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Para los que llegaron tarde a donde Pelegrín

JIMMY VALDEZ [mediaisla] Poco a poco, callado quizás, con aquella sonrisa tan suya y circunspecta —como casi siempre salía de las fiestas y reuniones—, se fue hace pocos días el Matatán, el amigo, el hermano Eduardo Lantigua a continuar en otros predios su inagotable lectura.

Usted se la imagina; quizás puede verle la cara, los dedos, el capote negro que la caracteriza.

Unas veces la nombra, otras veces presiente su presencia en la heladez de las cosas, en el erizado pulso que recorre el cuerpo, en esa postura ahilada de los fierros corroídos que como la niebla traumatiza la visión, la vuelve nula, empaña el bosque.

A usted se le ocurre estar preparado, se muerde los labios, entona un bocado, aguanta el aire, cierra los ojos, va desenvainando toda resiliencia, toda bravura, la más hermosa de las fuerzas.

Pero ella se impone a las trampas, al vacío, a la lista de supermercado en la que se han ido anotando las cosas del diario consumo (carne y jabón de baño, papel higiénico, cremas para el acné).

No es hermosa, lo siento por todos aquellos que prefieren abrazarla como a la nana que nos amamantó cuando no éramos más que un bollo de peludas hebras y legañas.

—¡Qué oficio tan feo tienes! —me decía Eduardo, mientras yo, sentado a su lado en las noches aquellas en las que me colocaba justo al borde de su cama, introducía alguna vergüenza que le hiciera molestar, sonreír o simplemente buscar alrededor algún filoso objeto que arrojarme mientras yo salía corriendo a carcajadas.

—¡Temo por ti, hijo loco mío! —me lanzaba de retortijón en los momentos tristes de todas mis tristezas—. Ella no parece quererte —me decía—. Es mejor que la olvides —y entonces yo me iba a la proximidad de la otra habitación con el nudo de aquella verdad rodeándome el pescuezo, llorosamente crudo, encadenado al rugir radioactivo de un constante lamento que como gota fría caía sobre nosotros cada vez que hablábamos a mi regreso del trabajo.

—Es muy triste no poder escribir, Jimmito, tengo tantas cosas que decir y no puedo.

Lo escuché varias veces, mirando siempre al techo, acariciando un libro recién llegado a la casa, nombrando a los amigos que, como René, Miolán, el viejo Espínola, iluminaban el todo de su sentir más dispuesto a la vida.

—Tiene buenas piernas, Jimmito; qué simpática me resulta. Tú no escarmientas; coño, Jimmy, ¡pero es que te has vuelto loco! Te vamos a desheredar y ya verás si el gas pela.

Y así las noches de cada sábado o domingo. Rodeados todos por el vino, la poesía, las discusiones baldías entre la izquierda y la izquierda… ¡Cuántos enemigos amados nos ganamos defendiendo el absurdo que son las propias mentiras!

Usted se la imagina, cree conocerla, sabe de ella al servirse el plato de sopa o ser servido en la fonda de un arroz con pollo y música de fondo a todo el volumen de lo necio.

—¡Jamás aprenderemos a ser civilizados! —dijo muchas veces mientras viajábamos por esos rincones apartados y paradas obligadas para orinar o comer, siempre dirigiéndonos a la jodida lectura de feria, homenaje, juego de béisbol o simplemente baile, en el que el cascarrabias de Eduardo optaba siempre por irse temprano, mientras a mí ser había que recogerlo con dos placas y tirarlo al fondo de una mesa a pasar el jumo del amargue.

—¡Esto es una injusticia! —dijo varias veces en el trote aquel de New Hampshire, en donde todos cargábamos con una hembra y el pobre del Matatán tuvo que aguantar frío en la oscuridad de una habitación solo para él…

—¡La próxima vez no vuelvo solo, mejor me quedo!  —y cuando volvimos, ya Sandra era la mejor de las cosas en todo el universo de su existir.

Una puerta y cinco turpenes que en realidad éramos 7 (con Ruben, Acosta, pata e palo y la bañera). A mi madre le dijo una vez: tengo dos cervezas en la nevera, son para usted, y mi madre recuerda aquel desprendimiento y cariño con la pureza de quien ofrece lo mejor de sí a cambio de poco o nada como lo es una sonrisa.

—Y me puso una pistola en la cabeza, para luego decirme: ocupas mi lugar en el callejón. Esos cartones son míos y este rincón me pertenece —Eduardo fumaba en el entonces, y era homeless y apenas había llegado a Miami, detrás de quién sabe qué cosa.

Y le ofreció al tipo una fumada. Y el tipo aceptó. Y luego el tipo se convirtió en su guardaespaldas y luego ocurrió que Eduardo tuvo casa y luego tuvo al Bronx, y del Bronx jamás salió más que a joder por los contornos o por Villa.

—Usted le teme, busca ignorarle, quiere que le llegue sin dolores ni padeceres. ¡Que le llegue en una venida, con una mueca feliz, de un tajo fulminante!

Pero es necia, es malvada, nos golpea con su cola y la guadaña de revés, haciéndose la simpática la muy maldita, la hijoeputa, la sagrada.

Y nos deja como al bagazo de la caña, créeme Jimmito, el amor y la muerte son hermanas, ¡no te aferres, que son 120 millones de japoneses y más de la mitad son mujeres, alguna otra ha de tocarte!

Y Kianny y Keysi y la Lourdes y las hembras que llevaba Félix García (todas enamoradas de lo efímero de aquella muela calva de macho alfa y testosteronas) sentados en el mueble, viéndonos jugar ajedrez con figuras de frailes e indios, en donde me tocaba perder, pues los frailes siempre hicieron trampas y Eduardo sabía moverlas.

—No, usted jamás estará preparado. Le juro que no. Aunque usted vea a la mujer (SANDRA) ojerosa y cansada, levantada desde un ayer de tres días, al lado del hombre, mojándole los labios, la piel, las manos.

Y se dice uno que no merece que se le llore. Que no hay cabida para la tristeza, que es mejor su descanso.

Engañándose uno con la falsedad de un andamio que quizás resiste lo público, pero que hace aguas en lo privado.

¡No, no le creo! ¿O es que quizás usted tiene otra nomenclatura, otra aleación, es de otra humanidad menos jodida, con más aguante, resistente a los vacíos?

Eduardito Pelegrín, dice Café que ya casi acaba de escribir la novela; que nos reuniremos el sábado, pues las viejas glorias del amateur quieren venir a verte y la Mosquea, igual espera que le leas su libro, que le des tu opinión, que la abraces… pues se ha mudado lejos y ya casi no puede venir a estar con nosotros.

Usted se la imagina y no importa cuántas veces lo haga; la vea asomarse, cruce de lado por nuestras sombras. Ella está cargada de tristezas insondables, eternas, pesarosas, ardorosas en su mordida.

Usted se lo imagina; quizás puede verle la cara, los dedos, el capote negro que le caracteriza, pero en todos sus retratos, pellejos, sonidos emitidos, manzana que se muerde, deambula cierta estática que nos pudre en un dolor tan amargo que la propia conciencia opta por cerrar los ojos y dejar que sea, aunque se nos cueza por dentro eso que somos o pretendemos ser ante los demás, ante el libro, frente al paredón de las preguntas y el amor más puro, sin vicios, dispuesto al todo de las trascendencias.

—Jimmito, la gente no se da cuenta de que hemos ido cambiando y que ya no somos lo mismo; que, sólo aquellos que se quedan pueden admirar el nuevo vestido en el esplendor de su primera vez.

Y así era el tal Pelegrin, casi al final de mis días de exiliado en su cueva. Y así lo amábamos, lo amamos, fuimos escogidos, presenciamos su calvario, pusimos bálsamo a las penas.

Sabes, Jimmito, lo mejor que me ha pasado en la vida, fuera de la familia y los amigos, ha sido la literatura. Los libros son cosas sagradas, ¡nunca maltrates a un libro!

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JIMMY VALDEZ Poeta, pintor, gestor cultural, algunos de sus libros son: Días enteros para una sopa, Casi tantas lluvias como pájaros y Oráculo de sombras; reside en NY.

Comments (1)

  • gabriela rivera

    No tube la suerte de conocer personalmente al señor Pelegrin , y me hubiera tambien perdido la oportunidad de conocer ese legado que dejó entre sus amigos y que se extiende mediante la lectura de tus notas. Tantos sentimientos; tan espesa la tristeza que se siente en ellas por la ausencia del amigo,del padre, del hermano que se escoge por la convicción que da el trato diáfano, ese que en el que no hay tachaduras , que me han hecho repensar en que todavía existe esa clase de solidaridad tan rara de encontrar entre artistas , especialmente los que coinciden en la misma plataforma. Me refiero a la solidaridad que trasciende el casi insalvable escollo del ego. Que ser humano tan increible tu nos das a conocer con los testimonios que escribes . Es tan hondoe el sentir que expresas, que algo del mismo tambien en mi se ha quedado y estoy segura que en muchos que lo lean. Pero aparte de la tristeza, también ha quedado en mi la alegria de saber que aún quedan seres humanos como él. Tu a quien no conozco, me has dejado sin saberlo, el sano orgullo de de ser parte de la especie humana y de que hay esperanza en un mundo que creemos casi perdido.Gracias

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