura oral, como habrán podido temer los juglares; podrá haber dado la impresión —equivocada, por cierto— de que la sustituía. Lo que hizo fue introducir una nueva técnica de memorización y con ella ampliar las posibilidades expresivas del lenguaje literario. Al recitado y a la narración oral se añadió el texto escrito que, por mucho tiempo, fue de uso exclusivo de unos pocos. Tuvieron que darse sucesivas innovaciones, desde la teja de barro al rollo de papiro y el palimpsesto de piel de chivo escritos a mano con buril, pincel y pluma, hasta el libro de papel impreso que solo la tecnología decimonónica llegó a producir en cantidad y precio adecuados a la multitud.

A esa larga historia viene a añadirse la nueva tecnología, la que hace posible una publicación como ésta, accesible a prácticamente todos —a la población mundial, si se quiere ser exageradamente exacto— y abierta al diálogo inmediato, si el lector desea entablarlo. Hagamos de los nuevos instrumentos herramientas del incesante decir del arte.

_________________________

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015).

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top