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Del prólogo de Para leer ¿Estáis locos?, de René Crevel

MANUEL GARCÍA CARTAGENA [mediaisla] Entre la serie de propósitos cuya consecución justificaría la publicación de este libro, el más importante es tal vez el de contribuir a despertar el interés por descubrir y apreciar la prosa narrativa y de ideas de René Crevel, uno de los autores más representativos del ideal de libertad que supo animar al Movimiento Surrealista.

La aparición, en 2018, de mi ensayo titulado Para leer Nadja, de André Breton marcó el inicio de una serie de cinco publicaciones que estaré realizando en un lapso de cinco años en torno a las novelas escritas por cinco autores relacionados con el surrealismo histórico. Pretendo de este modo despojarme (en el más caribeño sentido de esta palabra) de la mayor parte de aquella voluminosa tesis de doctorado de Letras modernas que defendí en 1992 en la Universidad François Rabelais, de Tours. En este contexto, el estudio que aquí presento acerca de la novela de Crevel titulada Êtes-vous fous? (¿Estáis locos?) constituye la segunda entrega de dicho proyecto.

A diferencia de aquella primera edición de mi estudio sobre Breton, el trabajo que esta vez titulo Para leer ¿Estáis locos?, de René Crevel sufrió una serie de modificaciones, siendo la más importante de todas la incorporación de dos partes que no figuraban en el texto original de mi tesis. Una de estas partes constituye ahora el primer capítulo, titulado “René Crevel: una rabia que no cesa”, y la otra pasó a convertirse en el capítulo sexto y último, titulado “Las mutaciones de los cuerpos deseantes”.

Intentaba de este modo someterme a mí mismo a un necesario aggiornamento respecto al cambio en la recepción de la obra de Crevel ostensible a partir de la constitución, en los primeros años del presente siglo, de ese nuevo campo que son los estudios LGTB. Dicho cambio se manifiesta principalmente por la multiplicación de trabajos académicos sobre la obra de Crevel en los que el énfasis se pone, no sobre los aspectos estrictamente verbales o textuales de su obra, como era la tendencia en los años de predominancia de los enfoques estructuralistas y postestructuralistas, sino en aspectos como la sobredeterminación que pudo haber ejercido o no la homosexualidad del autor sobre su escritura, las modalidades que asume la representación de la sexualidad alternativa en sus novelas o, de manera más básica, la consideración de la escritura homosexual en el caso de Crevel, etc. En vista de que mi texto original fue escrito con una intencionalidad y una orientación totalmente alejadas de la perspectiva teórico-metodológica de los estudios LGTB, la vía que elegí para llevar a cabo la actualización de mi ensayo se relaciona con el postulado de que el valor de toda obra literaria es una función de lo que un cuerpo le hace a un lenguaje, como propuso de manera brillante Henri Meschonnic en 2002. Así, al traducir al español mi estudio sobre la novela de Crevel, y al desvincularlo por esa vía del contexto en y para el cual lo concebí originalmente, me fue posible percatarme de la necesidad de conectarlo de alguna manera con la persona del autor, sin lo cual, habría perdido buena parte de su interés para el lector contemporáneo.

Para llevar a cabo esta edición de mi estudio me resultó de gran ayuda la traducción en lengua española de Êtes-vous fous? que realizó la española Adoración Elvira Rodríguez y que el sello editorial madrileño Cabaret Voltaire publicó en 2007 bajo el título ¿Estáis locos? Dicha traducción obtuvo, en 2008, el Premio Stendhal, el cual se otorga en España desde 1983 a la mejor traducción de un original francés de cualquier género realizada durante el año anterior. Personalmente, no me cabe duda de que esta y otras traducciones recientes de la obra de Crevel al español contribuirán a que la misma llegue al conocimiento del gran público hispanoamericano.

Es posible que los prejuicios y los estereotipos constituyan dos de las vías principales que conducen a la disolución de la idea de literatura. El simple acto de clasificar, etiquetándolas, las producciones literarias bajo esta o aquella otra denominación conduce con frecuencia a confundir las palabras con las cosas y a dar por conocidas y valoradas aquellas realidades para las cuales únicamente disponemos de un nombre que, con frecuencia, ni siquiera cuenta con una conceptualización más o menos adecuada. Aunque no es el único, este es, en particular, el caso de la novela, género que, como lo sabe cualquier persona que se haya aproximado a los estudios literarios, dispone de tantas definiciones tentativas como tipos y modelos distintos de novelas puedan presentarse.

Recuérdese que, movido por el interés de singularizarse, André Breton, principal cabecilla del grupo de jóvenes que eran los miembros del Movimiento Surrealista hacia 1924, decretó en el Manifiesto surrealista su famosa condena de la novela —y de manera muy particular, de la novela realista de tipo psicológico tal como podían escribirlas autores como Anatole France, André Gide o Marcel Proust— como género representativo de la clase burguesa. Sin embargo, considerado desde una perspectiva más amplia, lo que los surrealistas denunciaron como falso a través de la condena del género novelesco por Breton era en realidad la concepción de la literatura impuesta por la burguesía, con su jerarquía de falsos prestigios y sus galerías de míticas principalías y sospechosas medianías que solo intentan reproducir, como en un simulacro, el mismo funcionamiento espurio del orden social.

Ya el Manifiesto Dadá de 1918 postulaba la destrucción de «los cajones del cerebro y los de la organización social» («Je détruis les tiroirs du cerveau et ceux de l’organisation sociale»). Por su parte, el Surrealismo encabezó una revuelta a gran escala contra el orden social y cultural burgués de su época. De hecho, aunque ese propósito ya se podía inferir de la lectura del Manifiesto del surrealismo (1924), es en el Segund manifiesto del surrealismo (1927) donde aparece expresado con mayor claridad. Así, tal como lo hizo Platón al excluir a los poetas de la República, Breton excluyó a la novela y a los novelistas de su proyecto de “cambiar la vida”. Sin embargo, lo que estaba en juego detrás de esa exclusión era un problema de naturaleza ética: para Breton, la novela representaba la falsedad y la doblez características del conjunto de valores de la sociedad burguesa, a la cual él intentaba oponer, de manera violenta, la revuelta surrealista. En efecto, como lo resumió de manera impecable Gilles A. Tiberghien: «Breton situará el S[urrealismo] por oposición a la novela, siendo uno verdad y libertad y la otra artificio y limitaciones». Esa idea de la libertad era la herencia del liberalismo romántico entonces agonizante ante el avance galopante de los dos peores totalitarismos que el mundo occidental ha conocido: el soviético, impuesto por la Revolución de octubre de 1918, y el que Hitler trataría de imponer sobre toda Europa a partir del triunfo del Partido Nacional Socialista.

Esa incomprensible fijación de Breton en contra de la novela tuvo, no obstante, la única consecuencia que era dable esperar, es decir, operó como el estímulo que necesitaban algunos de los miembros del movimiento para dedicarse a escribir novelas. En algunos casos, como los de Philippe Soupault y el mismo Louis Aragon, este simple gesto determinó su expulsión del seno del grupo y la prohibición de ser contactado por los demás miembros. No obstante, Crevel publica su primera novela titulada Détours (Desvíos) en 1924, es decir, el mismo año en que Breton publica el Manifiesto del surrealismo y lo más sorprendente: permanece en el grupo sin siquiera ser amonestado por Breton.

¿A qué causas respondió este tratamiento especial que Breton le asignó a Crevel a pesar de que en numerosas ocasiones el Papa del surrealismo dio muestras de ser una persona intolerante y abiertamente homófoba? Para mí está más que claro que algo debió notar Breton en el texto de Détours que le condujo a no sancionar por desobediencia a Crevel. En primer lugar, el tono de esta novela de Crevel tiene muy poco en común con el de aquellos textos que los autores de La Nouvelle revue française solían presentar como novelas. Por momentos resulta imposible discernir la voz ficticia del narrador de la voz real del autor. Además, los datos de la actualidad político-cultural de la época, así como los de la misma biografía de Crevel aparecen tan sabiamente mezclados con elementos imaginarios que resulta relativamente fácil suponer la dificultad en que se hallaron los lectores contemporáneos de Crevel para determinar si la historia que se cuenta en esa novela —la vida de un joven llamado Daniel cuyo padre decide suicidarse colgándose del techo de su casa ante el rumor público de que había sido él quien había matado a un jovencito en el parque de Boulogne— es real o imaginaria. Es posible incluso que el mismo Breton haya leído aquel texto en clave personal y haya quedado tan impresionado que aquella lectura podría considerarse como el germen de lo que más tarde se convertiría en el texto de Nadja: un relato en el que la ficción parece emanar, no de lo que se dice, sino precisamente de lo que no se dice. Y sin embargo, dada la insistencia con que retorna en la escritura de Crevel esta mezcla de ficción y realidad en proporciones desiguales resulta posible inferir que la escritura fue para él un terreno de aventura donde llevaría a cabo la búsqueda secreta de su doble novelesco. Un caso extremo de esta tendencia es su segunda novela, titulada Mon corps et moi (Mi cuerpo y yo, 1925), en la cual narra prácticamente sin filtros ficticios la historia de su relación con el pintor y pianista norteamericano Eugene McCown cambiando apenas los nombres propios de ambos. Tomando en cuenta estos y otros detalles, he dedicado el primer capítulo de este libro al examen de varios de los argumentos que han dado pie al intento de recuperar la figura y la obra de Crevel desde la órbita de los estudios LGTB, aunque sin pretender arrogarme en ningún momento la capacidad de “legislar” en esa materia. En efecto, sobre este y otros temas relacionados con la praxis vital de Crevel he tratado de manejarme con la actitud abierta de quienes buscan aprender y no juzgar.

De hecho, dedico todo el segundo capítulo del presente estudio al análisis de la relación entre el texto de ¿Estáis locos? y los datos de la vida de René Crevel sobre los cuales resulta posible obtener pruebas documentales, basándome para ello, entre otras fuentes, en la biografía de Crevel publicada por Michel Carassou en 1989 y el estudio análogo de François Buot aparecido en 1991. No obstante, mi propósito en este segundo capítulo es demostrar que la escritura de Crevel se desarrolla en un campo discursivo sumamente próximo a lo que posteriormente se conocería como autoficción, luego de ser teorizado por Serge Doubrovsky en los años finales de la década de 1970.

En efecto, en su novela ¿Estáis locos?, lo mismo que en el resto de su producción narrativa, Crevel dejó numerosas huellas de que su vida imaginaria se desarrollaba en lo que denomino en el tercer capítulo un universo sustantivo. Valiéndose de un empleo bastante peculiar de los nombres que lo lleva tanto a apropiarlos como a desapropiarlos de su carga semántica o de su referente semiótico más inmediato, Crevel hace surgir la ficción del seno mismo de la lengua-cultura en la que se expresa como antes lo había hecho Joyce en la lengua inglesa. Sin embargo, semejante práctica de escritura no es todo lo inocua que podría pensarse, ya que el autor queda preso en la misma singularidad que pretende provocar: su escritura es para él un espejo desquiciante en cuyo fondo él descubre no su “autoimagen”, sino su verdadero yo, un yo cuya marca nominal (René Crevel) puede entonces mutarse en otra e incluso ser borrada, sin que por ello desaparezcan las huellas conflictivas que la vida deja en la escritura del autor, y viceversa. A tal extremo llega el juego que consiste en escarbar el fondo aparente de los nombres con el único propósito de encontrar otros nombres que muchos de los personajes de la novela presentan una verdadera multiplicidad de marcas nominales, las cuales, al brotar en el texto, permiten al narrador relanzar el relato en una nueva dirección. Dedico el cuarto capítulo del presente estudio al análisis de este aspecto del texto de ¿Estáis locos?

1930 — Andre Breton (l) talks with Rene Crevel (second from right), while Salvador Dali (second from left) and Paul Eluard (r) look on. | Located in: Bibliotheque d’Art et d’Archeologie, Fondation Jacques Doucet, Paris, France. — Image by © Stefano Bianchetti/CORBIS

En el quinto capítulo, analizo algunas de las virtualidades del aparato narrativo del texto de ¿Estáis locos?, como, por ejemplo, el trabajo de “puesta en escena” (término que tomo prestado al semiolingüista francés Patrick Charaudeau), así como al estudio de algunos ejemplos de lo que he denominado, siguiendo al mismo Charaudeau, el “aparato retórico” de la novela de Crevel, y de manera particular, su empleo de estrategias de escritura de tipo ironizante y de tipo hiperbólico. El análisis de estos ejemplos me permitió acceder a un nivel heurístico de lectura en el que el texto parece obedecer a un proyecto de programación ideológica que constituye, de poder validarse mis hipótesis, la demostración del escaso grado de “azar”, objetivo o no, presente en la escritura de Crevel. En efecto, sin que nada permita afirmar que esta novela responde a un “plan previo”, su escritura parece obedecer a una serie limitada de estrategias que determinan el funcionamiento de sus «indicios de surrealidad».

En el sexto y último capítulo, abordo el tema de la representación de lo que he llamado los cuerpos deseantes en el texto de ¿Estáis locos? De manera particular, intento establecer un análisis cuantitativo de los distintos tipos de parejas representadas en la novela, así sean estas parejas imaginarias o parejas de facto, con el único propósito de determinar si existe algún modelo de pareja que predomine sobre los demás, así se trate de parejas convencionales o integradas por lo que denomino los cuerpos deseantes, es decir, las distintas formas por las que los fantasmas logran adquirir una determinada opacidad y corporeidad por la vía del maquillaje y el travestismo o por la vía de las operaciones quirúrgicas de cambio de sexo. Poco importa que la evidencia cuantitativa demuestre lo que era de esperarse, es decir, una supuesta predominancia de parejas heterosexuales en la novela, ya que una parte importante del cuarto capítulo de  ¿Estáis locos? —el cual es también el más extenso de la novela— está dedicada a representar un cuadro caricaturesco del Instituto sexual del Dr. Óptimus Cerf-Mayer (personaje ficticio) como una crítica mínimamente velada de las famosas terapias del Dr. Magnus von Hirschfeld, personaje histórico a quien se considera como el precursor de la lucha por el reconocimiento de los derechos homosexuales y como el iniciador del movimiento LGTB.

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René Crevel nació en París el 10 de agosto de 1900. Sus biógrafos nos informan sobre las agobiantes condiciones en que se desarrolló su infancia en el hogar materno, en particular luego del suicidio de su padre, siendo este uno de los temas que el autor no cesó nunca de retomar de alguna manera en sus novelas. Su entrada en la edad de la razón tuvo lugar en medio del turbulento clima de revueltas y protestas que antecedió el inicio de la Primera Guerra Mundial. Durante su servicio militar, el joven Crevel establecerá amistad con otros futuros miembros de agrupaciones de vanguardia, como Marcel Arland, Georges Limbour, Max Morise y Roger Vitrac, junto a quienes fundará y dirigirá la revista Aventure. Esta revista le permitirá relacionarse con los dadaístas y asumir como suyas sus reivindicaciones.

Será, pues, como simpatizante del dadaísmo y amigo personal de Tristan Tzara que Crevel conocerá a Breton. En ocasión de la celebración en París, el 30 de marzo de 1922, del «Primer congreso para la determinación de las directivas y la defensa del esprit nouveau» (también conocido como Congreso de París), Crevel asumirá la defensa de Tzara, oponiéndose así a los planes de Breton de asumir la dirección de la vanguardia parisina. Esto no le impedirá a Crevel frecuentar a Breton y sus amigos hasta el punto de convertirse en el inspirador de los famosos sueños provocados, los cuales fueron de capital importancia para la génesis del Surrealismo. Así, aunque estas experiencias no tuvieron una larga duración, y aunque Crevel se alejó durante un tiempo de aquel grupo protosurrealista, lo cierto es que las mismas le granjearon el aprecio y la consideración de la mayoría de los miembros del futuro movimiento de Breton.

Sin tomar en cuenta la participación del Surrealismo en el contexto de las vanguardias literarias del siglo XX sería prácticamente imposible comprender el sentido que asume la concepción de la literatura como institución. Baste mencionar, a manera de ejemplo, que a las obras propuestas por esa fábrica de exclusiones que era el sistema literario que dirigían, en la década de 1920, los miembros de la directiva de La Nouvelle Revue Française (tanto la casa editorial como la revista del mismo nombre), el surrealismo intentará oponerle una práctica de la escritura en la que se desarticulaban todos y cada uno de los mecanismos de control que la razón ejerce sobre el pensamiento, así como las distintas manifestaciones de la estética tradicional, a la que ellos identificaban con un término ideológicamente inequívoco: burguesa.

Por su parte, Crevel reconoció muy temprano en el materialismo histórico el instrumento de una crítica radical de aquella sociedad burguesa cuyos valores criticó sin cesar prácticamente en todas sus obras, tanto en las de ficción como en sus ensayos. A la serie de mecanismos de coerción y opresión que caracterizan el modo de existencia social en el seno de la sociedad burguesa le opuso una concepción del sujeto en libertad, y de manera muy particular en el campo de la sexualidad, desde el cual reivindicó la liberación del deseo, y asumió la defensa del derecho a la libertad sexual tanto de las mujeres como de los homosexuales.

De ese modo, durante los diez años comprendidos entre 1925 y 1935, los surrealistas intentaron infructuosamente varios tipos de alianzas con el Partido Comunista Francés. Fue durante ese lapso que sus manifestaciones públicas alcanzaron su mayor grado de pugnacidad en sus ataques contra los valores y representantes del orden establecido, desde los rectores de universidades europeas hasta los principales dirigentes religiosos. En aquellas actividades, las cuales incluyeron, entre otras lindezas, sesiones de insultos y bofetadas a sacerdotes, cartas públicas y manifiestos repartidos en las calles de París, tomas por asalto de salones donde se realizaban homenajes a escritores o representaciones teatrales, etc., la participación de Crevel se contó entre las más aguerridas.

A pesar de eso, las relaciones de Crevel con la burocracia del Partido Comunista Francés, al cual se afilió en 1927, no estuvieron exentas de problemas y acechanzas, sobre todo porque, a diferencia de Louis Aragon, él no era el tipo de persona que podía plegarse a acatar ciegamente instrucciones reñidas con sus principios personales. Por otro lado, estaba el hecho de su homosexualidad manifiesta y de su abierta simpatía por las ideas de Liev Trotsky sobre el arte y la cultura, dos aspectos que bastaban para convertirlo en persona non grata a los ojos de la dirigencia comunista.

De ese modo, durante los últimos cinco años de su vida, Crevel se desgarró entre la exclusión del bando surrealista por parte de Breton, quien solo a duras penas aceptó volver a acogerlo en el seno del grupo surrealista, y el tratamiento de iniquidad y sorna que recibía con frecuencia de parte de sus compañeros de partido. Para colmo, su estado de salud empeoraba con el paso de los años, pero principalmente debido a su mala adaptación a los procesos curativos que le recomendaban sus doctores. El 16 de junio de 1935, luego de recibir la mala noticia de que su tuberculosis había empeorado, pero sobre todo, después de sufrir un último revés que frustraría definitivamente su propósito de lograr esa metafórica síntesis de contrarios que era a sus ojos la unión entre el surrealismo y el PCF, Crevel puso fin a su vida en su apartamento de París.

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Entre la serie de propósitos cuya consecución justificaría, desde mi punto de vista, la publicación de este libro, el de contribuir a despertar el interés por descubrir y apreciar la prosa narrativa y de ideas de René Crevel es tal vez el más importante. Así, al poner en las manos de los lectores de lengua española el resultado de mi trabajo, espero tener algún día la satisfacción de enterarme de que al menos uno solo entre ellos, decidió asomar sus ojos, después de leer este libro, sobre la prosa de uno de los autores más representativos del ideal de libertad que supo animar al Movimiento Surrealista. Adquirir el libro en Para leer a ¿Estáis locos?, de Rene Crevel

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MANUEL GARCÍA-CARTAGENA (Santo Domingo, RD, 1961) escritor, profesor y editor; doctor en Letras Francesas Modernas por la Universidad François Rabelais de Tours, Francia. Ha publicado, entre otros, Aquiles Vargas, fantasma (1989), Ni ser, ni fingir (2014) y Decir, hacer, poder (2016). En 2011, el Teatro Guloya puso en escena su pieza titulada Siete días antes del tsunami, bajo el título El tsunami.

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