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Notas sobre la poesía de Giovanni Di Pietro 

CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO [mediaisla] La poesía de Di Pietro puede contemplarse como una prolongación hasta cierto punto lógica y novedosa, sin duda más íntima y creativa, de su quehacer crítico. Poesía que abreva en veneros tan egregios como los de Dante, Homero y la mitología grecolatina; versos que edifican una dimensión metapoética de indudable rigor estético. 

Poemas oníricos y más… 

A algunas personas podrán extrañar que un crítico como Di Pietro ensaye a estas alturas el difícil género de la poesía, cuyo cultivo, como afirmaba Borges, sólo admite la excelencia. Este sentimiento se revelará prontamente infundado, pues la poesía de Di Pietro puede contemplarse como una prolongación hasta cierto punto lógica y novedosa, sin duda más íntima y creativa, de su quehacer crítico.

Poesía que abreva en veneros tan egregios como los de Dante, Homero y la mitología grecolatina; versos que edifican una dimensión metapoética de indudable rigor estético; ejercicios líricos que presuponen un nivel cultural elevado. Tales rasgos son fácilmente perceptibles en las parodias clásicas, en las traducciones y en las versiones. Las mismas sobresalen por el despliegue sutil de la ironía y por la recreación enriquecedora y sugerente que hacen de los textos originales. Se trata, en esencia, de auténticos palimpsestos compuestos desde la perspectiva personal y filosófica de un poeta que, tras recorrer los vastos territorios de la literatura, se detiene y reflexiona a fin de comprobar una vez más la naturaleza inmortal de sus paradigmas literarios.

En las composiciones de Di Pietro, el mito, la historia, la poesía, el goce estético y la aventura se funden, creando un pensamiento eminentemente dialógico. He aquí, a mi entender, su valor primordial: se trata de poemas que reactualizan antiguas leyendas e historias, cuyo esplendor y belleza no han periclitado a pesar de los siglos y el oprobioso laboreo del olvido. Las gestas de Ulises, la valentía de Agamenón, las recias palabras de Héctor, el viaje espiritual de Dante o el ardor de Eneas perviven como astros luminosos en la imaginación de los hombres, y constituyen referencias fundamentales en la cosmovisión poética de Di Pietro.

En otras composiciones percíbese una poderosa voluntad de autoconocimiento y un examen minucioso de la memoria y el pasado; su índole es, sin duda, autobiográfica. El mundo feliz y paradisiaco de la infancia italiana, las contradicciones existenciales de la adolescencia y la juventud canadienses, el descubrimiento sorprendente del sexo, el amor y la literatura, las difíciles relaciones familiares y la certeza de la soledad y la injusticia social configuran la temática y el tono de estos poemas. La pérdida de la fe, la insatisfacción personal, el aislamiento y el duro peregrinaje en busca de un futuro menos adverso aparecen implicados en lo que podría entenderse como un extenso examen de conciencia en el que el poeta conjuga su memoria con la esperanza de rescatar fragmentos y estelas de su pasado.

El discurso poético se fragmenta, asume una dicción entrecortada, con lo cual el lector se ve enfrentado a una forma estructural y cognoscitiva que reproduce el fluir accidentado de la propia vida del poeta. De todas sus incitaciones y preocupaciones, se impone por su reiterada mención, la problemática del tiempo.

Estos poemas de Di Pietro pueden situarse dentro del contexto general del regreso a una poesía de corte humano, existencial; una poesía que confiere al intimismo y a la confesión autobiográfica un lugar privilegiado de conocimiento, al margen de todo experimentalismo gratuito; con lo cual se busca, en definitiva, un contacto más inmediato con el lector. Poesía que sabe combinar en armónica medida el sesgo culturalista e intelectual y la más ardiente sentimentalidad; poesía para la reflexión y el goce estético, para el entendimiento y la pasión. Di Pietro ha logrado autoindagarse con férvida insistencia y coraje, y, en ese proceso, nos ha legado unos versos de indudable belleza que describen el complicado itinerario de una existencia consagrada a los placeres del intelecto, a la meditación y al recuerdo.

El libro del Unicornio

Desde que en mayo de 2001 publicara su primer poemario, Poemas oníricos y más…, Giovanni Di Pietro no ha dejado de cultivar el arduo y antiguo mester de la poesía. El libro del Unicornio corrobora un quehacer asumido con seriedad y rigor, y una voluntad férrea de imaginar el mundo, la realidad y la propia poesía, configurando un vasto territorio compuesto de palabras, sentimientos y emociones sin exclusión de la densidad filosófica y la erudición literaria. Esta última viene dada como algo natural, y no como mero ornato o pretexto decorativo. En la poesía de Di Pietro las referencias culturalistas y eruditas constituyen parte esencial del discurso poético, y su presencia siempre está justificada.

Como en sus poemas anteriores, en El libro del Unicornio el complejo tema de la trascendencia aparece, pero esta vez como único eje temático, argumental y filosófico del discurrir escritural. He aquí la singularidad y el carácter unitario de este libro: trátese, en esencia, de un solo y largo poema que indaga los orígenes, la historia y la importancia del mito del unicornio. Mito que le sirve al poeta de metáfora y adarga contra la ausencia de idealismo y fantasía de la vida actual; vida que se rechaza por superficial, simplista y poco imaginativa: “Todo / está más allá de los cinco / sentidos Y ése es el gran / misterio”.

Los hombres, “gente incrédula de hoy”, son para el poeta seres sin profundidad, sin relieves, demasiado previsibles, que creen a pie juntillas en la diosa Razón, incapaces de descubrir y descifrar el arcano que habita en sus corazones: “Que él, el unicornio, dentro / de mí estaba”; dentro de todos nosotros, podría añadirse sin tergiversación alguna. De ahí la íntima y sempiterna tristeza de los hombres, se declara sin ambages; de ahí sus múltiples y absurdas invenciones en pos de una especie de felicidad cuyo signo definitorio es la intrascendencia: “Lo / que se inventan los hombres / En pos de su triste razón”.

La verdadera felicidad, aquélla en cuya búsqueda han palidecido incontables generaciones, es mucho más sencilla de lo que se ha pensado, y se resume en un breve y bello axioma: creer para ver, o lo que es lo mismo, imaginar, soñar para trascender: “En el prístino corazón / de los hombres Sólo / aquél que cree en él / Sólo aquél lo verá / Y sabrá lo que es”. Aquí de poco vale la máscara de Santo Tomás; es inútil querer tocar, querer comprobar con el tacto, pues la carne de los sueños es invisible e inmaterial. Hay que despojarse de la usual mirada para ver más allá de los horizontes consuetudinarios y gastados.

La trascendencia es un misterio, nos viene a decir el poeta, un enigma que exige el sacrifico del raciocinio, del pensamiento de índole cartesiana, un artefacto que se revela ya cansado e inservible. Tal vez la clave esté en el olvido voluntario del cúmulo de ideas prefijadas que pueblan como tarántulas nuestro pensamiento, con el propósito de adoptar una mirada adánica y contemplar de este modo el mundo por vez primera, y así refundarlo a partir de la palabra poética y la fantasía. Empresa enmarañada de dificultades y riesgos, pero digna de ser emprendida según se desprende de las reflexiones finales de este poemario de Di Pietro.

Por otro lado, la estructura retórica de El libro del Unicornio evoca un teatro intemporal e imaginario, en cuyo escenario concurren personajes de diversas épocas históricas para dar sus opiniones y elaborar sus reflexiones sobre el fabuloso y mítico animal. Sus discursos aparecen cotejados y contravenidos por los reparos y objeciones del propio unicornio, que en el poema se muestra activo participante y no mero objeto de las elucubraciones de los egregios testigos convocados por la dilucidación de su existencia real o imaginaria.

Aristóteles, Plinio, Julio César, Rabelais, Shakespeare, Confucio, Felipe II, Leibniz y Benvenuto Cellini son algunos de los escritores, políticos y pensadores que consignan sus pareceres. De esta manera, el poema adquiere una dimensión dialógica que engarza y contrapone voces y perspectivas diversas, sin privilegiar a ninguna de ellas, pues la ambigüedad es, sin duda, uno de los efectos primordiales del discurso poético. Y bien que lo logra, pues al final del poema el unicornio sigue siendo un enigma, nuestro enigma, cuya solución dilatará nuestra imaginación y pensamiento.

Estoy convencido de que estos versos de Giovanni Di Pietro perdurarán en la memoria de aquéllos que los leyesen con ánimo cordial y abierta disposición, pues los mismos constituyen un deleitoso ejercicio del intelecto y de la más alta sensibilidad estética. Una experiencia literaria valiosa y un viaje a la cavilación por medio de la poesía, que es posiblemente el único bien inmortal de que disponemos.

Cánticos del amor y del tiempo

Casi ha arribado Di Pietro a una edad en la que los escritores dedícanse comúnmente a solazarse en la contemplación de la gloria literaria obtenida, y a saborear con delectación los frutos exiguos o abundantes —que de todo hay en la viña de las letras— que el menester de la pluma les ha deparado tras luengos y trabajosos lustros. Muchos se concentran además en el bondadoso cuidado de sus gatos y en emprender viajes en globo acompañados por discípulas japonesas, que luego se convierten en obsesivas y ariscas consortes, como atestigua el caso del senecto Jorge Luis Borges; otros prefieren pasar sus postrimerías cultivando rosas y adelfas, viendo el agua del arroyo correr, o ponderando la exacta densidad y turgencia de las diversas especies de tabalarios que se ofrecen a la consideración pública.

Pero Di Pietro, como en tantas otras cosas, constituye la excepción que confirma la regla. En vez de disfrutar del merecido asueto, ha acometido, en plena cincuentena, el arduo proyecto de ser poeta. Con una celeridad envidiable que no desdice un ápice del siempre aconsejable rigor estético, en menos de tres años ha escrito tres volúmenes líricos. Desde que en 2001 publicara Poemas oníricos y más…, Di Pietro no ha cesado de indagar la realidad visible e invisible por medio de la poesía, de la palabra, de los versos que salen de su magín y que nos hablan de un mundo signado por la infelicidad, el breve amor, la melancolía, el paso del tiempo y la búsqueda de la trascendencia.

Estas dos preocupaciones –temporalidad y trascendencia– constituyen el tema predilecto de estos Cánticos del amor y del tiempo. Lo primero que se percibe al leer estos poemas es su afinidad estética y filosófica con los reunidos en El libro del Unicornio. Ambas obras se configuran en torno a la indagación de la felicidad y la trascendencia, y están alentadas por una idéntica voluntad de rebasar la materialidad y por un deseo poderosísimo de preservar la feliz memoria de la vida frente a las mudanzas de la edad ligera, de ese protervo animal que es el tiempo: “Desde más / allá del Tiempo tuve que conocerte / Eras la hoja de vid en mi infancia / feliz”; “A / pesar de este Tiempo / Que todo / en pálidas cenizas lo torna”.

Aunque el título de este libro invita en parte al optimismo y a la concordia, mediada la lectura de los poemas nos damos cuenta de que tal invitación supone en realidad un equívoco: bajo la advocación del amor se reúnen versos que destilan más que nada amargura, pesimismo y una preclara melancolía que, a mi parecer, constituye su más genuino acierto literario.

Di Pietro es, en esencia, un poeta triste, pesadumbroso, proclive a pensamientos sombríos, que gusta de cultivar una poesía de la melancolía y la duda; no es ni pretende ser un poeta dotado de esperanzadores argumentos, de verdades luminosas, de esclarecedoras respuestas a los grandes interrogantes de la existencia. Simplemente es un escritor que se cuestiona a sí mismo, que fatiga con férrea disciplina los meandros del intelecto en busca de veneros en los que abrevar y saciar su íntima sed de entendimiento, su honda soledad: “Bajo las / lluvias del Tiempo En su / tempestad de fuego  Que / todo en mí lo quemó  Y / me dejó en las áridas dunas / En este desierto sin fin  Con / mi pasión que a tanta tristeza / Se inclina”.

Es muy probable que la insistencia en la exploración poética de la trascendencia le venga a Di Pietro de la frecuentación de la cultura filosófica del Duecento y de la lectura minuciosa de la Divina Comedia. De hecho, no sería aventurado consignar que la sombra paradigmática de Dante Alighieri cruza más de una vez por estos Cánticos, dejando tras de sí la estela de su notorio perfume. Como el bardo florentino, Di Pietro ejecuta en sus poemas un auténtico itinerario filosófico y amoroso que, en su caso particular, le conduce al fracaso y a la angustia: “Inútil recorrido en los vericuetos / de mi mente ¿Para descubrir qué? / ¿Para sacar luz de qué pozo oscuro / de mis sentimientos? / El Tiempo, cruel, lo domina todo / […] La ilusión / de un poderoso más allá / En el cual trató / desesperadamente de creer / Sin lograrlo / Y se quedó así / Suspendido en el aire de / su desgarrante duda”.

¿Qué más puede añadirse a este revelador aserto?, me pregunto mientras vuelvo a leer con pasión estos versos de Giovanni Di Pietro. Ojalá que el curioso lector se aventure en el conocimiento de estas páginas que rezuman verdad y desamparo, oscuridad y luz, malestar y esperanza en heteróclita medida.

Estimo que con este libro Di Pietro ha alcanzado una cumbre en su poesía, un “esplendor de paraíso”, como bellamente ha escrito, una cima literaria desde la cual sólo puede columbrarse el silencio, la inveterada pesadumbre e intrascendencia de la vida. Estos Cánticos del amor y del tiempo conforman el intrincado itinerario de un viaje a la noche y a la soledad, a la nada y a la ceniza: “Cómo son vanos los días que se van / Y que nunca regresan Pues sólo cenizas / es lo que queda de ellos”. Valiente y doloroso aprendizaje, descrito en versos magistrales que el tiempo —ese enemigo declarado del poeta– no podrá destruir fácilmente. 

Diálogos con mi alma

Todo aquel que haya frecuentado los tres libros de poemas publicados por Di Pietro, constatará la alta calidad de una poesía que comenzó a fraguarse cuando el poeta ya había sobrepasado la cincuentena. Tan tardía vocación, cuya primera manifestación lírica es de 2001 —año en que se publica Poemas oníricos y más…—, entraña por sí misma una férrea voluntad de autoafirmación y testimonio, de queja ante el mundo y su acre realidad (pues esta poesía es de raigambre existencial, filosófica y autobiográfica), y traza, en definitiva, el difícil peregrinar de un hombre marcado por una obsesión absoluta: la búsqueda incansable de la trascendencia; tema primordial en el que confluyen otros de carácter secundario, como la busca del sentido de la existencia humana, la indagación de los arcanos de la vida y de la palabra poética, o la significación de fenómenos como el amor, la felicidad, el tiempo y la ilusión.

En esta aventura del conocimiento a través de la poesía, Di Pietro se aproxima a su admirado compatriota Dante Alighieri. Lo cual permite que contemplemos su gesta poética como un remedo contemporáneo de la Divina Comedia, en el que Poemas oníricos y másy El libro del Unicornio serían la “selva oscura” y el limbo, respectivamente; los Cánticos del amor y del tiempo (en mi opinión su obra poética mayor) representaría el infierno, y esta nueva entrega, Diálogos con mi alma, el purgatorio. Puede pensarse que después de estos diálogos, vendrá el deseado paraíso. Lógica y hermosa idea, sin duda, aunque improbable, ya que la poesía de Di Pietro tiende con singular preferencia a la melancolía y el pesimismo, a la duda y la otoñal pesadumbre, a la tentación de la nada y la muerte.

Estos elementos, además de determinar el tono y la atmósfera poética, definen un modo particular de contemplar y pensar la vida, la realidad, la escritura, el mundo y sus misterios. Son elementos intelectuales, ideológicos y sentimentales de primerísimo orden, de índole sustantiva, e irrenunciables. Están tan fuertemente anclados en el alma del poeta, en su peculiar mirada, que resulta poco idóneo que con estos materiales pueda fabricarse ningún género de edén, o erigirse una visión feliz del ser y su circunstancia. No obstante esto, podría darse el caso de que me equivoque y el próximo libro de nuestro vate bosqueje una perspectiva luminosa entregada a la alegría, la esperanza y la fe, en la que la tan deseada trascendencia al fin pueda concretarse y la belleza perdure para siempre. Tengo la ligera impresión de que esto no ocurrirá, y si ocurre, será una visión un tanto forzada y artificial. Una pose, en síntesis.

Quisiera en este punto reiterar mi idea de que la poesía de Di Pietro alcanza sus mejores momentos precisamente en la expresión del desamparo, de la tristeza, de la soledad; sentimientos y experiencias vividas con intensidad y concentración por el poeta, y no meros frutos de su imaginación.     

Diálogos con mi alma constituye un buen paradigma de búsqueda frustrada. Como en sus poemarios anteriores, Di Pietro emprende su indagación por medio del antiguo recurso literario del viaje; no en balde la figura de Ulises es una de sus predilectas, al punto de identificarse casi plenamente con la historia del navegante griego. El poemario comienza con una afirmación en torno a la esperanza: “Hay una luz al final / del túnel de mi existencia”. En las primeras estrofas, el poeta se presenta como un hombre ilusionado que “ha superado las arduas pruebas del viaje”. Tal estado de ánimo muéstrase pronto débil, frágil y dubitante; empieza a fragmentarse y se diluye en el desengaño y la incomprensión: “Siento que las sombras me / arropan ya Y luz no veo / en el camino Me ahogo en / el desierto de mi ser Y no sé / para qué sirven mis llantos”.

La esperanza, el optimismo, se asocian entonces de forma casi inevitable con el recuerdo feliz de la infancia: “Cuando hojeaba sólo las primeras páginas / del libro de mi vida”. Obsérvese que ya la esperanza deja de ser vivencia para convertirse en indeleble memoria, deja de ser presente para transformarse en infantil y pacífico pretérito. Sobreviene entonces el pesimismo y su sombra: “Y en parte fue el / inevitable destino de los hombres / La triste consecuencia de su vida / En el mundo”.

Una vez situado en la desesperanza —que es como decir en la lucidez y en la Nada simultáneamente—, Di Pietro vuelve a tratar uno de sus temas predilectos y más constantes en su quehacer poético: el tiempo, su transcurrir ingrato, su poder devastador y profundo. Junto a él, el dolor de vivir, la tristeza, la melancolía, la absurdidad de la existencia. El Tiempo (que el poeta escribe en mayúscula) es una “copa de cristal”. Nada más y nada menos. La economía expresiva de esta metáfora es significativa y polivalente: implica fragilidad, delicadeza, posibilidad de fragmentación o acabamiento, pero también transparencia, alegría. Este Tiempo está resumido felizmente en la imagen de la infancia (único paraíso posible, hecho sólo de memorias, fragmentario también como la copa rota): “Sólo mi infancia fue / feliz”. Tan sencilla y contundente declaración nos aproxima a un mundo de montañas y flores, de bosques y ríos, de luciérnagas y mariposas, en el que el poeta niño, sentado en un triste banco de escuela, se asoma por vez primera a la ventana del universo y de la vida, y descubre en el horizonte, aún lejano, la blancura de la inevitable calavera, la sonrisa irónica de la muerte.

Ese niño ahora nos mira extrañado y como ausente, desde un alma adulta que no se resigna a los estragos y embates del Tiempo, a pesar de saber, tras completar su travesía dialogante, que el viaje no conduce a ningún sitio, que Odiseo no existe y que sólo fue un hermoso sueño de un poeta tal vez llamado Homero.

En el umbral (Sulla soglia) 

El lector que haya leído los anteriores poemarios de Di Pietro comprobará, al examinar los poemas de En el umbral, que este volumen prolonga los temas ya clásicos de su poesía. A saber, el anhelo de trascendencia o eternidad (que en algunas composiciones se revela como auténtico desasosiego existencial), el recuerdo de la infancia italiana (espacio edénico y venturoso que en la dilatada memoria del vate se asocia siempre a la serena vida del campo, a las costumbres familiares y a las pequeñas maravillas de la naturaleza) y la reflexión íntima y filosófica sobre la muerte, la nada y el Tiempo, aspectos estos últimos que configuran el núcleo de este poemario.

No obstante lo enunciado, En el umbral no supone una mera prolongación temática dentro de la obra poética de Di Pietro. A los temas ya citados, se unen el hondo rechazo del mundo (véase el poema «El camino del hombre») y una dimensión metapoética mucho más explícita aquí que en otros poemarios y ligada de manera estrecha al tema de la trascendencia. En este sentido, el cultivo de la poesía constituye un notable testimonio personal y humano, un ejercicio contra las devastaciones del tiempo y el olvido. Su escritura es, en buena medida, una manera excelsa de consolación y refugio frente a la muerte, una terapia, un vicio, una condena, una proyección que persigue lo imposible. Como paradigma de todo lo dicho, léase el poema titulado «Por qué escribir».

Esta especie de variación temática se sirve de un lenguaje poético más directo y claro, menos elaborado desde un punto de vista retórico –aunque no por ello desprovisto de calidad–, que responde sobre todo a una urgente necesidad de comunicación y difusión más que a la dicción lírica o que a los placeres puramente estéticos. De ahí que el lenguaje se desnude de ornamentos y dé entrada en varias ocasiones al diálogo y a la narración.

El tono general de En el umbral es de una profunda tristeza, en la que la ira y la frustración irrumpen a veces. Esta tristeza se apacigua al final del volumen, cuando el poeta intenta impugnar –a mi parecer de manera infructuosa– el sinsentido de la vida, apelando a una eternidad un tanto vaga y exclusivamente sentimental, que no alcanza a sobrepasar el carácter material de su origen.

En el umbral es, por tanto, un libro de reiteraciones y persistencias necesarias; una suerte de espejo espiritual y filosófico que refleja el semblante apesadumbrado y melancólico de un poeta para el que la trascendencia constituye su máxima preocupación existencial y poética. Búsqueda que Di Pietro sabe de antemano destinada al fracaso, pero a la que no parece querer renunciar por ahora. En esta perseverancia, de signo utópico y de ardua estructuración, se cifra una de las claves de esta poesía.

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CARLOS X. ARDAVÍN TRABANCO es profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, San Antonio, Tejas. Es autor de los libros La pasión meditabunda. Ensayos de crítica literaria (2002), La transición a la democracia en la novela española (2006), Diccionario personal de literatura dominicana (2010) y La isla letrada (2011)

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