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Pan y circo

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Si alguien creyó en la democracia—y los hubo que creyeron— pecó de ingenuo; confundido con aquello de las tan cacareadas virtudes esenciales, se dejó engañar por la palabra esplendorosa de torcido significado.

Comida chatarra a montones y productos ubicuos de la industria de la entretención son las equivalencias del pan y el circo de la expresión que tan bien definió la esencia populista de la imponente dictadura imperial, admiración de cuanta dictadura ha conocido la historia de Occidente desde entonces. Grandeza aquella cimentada en la miseria humana, los proverbiales pies de barro —fango inmundo de la plebe— del magnífico.

La fórmula ha sido más o menos la misma desde siempre; el resultado idéntico: unos pocos descarados financian sus excesos, oropel de la grandeza, con la labor de una multitud de esclavos de sus propias estulticia e ignorancia contumaz, la proveída, por cierto, por las escuelas y la propaganda circense de los abusivos.

Protegidos de los dioses de la violencia, del agio fraudulento y la mentira los poderosos imponen el abuso y el desdén del otro, la autoridad de la amenaza —bien sostenido el sartén por el mango— la violación de todo orden, y la retórica de las sectas, expertas en la propagación de la mentira y los dogmas del engaño. Usufructúan del error, cuando no del miedo.

Si alguien creyó en la democracia—y los hubo que creyeron— pecó de ingenuo; confundido con aquello de las tan cacareadas virtudes esenciales, se dejó engañar por la palabra esplendorosa de torcido significado y sin correspondencia alguna en la realidad. La Caridad —en su ingenuidad no debió saberlo— empieza por casa, o más bien por el banco, y allí se queda, en la caja fuerte de su avaricia, residente dichosa de la pobreza ajena. La Fe, con su torpe ceguera aceptante, se aplica sólo a quienes comulgan con ruedas de molino. Y la Esperanza… ya se sabe… es larga, interminablemente larga, una serpiente venenosa que confunde a quien la admira y lo hipnotiza con sus ojos fijos de ágatas fosforescentes a la vez que lo aduerme entre sus nudos de atrayentes escamas tornasol. Serpiente del engaño iluso y permanente.

Vacíos de sentido y cargados de valor retórico, los términos claves de la demagogia comparten culpablemente la milenaria historia de falacias y artilugios de acción y de palabra. Guerras y discursos, discursos y redadas asesinas: discursos de la dictadura. Creer que la democracia, la justicia, el bien de todos y la paz existen fuera del recinto oscuro y mal oliente del discurso del poder es lo mismo que creer que el trabajo dignifica, que la ley no es tuerta y que el buen dios —el del rayo y las estatuas de sal— premia al desgraciado con desgracias que lo santifican y le prometen una vida en la que será igual de rico y poderoso como los que de él abusan.

Como no hay peor ciego que el que no quiere ver, nadie hay más culpable de su lastimoso estado que el que se cree ciudadano dotado por la ley —la infame— de voz y voto: voto y voz que no acepta que no valgan nada, que no sean más que un tartamudo cloqueo de gallinero. La tan admirable y predicada democracia —la que obligó al filósofo a beber, por filósofo, la copa de cicuta del silencio; la de las hipócritas guerras por la patria; la que se dice comadre de la elusiva libertad y de la justicia, la de los venales pronunciamientos— no existe sino en la palabrería pedregosa de los políticos a sueldo del sistema. Y también, por desgracia, en los oídos ávidos de los que quieren oír lo que creen les conviene.

Bien ha escrito Kevin Baker en relación con lo que se ha creído ser el modelo de toda democracia moderna: la Constitución de los fundadores de la democracia norteamericana nunca se propuso servir como documento unificador de un pueblo diverso. “Fue, en cambio —traduzco el texto de Baker—, una alianza cautelosa entre propietarios blancos determinados a extender su poder sobre un continente”. El resto de los ciudadanos, es decir—observa Baker— la pequeña minoría de los que al menos se les permitía votar, tenían que delegar sus derechos de tales a los poderosos de sus regiones y confiar en que éstos eligieran a los líderes adecuados. No fue diferente la democracia ateniense ni ha sido diferente ni lo será ninguna de las llamadas democracias de pacotilla que se hayan dado y se den en el mundo.

En esencia, la democracia no es más que una fórmula de apariencias. Si pudo engañar a muchos a lo largo de un par de siglos fue porque hubo y ha habido una mezquina voluntad de autoengañarse. Pareciera que tal voluntad ya no está siendo necesaria porque el engaño se ha convertido en la realidad. Mientras haya pan y circo no habrá necesidad de pensar siquiera en si hay o no justicia y si se vive en democracia o en una ostentosa dictadura del dinero y el poder absoluto que conferiría —creen equivocadamente los ambiciosos— poder y dinero a cuanto individuo se aventure a conseguirlos. Muchos son los que se creen llamados, pocos, si alguno, serán los elegidos.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

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