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Imagen y movimiento en la poética dominicana contemporánea I

BELIÉ BELTRÁN [mediaisla] Mucha de la poesía que se hace en Santo Domingo, replica o imita, por decirlo de un modo, las voces de instrumentos o géneros musicales. En consecuencia, las imágenes no solo deben ser contundentes, sino que precisan ajustarse a estructuras cerradas

El escritor guatemalteco francisco Nájera criticaba la superposición de imágenes en la obra de un escritor dominicano que acababa de leer. En la conversación, el ensayista y poeta, extrañaba el movimiento fluido dentro del poema.

La estaticidad detectada por Nájera podría tener su origen en dos direcciones. De un lado, la necesidad de desnudar al poema de nexos y recursos semánticos que atasquen el ritmo que se quiere replicar en este.

Mucha de la poesía que se hace en Santo Domingo, replica o imita, por decirlo de un modo, las voces de instrumentos o géneros musicales. En consecuencia, las imágenes no solo deben ser contundentes, sino que precisan ajustarse a estructuras cerradas en las que las pulsaciones de las palabras caigan sobre la fuerza tónica de algún golpeteo imaginario.

Es decir, las palabras no solo dicen lo que evoca su significante. También representan la ejecución de un ritmo popular. 

Aclaración

Quizás sobre decirlo, pero por si acaso. En todo poema siempre hay un ritmo interno controlado por el artista.

En el caso de la justificación anterior, se refiere más bien a experimentos que quizás tuvieron sus orígenes con Zacarías Espinal y que luego continuaron con Mieses Burgos. Alcanzaron un cenit con Enriquillo Sánchez.

Ahora muchos poetas dominicanos buscan quebrar la rítmica establecida mediante la traslación de estructuras de instrumentos como el palo mayor o el balsié. Aunque hay otros que son más del rock y las fusiones de la onda alternativa actual.

La otra dirección para la estaticidad puede que parta de dos escuelas poéticas. La primera, Octavio Paz, el poeta que más bien y mal le hizo a la poesía dominicana de los ochenta. Solo hay que ver las huellas de Piedra de sol y Salamandra en las obras de aquella generación.

Para Paz, el poema debía trascender el lenguaje a través del lenguaje. Y para lograrlo, era preciso contar con imágenes que resignificaran la palabra mediante la evocación.

El poeta crea imágenes, poemas, y el poema hace del lector imagen, poesía (25).

La construcción de la imagen planteada por Paz promovía la desarticulación de la dualidad como agente divisor. Apelaba a la convivencia de la afirmación y la negación simultáneamente. Desde su óptica, el error de occidente radicaba en lo tajante de sus concepciones, dolencia que no padecía oriente, según él.

El mundo occidental es el del ‘esto o aquello’; el oriental, el del ‘esto y aquello’ y aun el de ‘esto es aquello’ (102).

Esta visión poética llegó a la joven poesía dominicana en medio de un contexto social que necesitaba salirse de todas las formas de determinismo o totalitarismo. Así que Octavio Paz se convirtió en el molde y ruta de la búsqueda estética de aquella generación. Y evidentemente, sus obras influirían a las décadas siguientes, tanto desde los puestos ministeriales como por sus apariciones en libros de texto o la profusión de libros; incluso con buenos poemas. 

La imagen no es medio; sustentada en sí misma, ella es su sentido (110).

Junto a Paz estuvo Ezra Pound. Su visión de imagen y musicalidad encaja terriblemente con la de Octavio. De hecho, ambas ópticas bebieron hasta el hartazgo de la poética de oriente.

Pero Pound llegó más lejos en su búsqueda. Apostó incluso a desnudar por completo el lenguaje, hasta quebrarlo, reducirlo a imágenes y musicalidad, a la construcción de un todo rítmico y visual.

Desde su óptica, el poema debía convertirse en una pieza que transformara oído y ojo en un solo órgano. Es decir, la experiencia sensorial no puede dividirse en ningún momento entre un sentido u otro. El poema como continente tiene que percibirse en su totalidad.

En su afán abarcador, Pound también precisaba de las referencias. En cada poema la evocación apuesta a resignificar no solo desde la semántica sino desde los hechos históricos tratados como materia de iconografía.

Los eventos de una batalla pasan por un proceso reductor que les desnuda de fechas, motivaciones e incluso contextos inmediatos. Quedan como arquetipos de tensiones, manejables, portátiles: mutables.

Pero, definitivamente, la concepción de Pound que más ha influido en la poética dominicana es la de que el poema no tiene por qué comprenderse. En su afán por la búsqueda del ritmo absoluto, Ezra llegó a promover que la musicalidad y la imagen debían elevarse, incluso a costa del contenido; o así lo entendieron muchos de sus seguidores.

Ahora bien, la crítica de Nájera, aunque se refiere a las imágenes, alude más a la estaticidad. Puede decirse que los poemas que vio sirven más como escaparates o álbumes con los puentes rotos entre una referencia y la otra.

Sin embargo, el hecho mismo de ondular en función a un ritmo determinado debería servir de contención a la inamovilidad. Pero, si no es así, Henry Bergson serviría de excusa cuando explica:

Nuestros conceptos han sido creados a imagen de lo sólido, la nuestra es una lógica de lo sólido.

Bergson se refería a los procesos de construcción del pensamiento. Y aunque su óptica es más bien platónica, puede explicar por qué a pesar de todas las rupturas que busca la poesía con el lenguaje, siempre apela a lo concreto, incluso en las piezas más líricas o místicas.

Se justificaba diciendo: “La acción no sabría moverse en lo irreal”. El pensamiento necesita de lo concreto por su incapacidad para fluir en lo desconocido, para crear a partir de la nada.

Pero, el poema precisa crear nuevos significados. Por eso, las imágenes y el ritmo asumen roles migratorios de significantes.

En la poesía observada por Nájera puede que esos roles hayan sido quebrados. Entonces, las imágenes perdieron su capacidad de conectarse entre sí para transformarse en la pieza única y perceptible desde el oído y el ojo como un sentido único.

Quedaron desarticuladas. Ante un observador fueron piezas arqueológicas representativas de una cosmovisión ya escindida.

Nota: no significa que sea así.

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Bergson, Henry. La evolución creadora. Madrid: Aguilar, 1963.

Paz, Octavio. El arco y la lira. México, DF: Fondo de cultura económica, segunda edición, 1967.

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BELIÉ BELTRÁN [Bayaguana, RD], comunicador, lector. Autor de Pardavelito y Crónicas a la colmena. Ha sido publicado en distintas antologías de México, Guatemala y República Dominicana. Es vegetariano por aburrimiento.

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