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Travesías de otredad: la imaginación literaria hispano-estadounidense

Carlos X. Ardavín Trabanco [mediaisla] La literatura ha jugado un papel de primer orden en la conformación de los imaginarios español y estadounidense. El diálogo ha sido hasta ahora fructífero.

La imaginación literaria hispano-estadounidense ha configurado un vasto territorio simbólico de indudable atractivo para el investigador, y ha propiciado además, en la etapa postfranquista, una conversación mucho más matizada y ajustada a las complejas realidades estadounidense y española. Ciertas visiones extremas, antaño prevalentes, han sido en general reemplazadas por la pertinencia del matiz, por el comentario comparativo sopesado, in situ, por el empeño de contemplar ambas sociedades sin el lastre de las anteojeras ideológicas, por la elaboración de una micromirada que tiene a la cotidianeidad como uno de sus referentes privilegiados, y por la conciencia de que conocer ―y textualizar― al otro es quizás la forma más certera del autoconocimiento. Tanto los escritores norteamericanos como los españoles no han logrado soslayar el poderoso magnetismo que dimana de las grandes urbes, el efecto adictivo de las variopintas metrópolis; inveterados urbanitas, éstas constituyen para ellos el espacio predilecto de sus elucubraciones y enrancias exploratorias, y funcionan, en gran medida, como sinécdoques o epítomes del país visitado a la vez que como espejos contradictorios del país propio: Madrid y Barcelona (en ocasiones, Sevilla) en el caso de los primeros; Nueva York en el de los segundos. Muy contadas ciudades en el mundo han generado una literatura tan abundante y heteróclita como Nueva York; exiguo número se ha constituido por méritos propios en todo un género literario. El marbete literario ‘Nueva York’ se distingue, según Phillip Lopate, por la recurrencia de una serie de temas: la faz contradictoria de la ciudad; su condición de construcción gigantesca, en la que la naturaleza tiene una ínfima importancia; su obsesión por el dinero y los negocios; la poderosa concentración que en ella se da de los poderes mediáticos; la celebridad que manufactura para unos pocos y la anonimia que brinda a casi todos sus pobladores; su relación compleja con el resto de los Estados Unidos; su población densa y numerosa, en la que tanto el inmigrante como el inconformista encuentran cobijo; su afable y locuaz clase trabajadora, que se expresa en una rica lengua vernácula; la legendaria experiencia de la soledad y la alienación; su condición simbólica de ciudad moderna por excelencia; y la adicción que provoca en los recién llegados, al punto de convencerlos de que no existe otro lugar en el mundo como ella (xviii-xix). La mayoría de los temas aquí señalados aparecen en las novelas, crónicas, artículos y ensayos que los autores españoles han consagrado a Nueva York; sus experiencias citadinas han sido disímiles, por supuesto, pero en ningún caso la Gran Manzana les ha sido indiferente; urbe a la vez gigantesca y provinciana, deshumanizada y entrañable, apacible y nerviosa, radicalmente visual, Nueva York es un espacio geográfico y sentimental bien asentado en la imaginación peninsular.

Uno de los primeros intentos por capturar literariamente su esencia y carácter en las letras españolas lo constituye La ciudad automática (1932) de Julio Camba; crónica periodística cercana a los planteamientos filosóficos de Ortega y Gasset con relación a los Estados Unidos (mecanización, uniformidad y estandarización de la vida norteamericana), en esta obra Camba forja la imagen de América como una gran maquinaria y la de sus ciudadanos como simples autómatas cuyos movimientos ―desde los más elementales hasta los más artificiosos― están pautados de forma minuciosa; imágenes que, conviene subrayarlo, tendrán hondas repercusiones y larga pervivencia en la cultura española. Aunque muchas de las afirmaciones de Camba sobre Norteamérica resultan superficiales hoy en día, algunas de sus observaciones han perdurado y siguen siendo parafraseadas por escritores e intelectuales españoles de hogaño: la perenne incomprensión entre España y los Estados Unidos, “condenadas a no entenderse” (75); el rechazo estadounidense de la inteligencia, “una cosa anticuada, […] un instrumento de trabajo rudimentario y torpe” (95), cuyo corolario es la innegable superioridad intelectual europea; o el enorme poder expansivo y la índole exclusivamente técnica de la civilización norteamericana (103). Concepciones de este tipo modelarán, con escasas excepciones, el imaginario español sobre los Estados Unidos durante la etapa republicana, la Guerra Civil y los primeros lustros de la postguerra; y las mismas sufrirán una importante variación a fines de la década de los cincuenta, como consecuencia del cambio de rumbo en las relaciones diplomáticas hispano-estadounidenses a partir de los Pactos de Madrid de 1953. Dicha variación es evidente en los libros ensayísticos y en las crónicas y relatos de viajes que comienzan a aparecer en España a mediados de los cincuenta y, sobre todo, a lo largo de los sesenta, época en la que se produce una cierta apertura de la dictadura franquista bajos los dictados del desarrollismo ideado por los tecnócratas del régimen. Sin afán de agotar la lista, merecen el favor de la cita los libros Los Estados Unidos en escorzo (1956) de Julián Marías ―exploración que continuará, años más tarde, en Análisis de los Estados Unidos (1968)―, América de cabo a rabo (1959) de José Luis Castillo Puche, Viaje a América (1960) de José Plá, USA y yo (1966) de Miguel Delibes, Los siete pecados capitales en Estados Unidos (1969) de Fernando Díaz-Plaja, y Mi primer viaje a U.S.A de Carmen Laforet. Las valoraciones e impresiones de las mencionadas obras difieren de manera sustancial de las emitidas por Ortega y Gasset y Julio Camba, y configuran retóricamente un ‘paradigma del asombro, la excepcionalidad y la simpatía’. La vigencia de este paradigma del asombro se extiende hasta principios de los setenta, periodo en que comienza a quebrarse y a manifestar sus insuficiencias.

Un repaso a los temas tratados por los viajeros españoles decimonónicos a los Estados Unidos y por sus coterráneos de la democracia evidencia en varios aspectos su honda similitud. Si como asevera García-Montón, a estos primeros viajeros les produce perplejidad la diversidad norteamericana, el poder social que en ella ostenta el dinero y la prensa, la exclusión y el racismo que la caracterizan, la innovación y productividad masiva de su industria, el gran desarrollo de la biblioteca pública, el museo y la enseñanza obligatoria, el creciente protagonismo de la mujer, o la grandiosidad geográfica del paisaje (13-33); en los segundos, tal perplejidad se verá matizada por un agudo sentido de la ironía y el escepticismo y por un capital crítico muy marcado aún por una noción de la españolidad en la que se enfatiza la condición de europeos occidentales. En otras palabras, a partir de 1975 el reflejo de sí mismos que los escritores españoles descubren al contemplarse en el espejo norteamericano no siempre será de orden negativo o insuficiente, y, en ocasiones, implicará una modélica revalorización de su sociedad y cultura, pero no la superación o rebasamiento de ciertos tópicos estadounidenses ni el abandono de ciertos resabios europeístas.

Dos textos publicados en la segunda mitad de la década de los ochenta ilustran en parte esta tendencia: Estampas bostonianas (1985) de Rosa Montero y Nueva York (1986) de Eduardo Mendoza. En el caso de la primera, la distancia que la separa de la sociedad norteamericana en el momento de la escritura de sus estampas es prácticamente insalvable. Esa distancia, esa otredad que se le resiste a Montero, se fundamenta, según la autora, en la rareza esencial de los Estados Unidos, en su feroz mercantilismo, ensimismamiento y soledad, en su vivir disparatado y amnésico, en su condición de gran espectáculo (65). Menos enérgico en sus opiniones que Montero, Mendoza elabora en su libro una cartografía estacional, meteorológica y humana de la ciudad de Nueva York, compuesta de elementos como el viento de Manhattan, la belleza de la nieve, la mutación del color de las hojas de los árboles en el otoño, la calidad del cielo, los barrios de Chinatown y Little Italy, la inmigración como fenómeno a la vez ajeno y propio, o la soledad de los ancianos y las mujeres en la inmensa urbe. Este enfoque meticuloso, entrañable y provinciano, instituye una mirada que el propio Mendoza califica de forastera y anecdótica (142), y que será la que primará entre los autores españoles finiseculares y del siglo XXI.

Esa mirada que hace de la anécdota una categoría supone una mirada que se va despojando de forma lenta pero consistente de cualquier adherencia dogmática o de periclitados motivos ideológicos, en un intento precisamente por sobrepasar su condición foránea y por contemplar las cosas a través de los ojos del otro. Se viaja, en palabras de Rosa Montero, para perder el sentido, para salir del pequeño círculo cultural que nos define, pero sobre todo para cumplir el deseo de ser otros; el viaje sólo será verdadero (y no un simple pasatiempo turístico) en la medida en que implique un “cambio de conciencia” en el viajero (Estampas 10, 11). Viaje de ida y vuelta, y no una tediosa colección de fotografías más o menos insulsa de películas de vídeo; he aquí la clave hermenéutica de la metáfora del viaje. En el proceso de estos ensayos o travesías de otredad despuntan, como fenómenos concomitantes, la autocrítica y el autoconocimiento. Una ciudad llamada Eugenio (1992) de Paloma Díaz-Mas, Nocturno de Nueva York (2002) de Amparo Serrano de Haro, El mundo es un pañuelo (2002) de Elvira Lindo, Ventanas de Manhattan (2004) de Antonio Muñoz Molina, Visión de Nueva York (2005) de Carmen Martín Gaite, o Historias de Nueva York (2006) de Enric González constituyen ejemplos ilustrativos de esto.

En muchos aspectos, la visión elaborada por estos textos sigue siendo fronteriza ―tal vez sea esta uno de sus rasgos ineludibles―, pero se intuye y comprueba que cada vez lo es en menor medida e intensidad, que ha acentuado sus contornos dialógicos. En este sentido, no resulta casual el hecho de que en las páginas de casi todos estos títulos aparezcan reiteradas referencias a la ventana como símbolo de lo fronterizo. La educación sentimental que se sustenta en las páginas de los citados autores abreva, entre otras muchas, en las fuentes de los maestros literarios de la Generación del 98, y suelen dirigir su foco de atención hacia la minucia o lo minúsculo, hacia la nimiedad y la intrahistoria: desde el consumo desmedido de café por parte de los norteamericanos, desde su desaliño indumentario y manías culinarias, hasta la evocación de sus celebraciones y costumbres más arraigadas, todo este entramado temático adopta también un tono menor, a veces de confidencia, que se vale de las fórmulas retóricas y estéticas de la autobiografía, la autoficción, el dietario, el ensayo o el diario íntimo (a este respecto, véase el Nocturno de Nueva York de Serrano de Haro, una indagación excepcional por su alta densidad filosófica y aliento poético).

Tal vez ese apego a lo minúsculo, esa querencia por lo cotidiano adquiere su más notable desarrollo en un libro como Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina, cuya inicial visión aérea de Nueva York resume en buena medida la perspectiva minimalista y el encuadre microscópico con el que el autor español contempla y hace suya la geografía citadina recién descubierta: su primera visión de la ciudad no será la difundida por el cine y la industria turística; en vez de la legendaria línea de los rascacielos, sus ojos captan los meandros formados por ríos y canales, algún muelle o velero, las “casas repetidas y pequeñas, con jardines idénticos y tejados a dos aguas, como maquetas diminutas en el juego del Monopoly” (22). El elemento audiovisual tiene una importancia de primer orden en Ventanas de Manhattan; recuérdese al respecto las numerosas referencias a la pintura de Hopper y Richard Estes y a la fotografía de Richard Avedon, y las demoradas descripciones del “bosque ilimitado de las arquitecturas” de Manhattan (21) y de los infinitos sonidos que configuran el íntimo mapa musical de la urbe. En sus travesías por Nueva York, Muñoz Molina asume de forma plena ese localismo extremo que tanto admira del arte norteamericano (55) y la condición del exiliado ―en la ciudad que mayor número de exilios acumula―, como parte de su estrategia de distanciamiento crítico con relación a España y a su ambiente intelectual.

Junto a la ventana, el espejo es otro de los símbolos preeminentes entre los autores españoles, al punto de que no sería ocioso aventurar una teoría del espejo como instrumento de autorreflexión, de aprehensión cognoscitiva y de crítica (otra vez, la mención del texto de Serrano de Haro es aquí pertinente, pues en él Nueva York es descrita como la “ciudad de los espejos”, 56). El legado literario de esa cavilación especular, de ese continuado mirar a y tras las ventanas constituye una valiosa tradición en las letras peninsulares contemporáneas, que no ha cesado su curso en estos umbrales del XXI. La imagen de la escritora “ventanera” acuñada por Carmen Martín Gaite en Visión de Nueva York (163) continúa ahí, como emblema de esta tradición, a la espera de más interlocutores que desde la crítica literaria acometan su estudio y sinteticen sus logros más notables.

También desde la novelística, los escritores postfranquistas se han asomado con provecho y asiduidad a la ventana transatlántica. Puede afirmarse, dadas su calidad y creciente número en años recientes, que la novela de campus es un subgénero que ha gozado de buena salud en la novela española de la democracia; a este respecto es de obligada mención la novela corta Carlota Fainberg (1999) de Muñoz Molina ―sin duda uno de los ejemplares más logrados de esta categoría narrativa en España―, a la que puede añadirse Nuestro mundo no es de este reino (2005) de Amando de Miguel. Las citadas novelas comparten una similar valoración crítica del ambiente universitario norteamericano que en el caso de la primera tiene como escenario un pequeño college de Pennsylvania, mientras que en el de la segunda, el protagonista ―el profesor zamorano Egidio Rodríguez Jambrina (alter ego de Amando de Miguel)― vive sus peripecias intelectuales en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis. Dicha crítica, que tiene a la ironía como uno de sus recursos retóricos más socorridos, cuestiona sobre todo la imperante ‘política de corrección’, los modos de convivencia y las relaciones profesionales (el frecuentemente arbitrario proceso de tenure y la imposibilidad de la amistad entre colegas), y los excesos teóricos de la Academia en los Estados Unidos, y, subraya, en particular, los efectos ―perniciosos según reflejan o sugieren estas novelas― que estas tendencias han ocasionado en los estudios hispánicos de este lado del Atlántico; efectos que, por otro lado, comienzan a expandirse a las universidades españolas. Las luces y sombras de la Academia norteamericana no agotan el repertorio temático de las novelas españolas; otros asuntos como la contracultura de los hippies y el mundo de la droga en los Estados Unidos, la indagación estética o el complejo proceso de la creación literaria han concitado el interés de algunos novelistas. Los Estados Unidos y su poderosa industria cultural siguen acaparando la atención ―y los textos― de los actuales novelistas españoles, en especial de los integrantes de la llamada Generación X. Una novela como El hombre que inventó Manhattan de Ray Loriga constituye un excelente paradigma de esto por más de un motivo: por su apego a los esquemas estructurales y temáticos del mejor cine norteamericano, por su incursión en el mundo de la televisión estadounidense y por su recreación del Nueva York de los años treinta.

La literatura ha jugado un papel de primer orden en la conformación de los imaginarios español y estadounidense. El diálogo ha sido hasta ahora fructífero, aunque la mayoría de las veces un tanto desequilibrado para la balanza ibérica. No obstante, la ventana transatlántica sigue ahí, y a ella siguen asomándose los escritores con renovados ánimos de contemplar y entender las innúmeras realidades que están del otro lado del cristal.

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CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Es autor de los libros La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria (2002), La transición a la democracia en la novela española (2006), Diccionario personal de literatura dominicana (2010) y La isla letrada (2011)

OBRAS CITADAS

Camba, Julio. La ciudad automática. Madrid: Espasa-Calpe, 1970 [primera ed.: 1932].
Castillo Puche, José Luis. América de cabo a rabo. Madrid: Ediciones Cid, 1959.
Delibes, Miguel. USA y yo. Barcelona: Destino, 1966.
Díaz-Mas, Paloma. Una ciudad llamada Eugenio. Barcelona: Anagrama, 1992.
Díaz-Plaja, Fernando. Los siete pecados capitales en Estados Unidos. Madrid: Alianza, 1967.
García-Montón García Baquero, Isabel. Viaje a la modernidad: la visión de los Estados Unidos en la España finisecular. Madrid: Verbum, 2002.
Laforet, Carmen. Mi primer viaje a U.S.A. Madrid: P.P.P. Ediciones, 1985.
Lopate, Phillip, ed. Writing New York. A Literary Anthology. New York: The Library of America, 2008.
Loriga, Ray. El hombre que inventó Manhattan. Barcelona: El Aleph Editores, 2004.
Marco, José María. Viaje de California. Valencia: Pre-Textos, 1991.
Marías, Julían. Los Estados Unidos en escorzo. Buenos Aires: Emecé, 1956.
__________. Análisis de los Estados Unidos. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1968.
Martín Gaite, Carmen. Desde la ventana. Enfoque femenino de la literatura española. Madrid: Espasa Calpe, 1987.
_______________. Caperucita en Manhattan. Madrid: Ediciones Siruela, 1990.
_______________. Cuadernos de todo. Barcelona: Debolsillo, 2003.
_______________. Visión de Nueva York. Madrid/Barcelona: Ediciones Siruela/Círculo de Lectores, 2005.
Mendoza, Eduardo. Nueva York. Barcelona: Destino, 1986.
Miguel, Amando de. Nuestro mundo no es de este reino. Sevilla: Algaida Editores, 2005.
Montero, Rosa. Estampas bostonianas y otros viajes. Barcelona: Ediciones Península, 2002.
Muñoz Molina, Antonio. Carlota Fainberg. Madrid: Alfaguara, 1999.
________________. Ventanas de Manhattan. Barcelona: Seix Barral, 2004.
Plá, José. Viaje a América. Barcelona: Destino, 1960.
Serrano de Haro, Amparo. Nocturno de Nueva York. Sobre la transparencia y el reflejo. Madrid: Debate, 2002.

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