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Memorias de la descreencia (El cuento dominicano de los ‘80)

Memorias de la descreencia. PortadaRENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla] Sobre la narrativa breve dominicana se han dicho muchas cosas; también se han ocultado bastantes. Otras tantas han sido cuidadosamente mediatizadas. Los ejemplos sobran. Y, probablemente, como en todo, hay más nombres que obras que soporten los montones de alabanzas y falsos monumentos erigidos. Así somos por estos lados. Así, aparentemente, a alguien o a muchos les ha convenido que sea.

Sobre la narrativa breve dominicana se han dicho muchas cosas; también se han ocultado bastantes. Otras tantas han sido cuidadosamente mediatizadas. Los ejemplos sobran. Y, probablemente, como en todo, hay más nombres que obras que soporten los montones de alabanzas y falsos monumentos erigidos. Así somos por estos lados. Así, aparentemente, a alguien o a muchos les ha convenido que sea. Por ello ha sido más fácil contar la historia sin todo aquello que no nos interesa que se diga o se vea. Ya en los gloriosos días de la perínclita tiranía del generalísimo y doctor, primer maestro y padre de la patria nueva, se excluyó, váyase a saber por qué, más de una vez al indiscutible ideólogo y conformador de una teoría y una práctica definida del cuento en República Dominicana, Juan Bosch[1]. Caída la satrapía, con las mismas artimañas y en pleno uso de las facultades sacrosantas del estalinismo ambiental, harían lo mismo con autores tan significativos como Tomás Hernández Franco y J.M. Sanz Lajara[2]. Los demás, los que han seguido el trillo, tampoco han expuesto sus razones, pero la sordina cómplice se ha mantenido intacta y con muy buenos resultados.

Para los fines de lugar y, en cierto modo, tratando de borrar un poco, el nefasto baldón de las devastaciones de Osorio[3] que, sin dudas, pesa sobre todo el imaginario de la parte oriental de la Hispaniola, se escribe esta historia en pocos actos que, pudiera ser otro cuento y como tal se lea, quién sabe… 

Primer acto

Ya desde el amanecer de mis días, en las noches frías de mi natal Constanza, a orillas de una fogata de leña y cuaba, me disfruté sin bordes todas las aventuras de Juan Bobo, Pedro Animal, Pedro el cruel y sus contornos. (Recuerdo que, por boca de Manuelico me transporté por los senderos maravillosos de las más fantásticas y fascinantes historias que hayan sido contadas jamás). Luego, con las primeras y segundas letras, vendrían las historietas ilustradas, las vidas ejemplares de Domingo Savio, Juana de Arco; y, sin telón de fondo, sin fanfarria, habría de caerme un día en manos y mente un ejemplar arrugado y desleído de las Mil y una noches. Ahí fue Troya. Ya nunca más he podido sustraerme del deseo de saber qué me cuentan los que cuentan y, de una u otra forma, he dicho por ahí, mis gustos y disgustos con unos o varios de nuestros más destacados contadores de todos los tiempos. Pero, vayamos al asunto. Hablemos de lo que, en definitiva, nos convoca. Borremos un pasado que, por pasado, nos nubla y nos anega alrededor de la noria y el cuento de nunca empezar, haciéndonos retornar siempre y sin fuerzas a los manoseados apuntes del tantas veces mal leído profesor en su discurso[4]. Abramos de par en par nuestros portales al mundo con toda su lozanía y ese desmán de horca y cuchillo del populismo perredeista de los ochenta; dejemos que el horizonte se nos desparrame en ciernes con una nueva visión del mundo, más crítica, más adulta y lozana. Olvidemos los listados, las guías telefónicas, los índices abultados, e insertémonos en los meandros del texto: su hacer y su decir. Transitemos esos ochentas, millonariamente publicitados a todo pulmón. Ochentas que, en vez de desencanto, podríamos llamar del desengaño, con un Balaguer fortalecido, dispuesto a abofetearnos por ingenuos y crédulos, ante la chata arrogancia del mesianismo televisivo que, a fuerza de spots y prebendas, intentó salvarnos la vergüenza y nos hipotecó hasta el cubito… en fin, no es un problema de hombres ni de hambres, hablemos de obras. Ya es tiempo. 

Segundo acto

Habría de venir de otra galaxia un ser innominado, puntilloso y zumbón que nos pusiera en blanco y negro nuestras mentiras de Perogrullo y nos llamara a reflexión; habría de venir, con el más ingenuo y mordaz de los humores, un ser sin tamaño, color ni señas de identidad, que nos desnudara de cuerpo entero, presentándonos, ante nosotros y las galaxias vecinas y más allá, tales y como jamás hemos querido que se sepa que somos.

(Habría que hacer un aparte para incluir lo excluido, hablar con gusto y pasión del amor jugueteando en el texto y resbalándose como fiera herida por los intersticios del placer y el juego; dejándose sentir con fuerza la magia y el encanto con lucidez inusual en nuestra aséptica narrativa, narrada por dos jóvenes adultos con la más cuerda mocedad de la locura: La bella nerudeana y “De hombres y de gallos”, de Rueda y “La fértil agonía del amor”, de Veloz Maggiolo) (163)[5]. Con mejores acompañantes no pudo contar “El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom”, de Rivera Aybar; texto novedoso e innovador en pleno amanecer de los ochentas. Novedoso por el desenfadado humor que resuma en cada línea y ese juguetón manejo de la lengua que habrá de definir este orgullo que nos engrandece de ser los excluidos de siempre; innovador porque nos cuenta sin contarnos una historia que somos, precisamente, cuando no nos dejan ser. Fundacional, si se quiere, texto de tesis —como dirían los que, precisamente, nada dicen de cosas como éstas— porque abre una época que nos lanza sin artilugios al ruedo de la más novedosa forma de contar en breve como debe contarse en estos tiempos. Narrado en primera persona, en forma lineal y un jocundo cachondeo que nada entre las aguas del latín y el español antiguo sin caer en lo decadente y farragoso, convirtiéndose, como sentencia en el final de su informe esa cosa en «la cosa más bella é taimada que he conocido en luengos años»[6]. Corría, en la pista del ochenta, el ejemplar junio con su apabullante calor y, sin mucha bulla, el país se oreaba a las orillas de los huracanados rafagazos de David y Federico:

Ansí que me despido advirtiendo que, aunque “homo stultorum e temerarium pro omnia mulier est; et por multo mulier malum necessarium est qui potest mulier vitare, ¡vivit! Vale (26)[7]. 

Tercer acto

Ya, ahora, no hay excusas. Estamos aquí, en la masmédula de nuestra realidad, dentro de nosotros mismos, desnudados en nuestra más íntima desnudez por un ser intergaláctico que nos ha puesto a caminar en firme sobre nosotros mismos; dándole tono y timbre a una nueva forma de contar nuestros propios cuentos; haciéndonos sentir seguros de transitar sin tropiezos por nuestra realidad que, sinceramente, no es tan chata como nos han hecho creer por tanto tiempo. Vuelve junio, es el ochentidós, y una mujer con dos ojos capaces de sacudir el mundo, nos interna en las empedradas y entalviadas calles de la Ciudad Colonial; nos empapa en la llovizna tierna que se escapa de su ser y sus encantos y nos voltea a mirarnos más adentro de nosotros. Magia y poesía, en un haz, nos alborotan el placer por la lectura tras un sueño, una invención, un espejismo; una mujer que ha de flamear como estandarte, empinándose, encumbrándose hacia riscos más elevados de nuestro hacer:

Quién podrá suponer que eras, más que un cuerpo, un talismán, un fetiche, un objeto ritual que preside la tarde, que ve bajar y subir los vehículos, a los enamorados entras y salir discretamente del hotel Zamora, a la gente que pasa con sus paquetes y sus prisas; un nombre inventado, una historia que se reduce a dos ojos enormes, hospitalarios que invitan a instalarse en ellos… (24)[8]

“Mujer que llamo Laura”, cuento nos mantiene en la ruta, nos alumbra y nos dice por dónde soplan vientos más propicios. Pero este texto no venía solo, una voz anónima lo acompañaba. El cine, la música, las más inusitadas lecciones estaban generando en estos carajitos de la época un desproporcionado manejo del instrumental que habría de poner en guardia a las huestes del silencio y el destierro. Desde algún oscuro punto de la isla “Una voz en off hizo justicia”, y era Pedro Camilo. (Reitero que estamos presenciando, lamentablemente no puedo hablar de placidez, el discurrir del ochentidós). Y entramos sin taquilla a una bacanal de la lengua, una fiesta full, «lo último de los muñecos», donde el erotismo, la sensualidad y el excelente manejo de la técnica nos dicen de una vez lo que habrá de ser esta década de descreencias que tan cuestionada ha sido:

Ya no leo Ovaciones ni fumo Marlboro filter cigarretes. En este momento hojeo un viejo ejemplar de la revista Mundo Nuevo. Un artículo, “Crítica paralela: Vargas Llosa y Ribeyro”, firmado por Wolfgang A. Luchting, acapara de pronto mi voluble curiosidad y buceo compulsivamente en los recónditos pliegues de la positiva prosa de este trabajo. En el mismo Luchting dice… ¡Diantre, qué fenómeno!: en esl espeso espejo que espejea mucho y lastima mi retina ocurre una cosa extraordinaria, sí un verdadero fenómeno: de las profundas aguas plateadas y serenas del espejo emerge un rostro femenino, desdibujado, tembloroso… (167-168)[9] 

Cuarto acto

Dejemos rodar el calendario y los relojes; pasemos los años como páginas y leamos, leámonos; juguemos un poco con nosotros mismos y pongamos en juego nuestros vastos conocimientos sobre el deporte rey. Beisboldaticemos nuestra narrativa y nuestros fantamosos jevos que se las saben todas y se las dan a todas, a esas reinitas de yogurt y hobbies (las que no recuerdan bien la última obra que han leído, pero que son fanáticas de la lectura, sobre todo de los divertidos chistes del señor presidente —no precisamente el de Asturias). Vayamos de ronda por los sitios habituales de este divertido lumpen y gocémonos sin mayonesa un texto tan sabroso como Un día en la vida de Joe Di Maggio II, de García Cartagena —una cosa sí, que no nos dé pena de nosotros mismos; nos retratamos de cuerpo y medio, no hay dudas, en un texto que arranca así:

caron, porque al comenzar a leer se dio cuenta de que le faltaba la primera página (y cómo va a ser que le falte la primera página a un libro que me ha costado un ojo de la cara), pero eso era lo de menos, puesto que esta noche iba a Zinni’s y tenía que estar preparado para dejar a todo el mundo con la boca abierta. “Pantalla, pantallas”, como decía su amigo el Pecos Vicini, aunque de no ser por lo de pantalla no sería quien es ahora, ése que él piensa que es (pues él piensa que es que es como piensa): director de una publicitaria, encargado de todo un departamento (de una oficinita en la que no hace nada pero en la tiene de todo, hasta bodega con todo tipo de licores, hasta…) casi dueño de dos secretarias que se rifan el turno de pasarse con él los fines de semana… (41)[10]

El humor corrosivo es el arma punzante con la que este texto analiza esta sociedad de yuppies que pretende deslumbrarnos con su cartel de poses; sin mucho aspaviento, con sorna, en tercera persona, con un solo punto de vista y en más de un plano de divertida y jugosa sorna que no nos deja ahí: nos pone de narices frente a una hermosa realidad; nos empalma en el camino por donde hace rato transitamos en un desmadradora fusión de verso y prosa, versa y prosa nada sosa… “Cartas al espejo”, del mismo García Cartagena[11], nos sitúa ante uno de los más lúcidos momentos del manejo del fluir síquico; un texto que, sin darnos cuenta, de un tirón, nos confronta con la otra realidad que somos; sin signos de puntación alguna, rápido, como un jab hacia la mandíbula o el cerebro, un texto breve, sustancial y sustancioso. 

Quinto acto

Todo está consumado. Podríamos recordar al Nazareno y mirar de nuevo hacia los alrededores del mirador. Sombrerito en mano, ¿burlón?, cojeando y revitalizado… ¡He ahí al verdugo! Pero no es el verdugo, es la consumación del desengaño y, nadie mejor que Pedro Peix para que lo infiriéramos en su más ínfima desnudez: 

“¡El Memphis es una cloaca seca por donde se arrastran los delincuentes más sádicos y depravados, el hampa de la ciudad!” … Así nos llaman ahora, y es verdad, y es verdad. Pero se olvidan que alguna vez fuimos inocentes, hace mucho tiempo ya, antes que asaltaran nuestro cielo, cuando éramos muchachos y jugábamos pelota frente al mar” (44)[12]

Después de doce años, ave fénix de nuestras culpas, han vuelto a su nidal los avechuchos para estrujarnos en la cara que la corrupción se detiene en las puertas del despacho presidencial; se engendra en las faltriqueras del tirano ilustrado y sus acólitos; se prohíja y engorda y que, en definitiva, los de atrás pueden llegar tan lejos como los de adelante (¿galimatías? enjuiciamientos, burdas huidas): frustración y engaño[13]. Timo y escamoteo que no es tal y como parece ser. Hemos sido vendidos, mercadeados y pesados como reses sin valor y en este ochentisiete nadie quiere entender “La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar” ; mentida historia que se mueve dentro de un ámbito citadino que no necesita carnet de identidad, donde los personajes son el germen de otro personaje que se niega a sí mismo, dando origen a otro (s) que, a su vez, se niegan a sí mismos tratando de huir de una realidad que los aplasta y descojona:

Aramis es amante de la playa, la tanga y el monokini. Defensor del feminismo. Siempre que las feministas se mantengan alejadas de él y sus compañeras. Creador, mentor y teórico principal del movimiento pro rescate de la cultura taína. Ha fundado recientemente la Casa de la Yuca, en donde se enseñan más de 50 usos que los taínos daban a este tubérculo. Su especialidad es el casabe al ajillo.

¿El escritor?: un mentiroso patológico… (26)[14].

(Y a la desolación y desazón de estos años viene a sumarse la suprema y última carcajada del tío julio (en minúsculas); ese irse de entre nosotros para posarse sobre nosotros con su más seria y burlona mirada[15], «observándonos desde la distancia azul de tus ojos» (53)[16], librándonos del mal afín y sus confines. Nada mejor que “La tercera cara de la moneda” para agradecerle sus enseñanzas y nadie mejor que Manuel García Cartagena para representar a sus más aprovechados sobrinos. Pero no sólo los sobrinos habrán de manifestar sus dotes, las huestes del abuelo Borges, entre símbolos y cifras, manejándose en un mundo de sueños y vuelos más allá de lo rasante dejarán sentir su impronta; batallarán en este barril sin fondo que nos sacude hasta la médula. “Las transformaciones del retorno” nos sumerge en oscuras lloviznas estivales y nos invita al más lapidario funeral de las utopías y la esperanza que nos vendieron en todos los escaparates de décadas anteriores:

Todo había sido costumbre de muerte en este lugar de miedo y desesperanza, el sádico placer de los que tienen como única novedad reunirse alrededor de un cadáver. Pero vino aquel pájaro desde el río a la ventana y llenó todo una luz blanca y algo brilló el cuerpo del muerto: sus ojos… (39)[17]

Sexto acto

¡Las utopías han muerto! ¡Vivan las utopías!

Al principio tenía vergüenza, alguien podría vernos cuando hacíamos cosas en la cama. Después advertí que la casa estaba solitaria en el mundo. Enjambres de abejas bordan panales de miel alrededor de los tallos de los claveles, grillos verdes y cocuyos recogen polen para hacer sus hogares. ¡ah, las malvas me fascinan con su sangre vino tinto retenida con primor en sus corolas. Aconséjenme ustedes: ¿Qué hacer con un jardín desenfrenado? ¿Qué haremos si las flores continúan encaramándose en el techo y llegan a ocultar el sol? Él podría abandonarme. Sabe que el jardín crece sólo para mí. ¿Qué trágico placer! ¡Qué amable mortificación! (41-42)[18]

Era Faride, con todos los geranios y malvones en las cuerdas vocales y la vida quien nos hablaba; Faride, lúcida de locura, encontró una pluma fuente por donde salir hacia adentro y sacudirse todo este sarpullido y orines de funcionarios, papanatas y tecnócratas que nos acoñaba los días. Ángela Hernández, en “¿Cómo recoger la sombra de las flores?”, pone en escena a una Faride hermosa y tronante que no hace otra cosa que confirmar la conciencia con la que desde los ochenta se está asumiendo el acto narrativo en sí. Y como la desgracia, las cosas buenas no andan solas. Los sesgos tempo-espaciales, la narrativa poética o la poética narrativa, común a casi todos los excluidos, está presente también en “Los límites de la realidad futura”, de García Romero y “Sueños de naftalina”, de Constanza Colmenares:

Uno es un animal enfermo de recuerdos, sin ellos, la vida hiede, apesta y el agua no sería lo único insípido sobre la tierra… (133)[19]

La señorita tiene animadversión hacia la enfermedad. Cuando padece alguna dolencia, el mundo se derrumba para ella. Sus quehaceres se ven relegados a un segundo plano. Pierde la fuerza interior… (70)[20]

Pero no todo es dulce evasión, constante huir y rehuir la realidad. Manuel Llibre Otero le clava el cuchillo a esa podredumbre que nos zahiere con un irrealismo grotesco, retrotrayéndonos a nuestra cruda existencia. “Anatomía de un desmayo presentido tras dos besos que fueron felices” es un ejemplo de la diversidad de puntos de vista y terrenos en que se mueve esta camada de escritores que se ha propuesto enfrentar el acto de narrar con un lector más avispado y deseoso de participación y asombro:

Hasta que te quedaste como una calcomanía raída de falsa estrella que ya no alumbra, y sí, qué me importó que todos mis amigos te cabalgaran a diario. No puedo mentirte, si lo sabías, que estaba extasiado viéndote aplastada y manoseada, oyendo entre salvajadas y líquidos tórridos como gritabas, como gozabas hasta el clímax de desangrarse al no tener humanidad. Hasta que tanto fluir, sexo no fuera más que una palabra sin sabor, olor ni color, hasta que hombres, aparatos y mujeres fueron lo mismo (146)[21].

Sétimo acto

El siete, se ha dicho, es el número del azar, nadie está a salvo de una bala perdida o de una mala jugada. A veces, no siempre, ayudan los padrinos o ciertos giros del destino o del descuido, parece decirnos Pedro Antonio Valdez cuando interpola escenas, documentos, planos y episodios que, aunque se desplazan, traen y retrotraen memorias, rencores, frustraciones y desvaríos, no se alejan ni un instante de la mentada escopeta del viejo Hemingway. “El mundo es algo chico, Librado”, como diría más de un maestro del género, es una pieza que narra una historia de ficción con un reducido número de personajes, una intriga poco desarrollada y un clímax y un desenlace vertiginosos:

A Librado lo único que puede salvarlo de la muerte es el horóscopo. Él pasa la página inadvertido, pero la vuelve atrás, lo lee y no le pone caso alguno. Ahora nada puede salvarlo.

Se dispone a echarse un sueño, pero ya es tarde: lo jodió el timbre. Él recoge el periódico, lo tira sobre la consola y va a abrir la puerta. Faltan trece segundos para las cinco (18)[22].

De un momento a otro, el fondo se va totalmente a negro, sin mediotonos. (No porque viniera sin llamarlo como siempre viene a iluminarnos con sus ráfagas el sempiterno apagón que, sin lugar a dudas, caería como anillo al dedo). Al escenario sube el terror de la zona. Tiene contactos en el Bronx, en Manhattan o en Queens:  Todo lo mejor viene de allá, de New York. Lo demás, el baldío: patear La Zona y esperar que el Almirante baje el dedo. Algo que, por supuesto, no es el caso de Frank, que se las sabe todas. Y una más. Él, por supuesto, va del Yo al Él y al Nosotros como si caminara Conde arriba y Conde abajo con una cámara en hand held. Retratándonos a todos (pacatos y demás) en un relato puro jazz donde a veces se confunden la cámara y el saxo (denotación-connotación), pero nunca el objetivo-objeto. Mucho menos los objetores de conciencia:

¿cuántos recuerdan la película dos días después de haberla visto? […] siempre habrá oídos para la música, labios para esta boquilla, zafacón para un montón de páginas inservibles, olvido para ideas incómodas. Nosotros seguiremos siendo el tema de fondo, una metáfora incomprensible, extras malpagados […] a nadie le importamos. Esta es la época de lo nimio (120)[23].

Octavo acto

No hay fronteras que valgan. No hay barreras. «Los recuerdos no envejecen, lo que muere es la memoria» (132)[24]. Una década no es medida para arropar un hilo conductor, un cordón que va propagándose y definiendo un modo, una búsqueda de expresión que puede diferenciarse por una serie de señales visibles que se encuentran, se fortalecen y se ramifican, engendrando más y más codos y uniones de un macito que algún día habrá de ser un mazo. Por ello, no es extraño que, desde el más olvidado rincón, del otro lado en la Babel, alguien puede levantar azorada la voz y mostrarnos “La infinita cicatriz”:

Miró el reloj: las diez de la noche. Y se preguntó de qué sirve el tiempo cuando puñales clandestinos nos vigilan el perímetro. Cuando una fotografía sigue, como si estuviera viva entre los muros de su abismo, lacerando cómplice del tiempo este costado vencido… (108)[25].

Y esta enfermedad, este mal, este estilo de abordar el hecho narrativo, no es propiedad de una capilla, de un grupito, es del dominio común. Tienen acceso a él, eso sí, los más aventajados, los que han asumido el reto del oficio y, más que un galardón anual, tienen un compromiso contraído con la página en blanco, sin límite de tiempo y sin árbitros. “Unos gatos empujan la pared” no tiene ninguna pared de por medio con los textos que han desfilado por estas líneas. Se mueve por las mismas zonas; centra su línea de acción sobre coordenadas similares y goza de buena salud de lengua. Razón por demás para demostrar que hay una semilla que se expande, burlando cercos y confesionarios, asimilando y apropiándose de hechos y elementos de su entorno cotidiano para convertirlos en ficción; trabajando a fondo no sólo los hechos que narran, sino cómo tales hechos inciden en el comportamiento de sus personajes:

Y mira como son las cosas, como por muy nimios que sean los detalles, adquieren en tu kodak plural significancia: mil ojos, por ejemplo, es un ojo al acecho, digamos, una casualidad, y un alto templo de silencio entre la visión íntegra y este absurdo de inútil melopea, este intenso hedor a cosa podrida, que ha comenzado a invadirlo todo como una muerte lenta (21)[26]

¿Qué queda de aquellos días de cazar mariposas y enarbolar banderas libertarias en los patios de la tarde? El narco, el político o militar empresario corrupto controlan. Compran. Sueltan y ovillan los hilos del poder. La Victoria es la mayor derrota del decoro y la dignidad de los dominicanos, la real mentira de nuestra verdad. Afuera hay más que adentro, y Pastor de Moya pasa un ajustado balance de la vida que se fuman allí dentro los que pagan los platos rotos. Sus textos, a más de corrosivos, incisivos, blasfemos y cortantes, representan a la fecha el tempo más descocadamente cuerdo de la narrativa breve dominicana. Pastor, por lo atrevido y hermoso de su manejo del lenguaje, y la economía con la que utiliza los elementos narrativos, deviene en algo así como el eslabón que entronca con las visionarias transgresiones con las que Tomás Hernández Franco, alborotó las noches parisinas en el primer cuarto del siglo XX. Su texto “Más allá de la línea”, además de irreverentemente bien escrito, desde la perspectiva más degradada de un ser humano atrapado por el vicio y la demencia, nos presenta la más lúcida fotografía a todo color de ese vergonzante antro que la sociedad dominicana mantiene como espacio para la rehabilitación de los pocos seres que esa misma sociedad empuja o deja escapar de las alfombradas sendas de la moral y las buenas costumbres (entre comillas):

Aferrado como un mono a la angosta y oxidada reja que servía de puerta al Pabellón #3 [“el de Los Alemanes”] advertí, una clara mañana, que el Pinty había trazado una raya de tiza en uno de los pasillos del penal. Amenazó y apostó que quien la cruzara por debajo, de un solo tirón y sin rozarla, conseguiría su inmediata libertad (15)[27]

Pero que nadie se llame a engaño, aunque se extraiga del más sucio fango y sea la postrera, la última flor de loto, no se puede cantar victoria. Hay que demostrarlo en el ruedo, desgastando las puntas de los anacrónicos lápices, engendrando pequeños monstruos que sean capaces de comerse todas las frutas del bien y del mal. Y, mal que bien, este es un juego, un juego sabroso y devastador donde a cada instante se ponen a prueba los temples y los estómagos. La imaginación, más que nada o la capacidad de asombro, también están en prueba. Y es bueno que se sepa. Sin esa visa o salvoconducto en sus haberes, no podrán montarse en la nave vikinga que habrá de transportarlos a “Invi’s Paradise”. En cambio, podrán seguir alegres, no alucinados, de no tener la mala suerte, no serán excluidos junto a los que hace tiempo se desengañaron y dejaron de esperar que los reyes pongan:

Aquello era Invi’s Paradise y ya no existe. La mayoría no está aquí, nos fuimos yendo cada quien por su camino, algunos demasiado cerca (al otro mundo), otros demasiado lejos, pendiendo siempre del hilo de un perfecto asombro, como Josh Tibí del los Ejércitos, el más frágil de los seres que alguna vez visitaron, vivieron o pasaron una noche en el Museo del Desorden, sede de nuestras alucinaciones, alegrías y desesperanzas (35-36)[28].

 Noveno acto

Si nos aventuráramos a trazar una línea casi recta desde las noches parisinas, en las que Tomás Hernández Franco da forma y cincela los textos de El hombre que había perdido su eje (1925), hasta las mil veces borradas riveras del Camú, donde Pastor de Moya urde su insólito Buffet para caníbales (2001), veremos que, aunque había corrido mucha agua bajo los puentes, la joven cuentística dominicana no había cumplido el siglo todavía. De década en década, como ráfagas o riadas han ido apareciendo nombres que, por la fortaleza y consistencia de sus obras, dan forma y contenido a una tradición que se mantiene en constante ebullición, creciendo, reinventándose. La década del ochenta, caracterizada esencialmente por su búsqueda crítica, tanto dentro como fuera de la literatura misma, ha bebido no sólo en las fuentes vernáculas, de antes del boom o el posboom, Asimismo, las huellas de un Goddard, un Truffaut, un Antonioni, un Peckimbak o un Woody Allen y otros grandes del cine o la música contemporánea y la poesía. (Tal podría ser el caso de Ginsberg y Corso, en la poesía y Frank Zappa y Miles Davis, en la música).

La preocupación formal de los “puñitos rosados” del cuento dominicano los ha llevado a una asunción del trabajo con visión más abarcadora, donde la narración no recae únicamente en los hechos en sí, sino en la reacción que tales hechos provocan en el comportamiento de los personajes; de igual modo, la limpieza estilística, el manejo del lenguaje y el trabajo de asimilación, apropiación y transformación que han hecho con su entorno y los elementos de la cotidianidad para convertirlos en material de ficción, les confiere una estatura que, desde ya, reclama una mirada objetiva sobre su corpus.

Esta nueva camada, como ya hemos visto, condimentada por el zumo de todos sus predecesores y curtida por el trabajo, sabe que tiene algo que decir y lo está diciendo con el mejor tino y el mayor respeto por el oficio de escribir. Sus trabajos denotan que no sólo han leído, visto o escuchado a los grandes por la simple masturbación de «tirar páginas para la izquierda». Más de uno de ellos ha dado pruebas más que suficientes del conocimiento y manejo de las técnicas del flash back o del fade out, del cine; del fluir síquico; de la improvisación del jazz o el rock. Así como la experimentación con los planos narrativos, las fragmentaciones temporales, fusiones de lo real con lo deseado o imaginario; dominio del juego, el erotismo, el humor, la ironía y la ternura[29]. Se ha llegado incluso al grado de poner de manifiesto el placer compartido por el juego, caricaturizando y satirizando las estiradas poses de los teóricos de relumbrón, con la creación de textos escritos a dos y tres voces[30].

Un vuelo rasante sobre el trabajo de la lengua, los temas y el rigor con que se aborda el cuento en República Dominicana, tiene que darnos una perspectiva esperanzadora para el presente de la narrativa breve actual. Las piezas de estos muchachos (y las de otros no tan muchachos, pero excluidos de todos los catálogos antojadizos de siempre), pueden, como diría Marguerite Duras, contar una historia que cuenta, precisamente la historia que se excluye y que alguien, alguna vez, habrá de contar con pelos y señales. 

Notas

[1] Juan Bosch, considerado como el gran estilista de la cuentística dominicana, escribió su primer cuento (“La mujer”) en el año 1932 y publicó Camino real, su primer libro de cuentos el 24 de noviembre de 1933.

[2] Tomás Hernández Franco, autor de Cibao (1950) y El hombre que había perdido su eje (1925), libro singular, provocador, extravagante y vanguardista, misteriosamente desaparecido por los críticos e historiadores de la literatura dominicana hasta casi final del siglo 20. J.M. Sanz Lajara, autor de El candado (1959) y Aconcagua (1950), libros celosamente resguardados en los más oscuros anaqueles de los eternos traslapadores de la historia. Textos suyos tan significativos como Hormiguitas y Curiosidad han sido rescatados del olvido gracias a las investigaciones bibliográficas de Andrés L. Mateo (J.M. Sanz Lajara. Antología de cuentos, 1995) y Diógenes Céspedes (Antología del cuento dominicano, 1996).

[3] Las Devastaciones de Osorio, fueron ordenadas por el Gobernador Antonio Osorio de 1602 a 1605, con el fin de mover la población y el ganado desde Puerto Plata a Monte Plata.

[4] Tanto Max Henríquez Ureña, en su Panorama histórico de la literatura dominicana (Río de Janeiro, 1945), y Sócrates Nolasco (Librería Dominicana, 1957), por razones más que obvias callaron “la presencia de Juan Bosch en las letras dominicanas y de América, y soslayara el hecho de que su libro de cuentos Camino real y otros cuentos suyos habían constituido la máxima revelación en la vida dominicana” (Aída Cartagena Portalatín. Narradores dominicanos. Caracas: Monte Ávila editores, 1969. Pág. 9).

[5] Véase: “Hay una nueva narrativa dominicana que cuenta Tejada Holguín, Ramón y Rodríguez Soriano, René. Blasfemia angelical. Santo Domingo: Editora Taller, 1995.

[6] Rivera Aybar, Ricardo: “El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom”. Cuentos premiados ’80. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller, 1982.  (Texto ganador del Premio de Cuentos de Casa de Teatro 1980. Léanse, además, de Ricardo Rivera Aybar: “Problemas de Conciencia”; “Cómplice de Subversión”; “Un matrimonio feliz pero desquiciado por falta de hijos”; “Donoso, jocoso por lo goloso” e “Inocencia regresó para quedarse”. Todos textos premiados en el certamen anual de Casa de Teatro. “El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom” ganó el primer lugar en 1980. Rivera Aybar no tiene libros de cuentos publicados. No hace mucha bulla, no tiene quien le escriba; es autor de la novela ganadora del Premio Siboney 1985, El reino de Mandinga (Colección Literatura No. 7, 1987) y El mundo profanado de Adelaida Canales (Biblioteca Nacional, 2003).

[7] Ibid.

[8] Julián, Aquiles. “Mujer que llamo Laura”. Cuentos premiados /82. Casa de Teatro-Taller, 1983. Mujer que llamo Laura, de Aquiles Julián, ganador del Premio Casa de Teatro 1982, un texto sin desperdicios —escrito con todo el rigor y el estilo de los más clásicos cánones de los maestros del género, es el primer cuento de un carajito de los ochenta que derrumba las fronteras entre prosa y verso.

[9] Camilo, Pedro. “Una voz en off hizo justicia”. Cuentos premiados /82 (Mención de Honor en Casa de Teatro 1982), texto en el que Camilo demuestra un excelente manejo de la técnica, violentando a su antojo las coordenadas espacio temporales y jugando, más allá del fonicinco con los planos y puntos de vista, puede leerse en su libro Ritual de los amores confusos (Premio Nacional de Cuentos José Ramón López, 1994).

[10] García Cartagena, Manuel. “Un día en la vida de Joe Di Maggio II”. Cuentos premiados 1985. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller, 1985.

[11] Manuel García Cartagena, excelente poeta y narrador que ya había presentado carta de ciudadanía con sus libros y premios de poesía y novela, comenzó a trillar camino en el quehacer cuentístico desde el 1980, cuando obtuvo una mención de honor con “Las maletas del forastero”; segundo lugar en 1984 con “Visitación”, y “Un día en la vida de Joe Di Maggio II” y “Cartas al espejo”, menciones en 1985.

[12] Peix, Pedro. “Los muchachos del Memphis”. Cuentos premiados 1986. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller, 1987. 

[13] Caídas las torres, aplastados los caballos, los alfiles, los peones y, sobre todo, devaluadas las promesas de los perredeístas que, abanderados en su promesa de esperanza no hicieron otra cosa que justificar e inyectar nueva vida y más fe en las mesiánicas mentiras de un tirano ilustrado ciego, desfasado y amparado en las más oscuras fuerzas del dolo y el ardid (Joaquín Balaguer, sus generales y sus millonarios).

[14] Tejada Holguín, Ramón. “La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar”. Cuentos premiados 1987. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller, 1988. (Tejada Holguín, había entrado al ruedo de la narrativa breve el año anterior (1986) cuando obtuvo una mención de honor con “Así llenamos nuestros espacios temporales”; había presentado credenciales con uno que otro poema en publicaciones marginales. Ilustre excluido de una que otra crítica antología poblada de chichiguas y una ciudad que ya no volverá a aparecer ni en los más difundidos vuelalápiz de José Cestero. “La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar” obtuvo el Premio Casa de Teatro 1987; fue ganador de otras menciones en el 1989 y el 1994 con “El recurso de la cámara lenta” y “Blind Willie”, respectivamente. Ha conquistado, además, dos terceros lugares —1991 y 1994— en cuentos escritos a dos y tres voces y una mención de honor en 1993).

[15] El 12 de febrero de 1984, con nieve y en París, salió a jugar al sol.

[16] García Cartagena, Manuel. “La tercera cara de la moneda”. Cuentos premiados 1987(Segunda mención de honor en Casa de Teatro 1987, excelente texto que no tiene mejor carta de presentación que ser uno de los mejores homenajes, que recuerde, dedicados al poco ceremonioso y juguetón tío julio, así en minúsculas). 

[17] Zapata, César. “Las transformaciones del retorno”. Cuentos premiados 1987“Las transformaciones del retorno”, mención de honor en Casa de Teatro 1987, marca la irrupción de César Zapata, polémico poeta de los ochenta que se presenta con un depurado manejo de la técnica del contar y que, en 1990 y 1991, obtendrá sendas menciones con “La cualidad del rostro” y “Bitácora, un día después”. 

[18] Hernández, Ángela. “¿Cómo recoger la sombra de las flores?”. Concurso de cuentos Casa de Teatro 1988. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller, 1989. (Texto ganador del Segundo Lugar en Casa de Teatro 1988; Hernández Núñez ha ganado otras menciones en Casa de Teatro con “Loriana”, 1981; “El cuadro”, 1988; “Estaciones”, 1991 y “Ojos aguados”, 1992).

[19] García Romero, Rafael. “Los límites de la realidad futura”. Concurso de cuentos Casa de Teatro 1988 (Mención de honor Casa de Teatro, 1988.  En “Los límites de la realidad futura”, García Romero engarza una singular historia en la que demuestra el depurado dominio que posee de la técnica: excelente montaje, trasposición de planos y del “yo” sin necesidad de utilizar aditamentos tipográficos además del aura poético y mágico que envuelve la historia y sus sórdidos personajes que nos recuerdan algunos de los más felices trabajos de Onetti. García Romero obtuvo el Premio Casa de Teatro 1986 con “Bajo el acoso”. Además, las siguientes menciones: “Estaba previsto” y “Sucede siempre”, 1983; “Los ruiseñores del murmullo”, 1992 y, “Un hombre, Claudia y los recuerdos”, 1994). 

[20] Colmenares, Constanza. “Sueños de naftalina”. Concurso de cuentos Casa de Teatro 1988. (Tercer Lugar en Casa de Teatro 1988, “Sueños de naftalina” es un exquisito texto, escrito en una prosa que cautiva e invita al lector a recorrer un mundo que se posa y se apoza en remanso de agua clara). 

[21] Llibre Otero, Manuel. “Anatomía de un desmallo presentido tras dos besos que fueron felices”. Concurso de cuentos Casa de Teatro 1988. (Mención de honor en Casa de Teatro 1988. Texto que entronca en algunas zonas con algunas características del realismo neurótico o freudiano que remite a algunas zonas del chileno José Donoso). 

[22] Valdez, Pedro Antonio. “El mundo es algo chico, Librado”. Cuentos premiados 1989. Santo Domingo: Casa de teatro-Taller, 1991. (Texto ganador del Premio de Cuento Casa de Teatro 1989; ganador, además, del Premio Nacional de Cuento José Ramón López 1992 con el libro Papeles de Astarot.

[23] Tejada Holguín, Ramón. “El recurso de la cámara lenta”. Cuentos premiados 1989. (Mención de honor en Casa de Teatro 1989).

[24] Rafael García Romero, “Los límites de la realidad futura”. Op. cit.

[25] Lantigua, Eduardo. “La infinita cicatriz”. Cuentos premiados 1989(Mención de honor en Casa de Teatro 1989, texto con el cual, desde Nueva York, Eduardo Lantigua presenta credenciales con excelente manejo de técnica y de lengua). 

[26] Adames, Julio. “Unos gatos empujan la pared”. Obras premiadas 1990. Santo Domingo: Casa de teatro-Taller, 1992. (Premio Casa de Teatro 1990, de Julio Adames. También, “Comiéndote los peces de la noche”, mención de honor 1992. Excelente nivel de lengua, ruptura tiempo-espaciales, lenguaje poético).

[27] Moya, Pastor de. Buffet para caníbales. San Juan/Santo Domingo: Isla Negra Editores, 2002. Pastor de Moya, autor de este libro y de una bien orquestada serie de textos que, además de las técnicas y las normas, subvierten y transforman los géneros y las preceptivas que, a fuerza de prebendas, pretenden mantener mecenas y aguafiestas.

[28] Arias, Aurora. “Invi’s Paradise”. Concurso de cuentos Casa de teatro 1994. Santo Domingo: Casa de Teatro-Taller. (Segundo lugar en Casa de Teatro 1994, texto donde la alucinación y el asombro ponen la chispa generadora de un texto descocadamente sabroso y bien escrito).

[29] Ver además textos como: “El curioso e singularísimo informe sobre Oxry-Ovnimorom” (1980), sabroso texto de Ricardo Rivera Aybar que, manejando con destreza un español arcaico, elabora una pieza fresca y graciosa con un sostenido sentido del humor y, si se quiere, de ternura; “Así llenamos nuestros espacios temporales” (1986) y La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar” (1987), de Ramón Tejada Holguín, donde además del humor, lo erótico y el juego, se desarrolla el doble drama entre los personajes y el autor, tratando de inventarse a sí mismos. En “Un día en la vida de Joe Di Maggio II” y “Cartas al espejo” (1985), Manuel García Cartagena hace galas de un sostenido manejo del idioma, explota al máximo el recurso del fluir de conciencia y, en el primero de los dos, exhibe un dominio corrosivo del humor que nada tiene que envidiarles a los maestros de todos los tiempos. En “¿Cómo recoger la sombra de las flores?” (1988), Ángela Hernández Núñez, además de jugar con la fusión del lenguaje poético-narrativo, los sesgos en el tiempo y el espacio y unos equilibrados diálogos, crea una atmósfera de ternura y paroxismo incomparable. Julio Adames, con “Unos gatos empujan la pared” (1990) demuestra un amplio conocimiento de las técnicas narrativas modernas y dosifica con bastante equilibrio un cuidadoso manejo del lenguaje poético. (Todos estos cuentos han sido premiados en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro en los años que aparecen entre paréntesis). Véase, además, “El bocal de seis flores”, de Rafael García Romero, texto que, partiendo de un poema del reconocido poeta mexicano Jaime Labastida, recrea una interesante historia que constituye una muestra a tomar en cuenta dentro de la más nueva forma de enfrentar la ficción (sin fronteras) dentro de la más joven narrativa corta dominicana.

[30] “Probablemente es virgen, todavía” (1993) e “Invítame a almorzar lejos de estos barrotes” (1994), de Ramón Tejada Holguín y René Rodríguez Soriano. Anteriormente, ambos, en compañía de Rafael García Romero habían escrito “Y así llegaste tú, Aurora” (1991). Todos premiados en Casa de Teatro. Ver colecciones de los años en paréntesis.

Comments (2)

  • Fior Rodriguez

    Excelente!

  • Pilar Ballestero

    Realmente fue una hermosa sorpresa ese lenguaje puramente sensorial que toca profundo, envuelve, arropa y uno baila al son del relato transformado ya en sensaciones de Alegría y Magia que inundan y son características de la verdadera obra de arte…. inmensa gratitud René Rodríguez Soriano!

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