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La Habana como escenario de las tensiones entre cuerpo y poder

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla] En «El cuerpo abyecto como interlocutor de poder», Jorge Luis Torres, armado de un método arqueológico, estudia de forma detenida, la estética de lo sucio, la marginalidad y el poder, el canon y las tensiones entre nación, exilio y autoexilio en la Cuba contemporánea.

Leo y subrayo El cuerpo abyecto como interlocutor del poder (Imago Mundi, 2018). En esta obra Jorge Luis Torres hace una lectura posmoderna de la relación entre cuerpo, discurso y poder en la obra Trilogía sucia de La Habana (2012) de Pedro Juan Gutiérrez. Para aquellos que quieran conocer más sobre la literatura, la sociedad y la cultura del Caribe; para los que quieran conocer la relación problemática que hemos tenido con el poder (o más bien, los poderes) como decía Roland Barthes, será de mucha importancia la lectura de este este libro.

A Torres lo conozco desde hace varias décadas y hemos compartido la educación, los desvelos por las artes y el conocimiento. Como cubanos, puertorriqueños y dominicanos, conocemos los exilios interiores y los exteriores. Sabemos de nuestras aspiraciones nacionales, y el papel que la individualidad ha jugado para bien o para mal. Estoy interesado en conocer cómo han fracasado nuestros proyectos colectivos y estas páginas he apurado algunas ideas.

El autor del corpus crítico que ha tomado Torres para su disertación doctoral, Pedro Juan Gutiérrez, queda en este libro dibujado para el conocimiento del público lector que, sin comprimidos más allá de la verdad, del aprecio humano, quisiera escuchar a un cubano, a un habanero, hablar desde distintas disciplinas, como las que aparecen la posmodernidad y el posmarxismo, sobre la inusual situación del escribir y pensar en la Cuba, luego del periodo especial y de la caída del Muro de Berlín.

La retórica y la grandilocuencia es parte de la exposición del discurso político del Caribe. Las grandes ideas nos han polarizado desde el inicio de la modernidad. Hemos construido grandes líderes y hemos realizado extensos relatos de gestas. Nuestras ciudades construidas en los paréntesis de progreso que hemos tenido han sido tomadas como metáfora de una grandeza que muchas veces muestra sus propias aristas, fugas y fricciones con el discurso oficial.

Nuestros pueblos viven en una cultura popular que describe, a golpe de ser realista, la grandilocuencia de los que detentan el poder, más para sí mismos, que para resolver los verdaderos problemas cotidianos. La única institución que nos une es la sobrevivencia, el juego, el carnaval y los bailes. Me permito recordar en este discurso la trama de la novela El palo encebado [Le mat de cacagne, Gallimard, 1979] del haitiano René Depestre. La ética y la moral salen a bailar y la mofa es contra el poder que es parodiado y burlado por un otro, muchas veces sucio y abyecto como lo describe el autor estudiado.

Siguiendo la división tripartita, este libro de aproximadamente trescientas páginas analiza y comenta la obra de Pedro Juan Gutiérrez, sus personajes, su escritura, la ciudad, el cuerpo como texto social y político, la literatura contra la oficialidad y el canon y de cómo el poder se impone frente a un contra discurso de la belleza, de las ideologías, en el momento en el que ha fracasado el consenso social. Porque los personajes de Pedro Juan Gutiérrez, parece decirnos el autor, son la metáfora de otra ciudad, de otra Cuba, que no puede ser recuperada por el poder: “Pedro Juan narra las representaciones execrables de individuos que, por su desamparo y por su indefensión, reducen sus subsistencias al daño, al menoscabo, al dolor…” (17).

Luego de una extensa introducción que ocupa las primeras veinticinco páginas, el autor divide la materia para estudiar de esta manera, en el capítulo primero, titulado “Cuerpos inhabitables: ciudad, animalidad, falo y poder”, la poética de lo abyecto, el cuerpo en la ciudad y el canon. Entonces pasa a realizar un estudio puntual de cada uno de los textos de la primera parte de la Trilogía, anclado en tierra de nadie. E inicia con “Yo, revolcador de mierda”. En el segundo capítulo, “Cuerpos dionisíacos: los excesos como ética del perverso”, se centra en la retórica de la naturalización. Y señala: “Pedro Juan [Gutiérrez] disfruta el hedonismo que provoca la tragedia de su miseria porque la indigencia en la ciudad se encuentra enlazada con lo irreversible, con lo inexorable, con lo irrecuperable…” (111). Luego pasa a discutir “El discurso fálico-andrógino y la erección del cuerpo en la ciudad vigilada”, el erotismo, la violencia y la perversión. El primer análisis entonces corresponde a “Nada que hacer”. En el tercer capítulo titulado “Sabor a mí”, se detiene en el tema del insilio y la suciedad, para terminar con “La extraña belleza de la ciudad perdida”.

En esas apuradas conclusiones sentencia: “Trilogía sucia de La Habana no sólo es el sumario espeluznante de la suciedad de una ciudad arropada por la debacle económica del Periodo Especial cubano, sino también el descentramiento moral de individuos que no pueden sobrellevar las hostilidades ideológicas de un poder que los obliga a sobrevivir como cuerpos desposeídos de identidad, como cuerpos martirizados por sus subsistencias desarraigadas, como cuerpos signados por sus historias perdidas” (271).

Es esta obra es, entonces, estudio del discurso y la representación del poder, pero también un alegato y una firme disposición para que se vea esa realidad cruda de la sexualidad y el cuerpo que Pedro Juan Gutiérrez, en un hiperrealismo desconcertante, quiere atravesar con su contra discurso literario.

Exiliado dentro de una ciudad que deja de ser lo que antes era, Gutiérrez es presentado por Torres como un autor auténtico, que hace lo que debe hacer todo artista, exponer la realidad cruda que vive la gente en los lugares menos sospechados, más escondidos de la marginalidad y en los bordes de un discurso oficial que intenta dominarlo todo hacia una unidad y un consenso, como todo deseo de dominación. Y que los cuerpos son entonces, los hablantes (signo y símbolo) de una realidad que porta una moral estólida, antiética, anticanónica, anti poder, contra los designios de una nueva religión —agrego yo— el discurso del Estado.

Pienso que esta obra trabaja en los bordes. En la nostalgia de una ciudad que es hoy otro cuadro. La pintura de Amelia Peláez, los textos de Lezama, la ciudad de las columnas de Alejo Carpentier; las distantes imágenes de esa gran ciudad y la nostalgia de un mundo ya ido; de un esplendor que se nota en las cartas habaneras de Julia De Burgos, en las palabras y la escritura de Juan Bosch. En las narraciones de los narradores posteriores y que quedan atrapadas en un pasado sólo recuperado en la memoria y la representación textual, fílmica y pictórica. La Habana no es sólo grande en dimensión, sino en la forma en que ha sido mostrada a los otros. Ella vive en un discurso que muestra el presente y su pasado. Recuerdo con qué orgullo un habanero en los años noventa, en visita a Puerto Rico pronunciaba el nombre de la ciudad como si el significante desbordara al significado y el signo lingüístico fuera insuficiente para nombrar lo inefable.

También recuerdo el parlamento en Fresa y chocolate (Gutiérrez Alea-Tobío, 1993), en que el homosexual sale al balcón y define su imagen de La Habana, como la de una ciudad que parece ya insignificante, arruinada, destruida. Se presenta en tiro panorámico las ruinas de la ciudad que no puede ser recuperada. La ciudad de Carpentier, la ciudad de Lezama Lima es tiempo y espacio, cronotopo en la obra de Gutiérrez. Es también epicentro de las indagaciones, las deconstrucciones arqueológicas del sentido en El cuerpo abyecto como interlocutor del poder, como una imperativa invitación a ver y conceptuar otra realidad en la que se sepulta lo que fue y la imposibilidad de su recuperación como nostalgia.

Dice Torres en la introducción de su ensayo: “las representaciones abominables de una ciudad que se erige como edén del mal que exalta, y exacerba, los cultos a la deslegitimación ideológica del poder” (13).  Esas representaciones abominables de un teatro del hiperrealismo, de una apelación dantesca a la lucha entre estado y moral, en lugar de Iglesia y moral, en la que los cuerpos actúan como textos y discursos contra la construcciones e instituciones oficiales.

La presentación de los sujetos, que no luchan contra el Estado, sino que han creado un nuevo estado de cuestión, suspendiendo toda ideología y cambiando todo orden por la contrainsurgencia de una antimoral de Estado y todo lo que sobrevive como relación maniquea entre el bien y el mal, entre lo que el poder permite hacer y decir y lo que los sujetos en nuevas prácticas realizan para hacer su vida contra el discurso que se les impone. Es interesante analizar cómo las tensiones entre cuerpo y poder, representación y discurso no aparecen como lucha entre las clases, sino entre el sobrevivir y el vivir ‘de cierta manera’, (véase: Edgardo Julia, Caribeños, Benítez Rojo, La isla que se repite). Esas ‘ciertas maneras’ el crítico las lee como sublevación del orden impuesto por la ideología del Estado, por el discurso de lo nacional…

En síntesis, en El cuerpo abyecto como interlocutor de poder, Jorge Luis Torres, armado de un método arqueológico, estudia de forma detenida, la estética de lo sucio, la marginalidad y el poder, el canon y las tensiones entre nación, exilio y autoexilio en la Cuba contemporánea. Es un estudio de los sedimentos sociales, políticos, éticos, que se desbordan frente a la razón, al poder de la verdad que somete a los sujetos en una época post-épica, de reformulación de las ideologías dominantes en el siglo XX. Es su obra, un alegato por la ciudad, porque estudia, a través de Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, Las distintas capas ideológicas, los contradiscursos que rompen el núcleo duro de la razón de Estado. Es su obra una liberación de los sentidos subyacentes, un alegato por una ciudad que se construye y deconstruye en un monograma ideológico y en un operativo donde el poder margina, sataniza y reduce a la nada los cuerpos.

La estética de lo sucio desde el Marqués de Sade, la sexualidad, con Pier Paolo Pasolini, ha regresado a darle un claro golpe a la sublimidad de lo bello y su dominio por el poder. En esta contra lectura, Jorge Luis Torres se sitúa y nos ubica en la ciudad, en el tema del hombre y en el fracaso de luminosas ideas de futuro creadas en la modernidad y que persisten con su apariencia fantasmal en un escenario de personajes fantasmagóricos y reconvencionado. No tengo la menor duda de que este libro, muy bien escrito y no menos pensado, constituye una contribución al estudio del hombre contemporáneo, de sus grandes utopías y caídas. A Jorge Luis Torres hay que dar el mérito de redefinir, luego de un análisis de la hiperrealidad trabajada por Gutiérrez, nuestra problemática relación con el poder y el poder de la escritura como inscripción del instante, que va más allá del performance. A esta obra hay que darle también el mérito de ser un ejercicio libérrimo del criterio.

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Los letrados y la nación dominicana (2013), La escritura de Pedro Mir (2014), y El canon horizontal (2018), entre otros.

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