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Ecos de otras voces

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla] En el verano del año pasado salió a la luz mi libro «Voces propias. Conversaciones». Un volumen que reúne un conjunto de diálogos sostenidos con algunos de mis amigos y compañeros de viaje; hablamos sobre “el clima” y “el paisaje”, a veces tan nublado y asfixiante; junto a mis amigos, excelentes conversadores, paso balance a esa otra temperatura a la que, la mayoría, de veces nos imponen las circunstancias, los aguafiestas y los indignatarios del planeta. 

“La mentira es siempre una parte de la verdad…”
Esteban Peicovich 

Desde aquellos remotos días en que, sentado en la punta del torvo banco de los atardeceres, me quedaba rendido flotando sobre la alfombra mágica en la que nos montaba Manuelico con su verbo luminoso viene mi pasión por las palabras. Lelo, frágil y manso danzaba o flotaba sobre el suave runruneo de las vocales y las consonantes. Manuelico era un dios, oficiaba todos los territorios de la magia y los encantamientos. Nosotros, sus súbditos, no hacíamos otra cosa que esperar a que llegara el próximo día parido de nuevas historias y maravillas. Después vendría la escuela cundida de cuadernos y, de manos de Dolores, Oroliz, Idalia o Andrea, vendrían los libros llenos de luces, asombros y ecos de otras voces….

En los años de enseñanza secundaria, acompañado por Manolo, José Ramón, Paco y José Galván hice pininos de un periodismo agraz, contestatario. Más de una vez fuimos llamados a capítulo por algún teniente, el síndico o el jenízaro de turno. Ya en la Universidad, alguien me invitó a la redacción de un noticiario en una estación de radio ubicada en el Conde. Hice y deshice notas, la mayoría de las veces sacadas de las páginas de los vespertinos. De repente, una mañana alguien avisó que estaba en llamas la estación de gasolina frente al parque Independencia. Cuando bajé a mirar me enteré de que, a pocas cuadras, en la misma avenida Bolívar, un trío de desaguisados acababa de meterse en la Embajada de Venezuela con la Agregada Cultural de los Estados Unidos a rastras.

Eran días de ira y desasosiego. Balaguer, a lomos de un mañoso corcel ciego, babeante y sangriento, hacía y deshacía desde los predios del Palacio. De aquellos días datan las primeras conversaciones que conforman Voces propias. Conversaciones (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018). Las demás, entreveradas entre la seducción y la sedición de Lorca y Vasilyev, tienen lo suyo. Reproducir la historia de los momentos en que tuvieron lugar estos encuentros ocuparía cientos y cientos de páginas que no tengo ganas ni fuerzas para contar. Aquí están, las que se salvaron de los incendios, de los viajes, de las purgas. Nunca están todas.

El grueso de ellas nació en el camino, luego de largos silencios y extensas jornadas de lectura y algún café. Yo no buscaba a nadie, el tiempo y las lloviznas nos ubicaron en el justo lugar y en el momento propicio. Amigos, conocidos, gente con bien timbradas voces, mil veces puestas a prueba desfila por aquí. Nada es original, ni siquiera el título ni la idea de agruparlas en este volumen.

Es, sin más Voces propias, un ardid de ecos y retornos. Un distraído ir y venir por empedrados y avenidas. Eso sí, con trazos de ese mal que arrastro desde siempre —contar delfín al principio—, síndrome que Tabucchi ha dado por llamar ‘el mal del tiempo’. No se extrañe el lector que —pasando por cientos de parajes y lugares— vayan de Caracas a Santo Domingo mis andares; más aún, deambulan estos trazos entre las furnias de un casi hoy y un preterido antes de ayer desdibujado y gris de la memoria que he logrado salvar en mis alforjas. 

Apostilla

La recopilación de este conjunto de conversaciones es hija de la solidaridad y el cariño de tanta gente; tantos que sería prolijo enumerar los nombres propios de amigos, hermanos y maestros. Sin embargo, quiero dejar mi reconocimiento a las invaluables enseñanzas de Alberto Malagón, Rafael González Tirado y Carlos Curiel.

Las primeras conversaciones que componen el presente volumen, todas incluidas en el apartado “Madrugadas remotas”, fueron publicadas en la desaparecida revista Que…! (Casandra Damirón y Fernando Casado); las restantes aparecieron en las páginas de la Revista Rumbo, Listín Diario y El Nuevo Diario.

De las incluidas en “Apacibles atardeceres”, unas cuantas fueron publicadas en el desaparecido portal de Librusa y El Diario, Miami, fl. El resto hace parte de los archivos de mediaIsla.

Gracias infinitas a todos y cada uno de aquellos que, además de su tiempo, pusieron empeño e interés para lograr este armonioso coro de voces propias y únicas.

Entrevistados

Mery Sananes Paulina Vinderman Santiago Daydí-Tolson Máximo Vega Marcio Veloz Maggiolo Rubén Sánchez Féliz Martha Rivera-Garrido Luis Beiro Álvarez Miguel Ángel Fornerín Carlos X. Ardavín Juan Carlos Mieses Luis López Nieves Fernando Valerio-Holguín Melvin Mañón Roberto Marcallé Abréu Manuel García Cartagena José Mármol Pérez Celis Sergio Ramírez Maritza Álvarez Cecilia Lueza Carmen Hernáiz Manuel Salvador Gautier Colectivo de escritores Romanenses Víctor Bidó Jose Alejandro Peña José Ignacio Raúl Bartolomé Víctor Hart Fernando Otenewalder Víctor Casartelli Carmen González Huguet Jon Juaristi José Rodríguez Faustino Pérez Fernando Casado Casandra Damirón.

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RENÉ RODRIGUEZ SORIANO, escritor.

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