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El dolor trasmutado en belleza: la poesía de Irma Verolín

PATRICIA SEVERÍN [mediaisla] Irma Verolín ha forjado una voz poética en un mundo íntimo y cerrado, en donde el dolor se transforma en palabra, para dejarse ir como un suspiro hacia una lejana reparación que quizá aún esté aguardando.

Lo que está escrito en la contratapa de Árbol de mis ancestros (2018), de Irma Verolín, libro editado por Palabrava, puede extender y abrazar a sus otros dos libros de poesía (De madrugada y Los días) porque “a través de fragmentos, recortes de la memoria, figuras familiares —recordadas o imaginadas— Verolín arma cada poema para construir (o reconstruir) su árbol familiar. La pregunta es: ¿Un yo fragmentado puede ser capaz de dar la voz a lo que fue tragado por la ausencia? ¿Lo vivo está vivo y lo muerto, definitivamente muerto? Quizá al recordar (pasar otra vez por el corazón) el pasado sea una sustancia maleable y pueda ser modificada. O, mejor dicho: seguramente es modificada al pasar por el arbitrario cedazo de lo que se privilegia.

La separación, que hace la poeta, entre el adentro y el afuera transforma al mundo en aquella inmensidad que pone límite a lo íntimo y subjetivo. Frente al espacio cerrado —y aparentemente quieto— de la evocación, el yo se multiplica y desdobla. Mientras que el tiempo, la obsesión por el tiempo, atraviesa Árbol de mis ancestros”, y sus otros dos libros, como materia prima de la vida invitando al lector a sumarse en este recorrido en donde podrá, sin dudas, identificarse con sus propios ancestros, dolores y evocaciones.

Estas palabras se extienden, al igual que la marea que sube tapando las huellas de la arena e inundando lentamente la playa, al universo poético que la autora diseña. Sus obsesiones se pivotean sobre tres ejes: la niñez (la desolada niñez), su madre, su padre, hermano, abuela (y la temprana disgregación familiar), junto a la luz, el tiempo y lo cotidiano. Sobre estos ejes, y a partir de fragmentos, tanto de la memoria como de lo cotidiano, reconstruye, selecciona y recuerda, prioriza o diluye.

Diría que la nena, la que quedó de ese tiempo mítico, antes de la disgregación, esa nena que gira, de su primer libro de cuentos, es la que en esta trilogía (que son sus tres libros de poemas) avanza como centro irradiador. Y, aunque en Los días (2015) se esconde tras el recorte de lo cotidiano, siempre aparece desde el fondo al igual que lo hace la luz. Esa luz potente o discontinua que atraviesa horizontalmente su poesía, entre la oscuridad de lo que ya no está, pero, sin embargo, puja por volver a hacerse presente entre los recuperados fragmentos. Una luz que encandila (2009) titula Verolín a otro de sus libros de cuentos. Y es así, una luz que encandila desde cada ángulo, por presencia o por opacidad.

Se nota claramente este pasaje, este ir y venir —de sus obsesiones—, de la narrativa a la poesía y viceversa. Como vasos comunicantes, El puño del tiempo (1994) se llama una de sus novelas. Y es, justamente en el transcurrir del tiempo, en donde se encuentra esa reconstrucción de la vida sobre las ruinas de la familia perdida, pulverizada, a partir de la muerte de la madre. De madrugada (2014), su primer libro de poesía nos habla de ello: la muerte y la madre como eje y, girando en su órbita, el padre, la niña, los hermanos, el hospital. Tema que retoma y amplía en Árbol de mis ancestros, donde ya aparecen abuelas, abuelos, bisabuelas, tías, primos y esa niña, que es niña y es adulta, y va focalizando con su mirada el entorno que la cobijara.

En Los días, el segundo libro de esta, que di en llamar, trilogía, hace que lo cotidiano impulse el movimiento del mundo. Esa paz difusa instalada en el hogar, que se quiebra con la entrada de una mosca o una araña o el haz de luz que baja a iluminar cada fragmento, y se posa con insistencia, se refleja, penetra, se expande, se retrae.

Los ojos, la mirada, se encargan de registrar los minúsculos acontecimientos, cada movimiento leve, ese acto insignificante de puertas para adentro, que se llena de la magnitud del día.

Irma Verolín ha forjado una voz poética en un mundo íntimo y cerrado, en donde el dolor se transforma en palabra, para dejarse ir como un suspiro hacia una lejana reparación que quizá aún esté aguardando.

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PATRICIA SEVERÍN (Rafaela, 1955), poeta y narradora. Vive en la Santa Fe, Argentina. Algunos de sus libros: Poemas con bichos, Muda, Las líneas de la mano, y La tigra. Creó y dirige Editorial PALABRAVA

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