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Don y deber de la escritura

SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON [mediaisla] Tiene el escritor la obligación de revolverlo todo y de poner las cosas patas arriba. Y más que nada, es su deber no formular verdades acertadas sino acertijos. Deber tiene —y se lo debe a sus lectores— de no tener la razón sino despreciarla.

A quienes se nos ha dado la extraordinaria oportunidad de escribir en espacios que, como éste, cuentan con lectores que ávidamente esperan la palabra escrita para descifrarle sus ritmos, su música secreta, no se nos podría ocurrir no aceptarla ni asumirla como el don que es: su dicha. Don que obliga, dicha de tener la exigencia de una responsabilidad para nada desdeñable: la de escribir para la publicación periódica en la red, es decir para el público disperso que busca la voz que le hable, la que una vez encontrada él escucha atento y discierne.

Como una feliz vocación asumimos los dichosos la invitación a escribir, la demanda que el deber de la oportunidad nos impone. Nos enardece su llamada, nos energiza su obligación.

No es un juego esto de escribir para los otros, ni es tampoco una artimaña de la vanidad personal, toda egoísmo, toda afán de aplauso. Nada de eso. Tener una columna designada es todo lo contrario a contar con la admiración que se gana con una jugada esplendorosa. Es un deber de sensatez y un reto de autenticidad. Es un contrato de trabajo responsable y efectivo: escribir lo que merezca una lectura arrebatada, decir lo que se debe decir para el sorprendente bien del que lee como quien mira desde la boca del volcán el candente abismo.

Es decir: escribir de veras. Usar la lengua como el himno triunfal del que sobrevivió a la batalla, como el ensalmo del mago que hace brotar las aguas de la piedra, como el murmullo del filósofo eremita en combate iluso con los demonios de la acedia; manipular el verbo como esa “llave que abre mil puertas” de la que habló el maestro; hacer de la palabra una ganzúa, del argumento un jardín de senderos que se bifurcan en todas direcciones. Escribir, en fin, a toda costa, contra viento y marea, las alas distendidas, poderosas, en el esfuerzo.

Debe el escritor que así se afana confundir a sugerencias más que convencer del dogma. Hablar en lenguas de Babel: trabalenguas de lo nunca dicho. Nada más ajeno a él que las frases hechas del pensar adocenado del discurso al día, a la hora, al preciso momento de la conveniencia. Inconveniente es su palabra, sobre todo. Desengañado, no engaña. Escandaliza. Ha de rayar, profanar a garabatos apenas descifrables, las paredes impolutas con graffiti de letrinas, los muros inviolables con grietas de palabras insolentes, del metal de la ira.

Tiene el escritor la obligación de revolverlo todo y de poner las cosas patas arriba.

Y más que nada, es su deber no formular verdades acertadas sino acertijos. Deber tiene —y se lo debe a sus lectores— de no tener la razón sino despreciarla: no puede insultar a sus lectores con frases imperecederas y rotundas afirmaciones, sino estimularlos con el tartamudo balbuceo del nombre de una flor que, por florecer al borde del camino, está a punto de quebrarse pisoteada. Tiene que tener, por lo mismo y, de todos modos, algo de jardinero. Labrador ha de ser de la oscura tinta de la gleba. Y conductor del carro alegórico de la cornucopia, celador de la Caja de Pandora. Y sobre todo ha de saber también lavar ventanas para que por ellas entre a lo oscuro del interior la luz del día y en la noche se iluminen las sombras del tenebroso afuera.

Lunático ha de ser el escritor. Orate deslenguado. Murmurador insatisfecho, quejoso incluso, si es necesario. Y no ha de saber de otras oraciones que las estrictamente gramaticales: sus palitroques de saltimbanqui malabarista y taumaturgo. Mago, no de magia blanca o negra ha de ser, sino de juegos de manos: arte de la pluma el suyo, o del tecleo, como de aguja de bordar o máquina de coser, respectivamente. Artífice de la filigrana. Hilador de sedas multicolores.

De todo un poco tiene el escritor: maestro de mil y un oficios, artesano del silencio.

Se engaña, así y todo, el lector que lo crea sabio y se lo tome demasiado en serio. La seriedad es monolítica, la escritura arena que remueve el viento. Ser sabio, además, es un defecto de personalidad, como lo son el orgullo y la autocomplacencia. Torpeza moral la del que escribe convencido de algo, creo. O a lo mejor no: tal vez nadie que esté absolutamente convencido de algo puede ejercer la magia de la escritura.

Dudoso y descreído crea el escritor más bien enredos y al lector no le queda más que ocuparse en deshacer nudos ciegos, desatarlos sin la ayuda de tijeras, ni menos aún de espadas de doble filo. A más nudos que el escritor amarra —y lo hace como quien teje redes de pesca mar afuera— más se entretiene, más se afana, más logra el lector que de veras lee al que de veras escribe.

Magnífica oportunidad la del escritor que tiene un espacio donde cumplir el magnífico deber de escribir como se debe para quien lee como se debe: con plena desconfianza y tremenda duda.

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SANTIAGO DAYDÍ-TOLSON (Valparaíso, Chile, 1943), ha vivido en los Estados Unidos desde la década de los sesenta. Recibió en 1973 el Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas y actualmente, después de enseñar en las universidades de Fordham, Virginia y Wisconsin-Milwaukee —de la que es profesor emérito—, es catedrático de literaturas hispánicas en la Universidad de Texas en San Antonio. Ha publicado en su campo de especialización, entre sus publicaciones recientes destacan Under the Walnut Tree (2013), Insectario (2014), La lira de la ira and Some Irate Lyrics (2015)

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