Misticismo, meditación y cosificación Reviewed by Momizat on . Rating: 0
You Are Here: Home » Desdudecez » Misticismo, meditación y cosificación

Misticismo, meditación y cosificación

NIEVES Y MIRO FUENZALIDA [mediaisla] Las instituciones religiosas han jugado históricamente un papel importante en la estabilización del orden social al legitimar su cosificación. Las religiones mayores, al poner la causa de las cosas en la voluntad divina, proporcionan una explicación que justifica la existencia del mundo y de este orden social en particular. 

Los constructivistas sociales desde hace bastante tiempo vienen afirmando que las religiones tienden a legitimar la visión de un mundo social alienado y cosificado. El sistema de creencias de las instituciones religiosas, dicen, obscurece la producción de los objetos sociales tales como las instituciones sociales, los códigos morales y los roles familiares al presentarlos como la manifestación de algún orden natural o divino que se ubica más allá de la influencia humana. Este uso del concepto de cosificación, en realidad, no es nada nuevo. Su uso, aplicado al análisis religioso, ya había aparecido en Hegel, Feuerbach y Marx.

La idea central de los constructivistas, tal como se desarrolla en los análisis sociales de Berger y Luckman, es la de que cualquier orden social es inherentemente precario porque es producido y mantenido solamente por la actividad humana. Si los miembros de la sociedad dejaran de actuar, no sólo las instituciones sociales dejarían de funcionar, sino que el orden social mismo dejaría de existir. Y a pesar de lo obvio de esta dependencia, ella no aparece necesariamente como tal. Para la gente el mundo social simplemente está ahí, existiendo independientemente del conocimiento o la actividad de los individuos que lo componen. Los productos de la actividad social se aprehenden como si ellos fueran independientes del hacer humano, como hechos naturales derivados de leyes cósmicas o manifestaciones de la voluntad divina. Cualidades ontológicas independientes se le atribuyen al lenguaje, las ideas, los modelos sociales, las normas, las instituciones e, incluso, a la autoidentidad. La cosificación, al negarse a ver estos objetos como productos humanos, permite estabilizar la precariedad del mundo social. Es sólo en tiempos de cambios revolucionarios cuando los objetos sociales particulares tienden a ser decosificados por la gente que participa en ellos. En los 60s, por ejemplo, el movimiento de los derechos de la mujer llamó la atención al hecho de que la definición del rol de la mujer en la sociedad es una construcción social y no un hecho natural o una prescripción divina. El problema con estas revoluciones, sin embargo, es que los objetos decosificados vuelven a ser reemplazados por nuevas cosificaciones y la percepción del mundo social tiende otra vez a ser recosificada.

Las instituciones religiosas han jugado históricamente un papel importante en la estabilización del orden social al legitimar su cosificación. Las religiones mayores, al poner la causa de las cosas en la voluntad divina, proporcionan una explicación que justifica la existencia del mundo y de este orden social en particular. Pero, al hacerlo niega la participación de la gente en la producción de su mundo. La excepción a esta larga tendencia histórica la podemos encontrar en ciertas formas de misticismo. Ellas, al renunciar a fijar la “última realidad”, relativizan el orden social y sus normas al afirmar que el mundo sensorial es una ilusión mantenida por la convención. En las soteriologías más sofisticadas de India, por ejemplo, el mundo natural y social es una ilusión (maya) construida por la mente. Este es un interesante desarrollo porque su intención es producir una percepción descosificada del mundo que no sea reemplazada por otra cosificación.

En 1980 Maynard y Wilson introdujeron la noción de una determinación que no es causal ni lógica, sino contextual. Una cosa es lo que es sólo en el contexto del que es parte. Si la removemos de su contexto, ella deja de ser lo que es. Si aplicamos esta imagen al mundo social el contexto completo incluye también al sujeto que percibe y las acciones que ejecuta en relación con él. El pensador hindú Nagarjuna desarrolló en el siglo II DC la noción de “surgimiento co determinado”. Desde que las cosas surgen en dependencia ellas no tienen esencia o, lo que es lo mismo, carecen de un ser propio. Esta idea es similar a la de Maynard y Wilson. Los objetos de la experiencia no son cosas en sí mismas. Sólo lo son en relación a otros objetos y estos a su vez dependen de otros. No hay un todo separado de sus partes y viceversa. Las cosas derivan su ser y naturaleza de su mutua dependencia y no son nada por sí mismas. Ellas no son reales y la última realidad es el vacío. Nagarjuna reconoce que su doctrina (sunyata), como también lo reconocen otras doctrinas budistas, son construcciones relativas incapaces de capturar la “última verdad”. Su función, dice, es sólo ayudar a abandonar las visiones dogmáticas reificadas del mundo que impiden su percepción como un todo en constante cambio. La “ultima verdad” sólo puede ser aprehendida o experimentada directamente a través de las prácticas meditativas. Cuando uno logra finalmente experimentar directamente el vacío entonces uno puede matar al Buda y abandonar la doctrina sunyata. En otras palabras, descocificar al maestro y la doctrina. Según el budismo Mahayana la conciencia normal del individuo socializado es una conciencia alienada con la que proyecta distinciones y categorías lingüísticas en la realidad para luego cosificarlas. La cosa es, ¿cómo descosificamos la percepción?

Según el Budismo Zen la concentración en un punto, samadhi o no-mente, lleva al satori, la experiencia de ver la propia naturaleza y, al mismo tiempo, la naturaleza del universo a través de una aprehensión directa (sunyata). Alcanzamos la experiencia del satori cuando el concepto del “yo” es expulsado completamente de la conciencia y experimentamos el universo como un todo libre de dualismos. Si consideramos los conceptos de experiencia y significado en algunas corrientes filosóficas occidentales (Husserl, Bergson) encontramos similitudes bastantes grandes con el Budismo Zen. Según ellas, la experiencia es siempre, primero, experiencia vivida o pura duración y, luego, pensamiento reflexivo. La duración es un estado pre reflexivo en donde el mundo es un flujo continuo en el que no hay entidades fijas y bien definidas. La corriente de la conciencia aún no ha sido cogida por la red de la reflexión. Es sólo cuando paramos y reflexionamos en este flujo cuando el yo puede recortar una experiencia particular a partir de él.

La reflexión es una condición necesaria para la constitución de cualquier experiencia significativa. Son sólo las experiencias pasadas las que pueden adquirir significado. Todo significado subjetivo, incluyendo el mundo espaciotemporal, se constituye retrospectivamente a través de la reflexión, cuando la pura duración es suspendida. El significado se agrega posteriormente a la experiencia, lo que lo hace relativo. En el Budismo Zen es sólo la experiencia directa, la que es previa a la reflexión, la que se considera como verdadera experiencia de la realidad. La experiencia reflexiva es considerada una experiencia ilusoria (maya) construida por el intelecto, el lenguaje y el sentido común. La última verdad que el Zen Budismo busca no es la intelectual basada en discriminaciones o distinciones perceptuales, sino la experiencia directa, referida negativamente como “no-mente” (mushin) que es una forma de pura duración. En ambos estados uno vive en el momento presente, o lo que es lo mismo, uno no se detiene a reflexionar en el pasado o futuro. En el estado meditativo la mente no reflexiva se enfoca o concentra exclusivamente en el aquí y ahora. La diferencia entre un estado meditativo y la actitud natural de la vida diaria tal como la experimenta la mayoría de la gente es que en el primero la conciencia se vacía de toda distracción, incluyendo la autoconciencia, la ensoñación   y la reflexión. En el último, en cambio, la conciencia está llena de ruidos innecesarios.

Lo interesante aquí es que, si el estado meditativo alude a una actitud natural pura, entonces podría decirnos algo acerca de cómo son las experiencias místicas. Satori no nos es totalmente ajeno ya que no es algo cualitativamente diferente a la experiencia diaria, como dice el monje, sólo cuantitativamente diferente en el sentido de que esta experiencia es más unificada al contener menos distracciones. La última verdad yace en la experiencia viviente y la comprensión del vacío (sunyata) como última realidad es la perspectiva decodificada de la percepción. Los estados meditativos y el satori no son estados que nos ponen en contacto con el “otro mundo”, sino actitudes naturales de la vida diaria en su estado puro. No es extraño que a lo largo de la historia de las religiones la práctica del misticismo se haya encontrado frecuentemente en conflicto con la autoridad y las estructuras religiosas. La función de la cosificación en ellas es la de estabilizar la autoridad de las diferentes instituciones sociales por lo que la descodificacion se les presenta como una amenaza. La descodificacion en las tradiciones místicas es una de sus características más profundas. Su opuesto es el fundamentalismo que involucra una extrema cosificación de los objetos e ideas religiosas. El continuum misticismo-fundamentalismo puede ser definido en términos de grados de reificación.

¿Puede, realmente, la práctica meditativa sostener la percepción descosificada? En los anos 60s el movimiento “New Age” introdujo en el occidente el Zen Budismo que muy luego fue criticado por su reducción a una mera técnica de relajación traicionando así al autentico Zen japonés. Lo que en esta crítica se olvida es el hecho de que en el verdadero Zen japonés ya existía lo que hoy se deplora. Como la historia indica, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial el Budismo Zen empezó a organizar cursos para gerentes comerciales y durante la guerra la mayoría apoyó las acciones bélicas de Japón. Hoy los gerentes corporativos vuelven a usar las mismas técnicas meditativas en beneficio de las corporaciones… Lo que uno podría decir es que cuando toda distancia reflexiva se pierde nos quedamos sólo con la experiencia de que “yo soy lo que hago”, que es el instante en que la absoluta disciplina coincide con la total espontaneidad… ¿No es esto, otra vez, la legitimación de nuestra subordinación a la máquina social? La actividad budista, en última instancia, es la de la Indiferencia, el abandono de toda pasión que introduce la diferencia y la división en el orden del ser, tan diferente de la actitud política que es la lucha que privilegia y eleva un objeto, una causa, un proyecto a expensas y en contra de otro. Es cierto que el lenguaje es la fuente de la cosificación y la práctica Zen es un buen ejercicio para darnos cuenta de ello. Sólo que, al final del día, no podemos escapar de la simbolización.

___________________________

NIEVES Y MIRO FUENZALIDA (chilenos, residentes en Ottawa, Canadá), profesores de filosofía. Autores del libro La sombra de las ideas (2017) e Hilachas de una vieja boina azul.

© 2011 Media Isla. Todos los derechos reservados

Scroll to top